Persona. El temblor de la máscara






Pretextándome en el aniversario de su estreno (31 de agosto de 1966, aunque, extrañamente, su prestreno para invitados fue el 18 de octubre), escribo sobre esta película que la "crítica especializada" suele considerar la mejor o más importante de Ingmar Bergman, el gran director sueco muerto en 2007 y por estos días un tanto olvidado, víctima del desaprensivo e ignaro canon cinétflico en vigor y de ciertos revisionismos simplificadores en los que prefiero no demorarme.

Desde los años 50 y hasta bien entrados los 80 del siglo pasado, el nombre de Bergman solía designar el paradigma de un cine culto. La reputación de "complejas e intelectuales" ganada por sus películas pudo tal vez ocasionar el prejuicio de que su cine era excesivamente hablado, discursivo y rumiador. Demasiado teatral, digamos. O sea, carente de acción, de movimiento, de recursos propios del cinematógrafo.


En realidad, Bergman fue uno de los directores más conscientes de la "presencia sentida de la cámara", que Pasolini señalara como la marca del cine moderno, contra el cine tradicional en que la cámara se autoelidía, procuraba pasar inadvertida y funcionar como mera ventana o punto de observación de los fenómenos o hechos que registraba. Por dar un solo ejemplo, el cine moderno -con su típica carga autorreferencial de quiebres diegéticos y saltos metalingüísticos- hizo su debut en las pantallas, señalado tempranamente por los críticos de Cahiers du Cinéma, mediante aquel inopinado plano de Harriet Andersson mirando a cámara en Un Verano con Monika (1953). Durante toda una década, la de los cincuenta, las películas de Bergman se convirtieron en acontecimientos artísticos de gran repercusión cultural no solo por su vuelo psicológico y filosófico, por entrañar una continuidad y profundización del clásico drama burgués escandinavo, sino también por sus promesas de hallazgos en materia de lenguaje fílmico. Varias secuencias de El Séptimo Sello, El Jardín de las Fresas Silvestres -donde Ingmar honró al prócer del cine mudo sueco, Victor Sjöstrom-, o El Rostro (en algunos países conocida como El Mago), entre otras, prodigaron constancias de modernidad dramática y narrativa, pero sobre todo cinematográfica.






I. La crisis de verdad


No obstante, hacia mediados de los 60, con su prestigio definitivamente consolidado, Bergman atravesaba una "crisis de verdad", según él mismo la llamó. Pese a haber producido en el lustro previo dos de sus obras mayores (Como en un Espejo -en Argentina, Detrás de un Vidrio Oscuro- y El Silencio), sentía como si su arte estuviese de algún modo perdiéndole la pista a la cultura de su tiempo y rezagándose, como si las expectativas del público lo condicionaran y le impusieran una suerte de estancamiento artístico. Además de cuestionarse su propia aptitud de innovar, dudaba de la capacidad del arte en general para producir efectos en la realidad; para contribuir, por lo menos, a comprenderla mejor. Frente a la guerra de Vietnam y otros conflictos del mundo que ofrecían imágenes horrendas retransmitidas y exhibidas en cada hogar por la TV, se obligó a preguntarse "¿Qué puedo decir yo con mis bufonadas cuando el mundo se quema?". Llegó a pensar que callar sería acaso "la única verdad posible". Pero un tipo sagaz como él no podía tardar en preguntarse si el mero silencio, lejos de traer consigo una verdad última o única, no resultaba más bien una simple mueca de vanidad y de impotencia. (No abundaré en el tópico bergmaniano del silencio de Dios y su trasposición desolada al silencio del artista, o a su equivalente "voz engañosa"). Fue en el curso de estas meditaciones, mientras planeaba un largometraje llamado Los Caníbales al que no encontraba la vuelta, mientras trabajaba casi a destajo como director del Dramaten de Estocolmo (el Teatro Real sueco), cuando acabó por fundir el motor -lo que su época solía denominar surmenage-. Con las defensas bajas por el estrés, hizo una especie de reacción alérgica al antibiótico que tomaba para tratar una neumonía y tuvo que internarse en el Sophiahemmet, entre marzo y mayo de 1965, con una seria infección en el oído que le causaba intensos mareos.  Durante una de sus salidas del hospital, se cruzó por la calle con su querida Bibi, Andersson, que paseaba en compañía de Liv Ullmann, a quien él no conocía personalmente. El parecido físico de estas dos mujeres llamó poderosamente su atención, y parece que, a partir de ahí, un nuevo proyecto empezó a cobrar vida.


En junio de 1965 escribió el guion de su futura película, que se basaría en la semejanza fisonómica de las dos actrices y en algunas líneas de sus meditaciones precedentes. Era algo más o menos impreciso, según sus propias palabras: "No es un guion en el sentido habitual del término, se parece más a una simple línea melódica"; melodía que él creía poder orquestar luego, durante el rodaje, con sus colaboradores. Habiendo atravesado tal viacrucis de autocríticas e incertezas, quiso probar a conducirse con mayor libertad y abrir camino a la espontaneidad creativa. Comenzó a filmar interiores el 19 de julio en los estudios Filmstaden de Estocolmo, sin una idea clara de lo que pasaría. No le agradó lo que obtuvo. Aún ignoraba hacia dónde llevar lo que tenía escrito, sus actrices estaban desconcertadas y tensas, Bibi hasta olvidaba sus parlamentos. El volantazo se volvía impostergable. De modo que Ingmar decidió abandonar el estudio citadino y mudar el rodaje a la isla de Fårö, donde había filmado Como en un Espejo y donde tiempo después levantaría su casa de vacaciones. "Improvisaremos -dijo-, quizá cambiará un poco el guion, pero haremos toda la película allí". Le gustaron la grisura y aridez del lugar, como si le suministraran una base neutra indefinidamente susceptible de moldeado y estilización: "No sé por qué, pero supe que era mi paisaje". Pensó en un nuevo comienzo, en olvidar todo lo que había hecho antes, sus modos habituales de dirigir, sus rutinas, su "habilidad adquirida con los años", y descansar en esas dos artistas de tanto talento. Elegiría preguntar a Bibi y a Liv "cómo haremos esto o lo otro"; o sea, por una vez, "no saberlo".





Persona es una de las películas, de Bergman o de quienquiera, más sobreinterpretadas de la historia (o de exégesis más inagotable: la han apodado "Monte Everest del análisis crítico"). Y no ha habido estudioso/a que no se creyera en el deber de consagrarle una glosa semiológica, filosófica, psicológica, teológica... Afirmándome en perseverancias y convergencias de ese universo crítico y académico, priorizando observaciones de plumas reconocidas (Susan Sontag en Estilos Radicales, texto al que he acudido ya en alguna entrada anterior de este blog), probaré a desbrozar un poco la espesura de simbolismos y abstracciones en pos de conservar lo esencial.


Liv Ullmann interpreta a Elisabet Vogler, una actriz famosa que se interna en el hospital tras haber enmudecido repentinamente durante una representación de Electra (no se especifica si la de Sófocles o la -menos frecuentada- de Eurípides, aunque es lícito asumir como más probable la primera, donde el protagonismo de la heroína alcanza mayor gravitación y sus recurrentes lamentos desencadenan casi todos los lances, erigiéndose en llamados a la acción con un concreto efecto modificador de las circunstancias). El progreso de esta mudez es interesante. Bergman nos lo muestra como originado en una genuina y brusca angustia. Elisabet está en escena, actuando, cuando algo la detiene y enmudece. Luego, según se nos dice, ella alega que no pudo hablar por estar conteniendo un ataque de risa. Pasado el incidente, amanece al otro día persistentemente inmóvil y muda. Esta renovada mudez es apreciada por su médica (Margaretha Krook), después de hacerle todas las pruebas imaginables y de comprobar su perfecta salud física y psíquica, como "deliberada". No se trata únicamente de que Elisabet rechace ahora su voz y "no quiera seguir mintiendo". La doctora percibe otra cosa: la vanidad, frivolidad y ombliguismo que ese obstinado silencio oculta. "Entiendo -le dice- que hayas hecho de esta apatía un fantástico sistema. Debes interpretar este papel hasta que se agote, hasta que deje de tener sentido. Entonces lo dejarás, como has dejado, poco a poco, tus otros papeles". 




Bibi Andersson encarna a la hermana Alma [*], una joven enfermera a quien la médica encarga "cuidar" de Elisabet, previniéndole que el silencio de la paciente es voluntario. Alma manifiesta de entrada una aprensión: si el estado de la Sra. Vogler, a quien ha captado una mirada "severa", es producto de una decisión propia, importa una gran fuerza anímica; quizá una enfermera joven como ella "no lo resista mentalmente", quizá convenga recurrir a alguien de mayor experiencia "en la vida". Alma es sensible, servicial, de corazón generoso y caritativo. A poco de empezar a trabajar con Elisabet larga un breve monólogo que la pinta con fidelidad. Se dice: "Hago siempre las mismas cosas, siempre igual. Me casaré con Karl-Henrik, tendré muchos hijos y los criaré. Todo eso está decidido, está dentro de mí. No hay nada que pensar. Es un enorme sentimiento de seguridad".    


[*]  Alma es laica. Le dicen hermana por convención y tradición, porque así se llamaba a las enfermeras en los lejanos orígenes de esa profesión, cuando era ejercida exclusivamente por religiosas. Bergman se vale, no obstante, del término hermana para añadir una nota de familiaridad, equivalencia e intimidad entre las dos mujeres. Alma es hermana de Elisabet, tan cercana a ella como una consanguínea, una amante o un otro yo. Como un desprendimiento de sí misma -su alma-




La psiquiatra manda a Elisabet y Alma a realizar un retiro terapéutico, aisladas en una casa de vacaciones que ella misma les cede. Antes de eso, todavía en el hospital, ocurren algunas cosas. Elisabet recibe una carta de su esposo, que Alma le lee -esto es, Elisabet oye las palabras de su esposo en la voz de Alma-; la carta trae adjunta una foto del hijo del matrimonio, foto que Elisabet rompe. En otro pasaje, cuando la enfermera le sintoniza una radionovela, la actriz ríe silenciosamente las inflexiones afectadas, el texto melodramático, los efectos artificiosos. Ella suele ser más sutil que eso. Pero luego, viendo en la TV al monje budista que se inmola, prendiéndose fuego en una calle de Saigón, para protestar contra la guerra, Elisabet se espanta de tal manera que se tapa la boca como ahogando un grito. Un grito que, de suyo, su propio estado silente debería segarle, pero aquí se produce como un movimiento inverso al del nacimiento de su mudez, una vuelta desde el acto deliberado al espasmo involuntario, a la emergencia desnuda de la angustia. Ante tamaño horror, a Elisabet le flaquean tanto la determinación como los móviles: sobre su semblante descompuesto flota cierta intuición de la insignificancia, de la inanidad de su acto (el capricho de no hablar como especie negativa de la enunciación), frente al heroísmo extremo, ominoso, de aquel bonzo. Parece superada, empequeñecida por esa visión. Muda y todo, no para de resollar, horrorizada de esa cruda realidad.






