Edgar Poe. Misterio y raciocinio

 



Para que este no se transforme en un puro y simple blog de cine, aventuro en esta oportunidad unos párrafos de tema literario.


Y como no me da la neurona para desmenuzar Finnegans Wake, vuelvo a la carga con el género policial-detectivesco, que he podido leer y creo comprender. Después de explorar el relato negro en una previa entrada sobre Double Indemnity, dedicaré la presente a la forma originaria del relato policial, en coincidencia con un nuevo aniversario de la muerte, producida en extrañas circunstancias y rodeada de misterios nunca elucidados, de su creador más o menos inadvertido, Edgar (Allan) Poe.


Suele resultar muy instructivo indagar el contexto social, histórico y cultural en que acontecen las innovaciones artísticas o literarias de cualquier índole. No se requiere ser un Arnold Hauser para reconocer la influencia determinante que por lo general ejerce el ambiente social, lo que a falta de un nombre mejor llamaré el entorno espiritual de los movimientos culturales que surgen en una época dada. Esto significa el conglomerado de ideas, preocupaciones, intereses, anhelos, temores y frustraciones que la sociedad contemporánea a una nueva corriente literaria o artística abriga con respecto al mundo en que vive, y que suponen la condición de posibilidad de dicha corriente.


Si esa sociedad es la occidental de los siglos XVIII y XIX y el movimiento cultural es el romanticismo, aparte del interés intrínseco a la mentada correlación habrá que poner el acento sobre la heterogeneidad y multiplicidad de ideas, la turbulencia social, la agitación recurrente, plagada por lo demás de matices locales y de pequeñas diferencias que dificultan cualquier examen de conjunto.


Para dar un ejemplo banal del peso que lo sociohistórico puede tener sobre un producto literario, baste recordar que la novela policial era imposible en el siglo XVIII por el simple hecho de que en ese tiempo apenas si había Policía (entendida como institución estatal) en algún país de Europa. Pero cuando hablamos del sentido de lo posible en una época dada sin duda vamos más allá de esta muy elemental objetividad.








Echar luz sobre lo oscuro


Veré si puedo entrar en tema con la ayuda, a mi entender fundamental en cualquier aproximación al género que nos ocupa, de Ricardo Piglia [1], un autor que se interesó mucho en la serie negra y la estudió en sus pormenores y contrastes con la novela detectivesca clásica. En su prólogo a una antología de cuentos de 1979, Piglia escribía que aquella policial de "misterio", de detectives aficionados y criminales deportivos y aristocráticos, "se organiza a partir del fetiche de la inteligencia pura y valora, sobre todo, la omnipotencia del pensamiento y la lógica abstracta pero imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa".


Observación que me inspiró unas (pocas) reflexiones sobre la forma típica de ese género, sobre el ambiente sociocultural en que nace y las ideas que lo circundan y eventualmente lo nutren, sobre el propio hecho de su emergencia como un tipo de relato posromántico -coetáneo de los realismos protonaturalistas que brotan concurrentemente en Europa-. Y ante todo, sobre el empalme, o bifurcación, que con respecto al lenguaje, forma e intención del relato gótico-romántico precedente, se produce en el cuento fundador del género, Los Crímenes de la Calle Morgue.  


Entonces se me ocurrió vincular esa lógica indefectible y abstracta que destacaba Piglia, la fetichizada inteligencia pura que descubre el enigma criminal, con cierta idea del iluminismo, del siglo de las luces que desembocaría en la Revolución Francesa. Idea, o más bien aspiración, comentada por Michel Foucault [2], de erradicar los "espacios oscuros", los sitios recónditos, castillos, depósitos, correccionales, mazmorras, conventos, cuevas, que encubrían arbitrariedades y abusos de monarcas y tiranos, para reemplazarlos -una vez tomada la Bastilla, se entiende- por la "opinión" como mirada colectiva e inmediata, como régimen de visibilidad total donde todos serían observados por la comunidad y nada escaparía a la luz de la verdad. La narrativa policial clásica, de "detectives", es ideada, significativamente, por Edgar Poe, un autor que solemos emparentar con el llamado horror gótico, género cuyos relatos tenebrosos discurren en escenarios de misterio hurtados a la mirada pública, animados de elementos "sobrenaturales" (aunque a menudo reductibles a una explicación racional); reminiscentes, en suma, de aquellos escondrijos amurallados del exceso que constituyeran, al decir de Foucault, un "miedo obsesivo" del siglo XVIII (y que eran ciertamente evocados en las narraciones finiseculares de Horace Walpole y de Ann Radcliffe, quienes, secundando al ingente E. T. A. Hoffmann, ejercerían gran influjo en el autor de Boston). 


Ilustración de Harry Clarke para Los Crímenes de la Calle Morgue [3]


Siendo en esencia un escritor romántico que al mismo tiempo profesaba, en palabras de Borges, "el culto de la razón y de la lucidez" [4], Poe matizó su inclinación a las historias de terror con un puñado de cuentos sobre enigmas "policíacos" resueltos por la pura deducción de la inteligencia. Reacomodando algunas líneas de la antedicha contraposición entre luces y sombras, en pos de concretar aquella transparencia que se suponía asequible mediante un poder "controlado" de la mirada, construido en modo abstracto e ideal sobre el molde del que había propuesto Bentham en su Panóptico (1787-1791), Poe empieza por recoger la idea del crimen como algo ligado a un factor irracional -así aparece en Los Crímenes de la Calle Morgue-, como un resbalón de la pujante racionalidad burguesa en lo bárbaro, despótico o desmesurado, acontecido necesariamente en la "oscuridad" de la alta noche o en un lugar apartado, deliberadamente sustraído a la vista del público, a modo de vestigio del antiguo capricho monárquico (no por azar, en lo sucesivo, el género adjudicará el crimen regularmente al aristócrata o alto burgués, al que no tiene obvios y prosaicos móviles económicos: el policial clásico no concibe asesinos proletarios). Y para plantar cara a esta suerte de variante realista o urbana del gótico, con su irrupción terrorífica de un atavismo monstruoso, anárquico, en franco atentado contra un orden social que busca edificarse sobre la sensatez y mesura de lo "utilitario", sobre el interés y pragmatismo que en adelante se levantarán como ordenadores del progreso, aparece el detective (aunque no todavía con ese nombre -véase abajo-). Aficionado, más que a lo policíaco, al ejercicio de la lógica o del raciocinio -ratiocination, dice Edgar-, es el nuevo y sano burgués moderno que se siente espontáneamente llamado a restaurar el peso rector de la razón y sacar a luz los crímenes tapados, a restablecer la racionalidad del sistema y desterrar, sometiendo al escrutinio público, explicitando y describiendo con escrúpulo casi científico, resolviendo como un problema lógico-matemático, el desorden que su prudencia y entendimiento han contribuido a enmendar; la amenaza, instaurada por el crimen -marginal, arbitrario, umbroso-, de una recaída en el superado oscurantismo absolutista. Amenaza desde el comienzo subyacente al carácter espectral y terrífico de las historias de castillos siniestros, espíritus vengativos, monstruos ocultos, que proliferaron con el romanticismo. 


(Por supuesto, no es que a Poe lo desvelase algún temor de recaer en el absolutismo monárquico de los siglos XVII y XVIII, preocupación por lo demás completamente ajena al país en que vivía. De lo que trato aquí es ante todo de la oposición entre racionalismo y misterio -como especie de lo no racional-. El siglo de la Ilustración había guiado hacia la Revolución Francesa, que a su turno degeneraría en el terror de Robespierre y en el nuevo despotismo de Napoleón. Coincidentemente, haciendo pie en Rousseau, Kant y el Sturm und Drang, surgió el romanticismo, movimiento que llegó a renegar de los afanes y logros iluministas para reivindicar lo "sublime", lo incognoscible y el misterio por sobre lo mundano, la ciencia y la lógica; la pasión por encima de la razón. Un movimiento de origen burgués -subjetivista, confesional, sentimental- que pasó a abrazar, confusamente, una actitud cortesana y aristocrática, cuando la burguesía en cambio había apostado por las luces. En Estados Unidos, el sentir romántico se mezclaría con el llamado Trascendentalismo, cuyo "misticismo" e irracionalismo Poe detestaba. Por tanto, el relato policial que él crea, en las postrimerías del movimiento romántico, vendría a recuperar el antiguo impulso de la ilustración, restableciendo y ensalzando la primacía de la razón burguesa. Y es de lo más curioso que así matice  su cultivo principal de un tipo de cuento netamente romántico: el del horror gótico alemán; cultivo que él mismo defendía de quienes le reprochaban la imitación diciendo: "El horror no es de Alemania, es del alma").



