Johann Sebastian Bach. Fuga al Siglo XXI



(El retrato más famoso de Bach, por Elias Gottlob Haussmann -1746-).



Hoy, 28 de julio, se cumple un nuevo aniversario del día en que este gran músico, uno de los mayores de todos los tiempos, se hizo inmortal. Confiamos en celebrarlo sin temor a que ocurra alguno de esos sordos, burros y/o estúpidos siempre listos para descalificar tontamente a gigantes que les son incomparables en todo respecto, quizá ilusionándose así un poco menos incapaces de habitar las mismas alturas espirituales. Hostigado por mi sino tenazmente adverso, más de una vez hube de topar con gente así, capaz de permitirse, por ejemplo, tachar de "calesiteros" a los magníficos, señeros contrapuntos de Bach, sin siquiera vislumbrar el vasto y multiforme universo musical que se edificó sobre ellos: una entera forma de concebir, de sentir el arte sonoro, que, tras permanecer en una suerte de semilatencia por ciento cincuenta años, explotaría con pleno brío en el siglo XX, tanto a través del jazz -música contrapuntística por excelencia- como de distintas expresiones "atonales" en las formas apodadas cultas, las cuales adoptaron el básico recurso a esa superposición de voces melódicas (el nombre técnico es polifonía) para generar, mediante la simultaneidad de las respectivas escalas, armonizaciones originales, a menudo inesperadas, libres de cualquier tonalismo academicista y convencional.  


No fue por azar que el genial Beethoven lo llamó el "padre de la armonía". (Ni fue azar, naturalmente, que lo redescubrieran justamente los románticos: cómo podía escapárseles el goticismo implícito en su agregación de elementos muchas veces heterogéneos). Bach, en efecto, engendraba armonía con sus contrapuntos; no seguía meras reglas prescritas de combinaciones armónicas -reglas que en su época todavía no completaban su desarrollo-, sino que las creaba en el mismo movimiento de su polifonía, en la coincidencia de sus melodías, incluso al costo de alguna que otra disonancia o rareza; "infracciones" que, desde luego, no venían sino a sumarle puntos en materia de maravilla y de originalidad. 



Monumento a Bach en su natal Eisenach, Turingia



Todo artista, grande o pequeño, es hijo de su tiempo. Y el tiempo en que nuestro hombre practicó su arte trajo consigo lo que en la historia de la música se conoce como el paso del sistema modal al sistema tonal. Siendo imposible explicar en pocas palabras estos conceptos a los no iniciados, me limito a decir que ese cambio de un sistema dominado por la escala -o modo- a otro basado en el tono, supuso, en lo concerniente a la composición (y a la misma concepción musical, en suma), un correlativo cambio de primacía: de la melodía al acorde, del contrapunto a la armonía. También, el gradual declive de géneros contrapuntísticos, como la fuga, a favor de otros eminentemente "armónicos". Los estilos francés e italiano de principios del siglo XVIII, representados por la suite y el concerto respectivamente, eran ya tonales, y Bach se nutrió de ellos en alto grado para sus composiciones de madurez, pero no sin realzarlos incorporándoles sus complejos, privativos contrapuntos. Los contemporáneos del maestro abrazaron con fervor el sistema tonal y se desentendieron para siempre de los anteriores modos en pos de esa nueva idea de "armonía". Pero don Johann, no obstante haber sido impulsor destacado del nuevo orden, decidió en cambio que sería deseable, necesario, preservar y seguir cultivando lo esencial del régimen modal, a saber: la polifonía encarnada en el contrapunto; en especial, su aptitud para mantener indefinidamente abierta la generación de nuevas armonías. La última década de su vida, particularmente, compuso una música que su entorno histórico, ya "preclásico" e inclinado a la homofonía de vocación tonal, consideró rara, ardua y anticuada, sobre todo por su excesiva carga polifónica y contrapuntística.


Ese aliento "barroco" que Bach rescató cuando su época se volcaba a un clasicismo que parejamente empezaba a primar en otras artes, la preeminencia que siempre dio al concepto de adición y combinación de "voces", llegaría a resonar más que nunca, como dije, en el último siglo, con la aparición del jazz, un estilo -mejor que género- musical que, pese a haber conocido muchas variantes y vicisitudes, en todas sus formas se caracterizó por librar un ancho campo a la improvisación; es decir, a la expresión espontánea de la voz individual, hasta el punto de llegar a producir en algunos casos -el llamado free jazz- auténticas composiciones colectivas. Con esto pretendo señalar que el contrapunto de Bach, su fundamento en la "convergencia armónica" de líneas melódicas, además de adelantar en casi dos centurias el sentimiento musical moderno, ha resultado, y aún resulta, tan inspirador para la creación propiamente académica y personal (sean las obras de Schönberg, Ligeti, Xenakis y otros autores cultos, o bien piezas de raíz más popular: la excelsa Fuga y Misterio de nuestro Astor Piazzolla, por dar un único ejemplo) como para la generación de una música de espíritu "comunal", congruente con los afanes democratizantes y de expresión subjetiva que signaron el arte de las décadas recientes. 