II. Dualidad


Un dato básico para comprender Persona es la ambigüedad: el atisbo constante de un más allá de su psicología explícita, la ausencia de signos precisos que coadyuven a discernir entre realidad y fantasía. Bergman barajaba diversos títulos para el film: Sonat för två kvinnor (Sonata para dos mujeres), Ett stycke kinematografi (Una Pieza Cinematográfica), Opus 27, Kinematografi... Frente al pedido de su coproductor, Kenne Fant, de un nombre sencillo, el director optó por uno bastante complejo. Persona es el nombre que en latín se daba a la máscara usada por los actores en los ludi scænici (representaciones teatrales). Su etimología deriva, a través del etrusco φersu, del griego πρóσωπον (prósôpon), palabra que a su vez designaba a las máscaras de la tragedia ateniense. Otra etimología, intuitiva y tradicional, de fundamento antes que nada morfológico y hoy considerada errónea, fue citada por Aulo Gelio en sus Noches Áticas: la palabra persona procedería del verbo personare (resonar); en efecto, las máscaras contenían una boca que era más bien bocina, destinada a amplificar la voz del actor. Espontáneamente, el nombre aplicado a la máscara se extendió al personaje representado por su intermedio: dramatis persona


De modo que en primer lugar se trata de la autenticidad y consistencia de nuestra persona, o personaje, en el gran teatro del mundo. De su falsa unidad. Porque en cuanto Elisabet y Alma quedan solas en esa isla, el silencio tenaz de una y el charloteo insistente de la otra, emprenderán una serie de intercambios, cesiones y usurpaciones de parcelas de identidad, de aspiraciones, intereses, fantasías. Empezarán a con-fundirse la una en la otra. Esa duplicidad o dualidad, prontamente instalada, ha alentado la interpretación común según la cual el filme versa sobre dos instancias o "partes" de "un solo yo" (el entrecomillado es inevitable) que, súbitamente corporizadas, se encuentran cara a cara en la realidad objetiva. Algún entendido hasta se fue a la mier llegó a hablar de esquizofrenia. Bibi Andersson declaró haber acordado con Liv Ullmann, en privado, que ambas interpretarían a estos personajes considerándolos como "diferentes lados de la personalidad" de Ingmar Bergman.


Las ambigüedades narrativas -y las formales, sobre las que enseguida trataré-, plantean a quienes han estudiado el film la dificultad de desentrañar un tema específico. Susan Sontag prefirió acogerse al concepto de "variaciones sobre un tema", para indicar al mismo tiempo las diferencias que Persona presenta con respecto a la construcción narrativa tradicional. Esta autora identifica el "tema" en lo que recién he llamado dualidad (la palabra que usa es doubling, cuya traducción por desdoblamiento en el texto español conlleva inconvenientes que expongo más adelante), aunque entiende que el desarrollo diegético y dramático pasa por la exploración de distintas variantes, bifurcaciones y ramificaciones de ese tema general.




Sontag reflexiona que "las obras modernas no suministran muchas de las satisfacciones comunes de las narraciones tradicionales", como por ejemplo la de ser "dramáticas", o brindar claves narrativas y satisfacer el deseo de saber que "sostiene las expectativas sobre la línea argumental". A tal respecto, es digno de atención que la trama de Persona reproduzca el plan estético-formal por el que el film, en cuanto obra moderna, desdeña expectativas argumentales: el silencio de Elisabet priva a Alma de todo indicio que le permita averiguar cómo complacerla y ayudarla, aparte de desencadenar en la propia enfermera una serie de cuestionamientos y replanteos íntimos, personales, que nunca antes se había hecho. Elisabet es opaca, insatisfactoria como dadora de claves o cumplidora de previsiones para Alma, del mismo modo en que la película pretende serlo respecto de su espectador. 


Es que, por subrayar tanto los procesos perceptivos que la fundan, por las meditaciones que intercala sobre la naturaleza de la representación en sí y del medio en que discurre, Persona propone una reflexión que recae al mismo tiempo sobre los intercambios de sus dos heroínas y sobre la película que los exhibe. De este modo, la duplicidad como núcleo temático es reflejada en lo formal por una persistente voluntad de introspección estética, que hace de la obra su propio doble autoobservador y crítico. 


Por eso, quizá, sus secuencias más significativas en lo argumental son asimismo aquellas que recordamos por vanguardistas o "experimentales": la profusión de imágenes rápidas del llamado prólogo, la secuencia final que cierra el filme de manera simétrica, el plano de Alma en que la película se quema y desintegra, el extenso relato de su anécdota orgiástica, y, por supuesto, la legendaria combinación de ambos rostros. En esos pasajes, Bergman enarbola la película como objeto en sí; nos muestra su entidad pura, material, desnuda de anécdota o de conflicto, abstraída de su drama.





III. El niño creador


Carbones prendiéndose, ojo de animal destripado, perfil boca arriba en la morgue...


Persona comienza en total oscuridad. Poco a poco, remedando un lentísimo fade-in, dos puntos de leve lumbre se van intensificando hasta revelarse como los carbones de una lámpara. Un tramo de filme corriendo entre bobinas precede a una vertiginosa sucesión de imágenes breves, algunas apenas discernibles: la foto de un pene erecto insertada en una cola de película virgen; un fragmento de dibujo animado, rotado 180 grados, donde una mujer se baña en aguas de un paisaje que evoca al de la isla de Fårö; manos haciendo un aparente pase de magia; una escena de cine mudo (en la que un hombre con ropa y gorro de dormir blancos huye de una figura de la Muerte -traje negro con un esqueleto pintado encima- salida de un baúl, y, luego de toparse con el Diablo que se le aparece al otro extremo del dormitorio, se mete de un salto a su cama para taparse hasta la cabeza con el cobertor); una araña andando; un animal decapitado y diseccionado; un clavo martillado sobre la palma de una mano, como en una crucifixión... A partir de aquí las imágenes corren con más lentitud: un muro, árboles nevados; una verja en el exterior de un hospital, semienterrada en cúmulos de nieve; el rostro de una mujer anciana, presumiblemente muerta. Un niño acostado en una cama de hospital, boca arriba y con los ojos cerrados, cubierto hasta el cuello por una sábana. Seguidamente más rostros, manos y pies de aparentes cadáveres en una morgue. Sonidos distorsionados, literales disonancias, han acompañado varias de las vistas precedentes. Ahora, mientras recorremos caras y cuerpos en plano detalle, empieza a sonar un teléfono y un rostro femenino de entre esos "muertos", tomado cabeza abajo en ángulo picado, de golpe pasa a tener los ojos abiertos. 




(Hay en este tropel de imágenes -y en el que acompaña los créditos poco después-  una aparente apuesta por el efecto conocido como imagen subliminal: aquella que vemos sin darnos plena cuenta, y que llegado el caso puede alcanzar cierta eficacia ideativa o volitiva. Bergman intenta, quizá, establecer su deseo de llegar a ese nivel de "preconsciencia" en el espectador de su película, como admitiendo que el público siempre ve más de lo que supone. Apunta desde el comienzo hacia esa percepción virtual, desatendida o desconocida, a alentarla y alimentarla, de modo de situar a su espectador en la disposición perceptual adecuada para seguir el resto de la historia, que va a pasar mucho más por lo alusivo y latente que por lo manifiesto y definido. La apuesta se evidencia por el hecho de que nos va entregando imágenes progresivamente más límpidas y fáciles de identificar; probando así que no se proponía en absoluto entorpecer nuestra visión, sino convocar en nosotros, desde el inicio, una como "instancia sensitiva" diferente. En sus propias palabras: "Tenía una idea bastante vaga de hacer un poema con imágenes en vez de palabras, y puse en marcha mi proyector interior, pero podemos interpretar esas imágenes como queramos, igual que hacemos con un poema").


A continuación, volvemos al niño que habíamos visto antes intercalado con los otros cuerpos. Despertado por el timbre del teléfono, trata de volver a dormirse cubriéndose la cabeza con la sábana, pero entonces se le destapan los pies. Un persistente goteo viene resonando desde hace unos minutos. El niño se cala unas gafas y se pone a leer una traducción de Un Héroe de Nuestro Tiempo, la novela de Mijaíl Lérmontov de 1841, cuyo antihéroe byroniano (léase cínico, melancólico, nihilista), Pechorin, es, según su propio autor, "un retrato construido por todos los vicios de nuestra generación". El chico está, pues, hospitalizado, lo que arroja un símil inmediato con la internación de la protagonista, Elisabet Vogler. Elemental expresión de equivalencia entre Elisabet y el propio Bergman, a quien reconocemos con facilidad en esta figura infantil.




Enseguida el niño deja el libro y se vuelve directamente hacia la cámara: nos mira fijamente, mientras una luz se refleja en sus anteojos. Estira su mano hacia nosotros y, en el contraplano, lo vemos tantear, sobre una pantalla brillante, una imagen borrosa que gradualmente se convierte en un gran rostro femenino, nunca enteramente nítido, pero sí lo bastante como para dejarnos advertir que fluctúa entre dos caras, las cuales reconoceremos luego como de Elisabet y de Alma. Lenta y suavemente, con aire curioso o fascinado, el chico acaricia esta imagen brumosa y sobrexpuesta -que por lo demás responde a una general pauta bergmaniana de emplear la sobrexposición como marca fotográfica de las secuencias oníricas, irreales o aun "terroríficas"-. [*] (No carece de relevancia que hayamos visto primero al niño desde la posición de la pantalla, como alargando su mano hacia la cámara, porque allí es como si él, que simboliza al creador de la obra, estuviese tentando el límite entre su película y nuestra mirada, entre la realidad y fantasía que tanto van a alternarse y a mezclarse en lo sucesivo). 


[*] La idea de señalar lo onírico con exceso de luz juega, a nivel de la vista, una carta equivalente a la del silencio como manifestación para el oído, con resultado parejamente contradictorio o incierto, pudiendo consentirnos ver en abundancia, o, por el contrario, producir una veladura en la escena y cegarnos. Por su parte, Ingmar concita aquí, como de costumbre, sus fantasmas personales: "el sol activa mi claustrofobia, mis pesadillas siempre están inundadas por una cruel luz solar". Recuérdese la secuencia del sueño al comienzo de Fresas Silvestres: una aterradora visión de agonía fuertemente sobrexpuesta que de paso deslizaba un toque irónico en la implícita parodia de "luz celestial". 




Si la superficie que el chico toca es una pantalla, la imagen difusa allí contenida vale por una fantasía o idea artística en formación. El elemento primordial en la escena es que estas caricias tiernas, amorosas (reminiscentes de las que recibía de este mismo niño Gunnel Lindblom, que interpretaba a su madre en El Silencio, si bien esas tenían por objeto la piel "real" de la mujer acariciada), ponen al descubierto su destino de mascarada: son caricias dadas a una superficie plana, a la proyección de una supuesta receptora. Se acaricia una literal pantalla, como si Bergman quisiera postular que solo eso tocamos, que dirigimos nuestras ternuras, afectos y deseos a personajes, fachadas y proyecciones, reflejos y retratos de unos seres cuya "realidad" se nos ha desdibujado y vuelto inaccesible no solo por su propio despliegue de máscaras y representaciones, sino también, especialmente, por la irrealidad de todo lo que nosotros mismos les echamos encima, proyectamos o endosamos; las aspiraciones o exigencias en que los sumergimos y desbaratamos.