Una "idea general" del Panóptico Penitenciario en la edición de 1791 del Panopticon


El detective que Poe imagina es un panóptico de Bentham en especie virtual: nada escapa a la mirada penetrante de su sapiencia, a la luz que él proyectará sobre las sombras del encubrimiento, del sigilo. Y del capricho, que dará base a la esencial "gratuidad" de los crímenes tratados por este tipo de relato (según la regla que enunciara Piglia: "la gratuidad del móvil fortalece la complejidad del enigma", el esquema es que a mayor motivación menos misterio). No es casual, por otra parte, que su autor lo sitúe en París: el Chevalier Auguste Dupin es el consumado posromántico francés -en absoluto proclive al "idealismo" en que se demoraban por entonces las letras inglesas y alemanas-, próximo al realismo de Balzac, precursor del de Flaubert. Dupin es el prototipo del positivista comtiano, raza que en aquellos años sólo Francia podía parir. Tampoco es de extrañar que fuese Poe, el romántico más racionalista, quien construyera este personaje y produjera los primeros cinco relatos "policiales" de la historia (insuperados, a juicio de Chesterton), inventando a la vez los artificios fundamentales del género: el detective aficionado, excéntrico y brillante; el amigo "admirativo y mediocre" -Borges- que narra las hazañas intelectuales del héroe (cf. Watson-Holmes); la resolución puramente deductiva, argumentativa, de los delitos; el policía incompetente oficiando de comparsa y oponiendo al razonador el contraste de su rigidez mental, hecha de pasión por la obviedad y escasez de ingenio. La gran salvedad que debe hacerse aquí es que, en tiempos de Poe, el detective no era tal; su concepto y figura no existían; la policía que, como dije, era una institución muy joven, desconocía ese oficio o especialidad. De modo que, cuando se quería circunscribir su actividad a los cánones de alguna profesión, el Dupin de Poe era más bien asimilado a un abogado...






Nace un género


Edgar alternó la escritura de sus relatos fantásticos y de terror con la de los analíticos (término empleado por Julio Cortázar, traductor de toda su narrativa) [5]. Citando a Borges: "Los cuentos de Poe se dividen en dos categorías, que alguna vez se mezclan: los de terror y los de raciocinio. Los segundos inauguran un nuevo género, el policial, que ha conquistado el mundo entero y entre cuyos cultores están Dickens, Stevenson y Chesterton". 


Se ha dicho que escribió esos cuentos de ratiocination porque supuso se venderían bien: el orangután escapado de un barco o de un zoológico y la mujer que apareció ahogada habían sido temas de interés público ventilados en periódicos de la época. En cuanto al primero, debo señalar que por entonces ya era popular la leyenda urbana del "mono del barbero" o "mono con navaja", que hasta hoy no se ha conseguido fundar en ningún incidente documentado.


La mujer que apareció ahogada era la "bella cigarrera" de Nueva York, Mary Rogers, cuyo enigmático crimen ocupó a la prensa largamente la segunda mitad del año 1841. Poe cambia algunos detalles de la historia -nombre de la víctima, acción trasladada a París- pero sigue de cerca muchos aspectos de la noticia periodística real -nada semejante hace en rue Morgue-. Por eso puede alegarse que The Mystery of Marie Rogêt (1842)  fue, históricamente, el primer cuento de detectives efectivamente inspirado en hechos reales. (O bien, a la inversa, que el asesinato de Mary Rogers fue el primer hecho delictivo de la vida real que se volcó en un cuento detectivesco). Este segundo relato de Dupin discute los hechos de una manera aún más analítica y abstracta que en Los Crímenes de la rue Morgue, apoyándose únicamente en referencias periodísticas.


La bella Marie Rogêt, por Harry Clarke


Hay otras tres narraciones de este tipo escritas por Poe. Una de ellas vuelve a presentar a Dupin: The Purloined Letter (La Carta Robada, 1844), obra de carácter especulativo, como las dos anteriores, aunque carente de asesinato. Se trata de hallar y recuperar una carta de contenido íntimo que un ministro ha hurtado a una alta dignataria con el objeto de chantajearla e incidir en sus actos de gobierno. Dupin, avisado de la sagacidad del ministro, adivina que debió esconder la carta en algún sitio tan abiertamente visible como soslayado por los sabuesos que revuelven todos los escondrijos de su casa cada vez que el tipo sale a la calle. Se las compone para recobrarla y poner en su lugar una réplica del sobre (imitando el proceder originario del ladrón), que en vez de la carta contendrá un mensaje aleccionador, escrito por él mismo. Luego se la entrega al prefecto de policía que la ha venido rebuscando en vano, a cambio de una buena porción de la recompensa. Algunos análisis han sobrestimado hasta el umbral del ridículo, a mi parecer, las "llamativas similitudes" que este cuento propone entre Dupin y el ministro (ambos son poetas, ambos roban la carta) y la presunta "contaminación" de nuestro Chevalier por "el mismo submundo (!) que pretende desvelar". Dupin se imagina en la mente del criminal solo para poder seguir su razonamiento -otro tanto hace con la mente del policía- y el uso que da a la carta recuperada se contrapone por entero a la intención del ministro. De donde se sigue que las aparentes equivalencias tienen por objeto último acentuar los contrastes. 


Los dos cuentos restantes excluyen a Dupin. Uno, Thou Art The Man (Tú Eres el Hombre, 1844), es narrado por el propio detective -que permanece anónimo- y se vale, para obtener la confesión del verdadero asesino, quien por venganza y codicia ha hecho condenar a un inocente, de un método muy truculento que comprende la reaparición del cadáver de la víctima y ciertos trucos de ventrílocuo. Con ello obtiene no solo que el culpable confiese su crimen sino también que el horror de la aparición lo haga caer fulminado y morir de un síncope. El tono general de esta narración es sensiblemente paródico, casi humorístico. El otro relato es el célebre The Gold Bug (El Escarabajo de Oro, 1843), donde no hay propiamente un detective pero sí un "razonador", de nombre Legrand, que, mediante ilaciones de indicios y habilidades criptográficas, encuentra un tesoro escondido por unos piratas en alguna isla de Carolina del Sur. Esta historia, inspiradora de la Treasure Island de Stevenson, se divide en dos partes bien diferenciadas que ilustran, de una forma distinta y acaso más nítida, el mismo pasaje de goticismo a raciocinio practicado en Los Crímenes de la Calle Morgue. Cortázar ha dicho de él que "debe su belleza (...) al misterio que late, ambiguo y amenazador, en la primera parte, y a la brillante labor de raciocinio que llena la segunda". 

 

A diferencia de sus historias de terror que van directo al punto, sin prolegómenos, y en cuyas primeras líneas "estamos adentro del cuento" (Cortázar), los relatos "analíticos" de Poe se toman más tiempo de desarrollo, van diseminando los indicios poco a poco, como un rompecabezas que se fuese armando simultáneamente en la cabeza de su héroe razonador y en la de los lectores. Pero es dable identificar un atributo común a ambos tipos de narración: en sus historias de terror gótico-fantástico, los elementos sobrenaturales a menudo reconocen, lo mismo que los enigmas de las de raciocinio, una perfecta y completa explicación racional. Esta es acaso la innovación fundamental, superadora, de su narrativa, puesto que el relato de horror clásico, fiel a su linaje romántico, se desentiende orondamente de toda justificación lógica.

  

Está claro que, en lo referente a la prosa de terror, Poe era básicamente un continuador, cultor de un género creado por otros autores en otras latitudes, y que, en cambio, los cuentos analítico-policíacos son su creación exclusiva. Con todo, a ambas vertientes narrativas les infundió idéntico primado "de la razón y de la lucidez". 



Julio Cortázar tradujo todos los cuentos de Poe y su novela Narración de Arthur Gordon Pym






Goticismo y raciocinio


Por coincidir ambos géneros en la prosa de Poe, es lícito preguntarse en qué medida el relato analítico-policial admite ser visto como derivación, o desvío, del de terror gótico, dados los elementos de goticismo que su creador impuso a su gestación y conformación, tal como los exhibe su historia de la rue Morgue. Sin perjuicio de que, en su calidad de relato posromántico, el policial levante premisas ausentes del relato gótico típico, como la exigencia de racionalidad, el consecuente realismo, la preferencia por una ambientación urbana, la apelación al ingenio y no al sentimiento. 