Prueba contundente de vigencia, y renovado triunfo del maestro sobre la torpeza, ignorancia y sordera de sus detractores.




Leipzig, donde Bach trabajó por décadas, en un grabado de 1735. La
Thomaskirche (Iglesia de Santo Tomás), con la Thomasschule, escuela de música de Bach -hoy desaparecida- al fondo.  



Adenda:

Puede que un par de ejemplos sirvan a ilustrar en qué medida, aun a la distancia, la concepción musical instaurada por Bach con su rescate del contrapunto ha influido e influye decisivamente en creaciones modernas, llegando incluso hasta los barrios más apartados de la música popular.

En el jazz son frecuentes los casos de artistas que, como Miles Davis o Dizzy Gillespie, generan novedades musicales combinando su voz peculiar como ejecutantes, su sonido singular e intransferible, con acompañamientos instrumentales de diversa especie y conformación; acoplando sus tópicos, sus preferencias, sus obsesiones, su voz con todas sus inflexiones, su manera única de tocar, con variados entornos, para crear en cada ocasión nuevos universos sonoros. Así, la trompeta de Miles Davis con la orquesta de Gil Evans difiere muchísimo de su trompeta con el jazz modal de su segundo quinteto; tanto como de su trompeta metida al jazz-rock ácido psicodélico de Bitches Brew o al pseudofunk desaforado de On The Corner. Pero es siempre la misma, inconfundible trompeta de Miles, su voz privativa, intrínseca. Ese movimiento es de inspiración "bachiana": meter melodías muy semejantes o emparentadas en distintos contextos armónicos (y rítmicos y tímbricos, para el caso), con los cuales puedan concertar o chocar en más o en menos, pero siempre resultar en una creación original y diferente, es una idea que se remonta al maestro de Turingia. No sería posible sin las posibilidades que abriera Bach con sus contrapuntos y fugas.

En un par de películas de los primeros años noventa, el formidable compositor Ennio Morricone exploró una rara, curiosa forma de "contrapunto armónico" (escribí sobre eso hace poco, en la entrada sobre películas "casi clásicas", a propósito del filme State Of Grace). Intentaré explicarlo: en vez de combinar melodías más o menos heterogéneas en contrapunto, el músico propone una superposición de "bloques armónicos"; toca simultáneas progresiones armónicas divergentes, cuya concurrencia produce un sentimiento de rareza y suma tensión -pues además el autor escoge que al menos una de tales progresiones sea altamente disonante en sí misma, no solo con respecto a la otra-. He aquí otra no tan aparente pero efectiva derivación de aquel "rescate de la fuga" por el viejo Bach: si se ha podido hacer contrapunto de melodías, por qué no probarlo con acordes enteros.

Esta inspiración de Morricone -obviamente alimentada de la práctica corriente en compositores clásicos como el genial Ligeti- empieza a encontrar cierta réplica un tanto inesperada en el campo de la música "pop", donde se van haciendo más comunes, junto a las "citas melódicas" entre canciones -o sea, la incorporación de fragmentos de melodías externas, generalmente tomados de terceros e integrados de manera más o menos orgánica y lícita a nuevos contextos melódicos-, enteras citas "armónicas". No lo amplío ahora ya que planeo escribir sobre el tema más largamente en algún tiempo, pero lo dejo asentado porque el que avisa no traiciona...







Si llegás a ser lo bastante grande, un día te convierten en estampilla
.








P. S. : Mucho me habría gustado escribir in extenso sobre este músico tan admirable, y examinar con mayor detenimiento algunas nociones tratadas aquí de manera por demás sumaria. Pero lamentablemente he debido conformarme, por razones de fuerza mayor, a esta nota menos sintética que reducida, cuya inhabitual brevedad obedece a serias dificultades personales y de salud que me hallo tramitando en estos mismos momentos. Si todo va bien, publicaré artículos de más largo aliento los meses de agosto y septiembre, pero muy probablemente se me impondrá una pausa en octubre y/o noviembre. Por si a alguien le interesa, informaré oportunamente de cualquier novedad.