La rutilante pantalla alterna, pues, por fundidos encadenados, un primer plano frontal de Elisabet con otro de Alma, ambas mirando al frente; caras nebulosas que en la subsiguiente secuencia de créditos se nos darán a ver mejor delineadas. La última vista de esta sucesión, sin embargo, es distinta: se trata de Alma, en igual tamaño de plano, pero con los ojos cerrados. A este cuadro sigue un contraplano del chico que mira a cámara y casi sonríe, escena que abre la secuencia de títulos. El parecido entre las actrices fue decisivo para que Bergman las juntara en la película; así que la contemplación y caricias, de curiosas a satisfechas, que el niño depara a esa alternación de las dos caras denota, una vez más, que él viene a hipostasiar al creador en su encuentro con la inspiración para la obra que pasaremos a ver; equivale a una personificación "regresiva" del propio director, quien, en la intimidad mayúscula de su cama aislada, comienza por crearse un universo imaginativo mediante la lectura para luego pasar a "acariciar la pantalla", a enamorarse del cine. Aunque este chico, según los créditos finales del filme para su joven intérprete Jörgen Lindström, es tanto un neutro "niño" como el "hijo de Elisabet", el hecho de que se nos invite con tal énfasis a postular en él una encarnación del realizador lo convierte en algo así como un personaje "metalingüístico", un metapersonaje, ajeno al relato que involucrará luego a las mujeres.




"Siento que mis películas nacen de una necesidad de contacto"
 (Ingmar Bergman).


 

En este momento aparecen los créditos del filme, que pasan con suma rapidez y se alternan con cuadros nuevamente brevísimos del niño semisonriente mirando a cámara, del monje budista quemándose en Saigón, de Alma en primer plano, ahora nítida y contrastada; de aguas, de ramas y nervaduras similares a fibras y capilares sanguíneos, de Elisabet muy parecida a Alma, de las rocas costeras en la isla de Fårö... Cierra esta secuencia otra persecución de película muda (esta vuelta, el hombre de pijama y gorro blanco corre detrás de otro como si lo persiguiera con un cuchillo, mientras ambos son seguidos por un policía posiblemente salido de un ropero, todo ello en el mismo decorado de antes). Esta heteróclita mixtura de escenas compone una especie de rondó visual con el primer plano del chico mirando a cámara, que reaparece una y otra vez, como estampa de la potencia creadora en el proceso de seleccionar sus fuentes.


 



IV. La película como objeto


Vemos entonces que, yendo más allá de la antedicha premisa de Pasolini sobre la presencia de la cámara en el cine moderno, Bergman inserta "la presencia sentida de la película como objeto en la conciencia del espectador", para decirlo con Sontag. Y lo hace, además de al comienzo y al final, en la mitad de Persona, cuando una toma del rostro de Alma queda de pronto congelada, se resquebraja al modo de un cristal y después se quema, como ocurría en las salas de cine cada vez que un carrete de película se trababa en el proyector y dejaba un fotograma particular expuesto a la luz durante un lapso suficiente para incendiarlo. (Es casi forzoso asociar este efecto con el bonzo de Saigón, en la línea ya mencionada del contraste entre enormidad e insignificancia). Al reanudarse inmediatamente la película -"como si nada hubiese ocurrido", según Sontag, aunque no es exactamente así-, el espectador tiene "una sensación de conmoción añadida, una aprehensión mágico-formal de la película, como si esta hubiera sucumbido bajo el peso de los tremendos sufrimientos registrados y luego se hubiese reconstituido mágicamente, por así decir". 


Este es un efecto muy notable, tan rotundo que hasta se debió avisar a los proyectoristas de las salas sobre el truco, poniéndoles un cartel en la lata de la bobina... Bergman dijo de él: "Al desviar la atención del público por un instante y luego devolverlo al filme, aumentamos su capital sensibilizado". Sea cual fuere la efectividad o alcance de tal intención, vuelve a operar en el terreno de lo introspectivo, de los límites de lo representable, de los bordes donde las máscaras dejan de sostenerse: se presenta como si de golpe la película no pudiese continuar ese episodio -o rehuyese las consecuencias de cualquier posible continuidad- y precisara concluirlo abruptamente, pero sin encontrar una forma ordenada o natural de cierre, ninguna herramienta dramática convencional que utilizar, y tuviese por tanto que apelar al remedio desesperado de esa autodestrucción parcial. 




Ahora bien, siguiendo en este plano introspectivo, resta una cuestión atinente a las derivaciones del drama: tal reconstitución "como si nada hubiese ocurrido", ¿no sugiere al fin la trivialidad e insustancialidad de lo visto, aun de los mismísimos "tremendos sufrimientos" (por allanarnos a la hipérbole de Sontag) que provocaron el previo sucumbir? Sea lo que fuere, esto no debe entenderse según la clásica intención brechtiana de "enajenar al público con recordatorios constantes de que lo que presenciaba era teatro". Bergman proclama aquí más bien la complejidad y limitaciones inherentes al arte de representar, en paralelo con la amenaza de destrucción que acompaña cualquier tentativa de ir hasta el hueso en la comprensión profunda y exhaustiva de algo o de alguien. 


Pongo en contexto la escena. En la carta que Elisabet le da para enviar a la psiquiatra -carta cuyo sobre, sintomáticamente, ha olvidado cerrar-, Alma lee como la actriz ventila la secretísima anécdota erótica que ella le ha confiado, aborto incluido, aparte de discutir las consiguientes cuitas y comentar cuán "divertido" le resulta "estudiar" a su enfermera. Decepcionada, traicionada, Alma decide vengarse ocultando un trozo de vidrio roto en el pedregullo que pisa Elisabet para que su pie desnudo se lastime. Ocurrido lo cual, Elisabet levanta la vista hacia la ventana desde donde la otra la observa con un rictus malicioso. En este plano de Alma la película colapsa y arde. La quemazón abre paso a un fondo totalmente blanco como el de los títulos de apertura. Blancura que se alternará, primero, con el diablo de aquella comedia muda vista al comienzo, después con los tres hombres que se perseguían en sucesión, corriendo ahora en sentido y orden contrarios: el policía al frente, luego el de pijama y detrás el otro; por último, con el motivo de esta huida: de un baúl ha vuelto a emerger aquella estampa de la Muerte. Todo esto acontece a gran velocidad, en uno o dos segundos a lo sumo, y se acompaña de un sonido como de trueno, que desemboca en un gemido de dolor e introduce la imagen, igualmente repetida, de la crucifixión, el clavo martillado en la mano. Pero esta vez oímos el mazazo y el grito de la víctima. Aquí se pasa por corte directo al detalle de un ojo, al que la cámara se acerca hasta metérsele dentro, casi atravesando los vasos sanguíneos. Entonces, por fundido encadenado, aparece una imagen muy desenfocada de cortinas y enseguida la figura, apenas distinguible, de Elisabet abriéndose paso entre ellas para recorrer la sala en busca de Alma. Pasados unos segundos, mientras Elisabet se acerca a la ventana y mira hacia fuera, la imagen altamente blureada (discúlpeseme el léxico tilinguennial) vuelve a la normalidad. Este es el instante en que la película regresa cabalmente. 




De modo que, en rigor, el quiebre del fotograma de Alma no proviene de "sucumbir a tremendos sufrimientos", sino de connotar un amago de violencia, de crueldad desatada, rápidamente neutralizado mediante el recurso a la autoabolición del filme, a esa suerte de desintegración preventiva: se vuelve al comienzo, a las imágenes de los créditos. Pero no sin mostrarnos, entre tanto, la figura del diablo, con su seducción maligna que convoca a la Muerte de la que los tres hombres huyen despavoridos; no sin enfrentarnos a la vista del sufrimiento puro en la crucifixión, al ojo atravesado por el horror y a la imposibilidad momentánea de visualizar con claridad lo que sigue. Así cursa la secuencia de esta ruptura, primero tentando una salida por la trivialización, la comedia; luego con el recordatorio del dolor real en la mano clavada y el grito; finalmente, en la percepción sobrepasada y alterada, o en una realidad vaporosa e indescifrable.





V. Más allá y más acá de la máscara


A este respecto, conviene reparar por un instante en las múltiples imágenes violentas y crueles que de continuo invaden el curso del film y que sin duda están allí por algún motivo, cumpliendo alguna función. Tales cuadros de brutalidad extrema aparecen en Persona como "testimonios de lo que no se puede abarcar ni digerir con la imaginación, más que como motivos para concebir pensamientos políticos" (Sontag). Nótese, sin embargo, que esas imágenes se siguen poniendo en correspondencia con el acto representativo, siquiera como índices negativos de su ineficacia y fracaso. Porque esta especie de violencia muda -válgame Elisabet- emerge cuando queremos franquear el umbral de lo imaginario, en el ánimo de progresar hacia mayores honduras, y nos topamos con eso que no puede "aprehenderse por la imaginación"; el básico horror de la existencia cuyo primer rostro es la crueldad y el tormento de los cuerpos. Es como el dedo acusador de lo inexpresable, lo que excede al sentido y brota cuando el sentido desmaya, o queda extinto. Una vez depuestas todas las máscaras, caídas en la lucha por alcanzar una verdad última, absoluta, el único absoluto que surge es lo real de la carne doliente, predestinada a la aniquilación.


Con todo, esas vistas horríficas de atrocidad y dolor, de lo real aniquilador, nos llegan apenas como "testimonios" -traducciones o trasposiciones- de aquello inabarcable por la imaginación, y funcionan en la práctica como un borde, como la frontera con el más allá de lo representable. Lo cual implica que no dejan de asimilarse al universo de la máscara, de lo imaginario, de la consiguiente opacidad y relativa "falsedad" que Bergman sugiere: pues al quedarnos de ese real crudo e inasimilable su solo testimonio representativo, buena parte de su intensidad, de su verdad y esencia, se atenúa (se extenúa) a un grado tal que es como si su intrínseca sustancia se encerrase en sí misma y permaneciera eternamente por fuera de nuestra experiencia.


Esta intuición de Bergman alcanza peculiar elocuencia cuando Elisabet, sola en su cuarto tras la pelea con Alma, se pone a mirar una foto del gueto de Varsovia y recorre con la vista sus diversas partes y personajes: el niño en posición central, alzando los brazos; los militares nazis con sus armas; las madres, otros niños y niñas. La cámara va recortando vistas parciales del grupo, ademanes, posturas. Salta de una zona a otra, se acerca, agiganta las siluetas y contornos hasta casi desdibujarlos. Transita la foto como buscando algo, intentando penetrar esa realidad, captar su esencia, pero solo nos muestra su imposibilidad de ir más allá del plano puramente gráfico, figurativo, del cuadro. Cualquiera que sea la tremebunda realidad que en vano trata de hallar o desvelar, no está allí: la opaca fotografía la oculta en el propio movimiento de exhibirla o connotarla. La imagen, por así decir, se impone a lo real y lo arroja para siempre al territorio de lo incognoscible o, para nuestro caso, de lo invisible.