Bien mirado, el relato de terror gótico-romántico comparte algunas coordenadas con el policíaco, más tarde reelaborado en la novela de misterio. Para comenzar, el carácter artificial, "irreal", que demanda cierta suspensión de la crítica por parte del lector, cierta avenencia a lo exótico e inverosímil, al artificio. La novela policial clásica, por la cual un detective aficionado a las deducciones, al puro juego de la inferencia, resuelve con facilidad crímenes que desconciertan a los investigadores profesionales de la policía, es un caso así de complicidad del lector en algo que, hablando estrictamente, no es real. Otro rasgo común es la usual oscuridad, los sitios retirados u ocultos que albergan los crímenes, como ámbitos de lo anómalo o excesivo que se esconde (contra la luz de la razón que a su turno tiene por objeto, como vimos, poner aquello a la vista de todos). Otro punto pasa por lo morboso y macabro, acusado en el gótico, donde se lo liga a lo sobrenatural inexplicable, y supeditado a una aproximación "naturalista" en el policial, donde su función se agotará en hacerse desmantelar. Aquí operan a modo de puente esos desmesurados, irracionales, bestiales asesinatos de la rue Morgue, que ofrecen a los investigadores una apariencia francamente insana, outré (en inglés), pero que Dupin reduce a una causación en realidad bastante trivial y natural. Sabemos que el relato policial-detectivesco, tal como apareció con posterioridad en Europa y particularmente en Inglaterra, requirió de la previa reacción "realista" contra el romanticismo, a mediados de siglo, para poder existir. Las primordiales historias de raciocinio de Poe son correlativas y hasta cierto punto anticipatorias del realismo que iba ganando terreno en la Europa contemporánea. Aun así, estos cuentos de crímenes se obligan a ser "ingeniosos y artificiales" -en palabras de Borges-, al igual que los cuentos góticos; y qué mayor artificio que aplicar la pura deducción a materias delictivas, por un protagonista que es simple aficionado y no trabaja, ni lo ha hecho nunca, como policía. (Se percibe el tardío romanticismo de la premisa: el héroe es un informal caballero de la lógica, un como espadachín de la mente, más idóneo para el trabajo policial que los propios policías). Esta impronta pseudorromántica será normativa para toda evolución ulterior del género, y le vedará para siempre la sencilla iniciativa de plantearse una investigación realista, practicada en el terreno por un detective verdadero, como vendrá a suceder, ya avanzado el siguiente siglo, a partir de Hammett. (Si bien es verdad que Hammett contará con el beneficio de su largo entrenamiento personal en un oficio relativamente evolucionado y, repito, inexistente en los años de Poe). 


En fin, por el solo gusto de imprimir al caso un sesgo hauseriano (por Arnold), a partir del argumento de Piglia sobre el fetiche de la inteligencia en el detective encargado de proteger la racionalidad de la vida burguesa, me permito postular la noción global, desde luego sujeta a puntuales reservas, del horror gótico como un género de transición o revolucionario, el género de la pugna entre el poder monárquico-aristocrático en declive y el poder burgués en su pujante afán de dominio (definición que no sería ilegítimo extender al conjunto del romanticismo); en tanto que el policial se nos revela más bien -lo mismo que todo posromanticismo- como un género propio del poder burgués ya consolidado. 


Así se establece una interesante serie de opuestos: policial versus gótico, raciocinio versus irracionalismo, realismo versus romanticismo, burgués versus aristocrático (no en cuanto a clases sociales sino en términos de sistema de valores morales, estéticos, formalistas), que naturalmente serán de gran utilidad a quienquiera que desee acometer las monografías correspondientes -serán unos cuantos, presumo, los que ya habrán descubierto esa pólvora-. 


Salvo El Castillo de Otranto, de Horace Walpole, que es prerrevolucionaria, las historias de terror inglesas, de Ann Radcliffe o de Matthew Lewis (que abonarán el camino a Hoffmann y desde allí a Poe), coinciden cronológicamente con la Revolución Francesa o son posteriores a ella, y traen consigo una connotación nueva, la de advertir contra una excesiva confianza en la razón iluminista y en el utilitarismo engendrado por la tradición Hume-Bentham-Stuart Mill. Como una contracara cultural de la revolución burguesa triunfante al otro lado del charco. Lo misterioso, oculto y tenebroso, que era a mediados del siglo XVIII simple amenaza de abismo, destrucción y disolución, a fines de siglo y comienzos del siguiente se mezcla con un componente de tentación, promesa de trascendencia, encuentro de lo sublime, apoteosis. Como es lógico, se mezclan en estos relatos de horror distintas tendencias: la atracción por el exotismo, la fascinación de lo ignoto y sobrenatural, la expresión de un miedo retrospectivo a recaer en oscurantismos -la percepción de las "superadas" arbitrariedades monárquicas como amenaza todavía vigente-. Todo lo cual confluye en la casa embrujada como "símbolo de decadencia cultural" de la aristocracia y de la invasión por los fantasmas concomitantes. Es como una casa tomada (aprovechando que hemos traído aquí a Cortázar) por la disolución de un orden social y por los concurrentes temores a la instauración de otro nuevo.



Cuatro Grandes del Buen Horror: Horace Walpole (1717-1797), Ann Radcliffe (1764-1823),
Matthew Gregory Lewis (1775-1818), Ernest Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1882).



En cuanto al cuento de raciocinio de Poe, el modo en que el terror romántico se enlaza con él es el siguiente: la historia policial se vale del fondo gótico -de su impronta de misterio, sus lazos con lo arcano y enigmático- como pretexto argumental, pero su movimiento intrínseco se nos manifiesta como superación de aquel exotismo; de lo que resulta, en la práctica, una especie de "cuento antigótico". O, si se quiere, valiéndonos de la lógica de las dos historias de Todorov [6], empieza por plantear una fábula de resonancias o reminiscencias gótico-terroríficas (si bien bajando la intensidad al componente de horror, de monstruosidad, y subrayando el enigma, el reto al ingenio) para "resolverla" en una trama de raciocinio. Se produce como un desplazamiento en esa preponderancia de lo anormal, que Cortázar discierne como nuclear a la prosa de Poe. El paso de una anomalía a otra: de lo sobrenatural indescifrable al razonador omnipotente.


Por cierto, dado que las tendencias románticas son la cosa más difícil de superar y desterrar en la historia del arte, encontrarán a su vez el modo de regresar en la novela criminal, por vías apenas solapadas e indirectas. Aunque no lo harán en la narración policial "analítica" o de enigma, heredada de Poe, sino en la novela hard-boiled o negra:  las veremos renacer en el temperamento del héroe, ya se trate del asocial y secamente implacable Continental Op de Hammett, o del Marlowe de Chandler, encerrado en un subjetivismo extrañado de sus semejantes, en una torre de marfil moral; por no demorarnos en los héroes criminales de Cain o de Burnett, antisociales consumados que realizan la fantasía o premisa stendhaliana  del "gran espíritu capaz de grandes crímenes". (He tocado esta idea en la entrada del blog sobre Double Indemnity; reitero aquí sus líneas principales). Pero aparte de estas atribuciones de "personalidad", hay en la novela negra yanqui un coeficiente romántico en el tono general del relato, en cierta pátina de pasión, tormentosa, tétrica, que viene a recubrir su trama, junto con la crudeza extrema y el imperio de la acción violenta que la distinguen; recurrentes raptos expresionistas, neorrománticos, que se cuelan para empujarla a las orillas de una emotividad siempre un poco titubeante y como renuente o avergonzada. No por coincidencia este relato pone ahora en primer plano los móviles antes desatendidos del delito (la novela de misterio nunca se pregunta por qué sino cómo se produce el crimen, decía Piglia). Y aun cuando el motivo de tales actos sea invariablemente el dinero -no las pasiones del alma-, el pathos aspiracional y persecutorio que acompaña estas narraciones les proporciona una intensidad emotiva por completo ausente en aquellas ajedrecísticas, juguetonas, joviales historias de raciocinio.


El policial negro, por surgir en otro contexto histórico y social, no puede tomar a pie juntillas la forma y argumentos del policial clásico; de entrada, es ostensible en él la desaparición del elemento aristocrático, que el ciudadano yanqui se había dejado olvidado en Europa con su trasplante a América -y que Poe le había impuesto como mera pieza de exotismo y artificio justificador-. Le quedaría a disposición, únicamente, lo racional, realista y burgués del método deductivo, del cálculo y la detección. Pero he aquí que la dinámica social, la "jungla de asfalto" en que acontecen estos crímenes, no da tiempo a la observación exhaustiva (las escenas no quedan petrificadas y eternizadas como en la policial clásica) y el detective se ve continuamente empujado a complicar y diversificar sus abordajes. A intervenir de modo activo en los conflictos, aun en los litigios criminales. Por allí, ciertamente, se cuela otro impensado vestigio de romanticismo: el personaje del detective, cínico, ingenioso, libre y apartado de la gente, sin compromisos con nadie, entra a la novela negra con pocas señas de razonador dupiniano pero con unos cuantos rasgos de su predecesor inmediato el cowboy, personaje esencial a la cultura yanqui del cambio de siglo y que, a diferencia del impuro héroe romántico, está colmado de virtudes caballerescas, en su mayoría convencionales, las cuales hasta cierto punto trasvasará al protagonista policíaco: desdén hacia el peligro, fortaleza de ánimo, perseverancia, dominio de sí, protección del débil, desinterés y desprecio por el lucro y la avaricia, fidelidad incondicional a sus socios y amigos (o clientes, en este caso)... De la contaminación por el cowboy viene, podemos presumir, esa moral contradictoria de Spade y de Marlowe, que aúna parejas dosis de cinismo, crueldad soberbia y "genialidad criminal" -la atracción hacia lo oscuro y demoníaco que distingue y enturbia al romántico decimonónico- con las virtudes, estas sí literalmente góticas, del héroe caballeresco de aventuras.