*                    *                    *







Luz, cámara... Dolly Zoom

 



(Advertencia: esta entrada contiene numerosos archivos de imágenes animadas -extensión .gif-, por lo que su carga completa puede demorar unos segundos más de lo habitual).



De entre las tres o cuatro personas que siguen este blog, una y media me han pedido que escribiera un poco más acerca de esa técnica cinematográfica conocida como dolly zoom -también, a veces, trombone shot, plano de trombón-, de la que traté en una nota de un año y medio atrás sobre el largometraje Vértigo, de Alfred Hitchcock. Como no tengo ninguna cosa mejor que hacer (y sí, infortunadamente, muchas peores), he dedicado una -mínima- porción de tiempo y esfuerzo a recordar más ejemplos, algunos memorables, otros no tanto, de este recurso hoy algo manido, como dije en aquella oportunidad, pero siempre interesante y de enorme poder expresivo. 

Desde sus inicios el cine buscó desarrollar herramientas que le permitieran ofrecer vistas no corrientes, enrarecidas o intensificadas. El viejo expresionismo alemán, por ejemplo, flaco en opciones de cámara o de laboratorio, cifraba las extrañezas escénicas y de imagen en la confección de decorados intrínsecamente "anómalos" o deformes, en iluminaciones tan contrastadas como fuera posible, en algún contrapicado. Con los progresos en materia de lentes, filtros, cámaras y grúas, fueron naciendo otras armas: el gran angular extremo -u "ojo de pez"-, cierto tenebrismo favorecido por películas de superior fotosensibilidad, el encuadre holandés u oblicuo, movimientos de cámara más extensos y complejos. Dentro de ese arsenal puramente óptico -es decir, practicable en la misma toma de las escenas, ajeno a toda truca de posproducción-, uno de los medios más originales y contundentes para producir una fuerte alteración perspectiva ha sido el que hoy examinamos. 

Ya que voy a ocuparme detenidamente de él, empezaré por apuntar que hay dos variedades de dolly zoom: la inaugurada por el clásico de Hitchcock, que combina zum atrás con trávelin adelante (volveré sobre la significación que su uso conllevó en manos de su director), y otra que invierte esa conjugación de movimientos para obtener, obviamente, resultados visuales opuestos. Veremos como unos cuantos famosos directores -incluyendo al propio Hitch- supieron sacarle a esta segunda variante un jugo artístico no menos considerable.

Por supuesto, los ejemplos que presentaré y analizaré sucintamente no son ni con mucho los únicos. Ni siquiera pretendo agotar los más destacados. Adelanto esto porque uno de mis tres o cuatro lectores podría notar la ausencia de algún dolly zoom que le haya parecido especialmente evocador o sobresaliente en alguna película y juzgar que lo estoy omitiendo, o mejor dicho, ninguneando. Pues no. No me propongo hacer un catálogo, ni un ránking, de los dolly zoom más importantes de la historia. Solo incluyo unos cuantos que mi memoria sobrecargada y exhausta recuperó para mí, entre sus fatigas de las últimas horas. Me he asegurado, eso sí, de incluir en mi lista algunos que bajo ningún pretexto deberían faltar. 

Así que lo aclaro expresamente (en estos tiempos se ha vuelto imperativo hablar como si uno se dirigiese a prescolares):

1) No dudo que en la historia del cine mundial hay otros dolly zoom aparte de los que cito en el presente texto.

2) No creo en absoluto que todos los referidos aquí sean más decisivos o trascendentales que los eventualmente omitidos. 

Gracias y mil disculpas a quien corresponda.






Vértigo

Comenzaré, como se debe, por el principio. Y el principio de todas las cosas en la historia del dolly zoom es, huelga repetirlo, el filme Vértigo, de Alfred Hitchcock (1958). Es el principio y en cierta medida el final.

(Por supuesto, en el comienzo hubo el trávelin puro y simple; el que, según se dice, un operador de los hermanos Lumière llamado Alexandre Promio estrenó en 1896 con su famosa toma "panorámica" del Gran Canal de Venecia y que, pocos lustros después, David W. Griffith usaría de manera metódica para incorporarlo en forma definitiva a la gramática del cine. Pero esa vasta y mayor historia no nos convoca ahora).