Por vías análogas concibo la "puesta en tela de juicio" del lenguaje (de su discontinuidad, ineficiencia, equivocidad, etcétera), que Sontag sobrestima y por ende problematiza. Así como lo real inasequible no se puede intuir sino por mediación de una máscara, pantalla o fotografía, así la esterilidad y contradicciones del lenguaje, tanto como los recelos conexos, no pueden referirse ni aun enunciarse sino a través del propio lenguaje; el cual, para resumir su rol en la película, participa de la condición general de las máscaras: apunta a una verdad, la señala, pero no acierta a enunciarla. A eso se reduce, hablando estrictamente, su "lastre y fracaso".


Varios episodios de la trama desmienten, a mi entender, esa idea de Sontag sobre la "desconfianza" del lenguaje y de sus insuficiencias. El ejemplo sobresaliente es el de Alma contando su vivencia de la orgía en la playa, una de las escenas "más eróticas de la historia del cine", a juicio de incontables observadores, y cuyo efecto reposa en la superabundancia de palabras excepcionalmente ilustrativas. La anécdota importa porque, tras desembocar en la admisión de que el sexo con su novio, la noche posterior a la orgía, fue tan bueno como "nunca antes o después", se prolonga en la comprobación de haber quedado embarazada -no sabiendo si del novio o del chico de la playa- y en su consentimiento al aborto subsiguiente. Y porque, mientras cierra su relato declarándose conforme con esa decisión, Alma rompe a sollozar. "Después una tiene mala conciencia por las cosas pequeñas, ¿tú lo entiendes?", dice, "¿Puedes ser una y la misma persona a un tiempo? Quiero decir, ¿yo era dos personas?". Se refiere al sexo con dos hombres distintos, al deseo simultáneo por su novio y por otros, pero también a la ambivalencia respecto del aborto consumado, a la lacerante mezcla de aceptación y contrición. (Un factor prominente en esta secuencia de pornografía verbal lo aportó la reformulación que Bibi Andersson practicó al texto originario de Bergman, por la ganancia en verosimilitud y potencia que obtuvo de removerle el excedente de fantasía masculina).




Otros ejemplos de la gravitación y trascendencia que Persona reconoce al lenguaje se encuentran en el desengaño beligerante que el texto de la carta de Elisabet suscita en Alma; en la desesperación que progresivamente causa en Alma el anhelo de arrancar alguna palabra a Elisabet; hasta en el propio callar de la actriz, que sin duda toma su valía de la eficacia atribuida al habla: ¿por qué razón, si no, esperaría que abstenerse de ella tuviera algún sentido? Volvemos a lo de arriba: los lastres de la lengua, principalmente su proclividad al engaño y su inaptitud de abrazar aquello que es de suyo indecible (lo real como el más allá de nuestras escenas), solo son tramitables en su propio seno y por su propia materia. Ningún recelo de sus debilidades o trampas podría jamás desconocer que el lenguaje es el sostén privilegiado, o único, de la resonante máscara que nos mantiene a resguardo de la disgregación.


Desde luego, hay que sumar a la cuenta las oposiciones y contrapuntos que el lenguaje entabla con el consabido silencio de Dios, abismo al que Bergman remite sin duda aquellos horrores de lo real inefable. Los primeros días en la isla, Alma lee a Elisabet unas líneas de un libro, referidas al "alarido que nuestra fe y nuestra duda lanzan a la oscuridad y al silencio" como "prueba atroz de nuestro desamparo"; y a la angustia, la "incomprensible crueldad" y la "dolorosa mirada a nuestra condición" como aflicciones que han socavado toda esperanza de salvación. Elisabet, la artista incrédula -o desencantada de la fe, al igual que el realizador a quien representa-, la que retruca al silencio de Dios con el suyo propio, comparte esas ideas; pero Alma, la charlatana, no está de acuerdo. Un rato después, hablando sobre sus colegas jubiladas, la enfermera expresa su admiración por esa gente que tiene "una fe tan profunda en algo como para dedicarle toda su vida". Alma cree todavía en la lengua, mantiene la fe de su poder invocador y redentor; lo que la malquista con Elisabet no es una decepción del lenguaje, sino la "mentira" en que la otra sustenta su silencio.


Una específica dimensión interpretativa que esta trama de efigies ambiguas admite, o favorece, estriba en la viveza con que evoca el ámbito del psicoanálisis, donde un paciente proyecta sobre un analista neutro y silente sus fantasías, clisés de relación, anhelos frustrados, etcétera. Gente conocedora de estas cosas ha notado que el deliberado silencio de Elisabet se asemeja al del psicoanalista, que por su negativa a abonar cualquier cierre trivial del sentido genera insatisfacción, es percibido como interpelante y propende a que el paciente siga hablando, a menudo con creciente angustia, sabiéndose forzado a buscar en su discurso algo más próximo a una verdad sobre sí mismo. Parejamente, aquí el lenguaje no le sirve a Alma para mejorar o "sanar" a Elisabet, pero sí en cambio para reconsiderarse a sí misma y hasta cierto punto verse con mayor honestidad, enfrentar sus verdades ingratas. Es "el vacío que la actriz crea con su silencio", como dice Sontag, y en el cual la hermana se sumerge al hablar para "vaciarse" a su vez. O mejor, para apreciar y enfrentar su vacío, deponiendo los rellenos con que trata de taponarlo: su máscara y palabras de comedia; su buen juicio, su vida ordenada, sus sólidos proyectos que tal vez no desea; su persona, en suma, entendida como su personaje social, el personaje que en su imaginario cree (o querría) ser, su dramatis persona en el teatro del mundo.  


Es así, por tanto, como "cada gesto de Alma -de afecto confiado, de envidia, de hostilidad- queda invalidado por el silencio inflexible de Elisabet", nos dice Sontag. Pero si bien Elisabet no cesa de cambiar, por la naturaleza de su silencio que continuamente varía y adquiere nuevos significados, tampoco puede arrogarse una existencia o entidad concreta en ningún sentido de la palabra. Al tiempo que invalida todo lo que Alma dice, se invalida a sí misma, pues las variopintas significaciones en que su silencio se vierte se construyen con exclusividad sobre cada decir de Alma: todo sentido posible de su ser depende de la otra. Lo mismo que el psicoanalista sobre quien el paciente proyecta su deseo y fantasear inconsciente, y que, al final, de tanto ser cualquier cosa en que los espectros de su paciente lo conviertan, acaba por carecer de índole propia. Se vuelve nadie; o bien, Nada, como precisamente dice Elisabet la única vez que habla, semidormida, en el filme. 







VI. Persona y Alma


La diferencia sustancial que la situación clínica del psicoanálisis guarda con la relación entre Alma y Elisabet consiste en que esta última se despliega de entrada como escenificación de un monólogo interior, o de un diálogo trunco entre las susodichas instancias de la persona. Pues si Alma y Elisabet son dos componentes de un ser único -huelga acentuar el exceso en el calificativo-, de eso se sigue que Elisabet es a la vez una máscara de Alma y viceversa, lo que queda prácticamente explicitado en esa genial secuencia repetida, duplicada, que nos deja ver, primero, a Elisabet oyendo el detalle de su propia relación conflictiva con su hijito en la voz de Alma y reaccionando a él; luego a Alma repetir íntegramente ese monólogo; y, por último, las caras de ambas combinadas en una sola [*] mientras Alma protesta "Yo no soy Elisabet Vogler", "Me gustaría tener... Yo adoro... No tengo..." (la palabra que no atina a pronunciar es hijos). Sobre esta base se explica la plétora de ambigüedades, saltos y contradicciones, el hecho de que Alma pueda argumentar que es ella, y no Elisabet, la que cambia todo el tiempo: efectivamente, Elisabet solo varía en la medida de lo que Alma le proyecta, en sí misma es inmutable; todo lo que Elisabet pueda aprender y saber de la vida, le vendrá de Alma, que es quien se engaña y enajena en las máscaras, pero entre tanto vive y habita la realidad que la otra solo contempla o estudia.


[*] Esta asombrosa cara doble o compuesta, mitad de Alma y mitad de Elisabet, es, como se ha señalado sobradamente, un recurso único en la historia del cine, jamás imitado y de hecho inimitable; una cosa experimental que solo puede hacerse una vez, puesto que nadie podría intentarlo de nuevo y soñar siquiera con obtener el mismo efecto




La interacción entre las dos mujeres metaforiza el balance o desequilibrio entre las correspondientes instancias de la persona que "componen". De un lado, su faceta fría e intelectual, indiferente en la plena acepción del término, que empatiza con lo humano en un terreno abstracto, casi teorético, que examina a la gente y la emplea como objeto (de re-creación artística, por ejemplo). De otro lado, enfrentándola, la faceta ingenua, compasiva, de ambiciones convencionales y poco trascendentes; una instancia emotiva, cuyos afectos -afecciones- la arrastran a veces a estallidos pasionales que la otra parte desprecia o encuentra incluso risibles; que puede violentarse o llorar incansablemente... En esta bipartición se asientan todos los cruces, fusiones y desencuentros entre ambos personajes: Alma "aprendiendo" de Elisabet, pero achacándole asimismo falsedad, inconsistencia, "estar podrida"; Elisabet, en tanto, sintiendo por procuración, a través de Alma, chupándole la sangre (literalmente), haciendo incluso que la otra hable por ella, que le explique su propia historia. Y las contradicciones: Alma clamando "no ser Elisabet Vogler" ni querer serlo, porque ella jamás odiaría al hijito no deseado y repugnado de la actriz, pese a ser ella la que se practicó un aborto tras quedar embarazada en ocasión de aquella orgía; Alma deseando casarse con su novio por la ventaja de no pensar y la garantía de seguridad, pero concediendo que ese designio "no tiene sentido", porque "él y yo no encajamos". Elisabet, a su turno, encarnando la instancia analítica (volviendo a su semejanza con el psicoanalista como persona indefinida o máscara de cadáver, como ente insensible que no se interesa del todo en las terribles desventuras que la gente le confía), esa parte insustancial, casi carente de esencia propia, que estudia las conductas de Alma, que quiere entender, penetrar, la foto del gueto de Varsovia, que se re-presenta las cosas, pero sin vivirlas efectivamente. A esta instancia anímica Alma le pregunta: "¿Qué clase de persona eres tú en realidad?", y le atribuye la exclusiva voluntad de "retener esa cara, ese tono de voz, esa expresión" en cada persona con la que se relaciona. 