La revista Black Mask, donde aparecieron los primeros policiales "negros"







El mito del crimen sin causa


Piglia escribe: "El que tiene razones para cometer un crimen no debe ser nunca el asesino: la retórica del género nos ha enseñado que el sospechoso, al que todos acusan, es siempre inocente. Hay una irrisión de la determinación que responde a las reglas mismas del género. El detective nunca se pregunta por qué, sino cómo se comete un crimen, y el milagro del indicio, que sostiene la investigación, es una forma figurada de la causalidad. Por eso el modelo de crimen perfecto que desafía la sagacidad del investigador es, en última instancia, el mito del crimen sin causa. La utopía que el género busca como camino de perfección es construir un crimen sin criminal que a pesar de todo se logre descifrar: en este sentido si la historia interna de la narración policial clásica se cierra en algún lado hay que pensar en El Proceso de Kafka que invierte el procedimiento y construye un culpable sin crimen."


A propósito de ese mítico crimen sin causa, no cuesta mucho advertir que algo de orden tal propone, desde el comienzo, Poe, quien se acerca a la utopía propia del género, a su "camino de perfección", al construir un crimen sin criminal que pese a todo se puede descifrar. En qué otra bolsa cabe, si no, el pseudocriminal responsable de los asesinatos de la rue Morgue. Aunque personalmente, dudo que los afanes últimos del género pasen por ahí. Poe mismo, en un giro asombroso y genial (me repito, esperando así fijar la idea), plantea el primigenio relato criminal como desvío del gótico, al imaginar unos asesinatos singularmente brutales y sanguinarios, con ese dejo, en el que también he insistido, de gratuidad o capriccio, con una carga de salvajismo y de sinrazón que evocan la incondicional arbitrariedad despótica dejada atrás por el nuevo orden burgués, y tras prodigar a los crímenes de la rue Morgue tales atributos monstruosos o "inhumanos", pasa consecuentemente a desligarlos de lo humano para adjudicarlos a lo animal, estipulando que esa saña y bestialidad no pertenecen al orden social vigente ni son admisibles en él, que se ausentarán de toda nueva Humanidad. (Presunción optimista que la evolución social desbaratará para alumbrar, en el mundo real, las ominosas guerras del siglo XX, amén de toda suerte de genocidios y revoluciones; y en la prosa policial, el subtipo hard-boiled o negro, llamado a recuperar buena parte de lo brutal y "salvaje" que el policial de misterio recusara y desterrara). De ahí que Poe roce desde el inicio la perfección del género, construyendo un crimen sin causa ni criminal que funciona menos a guisa de utopía que de mito inaugural, por así decir. El doble homicidio de la calle Morgue es el primer y único crimen, resuelto por cualquier detective, que carece de auténtico culpable. Crimen imposible, del cual en lo sucesivo el género deberá apartarse infinitamente, porque radicaliza el engarce de la deducción con lo irracional del acto asesino: Dupin se aparta de la consternación y desconcierto del público y de los policías frente a la extrema violencia y crueldad de las occisiones, vislumbrando de inmediato el "más allá de lo humano" que los demás no atinan a conjeturar. Esta ligazón, practicable solo en este ejemplo, ya no podrá extenderse a otros relatos. 


Es como si en el mismo acto de fundar el género Poe dijese: esta piedra angular deberá servir por lo que aporte de abstracto y artificial, de sorpresivo e ingenioso; y, en cuanto a los móviles del crimen, por testimoniar el ánimo de trivializarlos, de rebajar o de idealizar y sublimar las relaciones sociales [*]. Aunque, eso sí, el asesinato nunca más deberá poder achacarse a una fuerza, ser o entidad capaz de estas aberraciones. Este límite ha sido tocado por única vez. Si tal es el caso, podrá decirse que la maniobra de Poe dejó al policial clásico para siempre rezagado con respecto a ese horizonte ideal de un crimen sin causa ni criminal, cuyo natural reverso o "cierre" fuese, como arguye Piglia, el culpable sin crimen urdido en El Proceso de Kafka. Novela que, lejos de postularse como policial, pertenece francamente al campo del absurdo: una historia de carácter casi fantástico en la cual el señor Josef K., arrestado sin "haber hecho nada malo", queda entrampado en una telaraña de papeles, de burócratas, de argumentos y trámites interminables, figuras de lo "arbitrario y gratuito" que subyace, apenas encubierto, a la supuesta racionalidad del orden social y político que lo sujeta. Entonces, a ese otro lado del camino, la propuesta del criminal sin crimen se disuelve en un tipo de relato que descarta desde sus mismas entrañas las formas del policial, tanto en su modo clásico como en la variante negra


[*] Cf. Piglia, en el texto referido: "(En la novela policial clásica) Las relaciones sociales aparecen sublimadas". Da la impresión de que, al asimilar este efecto al proceso físico por el que un elemento o sistema pasa directamente del estado sólido al gaseoso, Piglia intenta figurar la respectiva disipación de lo material en lo ideal.



Ricardo Piglia


Toda vez que la policial clásica se funda en su oposición a lo caprichoso o inmotivado de lo "irracional", será en la novela negra donde tal elemento de absurdo cobre nuevo vigor y se haga más patente, bien que bajo una forma nueva, modificada. Porque el relato negro, en efecto, parte de la base de que el detective, si lo hay, importa menos como descifrador de enigmas que como exponente y expositor desolado o desahuciado de una moral de la vida social que ha caído, para decirlo con Calvino, en "total depravación". En otras palabras, el noir parte de la originaria imposibilidad de construir un relato detectivesco clásico: su investigador típico orienta el empeño inicial de su trabajo a recolectar indicios, entrevistar testigos, interpretar los signos y huellas, atar cabos sueltos; pero más pronto que tarde la experiencia se convierte para él en otra cosa, bien diversa, por la cual pierde toda distancia con los sujetos y objetos de su investigación -efecto inconcebible en el relato holmesiano- y se enreda de distintas maneras con los criminales, arriesgando su propia carne y seguridad en el proceso. Es arrastrado, como a su turno el Sr. Josef K., por la maraña de interacciones oscuras e insidias en que se ha metido. El absurdo se cuela en la novela negra por la vía del fracaso predestinado, inevitable, de un abordaje racional, vedado desde el comienzo al detective por las propias circunstancias en que llega a su objeto e interactúa con él. Se comprende que el estilo seco, objetivo, dialógico, a lo Hemingway -o "casi sin adjetivos", como se decía, sin mucho tino, de Hammett-, no favorezca en el relato negro una percepción inmediata del componente absurdo, al que en cambio parece sucumbir fatalmente el rumiar nervioso, dubitativo, cercano al stream of consciousness, del señor K. en El Proceso; pero la continua sensación de implosión de lo racional, de caída en lo arbitrario, en lo ilógico, irrecuperable para el sentido, que acompaña las aventuras de los héroes o antihéroes del noir -impresión apuntalada en los muchos contrasentidos del orden social que retrata-, suele hacerse notar pese a su deliberada adhesión a los preceptos de una prosa plenamente realista; cualidad que se deja poner en analogía con la conocida iceberg theory del autor de Fiesta y de Adiós a las Armas (y cuyo cuento de 1926 The Killers instauró, por cierto, el lenguaje peculiar e inconfundible del policial negro). 






Misterio Final


No es de sorprender que Poe encuentre una salida a lo sobrenatural del horror hoffmanniano por una puerta, digamos, hipernatural: el mayor número de elementos lógicos que su narrativa de terror contiene en comparación con sus modelos europeos, se corresponde con que los crímenes atroces, inhumanos, casi ultramundanos, que desconciertan a la policía en su cuento policial primario, resulten ser obra de un simple animal, escapado, en un descuido, del control humano que normalmente lo mantendría inofensivo. Es parte de la misma apuesta. Ya he abundado en esto: el romanticismo de Poe estuvo desde el comienzo, según su propia admisión, habitado de ratiocination; véase, por ejemplo, la forma en que describe la gradual, meditada y meticulosa construcción de su más célebre y "romántico" poema, El Cuervo. Es casi un calco de la artesanía laboriosa, estudiada, crítica, que al otro lado del océano cultivará muy poco después un Flaubert. Por eso no sería exagerado afirmar que, de muchas maneras, el relato "analítico" venía predestinado en su obra.


Poe inventa el policial de raciocinio pensando como un burgués racionalista; y si daremos crédito a quienes nos dicen que estas historias fueron escritas porque parecían vendibles, entonces Poe estaba poniendo la mira en un sentir común a los lectores de su tiempo, que quizá pedía tal clase de cuentos. Lo sugiere la popularidad que prontamente ganaría, en el mundo entero, la prosa de temática policial, en cualquiera de sus variantes (aun la especie noir, que se ofrece como negativo formal de la novela de misterio). Dicha popularidad no se ha extinguido hasta la fecha. No podremos, en consecuencia, restarle méritos por el hecho de que Dupin no pudiera sobrellevar su connatural inverosimilitud, o de que el raciocinio por sí solo no sirviese casi nunca para resolver crímenes, o de que en sucesivas historias de acción policial los investigadores uniformados se fueran haciendo más perspicaces y eficientes, de suerte que además de dominar procedimientos usuales de recolección de pruebas, de interrogatorios a sospechosos, aprendieran a leer indicios o rastrear pistas al modo del detective analista informal. O sea, Poe no es culpable de que la policía se fuese apropiando de los atributos intelectuales e investigativos de su Chevalier Dupin, volviendo superfluos a todos sus discípulos, desde Sherlock Holmes a Nero Wolfe. Tampoco puede culparse a Poe de que la "racionalidad burguesa" se evidenciase incapaz de sostener el orden de la sociedad moderna y continuamente la condujese a recaer en estallidos, conflagraciones y conflictos bestiales que solo redundaron en perpetuar sus injusticias.