Supeditándome al doble imperio de la prisa y de la pereza, me reduciré a transcribir varias líneas que redacté en mi previo escrito sobre esta película. Solo ofreceré, por ahondar un poco en el alcance expresivo de la técnica que discutimos, una puntualización extra. Vértigo pasa largo rato desplegando la obsesión -menos profesional que personal- de su protagonista, Scottie Ferguson (James Stewart), en el seguimiento y vigilancia de una mujer (Kim Novak) que en varios sentidos no es sino un fantasma, poniendo de manifiesto hasta qué punto esa presencia fascinante, idealizada, viene a servirle -según ocurre a menudo con toda figura magnética, con todo fetiche- para encubrir o taponar su angustia, la cual gira en torno a un literal abismo: el pavor de caer al (hundirse en el) vacío. Sabiamente, Hitch opone esas dos dimensiones, ilusión y pánico, apelando a diferencias formales; de un lado, la representación pictórica, estilizada, artística, a veces hasta velada o flou, de la mujer cautivante -incluso en los pasajes en que la rodea de símbolos mortíferos: flores, adornos de una antepasada muerta-; de otro, la mostración espeluznante de un precipicio trastocado por el dolly zoom (DZ), truco de cámara que aquí procede, como he explicado, "abriendo" el zum desde una lente de distancia focal larga (teleobjetivo) hacia una focal corta (gran angular), mientras al mismo tiempo ejecuta un rápido acercamiento físico hacia su punto de enfoque (trávelin adelante), para desnaturalizar la perspectiva tornándola irregular e incierta.

Así, la realidad ideal o fantasmagórica que Scottie intenta habitar, y por cuyo intermedio espera resguardarse de sus terrores, se nos presenta atrayente, armónica, ad-mirable como una pintura; de ahí que comúnmente juegue a detener sus movimientos en cierta soberana quietud de obra plástica, como dándose a contemplar -aparte de hacerse enmarcar  por elementos convenientes del decorado: vanos de puertas, marcos de espejos, columnas-. Por el contrario, la irrupción del horror, del vacío, aparece bajo la forma de un escenario distorsionado, que se estira indefinidamente como un genuino abismo sin fondo.


El DZ fue creado por el fotógrafo de segunda unidad Irmin Roberts y no se aplicó al escenario real de la escalera en la iglesia, sino a una maqueta que se tomó volcada sobre una mesa, de suerte que el movimiento hacia adelante de la cámara pudiera hacerse en dirección horizontal. La foto, propiedad de Universal Studios, se vio en el filme Obsessed With Vertigo (1997) de Harrison Engle.



Este recurso, el dolly zoom, hace su debut en la secuencia inaugural de Vértigo, cuando Scottie queda colgando de una canaleta y mira espantado hacia abajo. Reaparece luego durante las dos secuencias en la escalera de la torre que lleva al campanario. Significativamente, cada ocurrencia del DZ antecede en pocos segundos o minutos a cada muerte que tiene lugar en la película. Esto es, que toda ocasión en que alguien se disuelve en el vacío (en especial las dos mujeres, como objetos de amor ilusoriamente encontrados y pronto caídos, pero también, desde el inicio, un colega policía, un igual de Scottie) se hace preceder de esta deformación cuasialucinatoria del espacio, que actúa a guisa de señal, o de mal augurio, como si esa repentina vista anamórfica viniese a anunciar la revelación de otra realidad, hasta entonces encubierta. 


Hitchcock, primer realizador en valerse de esta herramienta, la reutilizó por única vez en Marnie (1964), aunque allí la probó en sentido inverso, aunando zum adelante con trávelin atrás, de suerte que la entrada del dormitorio al fondo de una sala parecía aproximarse a nosotros. Este segundo dolly zoom incluyó, por primera vez, figuras humanas.


Marnie



Poco antes y después de eso, el efecto fue explorado por dos directores franceses: en Jules et Jim (1963), François Truffaut empleó el tipo originario, el de Vértigo, para enfatizar la impresión que cierta estatua ejercía sobre los protagonistas. Más tarde, Le Samourai (1967), de Jean-Pierre Melville, mostraba el dormitorio en penumbra del antihéroe con la perspectiva alterada por obra de otro dolly zoom, esta vez sobre la variación inaugurada en Marnie.