Poco a poco, Alma se volverá la subjetividad preponderante -si cabe la expresión- de la historia; aquella desde donde seguiremos lo que acontece. Parecerá, cada vez más, que Elisabet fuese la persona de su Alma. Es como en La Más Fuerte de Strindberg, donde la mujer que no habla parece dominadora, pero lo que en realidad ocurre es que la otra, aun extraviada y alienada negativamente en la figura de la silenciosa, acaba por agenciarse una vida, una familia, un esposo; mientras que la silente parece desprovista de todo, no servir más que de ancla, molde o causa para el deseo de su antagonista. Sontag advierte la remisión temática a aquel drama, pero se queda corta al interpretarla. Numerosas escenas indican que Persona traza el recorrido de Alma, como protagonista genuina, como instancia efectiva que se indaga a sí misma apuntalándose en la otra, llegando incluso al límite del sentido; véase, por ejemplo, esa escena postrera en que suelta medias palabras y frases aparentemente incoherentes, traslapada por Elisabet que, en plano primerísimo, mueve levemente los labios, como si buscara compartir o plegarse a aquellos enunciados. Cuando Alma le dice al Sr. Vogler (Gunnar Björnstrand) que ella no es su esposa y él, ignorándola, le sigue hablando de su mutua relación, Elisabet se acerca a ella como un fantasma y guía su mano hacia el rostro del hombre para que lo acaricie. Después de hacer el amor con el Sr. Vogler, Alma, llorando, demanda que él la repudie por su falsedad y frialdad -vicios propios que antes adjudicó y reprochó a la actriz-. Acto seguido, descubre la foto del hijo de Elisabet, rota en una secuencia anterior, sin sorprenderse de verla inexplicablemente recompuesta, sugiriendo una vez más el carácter artificioso, lindero con la existencia virtual, o con la simple alegoría, en que va sumiéndose Elisabet conforme progresa la historia. (En la magnífica fotografía abstracta de Sven Nykvist abundan las imágenes sobrexpuestas, veladas y/o desenfocadas, como "irreales", de Elisabet, pero no las hay de Alma; a la inversa, se nos exhiben algunas visiones oníricas o ilusorias de Alma, pero ninguna de Elisabet). 




Por fin, en un misterioso regreso al cuarto del hospital, Alma se acerca a la cama donde la actriz yace inconsciente para incorporarla y exigirle que "repita con ella" la palabra "Nada". Elisabet es un despojo humano carente de voluntad, incapaz de mantenerse erguida sin ayuda de la otra, incapaz hasta de abrir los ojos. Al oírle decir la palabra, la enfermera remata "Así está bien, así es como debería ser". Antes de dejar la casa de la isla, Alma se mira al espejo y se pasa una mano por el cabello como peinándose; en eso aparece, sobreimpresa, la previa imagen de ambas mujeres en un sueño de Alma donde Elisabet la peinaba de idéntica manera: la mano espectral de la actriz se superpone ahora a la de la enfermera en ese gesto (para simplificar: el espejo dice que Alma es también Elisabet). Mientras Alma está saliendo de la casa, aparece en primer término la gran cabeza de una escultura en piedra que adorna la entrada; su pinta de máscara teatral es tan notoria que el propio Bergman la señala acercándole la cámara y cortando a un plano en que Elisabet, caracterizada como Electra en el escenario, se vuelve hacia nosotros y nos observa. Ella es, por tanto, la máscara. Al tiempo que empieza a sonar la bocina del autobús en que Alma partirá, una cámara, montada sobre una grúa en un set de filmación, desciende hasta encuadrar y enmarcar en el reflejo de su visor la imagen, tomada en picado y volcada 180 grados, de Elisabet, que de nuevo nos mira, acostada boca arriba y extrañamente estática, más parecida a una foto que a una persona inmóvil. Antes de llegar a ella, hemos atisbado en ese visor la silla de "Ingmar Bergman".




Entre estos signos arribamos al final de la película. Después de seguir la marcha del autobús abordado por Alma, la cámara panea hacia el suelo y este plano funde al del niño tocando todavía la pantalla, en la que se ve la cara de Alma (o una combinación de las dos caras donde prevalece la suya), diluyéndose en un fundido a blanco. El niño retira la mano. Una película corriendo por un proyector se suelta del carrete, la imagen se deshace, los arcos de la lámpara se apagan. Sobre el consecutivo fondo negro aparecen los créditos.





VII. Coda: La identidad fuera de sí


Nacido de gente tan ligada al teatro, no es raro que este filme se ponga a escarbar en la persona concibiéndola como un sí mismo postizo o sucedáneo; como construcción, mayormente fallida, que intenta anclar el alma en una entidad o realidad coherente y consecuente; una construcción brotada del afán de hacer contacto con anhelos recónditos, de conocerlos y manejarlos, mediante una especie de escenificación, adoptando un personaje, obrando conforme a sus requerimientos y montando la escena que su máscara pide en el drama de su mundo, quizá con la esperanza de que eso depare alguna guía moral, un camino de satisfacción o de conformidad. La forma y medida en que esta aspiración errará el blanco determinarán para cada cual, probablemente, la consistencia y fuerza de lo que llamará su personalidad.


Persona dramatiza la pregunta por el déficit constitutivo de esta vacilante "identidad", por su carácter siempre incompleto y a medias ajeno. Interroga a la persona que nos creamos -y cuyo imperio en cierta medida también nos crea-, en su inescindible tacha de falacia o de error, en su insalvable distancia con cualquier esencia. Indaga a esa persona nuestra que no consigue hacerse idéntica a nosotros. Pero la mirada de Bergman no deja de contemplar, y de exponer, la alteridad consustancial a este presunto sí mismo, el previo rodeo en la interacción con Otro como condición de su existencia. Decenas de scholars que han analizado la película tienden a dar por sentado que hay ahí una identidad como cosa cerrada, consistente (solidez que extienden a sus "partes"), separada del mundo por contornos claros y precisos; lo que llaman un self.  Luego hablan de luchas, conflictos y resquebrajamientos de esa materia que suponen de antemano acabada, compacta, robusta -de ahí que no me gustase el término desdoblamiento, por implicar esa noción de una inexistente unidad primaria y homogénea-. La realidad es muy diferente, y Persona la intuye al describir las paradojas e impedimentos de una presunta identidad que se habita más bien fuera de sí, proyectada en pantallas exteriores, que se edifica en base a momentos y gestos discontinuos y fragmentarios; que no se parece para nada al ente autónomo, independiente, uniforme, que queremos imaginar en ella. 




"El arte siempre es un espejo y hay que aprender a sostener ese espejo. Si temblamos de miedo al sostenerlo, la imagen será borrosa" (Ingmar Bergman).













Fuentes:

Persona, en Estilos Radicales (Styles of Radical Will), Susan Sontag, 1969. Farrar, Staus & Giroux, NY. (Edición española: Muchnik Editores, Madrid, 1984. Traducción de Eduardo Goligorsky; p. 138 y ss.).

Persona, El Film Que Salvó A Ingmar Bergman (Persona, Le Film Qui A Sauvé Ingmar Bergman). Película documental de Manuelle Blanc, 2017.

La Más Fuerte (Den Starkare). Drama en un acto de August Strindberg, 1888. (En Teatro Escogido,  Alianza Editorial, Madrid, 1999. Versión española y prólogo de Francisco J. Uriz; p. 203).

Persona (Manniskoätarna). Guion literario de Ingmar Bergman, 1966. (Ed. Nórdica, Madrid, 2010. Traducción de Carmen Montes)

Ingmar Bergman: A Reference Guide. Birgitta Steene (Amsterdam University Press, 2005. p. 268 y ss.)



2001: Odisea Espiritual

 



I


El último 26 de julio Stanley Kubrick habría cumplido 95 años. 


Confieso que se me hace raro escribir sobre él, ya que nunca he sido su admirador número uno. Hay unos cuantos aspectos de su cine que no terminan de convencerme. Suelo encontrar errático y forzado su manejo del conflicto dramático, así como mal sustanciados los actos y voliciones de sus personajes y pobres las parábolas en que a veces quiere subsumirlos. Su imagen (encuadre, movimientos de cámara) goza siempre de impecable calidad y equilibrio visual, aunque en un sentido predominantemente decorativo y abstracto, con escasa hondura o impacto expresivo. En cuanto al tópico de que cuenta con "un clásico en casi cada género", aparte de que no es realmente así, no sé si represente un mérito creativo o el testimonio de una falta de rumbo estético concreto, pues cuando uno escarba en tan sistemático eclecticismo buscando lo que puedan tener en común sus variados ejemplos, descubre que buena parte de eso reside en los defectos: el drama tórpido, los actores no muy bien dirigidos, las peripecias débilmente sustentadas... 


Pero 2001: Odisea Del Espacio, es un caso aparte en su filmografía. Por ser sin duda la más trascendental de sus películas, la que una mayoría de críticos aclamó (pese a las numerosas voces objetoras), la que mayor controversia ha ocasionado entre el público cinéfilo -seña inequívoca de aspirante a clásico-; y, llamativamente, la que medio millar de prestigiosos cineastas del mundo ha consagrado como su preferida absoluta, por encima de Citizen KaneVertigo Tokio Monogatari, en las dos últimas encuestas de Sight & Sound (2012-2022). Lo cual debe significar algo, por mucho que invite a disentir. Algo que no se zanjará lanzándole el ligero mote de "sobrevalorada", como hacen algunos (algunes) que al referirnos en cambio sus filmes favoritos nos regalan ejemplos de sobrestimación rayanos en el disparate. 


Lo primero que corresponde decir acerca de 2001 es que, guste o no, instituyó unas premisas estéticas que se volvieron referencia insoslayable para toda película de asunto cosmológico, y de ciencia ficción en general, estrenada en las décadas subsiguientes, tal vez hasta el día de hoy. No hubo desde entonces una sola película de temática interestelar que no se viera precisada a dialogar, en buenos o malos términos, con la forma de 2001, ya fuera para confrontarla (Solaris, 1972), rebasarla (Alien, 1979) u homenajearla (montones de ellas, como Gravity, de 2013). Y son incontables las que se han valido de técnicas inspiradas en las que Kubrick y su gente utilizaron allí: por recurrir a un ejemplo bastante reciente, las escenas finales en el teseracto de Interstellar (2013) se lograron por un método de slit scan fotográfico prácticamente idéntico al que se empleó para la secuencia penúltima de 2001, conocida como la del Star Gate, en que el doctor-capitán Bowman, recién llegado con su cápsula a una luna de Júpiter, es traccionado hacia un viaje ultrarrápido y psicodélico con rumbo a un incierto más allá.


El viaje  final de Bowman y el efecto óptico de slit-scan.