Nada de eso es obra o culpa de Poe, pero qué extraño final le estaba destinado. Una muerte tan rara como su propia vida y que permanece como uno de los grandes misterios en la historia de la literatura. Fue atribuida a varias causas, que no forzosamente se excluían entre sí: alcoholismo, delirium tremens, cardiopatía, epilepsia, sífilis, cólera, meningitis, rabia... Incluso, según cierta no tan estrambótica teoría posterior, un episodio de cooping -o reclutamiento semiforzoso de ciudadanos en las calles para invitarlos a votar varias veces por un candidato en las elecciones, cambiándoles la vestimenta, poniéndoles pelucas y bigotes postizos, alcoholizándolos fuertemente y manteniéndolos bajo custodia en tabernas, devenidas así "centros electorales"-. Edgar fue encontrado delirando en una taberna de Baltimore, el 3 de octubre, usando ropas que no le pertenecían, no pudiendo explicar su estado dada su incoherencia y confusión. Llamaron al editor de una publicación con la que había colaborado, luego localizaron a lejanos familiares (muertas ya su esposa Virginia y su suegra), que no se hicieron cargo de él, y por último lo ingresaron al hospital Washington College, donde murió cuatro días después sin haber aclarado nunca qué le había pasado. 


Como si la sociedad burguesa de cuya prudencia y cordura tanto se fiaba Dupin hubiese derramado sus tinieblas sobre Poe mucho antes de que su grandioso personaje racional se revelase puro artificio e irrealidad.







*                    *                    *





Notas:

[1]  RICARDO PIGLIA, prólogo a Cuentos de la Serie Negra (Centro Editor de América Latina, Bs. As., 1979). Piglia amó, estudió y cultivó el relato policial, especialmente el negro. De ello dan testimonio novelas suyas como Plata Quemada (1997) o Blanco Nocturno (2010) y la colección de cuentos, póstuma, Los Casos del Comisario Croce (2018). Dirigiendo, entre 1968 y 1976, la Colección Serie Negra para la editorial Tiempo Contemporáneo, emprendió y comandó un proyecto sistemático de traducción de autores del noir que permitió a los lectores argentinos familiarizarse con las plumas más importantes del género. 

[2] MICHEL FOUCAULT. L'oeil du Pouvoir (El Ojo del Poder). Entrevista con Michel Foucault (Editions Pierre Belfond. Traducción por Julia Varela y Fernando Alvarez-Uría para Ediciones de La Piqueta, Madrid, 1979, pp. 15-16). Prefacio a El Panóptico de Jeremy Bentham.

[3]  El dibujante y artista de vitrales irlandés Harry Patrick Clarke (1889-1931), ilustró obras de Hans Christian Andersen, Charles Perrault y, su más famoso trabajo, El Fausto de Goethe, donde es acaso más sensible la influencia de su admirado Aubrey Beardsley y del cual se dice que "prefigura la imaginería de la psicodelia" sesentista... En 1919 la Editorial Harrap publicó los Tales Of Mystery and Imagination de Poe, cuya segunda edición de 1923 contó con 24 dibujos y 8 láminas a color del artista. Desde 1972, el libro se ha publicado en versión española, con traducción y notas de Julio Cortázar y las ilustraciones de Clarke, bajo el título: Cuentos de Imaginación y Misterio. Hoy lo edita Libros del Zorro Rojo (Barcelona).

[4] JORGE LUIS BORGES Y ESTHER ZEMBORAIN DE TORRES, Introducción a la Literatura Norteamericana (Editorial Columba, Bs.As. 1967. Desde 1999 lo publica Alianza Editorial, para su colección Biblioteca Borges, de El Libro de Bolsillo).

[5] Todos los cuentos de Poe fueron traducidos por Cortázar y publicados en 1956 por Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, en colaboración con la Revista de Occidente, bajo el título de Obras en Prosa. Cuentos de Edgar Allan Poe. Desde 1970 los ha publicado Alianza Editorial, con el nombre de Cuentos Completos. (Primera edición, revisada y corregida por el traductor, en «El libro de bolsillo», Madrid, 1970)

[6] TZVETAN TODOROV, Typologie du Roman Policier (Tipología de la Novela Policial), primer estudio de Poétique de la Prose (Poética de la Prosa, Éditions du Seuil, 1971-1978), donde distingue, siguiendo a los formalistas rusos, entre la fábula (la fable) y la trama (le sujet), pág. 12 y ss.





Gregg Toland, profundamente en foco

 



Cuando nos detenemos a contemplar la fotografía de una película, solemos atender primaria o exclusivamente a la distribución de luces y sombras sobre la pantalla. Pero por lo común pasamos por alto los muchos otros recursos expresivos que este rubro "técnico" permite al director poner en juego, herramientas básicas que el cine comparte con la fotografía como arte independiente. Por medio de la fotografía no solo se decide qué partes del decorado, de sus objetos y sujetos, recibirán mayor o menor luz, sino también qué tan enfocadas y contorneadas veremos ciertas zonas del cuadro, con qué grado de "normalidad" o de distorsión se verá circular a las figuras, en qué medida contrastarán o congeniarán las masas o volúmenes luminosos y oscuros puestos en interacción... 


La historia del cine ha conocido numerosos directores de fotografía merecedores de fama. Para ciertos cinéfilos, saber que una película de cualquier director viene iluminada por uno de tales fotógrafos, representa un atractivo extra, una razón adicional, en ocasiones incluso única, para interesarse en el producto. Una selecta minoría de entre esos artesanos ha sobrepasado el nivel de la buena fama para acceder a una gloria inextinguible. A esa élite pertenece Gregg Toland (1904-1948). Alguien a quien siempre veremos ocupar el top ten -difícilmente en el último puesto- de los iluminadores más grandes e influyentes de todos los tiempos.


Famoso por haber sido el primer gestor o cultor sistemático y coherente del concepto de deep focus (o foco profundo, es decir, una vasta profundidad de campo, mayor extensión de lo que se percibe nítido, enfocado, desde el primer término hacia el fondo del cuadro), se lo conoce igualmente como el artífice de buena parte de la magia e impacto visual del clásico Citizen Kane, donde este recurso del foco en profundidad se utilizó con un sentido artístico y expresivo acaso nunca igualado. En otra entrada del presente blog, dedicada a ese filme, redacté algunas líneas que aquí transcribo, referidas al efecto estético de esta fotografía, que, lejos de limitarse a repartir luces y sombras, también determina la nitidez de los objetos dispuestos a lo largo del campo visual y, distancia focal mediante, afecta a los tamaños relativos y proporciones de las figuras y a la percepción de sus desplazamientos en el eje que se tiende entre la cámara y el fondo. Escribiendo sobre aquella profundidad -"cuyos últimos planos", según Borges, "no son menos precisos y puntuales que los primeros"-, señalé que propendía a "desdibujar las jerarquías entre objetos cercanos y lejanos, a establecerlos en cierto grado como equivalentes, parejamente dispuestos por una exógena red de determinaciones que excede todo arbitrio de los personajes". En cuanto a los "densos claroscuros y pertinaz tenebrismo" que Toland desplegaba en la mayor parte de la película, expresé que, juntamente con efectos como la tensión espacial y alteración de tamaños y velocidades derivada de las focales cortas, evocaban directamente las "turbulentas volutas del barroco".


Ejemplos de deep focus y claroscuros en Citizen Kane


Destaqué, por otra parte, como la altisonancia y gesticulación exacerbada de los personajes en el filme se conjugaban con "el entorno visual, no menos recargado, saturado, ultraenfocado", en que se los emplazaba, para acabar por revestirlos "de cierto artificio, de cierto tono de simulacro". Decía: "la película levanta sus figuras, particularmente a la de Kane, como desmedidas, y en esa objetividad desaforada a que las arroja les resta naturalidad y verosimilitud. Con lo que expresa mejor su patética sujeción, su falta de libertad y aun de realidad". Y concluía: "los estiramientos y tensiones expresionistas, los rostros en sombras, acaban por comunicar a los personajes una cualidad desfigurada, inconsistente, como de realidad dudosa o en suspenso", que a mi entender cuadraba perfectamente con el sentido global de la historia tratada.  