Jules et Jim





The Sugarland Express / Jaws

El primer usuario distinguido de esta técnica en los años setenta fue el estadounidense Steven Spielberg, quien ya en The Sugarland Express (1974) estrenó el recurso para filmar el auto policial secuestrado por la pareja protagónica desde la ventana por la que un anónimo tirador de la policía lo está emboscando y apuntando con su rifle. Este dolly zoom, ejecutado según el modo de Marnie -zum adelante con carro hacia atrás-, viene a fijar en la misma posición, como una fuerza inflexible o inexorable, al francotirador de la ventana, mientras el auto en la calle, por el contrario, se le pone cada vez más a tiro.





Ahora bien, el más célebre DZ ofrecido por el campeón del blockbuster procede de su clásico Jaws (Tiburón), de 1975, donde el truco se aplicó a un primer plano del protagonista, con objeto de atraerlo al primer término mientras el fondo retrocedía despegándose de él (cosa que hasta entonces jamás habíamos visto en ninguna película: Hitch lo había usado para extender la profundidad del abismo aterrador en Vértigo, o bien para retraer una pesadillesca escena infantil a la memoria perturbada de su heroína en Marnie, pero nunca para alterar la posición de un personaje respecto de su entorno). Este doble movimiento de cámara, un carro que avanza conjugado con apertura de zum -como en Vértigo-, acontece hacia los 17 minutos del film, momento en que el jefe Brody (Roy Scheider), obligado a abrir la playa a los turistas por orden del alcalde pese a saber de la amenaza de un tiburón, se da cuenta de que el animal está atacando a un chico en el mar. El efecto óptico nos lo muestra a un tiempo atraído hacia adelante, hacia ese presagiado horror, y separándose de su ambiente, de su fondo o background, para enfatizar su aislamiento y desesperación.






Una foto del rodaje de esta secuencia en Jaws



En años subsiguientes, los ejemplos de uso del dolly zoom en películas de todo género se hicieron innumerables. A menudo se apartaron de su empleo original en dos aspectos fundamentales: casi siempre incluyeron la imagen de alguna persona -en Vértigo se mostraba un mero ambiente o escenario-; y, tal vez por lógica consecuencia, raramente constituyeron un plano subjetivo, el punto de vista de un personaje -el de Vértigo consistía en una cámara subjetiva que reflejaba la visión espantada del protagonista-. 

Las mayores excepciones a esta "regla" han venido de dos películas notables: 

1- El plano general del barrio donde vive la familia del protagonista, tomado desde lo alto de una colina, en E.T. (1982) de Spielberg, por medio de un dolly zoom de trávelin adelante y zum atrás. Precede a la aparición inquietante de esos impersonales talles masculinos, que aparentan corresponder a investigadores científicos y/o policiales, y cuya presencia es señalada por un nuevo DZ, esta vez en dirección inversa, de zum adelante con trávelin atrás. 

2- La visión subjetiva de Jake La Motta cuando Sugar Ray Robinson se apresta a molerlo a golpes en Raging Bull (Toro Salvaje, 1980), de Martin Scorsese. Aquí se agregan un movimiento descendente del encuadre, de ángulo picado a contrapicado, y una variación de luces (se diluye la iluminación frontal sobre Ray y se acentúa el contraluz) para aumentar el efecto. Es muy clara la significación de que, a los ojos de Jake, Sugar Ray se desprende del entorno y se erige en lo único que importa


Raging Bull





Chinesisches Roulette 

Siguiendo una vía cronológica, el DZ destacado inmediatamente posterior al de Tiburón provendrá de Europa: el filme Chinesisches Roulette (Ruleta China, 1976), de Rainer Werner Fassbinder, nos ofrece un dolly zoom focalizado en un personaje, al igual que en Jaws, pero esta vez con el efecto invertido, de objetos distantes que se acercan a nosotros: vemos que la puerta y pared del fondo se van aproximando a la sórdida ama de llaves, Kast (Brigitte Mira), como si ella arrastrase consigo la sala toda mientras camina hacia la ventana para atisbar la llegada de un automóvil que trae nuevos visitantes a la finca,.







Poltergeist

Volvemos al barrio de Spielberg para resaltar un excelente DZ practicado en Poltergeist (1982), película cuya inspiración surgió de una historia imaginada por el propio Steven, quien además fue su productor y coguionista, pero, por alguna razón, prefirió delegar la dirección en Tobe Hooper, famoso entonces por su escalofriante slasher de 1973, The Texas Chain-Saw Masacre -La Masacre de Texas en su acortada traducción española-. La protagonista de esta escena, Diane Freeling (JoBeth Williams), llega golpeada y cojeando al pasillo de la planta alta, en cuyo fondo puede ver que la puerta cerrada del cuarto donde sus hijos son asediados por fuerzas desconocidas, se aleja continuamente de ella, como una meta inalcanzable. De hecho, cuando ya ha comenzado a correr para rescatar a los niños, la puerta maldita todavía sigue escapándosele por unos instantes...