II


Quizá intentaré en el futuro una historia exhaustiva de la ciencia ficción en cine y literatura. A cambio, ofrezco aquí su resumen. Hundiendo sus raíces en ciertas manifestaciones del relato fantástico romántico (FrankensteinThe Facts in the Case of M. Valdemar), la ciencia ficción se consolidó y especializó, por decirlo así, a fines del siglo XIX, con la llegada de autores como Julio Verne o H.G. Wells, y luego, en los primeros decenios del siglo XX, con H. P. Lovecraft, Robert Heinlein y otros. El espectro temático del genero es relativamente amplio y no se limita al campo de lo "espacial": Verne soñó viajes al centro de la tierra, Wells los imaginó a través del tiempo. Pero también se han inventado hombres invisibles; experimentos fisicoquímicos y biológicos monstruosos, por malogrados o malintencionados; máquinas inverosímiles; robots y androides que fallan dañosamente o se rebelan contra la humanidad... Kingsley Amis definió la ciencia ficción como "la clase de prosa narrativa cuyo tema es una situación que no podría presentarse en el mundo que conocemos, pero que es hipotetizada sobre la base de alguna innovación en ciencia o tecnología, o seudociencia, sea su origen humano o extraterrestre" [1]. En cuanto al cine, usualmente tributario de las letras, bastará aquí con señalar el camino divergente que fue tomando la ciencia ficción espacial respecto de las demás variantes temáticas que el género conocía. Un sumario repaso indica que, habiendo existido desde los inicios del séptimo arte (Méliès tuvo ya en 1902 su Viaje a la Luna), habiendo producido algún título destacable, en tiempos del cine mudo, por cortesía del expresionismo alemán (junto al clásico supremo Metrópolis, de Fritz Lang, y a otros menores como Orlac's Hände, de Robert Wiene, hubo una Frau im Mond -Mujer en la Luna-, también de Lang), el patente desinterés de Hollywood por el subgénero astronómico de la science fiction le hizo perder impulso frente a sus otras ramas, las cuales siguieron funcionando muy bien, sin duda por su facilidad para asimilarse al horror gótico-romántico (la inmediata correlación entre lo sobrenatural o ultraterreno del relato de horror y lo antinatural o extraterrestre de la ciencia ficción, explica la proclividad de este género a las historias apocalípticas y por ende "terroríficas").


Julio Verne y H. G. Wells


Por múltiples razones económico-sociales y políticas (desde las penurias de la Gran Depresión a las ulteriores angustias de la Segunda Guerra), la sociedad estadounidense de los años treinta y cuarenta no estuvo muy predispuesta a viajes interestelares y maravillas científicas futuristas, ni en las letras ni en las pantallas. Por largo tiempo fue tópico que la ciencia ficción no era un género "popular", que su público se componía tan solo de ingenieros y tecnólogos, que no atraía a la audiencia femenina, que un incorregible temperamento freaky hermanaba a sus seguidores, congregados litúrgicamente en reducidos clubes de culto... De modo que el Sci-Fi cinematográfico, o mejor dicho, su vertiente astronómica, hubo de esperar hasta la década de 1950 para resurgir, tal vez al amparo de la celebridad que a la sazón conquistaba su flamante prócer literario Ray Bradbury, de la reasegurada pujanza económica o de las nuevas formas de miedo y paranoia que trajo consigo el despertar de la Guerra Fría. Pero este renacer se dio en los nada halagüeños términos de una tendencia a producciones que eran o parecían de bajo presupuesto, abundantes en ideas simplistas y obsesivas, inficionadas de todos los recelos y desesperanzas de la posguerra. 


Más allá de las diferencias presupuestarias que trataré a continuación, de las pantallas panorámicas en refulgente color contra el modesto cuadro académico en blanco y negro, la división básica que admite el cine espacial de los cincuenta es de orden temático: relatos de "expedición" versus relatos de "invasión" (dicotomía que ciertamente se remonta a los pioneros literarios: De La Tierra A La Luna, La Guerra de los Mundos...). En 1950 se estrenaron las dos primeras películas influyentes del género: Destination Moon y Rocketship X-M, ambas del subtipo "expedición", o sea, de naves humanas enviadas al espacio. Destination Moon (Con Destino a  la Luna), procesada en Technicolor y con ínfulas de superproducción, contó con el mismísimo Robert Heinlein como coguionista y se esmeró por retratar de manera "realista" una travesía espacial; no se privó, por cierto, de soltar aquí o allá algún inciso paranoide relativo a la URSS. Tuvo copiosa y sagaz publicidad previa y el consecutivo éxito en las taquillas. Por su parte, Rocketship X-M (donde "X-M" iba por "Expedition Moon"), conocida en español como Cohete K-1, fue un producto en blanco y negro de inocultable clase B, realizado con suma celeridad para beneficiarse de la expectación creada en torno a Destination Moon, a la que incluso madrugó con el estreno. Tal vez por su  presupuesto cinco veces inferior, Rocketship X-M, cuya trama partía de un improbable accidente con el combustible que desviaba la nave hacia Marte, se permitió ser más libremente imaginativa que Destination Moon, al tiempo que pudo jactarse de un irrenunciable contenido pacifista. En su guion, repleto de deliciosas ingenuidades, colaboró el ilustre Dalton Trumbo, aunque un achaque terrícola llamado lista negra lo desposeyó del crédito respectivo. Sin llegar a las ventas de su competidora, Rocketship X-M recibió bastante calor en las taquillas.


Una escena de Rocketship X-M.


Pese al triunfo comercial de estas refundadoras, el opuesto subtipo de la invasión no tardó en prevalecer, quizá por calar con mayor profundidad en la fantasía del público de posguerra y propiciar nexos más consistentes con los géneros de horror, bélico y de catástrofe. Sus exponentes fueron por lo común películas de clase B, dirigidas por realizadores novatos de los estudios, con starlets menores, o debutantes, en los roles principales. Mientras que los primeros tanteos entre sus homólogos del tokusatsu japonés vinieron cargados de una dolorida concientización humanitaria contra las bombas nucleares, la ficción espacial invasora yanqui -con la sola excepción de El Día Que Paralizaron La Tierra (1951), obra maestra de inhabitual espíritu antibelicista [2]-, se consagró tempranamente a un barato subgénero de horror, que pretendía servir, ante todo, al minúsculo fin de la propaganda antisoviética. Su ejemplo típico era aquella cinta donde Steve McQueen luchaba contra un gigantesco moco rojo que, alimentado de humanos incautos, no cejaba en ensanchar su masa informe y, con ella, su estúpida alegoría del comunismo [3]. Las películas memorables o siquiera decentes de este estilo fueron contadísimas: solo se me ocurre mencionar La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (Don Siegel, 1956, con Kevin McCarthy) y, por supuesto, la "modélica" The Thing (1951) [4].  


Por ser inescindible de los avances técnicos asociados a su época, el Sci-Fi cinematográfico de posguerra conoció, con todo, algunas piezas de presupuesto relativamente alto [5]. No por nada el género floreció cuando la TV empezaba a competir fuertemente con la gran pantalla y los estudios del viejo Hollywood precisaban con urgencia algo novedoso e inimitable que ofrecer. El amanecer de la década de 1950 vio surgir el sonido estéreo, el 3D, un reverdecido auge del color (al engorroso, oneroso y rutilante Technicolor se sumó el amigable, económico y pálido Eastmancolor, que primó entre varios contendientes de peso desigual)... Pero la principal innovación pasó por las pantallas panorámicas: Cinerama, Cinemascope -indiscutido triunfador de la década-, VistaVision, Panavision. Merced a estas herramientas el cine se aseguró de brindar un espectáculo cuya grandiosidad superase con creces a cualquier atracción que pudiera oponerle la incipiente y precaria televisión de entonces. Naturalmente, tamaño despliegue tecnológico reluciría menos en dramas intimistas de estilo ibseniano que en filmes de acción y fantasía con elencos multitudinarios, ambientados en vastos paisajes exóticos y repletos de efectos especiales. La ciencia ficción parecería, por tanto, ideal para albergar y capitalizar aquellos fastos. Sin embargo, westerns y películas bélicas o históricas se beneficiaron de ellos con frecuencia inmensamente mayor. En realidad, durante toda esa década y la siguiente, la ciencia ficción no supo cómo sacudirse su alma de clase B, por así llamarla. Los directores de prestigio, las máximas estrellas y los más solicitados guionistas y productores la rehuían en forma unánime...






III


Vamos, así, llegando a Kubrick.


He señalado ya que, de entre las otras cinematografías del mundo, la de Japón se destacó por explorar el género en sus diversas vertientes y abordarlo con su propia mirada. Ejemplos señalados de ello son las famosas Godzilla (Ishirō Honda, 1954) y, más importante aquí, Uchūjin Tōkyō-ni Arawaru (Alienígenas Aparecen en Tokio, en España llamada Asalto A La Tierra) de Kijo Shima, primera película nipona de ciencia ficción en colores, estrenada en 1956. Este largometraje, en particular, integra un puñado de trabajos cuya influencia sobre 2001: Odisea Del Espacio puede considerarse significativa. Otros fueron el estadounidense Forbidden Planet (Planeta Prohibido -El Planeta Desconocido, en los países hispanohablantes de América-), que Fred McLeod Wilcox dirigió en 1956, pródigo en vestuario y decorados de dudoso rigor pero excéntricos y vistosos; y Universe, de 1960, un documental de la televisión canadiense realizado por Roman Kroitor y Colin Low.


Arriba: Alienígenas en Tokio. Abajo: Planeta Prohibido.


Mención aparte merece otro fabuloso documental: To The Moon And Beyond (Hacia La Luna y Más Allá), que la empresa Graphic Films llevó a la Feria Mundial de Nueva York de 1964, realizado en el formato "Cinerama 360º" para ser proyectado en el interior de un gran domo como el de los planetarios. Al ver ese film -hasta la fecha jamás transcripto a ningún formato "plano" y, por consiguiente, inasequible para nosotros-, Kubrick, que ya bosquejaba su futura 2001, contrató a Graphic Films como asesora artística de su preproducción. Los años siguientes recibió de esta empresa, por correo o en persona, bocetos de instalaciones y decorados, storyboards de viajes espaciales o puntuales piezas de investigación en física y astronomía. Más todavía: en cierto momento el dibujante y escenógrafo Douglas Trumbull abandonó Graphic Films para ocuparse exclusivamente de los efectos especiales en la película de Kubrick. 


Pues si algo distinguió a 2001: Odisea Del Espacio de todas sus predecesoras fue que desde el principio su director quiso imprimirle un intachable realismo, sin monstruos de kaiju japonés o estrambóticos alienígenas, y enaltecerla mediante una meticulosa veracidad científica, evitando al mismo tiempo contaminarla de los géneros que le fueran afines los años previos: terror, catástrofe, guerra. Pero, ante todo, quiso situar o cifrar en su arquitectura intrínseca, en su propia forma y acaecer, la base para una serie de reflexiones cosmológicas, metafísicas y existenciales. Eso explica, tal vez, el trabajo monumental, la enormidad de tiempo, dinero y personal técnico que requirió su factura. 2001 puso en juego un arsenal de efectos asombrosos que jamás se había visto: proyecciones frontales, transparencias, slit scan fotográfico, infinidad de miniaturas y maquetas, rotoscopia, obras de ingeniería tremendas como el formidable decorado apodado "noria centrífuga" (una gran rueda de giro vertical construida ad hoc), y decenas de etcéteras.


La Noria: un decorado giratorio de 12 m de diámetro por 10 de profundidad.
Abajo a la izquierda: un ejemplo de su uso para un efecto "pseudogravitatorio".