(A modo de digresión menciono, tal como lo hice en aquel texto, que la imagen sombría y contrastada montada por Toland para esta película influyó decisivamente en la estética del cine policial llamado negro que nacería poco después. En otra publicación, a propósito de la iluminación de John F. Seitz para Double Indemnity, subrayé "el frecuente pasaje, incluso dentro de una misma escena, de luces a tinieblas, con la correlativa sugerencia de un espacio recargado, difuso, como habitado de cosas y seres indisociables de su oscuro reverso, dominados por esa mal conocida contracara e incapaces de evitar el salto recurrente hacia ella", efecto estético que parece hecho a medida para comentar el mundo reflejado en este género de filmes).


Es probable que nadie lo recuerde en estos días, pero cuando Toland puso en las pantallas su deep focus produjo una impresión descomunal, como de haber descubierto una nueva manera de ver o de representar la realidad. Años después, todavía el célebre crítico francés André Bazin ponderaba esos claroscuros y grandes angulares como manifestaciones del empuje hacia un "objetivismo tiránico a lo (John) Dos Passos", que él atribuía en exclusividad a Orson Welles, si bien hoy sabemos que el gran director no habría logrado construir esa imagen sin el auxilio de su admirado fotógrafo. Un sumario escrutinio de la filmografía estadounidense inmediatamente posterior a Citizen Kane arrojará el nada sorprendente resultado de un impacto por el cual todos los directores parecían tratar de replicar en su universo visual la estética de ese clásico, algo así como si de golpe y porrazo el cine hubiera vuelto a empezar. (Y, tal como sugiere la digresión del párrafo anterior, cuando el fervor generalizado pasó, quedó la adopción de estos atributos visuales por parte del film noir).




Jedediah (Joseph Cotten) teme que, frente a las trampas del negocio periodístico, la integridad de Kane se haga humo. Mr. Bernstein (Everett Sloane) se despreocupa. Kane baila atrás, en deep focus, reflejado en la ventana.



Como hemos visto, la afición de Toland al deep focus era inescindible del entusiasmo que desarrolló por el chiaroscuro, con el que se topó, según cuenta la leyenda, de un modo enteramente accidental. Filmando con el legendario Slavko Vorkapić, en 1928, el cortometraje independiente The Life And Death Of 9413, A Hollywood Extra, una de las dos lámparas que usaba en los decorados se quemó y hubo que seguir rodando con la única restante, sin poder en consecuencia componer un esquema de luces donde una de ellas oficiara como "relleno" para suavizar las sombras provocadas por la otra. Pero Gregg encontró en ese percance un desafío y quedó conforme con el resultado de esa luz dura que engendraba sombras tan marcadas. 


The Life And Death Of 9413, A Hollywood Extra


A aquellos lectores no especializados que pueda haber entre los millares que pasan por aquí, les explico breve y tal vez pobremente qué es la profundidad de campo y cómo se la obtiene en cine y en fotografía -existe una ligera diferencia entre ambas disciplinas-. Al apuntar nuestra cámara hacia un objeto cualquiera y enfocarlo para verlo bien definido, creamos una cierta extensión del campo visual frente a nosotros, por delante y por detrás de nuestro objeto o punto de enfoque, que todavía puede verse clara y perfilada, casi enfocada, aun cuando el foco no esté concretamente allí. Dependiendo de ciertos factores, ese rango de espacio visual límpido por delante y por detrás de nuestro objeto enfocado, rango al que llamamos, justamente, profundidad de campo, puede extenderse a distancias variables, expandirse a un máximo o bien reducirse a un mínimo. Enumero los factores que permiten obtener la máxima profundidad. Primero y fundamental, un menor coeficiente de exposición, vale decir un diafragma -orificio por donde ingresa la luz a nuestra cámara- menos abierto. (Para la cámara fotográfica también rige el menor tiempo de exposición vía obturador, pero en el cine esa herramienta no está disponible, ya que la velocidad de obturación se fija en 1/48 -en la práctica redondeada a 1/50-, que es el tiempo neto en que cada uno de los 24 fotogramas por segundo de filmación es expuesto durante su brevísimo paso por el plano focal). [*] Además de la baja exposición, incide en el deep focus la mayor distancia al punto de enfoque; o sea que, cuanto más lejano a la cámara esté ubicado el objeto que se halla estrictamente en foco, mayor será la profundidad potencial del campo nítido. Y por último, un factor de casi tanta importancia como la apertura de diafragma: la distancia focal. Las lentes de distancia focal corta -aquí abrevio: los objetivos llamados de gran angular- producen una mayor profundidad de campo que las de distancia focal larga -los teleobjetivos-. (Para ilustrar sencillamente a los no iniciados: cuando movemos hacia adelante ese zoom que cualquier cámara de teléfono posee, para "acercar" objetos lejanos, lo estamos llevando a un teleobjetivo, equivalente a una distancia focal larga; cuando traemos hacia atrás el zum o lo "abrimos", para alejar al máximo esos objetos distantes y ver el panorama más ancho posible, estamos en gran angular, la distancia focal corta, la que aumenta el deep focus). De la conjugación de estos factores: diafragma menos abierto, mayor lejanía del foco y lentes de focal corta se obtiene en cine la mayor profundidad de campo. 


[*] Con exactitud, se debe decir que la velocidad de obturación en la cámara tradicional de cine depende íntegramente de la velocidad de filmación. El obturador no puede regularse en forma separada, como en la cámara fotográfica. Si uno filma a 9 cuadros por segundo -por ejemplo, para conseguir el efecto de cámara rápida acelerando los movimientos como en las viejas películas mudas-, habrá de poner en el fotómetro un valor de obturación 1/18; si filma 200 fps, en cámara lenta, entonces su obturador será de 1/400, y así. Como es sabido, 24 fotogramas por segundo representan el estándar de velocidad realista o "normal".





Wuthering Heights

Hacia mediados de los años treinta, mientras seguía afianzando su prestigio como iluminador, Toland se consagraba a estudiar y desarrollar su concepto del foco profundo, con el que hacía interesantes avances ópticos, si bien no lograba todavía llevarlos a su plenitud por faltarle la concurrencia de otros progresos en la industria del cine y de la fotografía: las más potentes lámparas de arco, que permitirían una menor apertura de diafragma, llegaron con el final de la década, lo mismo que material fílmico de más alta sensibilidad (100 ASA). Ya en 1939, armado con ese arsenal de recursos, Toland elaboró una fotografía muy contrastada, con fuertes volúmenes de sombras y amplia profundidad de campo, en Wuthering Heights (Cumbres Borrascosas, 1939, de William Wyler con Merle Oberon, Laurence Olivier y David Niven), por la que obtuvo su tercera de seis nominaciones al Oscar como iluminador y su única estatuilla en ese rubro -consiguió una segunda en 1943 como codirector de un documental-. En esta película, asimismo, Gregg fue elegido por la Compañía Mitchell para estrenar su nueva cámara BNC, que se convertiría en el modelo estándar de los estudios por medio siglo y en prototipo de las futuras cámaras Panavision.





Volviendo a Citizen Kane, debe tenerse en cuenta que la apertura de diafragma estándar en un set de filmación por esos años oscilaba generalmente entre valores de f/2 y f/4 (hablo de nuevo para los versados); f/5.6 en casos excepcionales. Toland trabajó con un promedio de f/8 - f/11, un diafragma mucho más cerrado, con apertura máxima casi nunca superior a f/5.6. Esto requería, como sugerí más arriba, una iluminación potentísima: el hombre quemaba zonas del set con sus luces -no olvidemos que, además, debía iluminar un campo visual muy extenso, dado el uso de gran angular y la profundidad del foco que trataba de llevar hasta los remotos fondos del encuadre-. Para favorecer esta apertura mínima de diafragma, aparte de nuevas lámparas y película más sensible, se valió en este filme de unas lentes de su propio diseño, creadas en conjunto con ingenieros de Caltech, recubiertas con Vard Opticoat, un tratamiento anti-reflectante y reductor de brillos que también les optimizaba la transmisión lumínica. Como Welles se había prendado del ángulo contrapicado (ángulo que tomaba el escenario y sus figuras desde la cercanía del suelo -o desde el suelo mismo, porque aquí levantaron tarimas sobre el piso del set para emplazar la cámara en el pozo resultante-), a menudo su fotógrafo también dispuso las luces a muy baja altura, en vez del tradicional alumbrar "desde arriba". Y dado que el contrapicado tendía a mostrar mucho cielorraso, se trabajó con el escenógrafo y diseñador Perry Ferguson para que crease techos de muselina blanca estirada, cielos postizos que beneficiaron las tomas de sonido, ya que los micrófonos pudieron colocarse más cerca de la acción sin riesgo de ser vistos y tomar con alta precisión el sonido de cada escena. Toland también modificó la cámara Mitchell BNC para regularle el foco por control remoto y dar al operador mayor libertad de movimientos (paneos, cambios de ángulo, etcétera).