(Junto al ya nombrado Doug Trumbull, los otros supervisores de efectos especiales fueron Wally Veevers -veterano del oficio que se había iniciado en el antiguo semiclásico del género Things To Come de 1936, y que venía de colaborar con Kubrick en Dr. Strangelove-, Tom Howard y Con Pederson. Auxiliados por jóvenes asistentes como Brian Johnson -años después supervisor en Alien y Star Wars: The Empire Strikes Back, entre otras-, o Richard Yuricich -futuro compañero de Trumbull para los FX de Close Encounters Of The Third Kind y Blade Runner-, ellos fueron los máximos responsables de que el continuo portento óptico se viese en todo momento natural y creíble. Sin omitir, desde luego, a los directores de fotografía Geoff Unsworth y John Alcott -segunda unidad-).


Arriba: Wally Veevers y Douglas Trumbull -trabajando en el Moonbus-.
Abajo: miniaturas de la nave Discovery One.


La hazaña fundamental de 2001: Odisea Del Espacio consistió, por tanto, en dejar atrás aquel Sci-Fi de los 50 y 60, de tramas elementales y antojadizas, de fantasía ingenua y a veces incongruente o pueril. En elevar su clase B a un nivel A. Lo hizo, ante todo, en virtud de su excelencia técnica, de la cuidada producción, de su escrupuloso diseño y dirección de arte. Acabo de escribir la palabra clave: diseño. Esto es, el arte visual de la película -la confección de escenarios, utilería y vestuario futuristas poderosamente verosímiles- como su primordial razón de ser y justificación de su inapagable ascendencia. 2001 estableció esta primacía del diseño como base formal para un género al que casi refundó por sí sola, casi por ese solo hecho. Pero no se detuvo ahí. Porque además explotó la perfecta conveniencia de dicho diseño, en cuanto dotación artística, a un argumento relativamente parco en acción, que trata sobre la relación entre el animal humano y su inteligencia, una inteligencia que más bien parece llegarle desde una ignota exterioridad. Es lo que viene a representar el famoso monolito (más allá de su connotación totémica -y de otras que trato más adelante-), como mediador del interés y curiosidad del espíritu por las cosas del mundo; como instrumento dador, o, mejor dicho, promotor de entendimiento. En cualquier caso, el desarrollo de la trama sugiere enfáticamente que la inteligencia propiciada por dicho artefacto puede volverse luego, al expandirse, autónoma y artificial, alojarse en entidades, seres y objetos (computadoras, por ejemplo) totalmente distantes a su corporización humana originaria. También, ser eventualmente lanzada al espacio, transportada en monolitos como aquel que primero la trajo al mundo. E independizarse a tal grado que pueda, por su propia cuenta, dialogar y entrar en toda índole de intercambios con otros entes pensantes del universo. La estética de 2001, por su acento en la dirección artística y el diseño, parece hecha a medida para un argumento que imagina el progreso de nuestro intelecto hacia una creciente deshumanización, en un recorrido llamado a eludir, o a exceder, todo sentimentalismo, tensión dramática o conflicto emocional.



 

Llegados aquí, se hacen imperiosas ciertas puntualizaciones relativas a las discrepancias entre la película y la novela homónima, que se publicó el mismo año. El guion de Kubrick y Arthur C. Clarke se basó ante todo en un cuento de Clarke de 1951, llamado El Centinela. Mientras vertían la historia en argumento cinematográfico, los autores decidieron escribir paralelamente una novela de idéntica trama, que incluso pensaron publicar antes de estrenar el film, si bien acabó siendo aplazada por imposición de Kubrick, en el curso de crecientes desavenencias entre los guionistas. (El director venía quitando un diálogo tras otro y exteriorizando una tenaz inclinación a producir una película visual y no verbal). Entonces Clarke continuó por su cuenta el relato escrito, en el que algunas circunstancias oscuras o equívocas que la película dejaba sin aclarar contaron con un desarrollo pormenorizado y recibieron completa elucidación. Gracias al libro averiguamos, pues, que la avanzada civilización de los Firstborn (en la traducción española, Exploradores) deposita en distintos planetas, entre ellos la Tierra, ejemplares de sus monolitos, máquinas pensantes capaces de inducir, registrar y orientar avances en las inteligencias con las que interactúan. Una vez evolucionados en seres totalmente incorpóreos, en inteligencias puras, los Firstborn atraen al capitán Bowman, que llega en su módulo espacial a una luna de Saturno tras haber desactivado a HAL-9000, computadora madre de su expedición, y haber quedado solo. Su cápsula es absorbida por -o a través de- un monolito intergaláctico, que de repente se transmuta, según alcanza a describir el capitán antes de desaparecer, en una cosa "hueca", que "no termina nunca", "llena de estrellas". Conduciéndolo a un sistema estelar desconocido, después de ofrecerle vistas de otras civilizaciones, formas de vida y cápsulas espaciales que siguen rutas distintas a la suya, los Firstborn dejan a Bowman en una especie de lujosa suite de hotel, donde el hombre se queda dormido para luego renacer convertido en un bebé inmortal superinteligente, el Star Child (Hijo de las Estrellas), prometeica regeneración del intelecto humano cuya hazaña inaugural consistirá en detonar una ojiva nuclear que orbita en torno a la Tierra. Confróntese este argumento preciso pero relativamente chato con las indefinidas y más interesantes sugerencias aludidas en el párrafo anterior y se comprenderá por qué, pese a su considerable éxito editorial, la novela no alcanzó la gloria imperecedera de la película. 


Siendo afición común a fans y críticos la de subrayar las diferencias entre libro y filme, sorprende lo poco que se resalta a tal respecto la agónica secuencia que deriva en el nacimiento del Star Child. Mientras que en la novela Clarke pone a dormir a Bowman para simplemente despertarlo más tarde como un nuevo ser, en la película, amén de someter a su protagonista a un declive de duración indeterminada, Kubrick elige desdoblarlo en sujeto y objeto: el propio Bowman se ve a sí mismo recorrer las sucesivas etapas de su decadencia, hasta que por fin, ya reseco y exangüe en su lecho de muerte, se descubre contemplado por el monolito y extiende el brazo hacia él. La sabia decisión de igualar a Bowman, en cuanto observador, con aquellos ignotos entes de inteligencia incorpórea -los Firstborn de la novela que en la pantalla jamás son aludidos-, pero también, especialmente, con el mismo monolito y con el espectador del filme, de escindir su cuerpo de su mirada, denota o augura el presumible destino de su ser y, por extensión, el de su especie; dimensión que nuestro realizador indaga con un vigor y consecuencia faltantes en la novela. 







IV


He mencionado al comienzo algunas deficiencias que atribuyo al cine de Kubrick.  Es en virtud de ellas que valorizo tanto su idea madre para 2001. Su inspiración de proponer la básica insensibilidad, o inhumanidad, de una inteligencia aislada, aun inorgánica, como cosa latente en los entresijos del diseño arquitectónico y artístico, subyacente al recorrido y paso de aparatos e instalaciones. De fijar allí el corazón simbólico del filme, su sentido no explicitado. La preponderancia del diseño supone una voluntad de hacerlo hablar, entregar de sí un comentario visual de la historia cuyo ambiente provee. Hasta cierto punto, toda película habla de lo que muestra mediante el modo en que lo muestra; solo que aquí el carozo de la significación global asoma en el propio movimiento y maquinaria sensorial que atraviesa las distintas secuencias. El acierto que intento definir pasa por ilustrar, o mejor, recrear, mediante la instauración de un ambiente tecnológico impersonal y como foráneo, mediante las premisas mínimas y casi contemplativas de la acción dramática, el mismo desapego y anonimato que una tal entidad puramente pensante insuflaría en la especie destinada a asemejársele. 




Así y todo, 2001 no está libre por completo de momentos y detalles cuestionables. Se caracteriza, especialmente en la primera mitad, por un paso en extremo moroso, una carencia notable de acción y de conflicto, una exhibición ociosa y ornamental de decorados y prodigios técnicos (en efecto, las fortalezas formales de la película engendran la contracara de estas debilidades). La secuencia del Star Gate, aun brillante en concepción y ejecución, aun ennoblecida por la gloriosa Lux Aeterna de Ligeti, acaba por resultar demasiado extensa, máxime si le adicionamos esos tres o cuatro pesados minutos de sobrevuelo, en trávelin aéreo, de terrenos desérticos modificados por un efecto fotográfico de solarizado que ha envejecido realmente mal. Los diálogos de la exigua trama, necesariamente limitados, distan de ser antológicos o siquiera interesantes... 


Pero todo eso, bien mirado, no deja de acomodarse al andar global del film, a su pretendido carácter de "sinfonía visual", a la ambigüedad implícita en la perspectiva de un avance ultrahumano de la inteligencia. La parva acción da pretexto a alardes de virtuosismo como los efectos de "gravedad centrífuga" (alcanzados con ayuda de aquella descomunal y carísima noria). Los diálogos anodinos indican de suyo que las claves interpretativas se esconden en otro lado. El curso parsimonioso y mecánico del drama cuadra impecablemente con la natural ajenidad e indiferencia que acompañarían la postulada evolución del raciocinio, incluso con la disposición especulativa que la percepción de los fenómenos tratados demanda. Nunca como en este film se hallaron tanto en su elemento las habilidades de Kubrick, nunca tuvo un concepto, ambiente y elaboración tan adecuados para mostrar llanamente sus cartas y evitar adentrarse en vericuetos dramáticos y expresivos que le son indóciles. Nunca como en 2001 un director se topó con su tema, con la historia y materia idóneas para optimizar sus modos de hacer creativos disimulando al mismo tiempo sus falencias artísticas. No sé si exista otra película que haya trocado en virtudes los defectos de su realizador como lo hizo 2001.





Para ir concluyendo, dedico unas palabras al consabido monolito, que Kubrick parece haber visualizado como una especie de agujero negro cinematográfico (nueva desemejanza con la novela, que lo describe como de cristal transparente); una concreción de vacío cargada, sin embargo, de energía inmensurable, de potencia indeterminada. Quizá cause extrañeza que hasta hace poco tiempo nadie reparase seriamente en la ostensible semejanza que dicho artefacto guarda con una pantalla rotada a 90º; si bien, por otro lado, se entiende que la similitud no pudiera advertirse con anterioridad a la proliferación de pantallas LED, negras y apaisadas, en los modernos monitores de PC, TV y celulares. ¿Quiso Kubrick representarlo como un espejo vacío, un black mirror, análogo al de la conocida serie televisiva que, justamente, basa su título en la calidad de virtuales espejos atribuible a los monitores omnipresentes en nuestra vida actual? ¿Quiso proponer su monolito como un falso espejo que paradójicamente absorbiese toda imagen sin devolver ninguna, que en el extremo se tragase toda afección humana por el mundo sensible para fomentar aquel desarrollo de una inteligencia pura, aséptica, desligada de cualquier lazo corporal? Lo cierto es que la cara frontal de este emblemático objeto muestra una proporción de 2.2 : 1 (sus medidas son 335 cm x 152 cm), exactamente idéntica a la relación de aspecto que exhibe la pantalla en Cinerama de la película. Como para despejar cualquier duda. 