Gregg trabajando en Citizen Kane


Meses antes de acometer esta obra maestra, Toland había lucido su deep focus en otra película, ciertamente muy lograda pero menos conocida que la de Welles: The Long Voyage Home (Hombres Del Mar, por su título en español) de John Ford, protagonizada por John Wayne, Thomas Mitchell y Barry Fitzgerald; una historia de marineros cuya trama combinaba cuatro piezas breves de Eugene O'Neill. Este film de 1940 exhibe varias técnicas comunes con Citizen Kane, como desplazamientos de personajes desde el fondo al primer término entre ostensibles variaciones de chiaroscuro, primeros planos "deformados" en gran angular, iluminación a ras del suelo... Y no debería extrañar en absoluto, pese a ser cosa rarísima en la historia del cine, que ambos míticos directores acreditasen a su director de fotografía casi al mismo nivel de ellos mismos, en el mismo título y con letra de igual tamaño. Gesto significativo, además, porque, hasta donde sé, nunca antes o después esos dos genios cinematográficos dieron preponderancia semejante a ningún otro de los directores de fotografía con que trabajaron (no lo hizo Welles con iluminadores tan sobresalientes como Stanley Cortez o Russell Metty, ni tampoco lo había hecho Ford con el propio Toland en su previa colaboración The Grapes Of Wrath).


La tremenda luz de Toland para The Long Voyage Home


El fotógrafo acreditado en la misma placa que el director...



El realizador que más veces contrató los servicios de Toland fue William Wyler, otro de esos grandes que la historiografía reciente del séptimo arte parece haber arrojado por la alcantarilla de la manera más injusta. Este artista produjo un número de piezas magistrales que aquí reduzco a unos pocos hitos: These Three (Esos Tres, 1936), Dead End (Calle sin Salida, 1937), Jezebel (1938), The Letter (La Carta, 1939), The Little Foxes (La Loba, 1941), The Best Years Of Our Lives (Los Mejores Años de Nuestras Vidas, 1946), The Heiress (La Heredera, 1949), Roman Holiday (La Princesa que Quería Vivir, 1953), The Desperate Hours (Las Horas Desesperadas, 1955), The Big Country (Horizontes de Grandeza, 1958), Ben-Hur (1959)... Amén de Wuthering Heights, que le deparó su Oscar como fotógrafo, las dos películas en las que Toland hizo luces más distintivas y memorables para este director fueron sin duda The Little Foxes y The Best Years Of Our Lives.


Haré un breve apartado sobre un momento específico del segundo de estos filmes. La secuencia, referida también por André Bazin en su artículo sobre Wyler, pone de manifiesto una vez más la consabida maestría del iluminador para la fotografía en profundidad. Está ambientada en el bar que frecuentan los veteranos de guerra, donde el personaje de Fredric March convence a su amigo y excamarada de armas, representado por Dana Andrews, de poner fin a la relación amorosa que este viene sosteniendo con la joven hija de aquel. Sigue entonces una escena sorprendente, en la cual vemos en primer término como un pianista (interpretado por el mismísimo Hoagy Carmichael, autor de Georgia On My Mind, Stardust, Rockin' Chair, The Nearness Of You y otros clásicos) toca el piano junto con un veterano que ha perdido ambos antebrazos y lleva garfios en su lugar; March se acerca a observarlos simulando compartir distraídamente el pasatiempo, si bien toda su atención está de hecho concentrada en lo que ocurre al fondo del cuadro, en la lejana cabina telefónica desde donde Andrews está llamando a la chica para comunicarle el final de su romance. La distribución de luces y sombras y la elevada profundidad de campo permiten a Wyler mostrar todo lo que acontece simultáneamente, en un plano fijo único (matizado un par de veces por otro un poco más cerrado, que mantiene en pantalla a March y al distante Andrews pero desaloja a los que tocan el piano); lo cual confiere a la tesitura un interés y tensión que ninguna proliferación de tomas habría transmitido con igual contundencia.


Al fondo, por sobre el hombro del de los garfios, Dana Andrews habla por teléfono


Una muestra aun más notable de cómo hacer altísimo cine sin andar revoleando al ped ociosamente la cámara, integrando además todos los eventos en una toma o escena única en vez de subdividirlos y cortarlos en cien planos sucesivos, la encontramos en la magistral The Little Foxes, de 1941, basada en la obra teatral homónima de Lillian Hellman. Este caso, además, nos permite ver un uso de la profundidad de campo algo distinto al habitual por parte de Toland. Porque aquí el iluminador cultiva en gran forma el acostumbrado claroscuro como resaltador de asimetrías, pero respalda y refuerza los contrastes con una acusada oposición entre foco y desenfoque, propiciada por una lente de distancia focal relativamente larga.  




Se trata del genuino clímax en la película, la escena del infarto del banquero Horace Giddens, estudiada por André Bazin, precisamente, en relación al sentido de realismo fílmico en William Wyler. Pues la adaptación que director e iluminador ofrecen de la pieza teatral no hace ninguna concesión al facilismo de "convertir en cine" la puesta escénica de origen multiplicando ambientes y movimientos de cámara. La secuencia tiene lugar en una sala de la planta baja, cerca de la escalera que conduce a los dormitorios de arriba, en la gran casa del matrimonio protagónico. Regina (Bette Davis) y su esposo Horace (Herbert Marshall) han tenido unos cambios de palabras bastante crudos. Horace le ha anunciado que prevé redactar un nuevo testamento en el cual prácticamente la desheredará; Regina le recuerda cuánto lo detesta, que se casó con él por falta de mejores horizontes, y que no había contado con que él, enfermo cardíaco, moriría mucho antes que ella. Le asegura que saldrá adelante de este nuevo contratiempo, como de tantas otras cosas. Siempre he sido afortunada, le dice. Horace, hundido en su silla de ruedas, abrumado por el desprecio de ella, empieza a sentirse mal. Ella había estado parada junto a la ventana, a la derecha del cuadro (en plano medio largo tras la cabeza de él que veíamos en primer plano); ahora vuelve a sentarse en un sillón que, de frente a cámara, dejará ver parcialmente la escalera del fondo. La cámara no acompaña el regreso de ella a su asiento, sino un movimiento paralelo de Horace, que se acerca en su silla a la mesita donde tiene su medicamento. Cuando él llega, Regina, de quien la cámara se ha desentendido -adelantando una selectividad que enseguida veremos darse en sentido opuesto-, se ha sentado ya. Horace, en primer término a nuestra derecha, de espaldas a la ventana, manipula con dificultad, entre temblores, la botella de su medicina sobre la mesita ubicada a la izquierda. Más atrás, en el centro del cuadro, Regina, tomada casi de cuerpo entero, se apoltrona en el sillón, indiferente. La luz que proviene de una lámpara junto a la ventana ilumina fuertemente su rostro blanquísimo y como empolvado. De pronto, por los dolores del pecho, a Horace se le cae la botella del fármaco que iba a tomar. La botella se rompe. Él pide a Regina que suba al dormitorio a buscar la otra botella que tiene en su mesa de noche. Pero ella, con un gesto entre fascinado y azorado, lo mira fijamente y permanece inmóvil y en silencio. 


(La secuencia del infarto de Horace en The Little Foxes)



Él comprende, con horror, que ella no se moverá. Susurra el nombre de la criada y un ruego por la bendita botella. Entonces decide tratar de subir por su cuenta, en plena crisis cardíaca. Se pone de pie y da un par de pasos vacilantes que lo hacen salir del cuadro por la derecha. La mirada de su esposa deja de seguirlo (replicando el abandono de la cámara, que tampoco irá tras él) y se clava en algún punto indefinido, hacia su costado izquierdo. Horace se bambolea entre la mujer y la luz procedente de la ventana, de modo que su sombra cubre de negrura un par de veces el rostro pálido, glacial, de ella. Aquí se ha producido un corte del plano conjunto a un plano medio de Regina, donde la cámara se va a estacionar tozudamente. El hombre logra dar su paso adelante y sale del cuadro. La luz se vuelve a dibujar plena sobre el gesto, todavía como pasmado, de nuestra antiheroína. El obvio significado de este evento es que ella deja aquí de estar bajo esa sombra que un par de veces ha amagado irse, en falso, pero ahora por fin lo ha hecho. Sin embargo, no bien sale del cuadro la sombra de Horace, su mano ingresa buscando apoyo en el respaldo del sillón, sacudiendo brevemente la quietud de Regina, en simbólica amenaza a la estabilidad y seguridad ambicionadas, al éxito de esta misma inacción homicida. Ella sigue impávida, aunque un remoto dejo de su expresión es como si dijera No ganamos para sobresaltos. Entre tanto, la cámara permanece fija, sin apartarse de la mujer, sin seguir ni por un instante al moribundo que al fin retira su brazo por la derecha, para volver a entrar al cuadro poco después, por el fondo, su silueta ya en la penumbra y fuera de foco, detrás del rostro siempre delineado y luminoso, casi sobrexpuesto, de su cruel esposa. Un leve movimiento de la cámara, limitado a corregir el plano mediante un corto ascenso, permite tomar mejor al hombre que se debate allá atrás, al tiempo que eleva el borde inferior del encuadre hasta el busto de Regina, que ahora se incorpora -se yergue sobre el derrumbe del otro- e inclina ligeramente hacia adelante, volviendo la cara hacia la ventana (para cerciorarse de que nadie esté viendo la escena desde el exterior). 


Horace, completamente desdibujado detrás de ella, da nuevos tumbos que ahora lo sacan de la pantalla por el lado izquierdo. Sabemos que la cámara no se le acercará, porque permanece obsesivamente apegada a Regina. Por último, Horace regresa al cuadro atacando la escalera. Sube unos escalones, arduamente, por detrás de la cabeza ya ladeada de Regina, que mira hacia adelante y a la derecha (hacia la ventana), en foco e iluminada, mientras el pobre diablo agoniza atrás y a la izquierda, fuera de foco y más oscuro. Una figurita tenue, disminuida, que sube tambaleando los lejanos peldaños, tras la nuca de la mujer impasible, crecida y afirmada aquí adelante, donde impera la luz. Asombrosa conjunción de contrastes. La cámara no se aparta de la pasiva asesina -hacia cuyo semblante se ha ido acercando imperceptiblemente, dejándola en primer plano estricto-, ni aun cuando Horace finalmente se desploma a mitad de la escalera; sólo cambiará el encuadre una vez que ella encuentre oportuno levantarse y correr fingiendo pedir ayuda. Como se ve, no es sólo que la puesta acentúe la inmovilidad criminal de Regina, alimentando nuestro espanto por el hombre que zozobra allí detrás y al que ni siquiera vemos muy bien puesto que la cámara se ha obstinado en quedarse con la mujer; sino que los juegos de luces y sombras, de foco y desenfoque, incluso de perfiles (mientras él sucumbe en el lado izquierdo del fondo penumbroso, ella vuelve su cabeza hacia la luz de la derecha, como dejándolo atrás sin piedad), el ángulo de toma y tamaño de plano, todo está expresando los muchos simbolismos que hemos reconocido en esta breve secuencia, que casi compendia la historia de su protagonista. André Bazin anotaba en su texto: Nada podía multiplicar tanto la potencia dramática de esta escena como la inmovilidad de la cámara. Pero junto con eso debe subrayarse la alta potencia expresiva de ese genial contrapunto de luz y foco propuesto por Toland; quien, pese a ser el maestro del deep focus, de la profundidad de campo, aquí no tiene problema alguno en emplear lentes de distancia focal larga y mayor apertura de diafragma para producir un sensible desenfoque en la zona del fondo y oponerlo a la diafanidad de la figura triunfante en primer término, como refuerzo de la patente contraposición entre ambos personajes.







Nombro algunos otros trabajos esenciales de Toland, donde ofrece cuantiosos y diversos ejemplos de su arte.  


Ball Of Fire (Bola de Fuego), en 1941, mismo año de Kane y de Little Foxes. Una estupenda comedia de Howard Hawks, escrita por Billy Wilder y Charles Brackett, con actuaciones de Gary Cooper y Barbara Stanwyck. El tenebrismo y los claroscuros no se llevan bien con la comedia, pero sí lo hacen en cambio la profundidad de campo y las focales cortas, por cuanto favorecen las vistas en planos conjuntos y predominio de la acción que son vitales a la efectividad del género. De modo que Toland, sabiamente, rehúye cualquier exceso de sombras mientras prodiga su deep focus.


Ball Of Fire


Intermezzo, de 1939, taquillera versión estadounidense de un melodrama sueco de 1936. Fue protagonizada, al igual que la película original, por Ingrid Bergman, quien hizo con este papel su fulgurante debut en el cine yanqui. Toland encontró aquí espacio para proponer su inconfundible estilo de iluminación imprimiendo mayor hondura al lóbrego sentimentalismo de la trama.


Intermezzo


Mad Love, excelente remake hollywoodense, que Karl Freund dirigió en 1935 con Peter Lorre como estrella principal, del clásico de 1924 Orlacs Hände (Las Manos de Orlac), realizado por Robert Wiene, hacedor de El Gabinete del Dr. Caligari. En este film un Toland "en progreso" anuncia sus futuras glorias compartiendo la fotografía con el iluminador Chester Lyons, que en realidad cubrió la mayor parte del rodaje. No obstante, Gregg metió suficiente mano estética como para dar pie a que años después Pauline Kael sobrestimara, en su sobrestimado libro Raising Kane, las similitudes formales y estilísticas entre esta película de horror y Citizen Kane, hasta el absurdo de argüir que Welles "copió el estilo visual" de Freund.


Tonight or Never (Esta Noche o Nunca; Mervyn LeRoy, 1931), con Gloria Swanson y Melvyn Douglas; comedia romántica levemente "tenebrosa" que un Toland juvenil ambienta con visible predilección por los contrastes y luces nocturnas.


The Dark Angel (El Ángel de las Tinieblas; Sidney Franklin 1935), un melodrama de amores perdidos vinculado a la Gran Guerra, con Merle Oberon, Fredric March y Herbert Marshall, donde Gregg juega su habitual foco intenso y luz contrastada, aunque en este caso escasean las secuencias de noche y la consiguiente primacía de las sombras.


El genial iluminador tuvo otras participaciones en filmes de Gloria Swanson: compartió fotografía en The Trespasser (La Intrusa), de 1929, primera y muy exitosa aventura sonora de la estrella del cine mudo, y en Indiscreet de 1931. También hizo con Wyler las ya nombradas These Three (1936, con Miriam Hopkins, Merle Oberon y Joel McCrea) y Dead End (1937, con Sylvia Sidney, Joel McCrea y Humphrey Bogart), amén de The Westerner (El Caballero del Desierto en Argentina, El Forastero en España) en 1940, protagonizada por Gary Cooper. Sus últimos trabajos, ambos en 1948, fueron  Enchantment (Hechizo), drama romántico con David Niven y Teresa Wright, dirigido por Irving Reis, y A Song Is Born (Nace Una Canción) de Howard Hawks, una versión musical de Ball Of Fire, con Danny Kaye, donde Gregg realizó su segunda y postrera fotografía en colores (Technicolor).


Había hecho la anterior para la polémica producción de Walt Disney Song Of The South (Canción del Sur) de 1946, una historia con ciertos problemas de, cómo decirlo, percepción racial -la compañía nunca remasterizó esta obra para una edición digital, aunque en la web circulan digitalizaciones "de fans"-. El aporte de Toland al Technicolor en esta película semianimada no había superado el nivel de lo rutinario e impersonal. Su labor en la de Hawks resultó superior.


Gregg con William Wyler


Gregg Toland murió prematuramente, víctima de una afección cardíaca, con apenas 44 años de edad. William Wyler recordaba que en sus últimos días el hombre llevaba consigo, en un bolsillo, un trozo de película que contenía los resultados de sus experimentos en algo que él denominaba el foco definitivo (ultimate focus): era una lente que estaba desarrollando y con la cual había logrado enfocar perfectamente, en el mismo cuadro, un rostro a unos 8 centímetros de la cámara, otro rostro a casi un metro y, sobre la pared al fondo del estudio, distante unos cien metros, varios cables y detalles arquitectónicos...




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P.S.: La biografía de nuestro homenajeado contiene una curiosa pieza de trivia, que es su extenso cameo en la secuencia del "News On the March", procedente de su obra cumbre, Citizen Kane. Gregg interpreta al reportero que entrevista a Kane a su regreso de Europa. 




P.S. II: Una fuente bibliográfica de alto valor para esta entrada me ofrece, de paso, la oportunidad de alcanzar con este modesto homenaje a un teórico del cine cuyos estudios estéticos de posguerra contribuyeron, en las décadas de 1940 y 1950, al nacimiento y consolidación del cine moderno y, en particular, de la Nouvelle Vague. Hablo de André Bazin (1918-1958), el más influyente crítico de cine de su tiempo en Francia y acaso en toda Europa, fundador de la trascendental Cahiers du Cinéma. En 1948, Bazin escribió para la Revue du Cinéma el artículo William Wyler o el jansenista de la puesta en escena, meticuloso examen sobre el sentido de realismo y el "estilo sin estilo" del gran realizador estadounidense, donde trata acerca de las películas mencionadas aquí -Little Foxes y Best Years...-. El texto sería recogido posteriormente en una vasta colección de escritos de Bazin publicada bajo el título Qu'est-ce que le Cinéma? (y en la correspondiente versión española de 1966, ¿Qué es el Cine?, traducida por José Luis López Muñoz para Ediciones Rialp), como el capítulo XVIII de su Primera Parte: Ontología y Lenguaje (pág. 140 en Rialp). Por desgracia, todas las reediciones de esta obra desde 1975 en adelante, practicaron -por no decir perpetraron- una importante reducción de material que condujo a la supresión de ese capítulo, entre otros, y a la reformulación de varios más. La buena nueva, sin embargo, es que el artículo original, en su versión digitalizada, se halla disponible en más de un sitio de la web. También se puede hallar, un tanto encubierta, la primera edición, completa, de ¿Qué es el Cine?, en formato PDF. 

https://www.academia.edu/13521262/Bazin_A_Ontologi_a_de_la_imagen_fotogra_fica








Bootsy

  (Puro eclecticismo. Un día te celebramos a una estrella tanguera y otro le festejamos el cumple al glorioso Space Bass . Solo para iniciad...