(Correlativos a esta pantalla negra materializada en el monolito son la profusión de monitores y visores, el semblante de lente fotográfica dado a HAL, sus percepciones subjetivas en ojo de pez, la similitud que portezuelas y corredores de las naves guardan con obturadores, diafragmas y fuelles de cámaras... Como si esos objetos reminiscentes de instrumentos ópticos -de dispositivos auxiliares para la vista-, fueran figuras de alguna transición, de un gradual distanciamiento entre el espíritu y su primitiva raíz sensorial, en la que anidan sus dependencias mundanas).





Kubrick dijo alguna vez que este filme constituía una experiencia "visual, no verbal" que tocaba al espectador en "un nivel más interno de conciencia, como lo hacen la música o la pintura". Palabras que explican la importancia de la música en esta obra: el Ligeti que acompaña la secuencia del monolito en la luna y la del viaje psicodélico de Bowman es contundente en su marca de perplejidad y amenaza; el Danubio Azul adorna las escenas en que aparece con tal gracia y oportunidad que desde el estreno de 2001 volvió a ponerse de moda en el mundo entero... La película toda discurre en un evidente modo (estructura o régimen) musical, que por lo demás realimenta y confirma su intención no propositiva. Conforme suprimía diálogos y conflictos, Kubrick debió de adentrarse en un territorio crecientemente abstracto y de pura forma. Proceso que habrá decantado en el solo y último desafío de retratar esa inteligencia inorgánica, no discreta ni compartimentada, no sujeta a orden "racional" alguno. El exclusivo afán de reflejar la conformación y edificación de ese intelecto invertebrado, que podemos conjeturar más intuitivo y plástico; menos lógico, narrativo o argumentativo. Sobre todo, menos estorbado por demandas viscerales. Pero la gracia peculiar del movimiento hacia una inteligencia así configurada era que la película lo reprodujera en su propio decurso, en su devenir como especie artística, convirtiéndose en un viaje esencialmente perceptivo, despojado de justificaciones argumentales, de lances dramáticos por resolver.

De ahí que la pantalla donde se recrea o escenifica el advenimiento de dicho intelecto replique con tal exactitud las proporciones del monolito que simboliza su origen. 

 



Dejo para el final una pregunta que la película no plantea pero sí admite. La de si deberíamos adjudicar un pleno carácter utópico al estado final de Bowman, a su renacimiento como bebé conformado a imagen y semejanza de los Firstborn, provisto de una inteligencia cuya índole tiene que ser, por fuerza, todo lo que anticipé en los párrafos previos: aislada, aséptica, incorpórea. Un raciocinio despegado del barro mundano, de cualquier apetito o impulso, una pura razón abocada a realimentarse de sus propios circuitos y a complacerse en sí misma, siguiendo unas motivaciones que, mirando desde aquí, desde el lodo y las tripas que todavía conllevamos, cuesta un poco adivinar. Puede aparecer palmario el color optimista, la visión feliz de un espíritu avanzado, sin límites en su saber y comprensión, purificado de toda baja naturaleza. (Corolario expreso en la novela -el Hijo de las Estrellas desmantelando la ojiva nuclear-, no así en el filme). Ahora bien, ¿cómo juzgaría Kubrick la posibilidad un progreso humano en tal dirección? Por lo pronto, a continuación de 2001 acometió una segunda -y última, en rigor- pieza de ciencia ficción, A Clockwork Orange, cuya historia, igualmente futurista, transcurre empero en una muy terrestre Inglaterra y despliega montos exorbitantes de violencia, impulsos crueles y criminalidad caprichosa. Hasta el método terapéutico aplicado a tratar aquellos ímpetus feroces consta de maniobras singularmente brutales. Como si el director se hubiese percatado de los dilemas y espejismos que planteaba aquel futuro idealizado, diáfano y pulcro, que pintara en su odisea espacial. Como si hubiese recordado que los reclamos de nuestro fondo natural no son algo que ninguna inteligencia, presente o venidera, pueda sacudirse con solo proponérselo. 





A modo de coda, una cita del maestro Ridley Scott: 

"En una película debe haber una integración total de todos los elementos, una síntesis completa en manos de un director que está implicado en todo. Incluso en las cuestiones de diseño. Hay momentos de una película en que los elementos del fondo pueden ser tan importantes como el actor que está en primer término, sean esos elementos figuras o paisajes. Porque cada incidente, cada sonido, cada movimiento, cada color, cada decorado, cada actor o elemento de atrezo, forma parte de la orquestación que hace el director con la película. Y, para mí, esa orquestación es la representación. Y la representación lo es todo". 

(Ridley Scott, en The Making of Blade Runner, artículo de Paul M. Sammon en Cinefantastique, Vol. 1, n.º 5 y Vol. 12, n.º 6).









Notas:


[1] "Science fiction is that class of prose narrative treating of a situation that could not arise in the world we know, but which is hypothesised on the basis of some innovation in science or technology, or pseudo-science, whether human or extraterrestrial in origin". (Kingsley Amis. New Maps Of Hell. A Survey Of Science Fiction. Harcourt, Brace & Co., NY, 1960. No hay traducción castellana).


[2] The Day The Earth Stood Still (en México, El Día Que La Tierra Se Detuvo; en España, Ultimátum A La Tierra), dirigida por Robert Wise. Clásico absoluto del género y una de sus cumbres históricas. Su elenco se compuso de estrellas de mediano porte pero sólidamente insertas en la industria del cine: Patricia Neal, Michael Rennie, Sam Jaffe. Klaatu (Rennie) es un extraterrestre humanoide llegado a nuestro mundo con el fin de advertir sobre la amenaza que el desarrollo de armas nucleares supondría para otros planetas y para la Tierra misma, que habría de ser en consecuencia preventivamente destruida por una liga interplanetaria. Asistiéndolo en su misión, un enorme robot de nombre Gort oficia a la vez de guardián y de colaborador técnico. Klaatu halla dificultades para hacer oír su mensaje, los líderes políticos internacionales no se ponen de acuerdo ni siquiera para reunirse a escucharlo, así que prueba suerte convocando a un grupo de más receptivos científicos; al mismo tiempo, procurando llamar la atención de la humanidad, un mediodía interrumpe por un rato el suministro de energía de todas las máquinas del mundo, causando que los vehículos se detengan, las fábricas se paralicen, etcétera. Pero la única reacción que atrae es la persecución policial-militar que no tarda en alcanzarlo y asesinarlo. Entonces su amiga terrestre Helen Benson (Neal), que en vano ha intentado protegerlo, cumple el encargo de ir con Gort a decirle las míticas palabras: Klaatu barada nikto (en seudoesperanto sería algo así como: El camino de Klaatu ha terminado). Gort tendrá que rescatar el cuerpo de Klaatu y resucitarlo dentro de su nave espacial para ponerlo a trabajar de nuevo por la paz universal. Esta fue la única película yanqui de su época en versar sobre invasores extraterrestres que en vez de anhelos destructivos traían al mundo llamamientos a la paz, e inició una minúscula y dispersa tradición de alienígenas no hostiles, que tuvo cultores destacados en Steven Spielberg (Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, 1977; E.T., 1982) y, más recientemente, en Denis Villeneuve (Arrival, 2016). (Con paso de comedia pueden apuntarse asimismo el Paul de Greg Mottola -2011- y los robots de la británica The World's End -Una Noche en el fin del Mundo-, que Edgar Wright dirigió en 2013. En tanto, Contact, de Robert Zemeckis en 1997, trata sobre extraterrestres amables, pero no venidos concretamente a la Tierra).


El Día Que Paralizaron La Tierra: Klaatu, Helen y Gort


[3] Me refiero a The Blob (La Masa Devoradora o La Mancha Voraz en países de habla hispana), dirigida por Irvin S. Yeaworth Jr. en 1958. Steve McQueen es el único astro conocido -aunque entonces no lo era tanto: se lo acredita como "Steven"- en esta clase B de autocine, rodada, sin embargo, en color (Deluxe, un derivado del Eastmancolor) y pantalla ancha. Una gelatinosa ameba colorada cae a la Tierra encerrada en un meteorito. Cuando unas personas remueven la piedra, la cosa emerge de ahí para entrar a deglutir gente. Este ser, que gana tamaño con cada cuerpo que engulle, es indestructible, inmune a todo. Excepto al frío extremo. De modo que las autoridades lo neutralizan congelándolo (como se neutralizaba a los malditos rojos de las artes y espectáculos congelándolos en listas negras) y lo envían, dentro de un bloque de hielo, a (un exilio en) cierta isla del Ártico de la que nunca pueda regresar. Créase o no, The Blob ha sido editada en formato digital por Criterion Collection. Es de suponer que su argumento bizarro, sus trucos berretas y sus matices humorísticos y paródicos, en su mayoría involuntarios, harán de ella una divertida extravagancia retro.


[4] The Thing From Another World (El Enigma de Otro Mundo o La Cosa), una clase B producida y semidirigida por Howard Hawks en 1951, inauguró de hecho el subtipo del extraterrestre invasor. Tal como lo haría más tarde La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, relataba los estragos que provocaba en la Tierra un organismo alienígena de origen vegetal, y encubría con pareja ineficacia su vocación anticomunista y macartista. Curiosamente, The Thing no aprovechaba el carácter peculiar que la novela en que se basó daba a su villano interestelar, a saber, la facultad de mimetizarse en cualquier forma de vida terrena con la que hiciera contacto -rasgo que sí se confirió, en cambio, a las grandes vainas de La Invasión de los Ladrones de Cuerpos-. Llama la atención que idea tan potencialmente grata al macartismo, la del enemigo en persona camuflado bajo un rostro familiar e inofensivo, fuese rebajada a la mera portación de un virus insidioso y letal. Como muestra del interés que esta clase de material suscitaba en la audiencia de entonces, The Thing fue la cinta más taquillera de su tipo durante el año 1951, pero apenas alcanzó el puesto 46 de la lista general. Décadas después, en 1982, este extraño film devenido de culto conocería una remake muy superior, en calidad y fidelidad a la novela original, a cargo de John Carpenter.


[5] Por ejemplo, Cuando Los Mundos Chocan (When Worlds Collide -Rudolph Maté, 1951-) o La Guerra De Los Mundos (Byron Haskin, 1953), dos superproducciones en Technicolor de George Pal, consecutivas a su primigenia Destination Moon. La primera, basada en la novela homónima de Edwin Balmer y Philip Wylie, mezcló Sci-Fi con disaster -lo que en español solemos llamar cine catástrofe-, al plantear el choque de una estrella intergaláctica con nuestro planeta; su guion derrochaba inconsistencias pero sus efectos le valieron un Oscar honorario, aunque no el favor de la taquilla. Adaptando la celebérrima novela de H. G. Wells, la segunda cultivó fervientemente el modo invasor, con francas alusiones a la Guerra Fría. Al igual que su antecesora, obtuvo un Oscar por sus efectos visuales. A diferencia de su antecesora, fue el mayor éxito de su género en el 53. 


Bootsy

  (Puro eclecticismo. Un día te celebramos a una estrella tanguera y otro le festejamos el cumple al glorioso Space Bass . Solo para iniciad...