Goodfellas

Al igual que Hitchcock y que Spielberg, Martin Scorsese no se limitó a un único dolly zoom en su filmografía. Su clásico Goodfellas de 1990 contiene otro reconocido ejemplo: al ser citado por Jimmy Conway (Robert De Niro) para un encuentro en un restaurante, el protagonista narrador Henry Hill (Ray Liotta) teme resultar emboscado y asesinado. Aprensión que encubre tanto como puede, pero que sin embargo se manifiesta en la vista de la calle que avanza hacia la ventana por la que ambos hombres ojean de vez en cuando, como si el peligro que Henry imagina cerniéndose sobre él tomara cuerpo y se agrandara. 

(Un detalle que podría interesar a quienes llevan esa clase de estadísticas es que, tal como a su turno lo hicieran Hitch y Spielberg, el segundo DZ de Scorsese invirtió la orientación del primero).







Pulp Fiction

En otra gran película de los noventa puede apreciarse un dolly zoom elocuente y oportuno. Me refiero a Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino, y en concreto a la secuencia en que, tras aspirar heroína inadvertidamente, Mia Wallace (Uma Thurman) sufre un colapso que la pone al borde de la muerte. El instante en que sucumbe nos es mostrado mediante un brillante DZ en que la pared y puerta de atrás se mueven hacia el primer término, con el obvio significado de que el ámbito inmediato de Mia, su mundo todo, se estrecha, se va angostando o encogiendo a su alrededor. A diferencia de Jaws, en que los objetos del fondo se alejaban del jefe Brody y lo "abandonaban", aquí ese segundo plano se viene encima de la mujer como para aplastarla o anonadarla, subrayando su veloz pérdida de conciencia y de entidad, su caída.







Me, Myself and Irene

Llegados al fin de siglo, la comedia dirigida por Bobby & Peter Farrelly (2000) se vale del DZ con sumo ingenio. Su protagonista, un amable policía encarnado por Jim Carrey, sufre un trastorno de doble personalidad que a veces lo pone malo y pendenciero. En esta secuencia, el buen hombre, que aguarda sentado a su mesa en el salón de un parador, nota que un niño sentado frente a él lo mira con perturbadora insistencia, circunstancia que activa a su alter ego maligno. La transformación es convenientemente reflejada por un dolly zoom que desliga del fondo a esa indeseable persona alterna para hacerle ganar el centro de la escena (así es como esta ilusión óptica enrarece los nexos de la figura con el espacio que la circunda: nos hace verla avanzar cuando en realidad permanece inmóvil). Un detalle muy singular en este caso es el marcado desenfoque detrás del personaje; efecto que aumenta, curiosamente, conforme el background se aleja, pese a que la técnica empleada aquí termina el plano con una distancia focal más corta y debería en consecuencia arrojar muy superior profundidad de campo (foco en los objetos distantes) que el teleobjetivo inicial... 







The Green Mile

El restante ejemplo finisecular de DZ nos viene dado por este raro y espléndido drama estrenado el año 2000 por Frank Darabont, director que algún tiempo antes (1994) había ganado atención con otra estupenda historia de presidiarios, The Shawshank Redemption. En The Green Mile, John Coffey (Michael Clarke Duncan), condenado a la silla eléctrica sin merecerlo y aguardando en el "corredor de la muerte" -el pabellón carcelario en que son alojados los que esperan su ejecución, en inglés llamado the green mile-, se revela capaz de curar una infección urinaria al jefe de sus centinelas, Paul Edgecomb (Tom Hanks), mediante una estrafalaria y milagrosa "imposición de mano"... Entonces, mientras Coffey tiene sujeto a Paul y practica la asombrosa curación, el inusitado acontecimiento es puntualizado por un dolly zoom que separa a ambos personajes del fondo -que es como si dijéramos de su vida corriente, de su normalidad y rutina- para aislarlos en la burbuja de ese inopinado portento.


Paul fija la mirada en la lámpara a punto de estallar...





Road To Perdition 

Poco después, en el policial de 2002 dirigido por Sam Mendes, cierto matón de nombre Harlen Maguire (Jude Law), perseguirá incansablemente al protagonista Michael Sullivan (Tom Hanks, de nuevo), un mafioso caído en desgracia cuya cabeza es reclamada por antiguos socios. Cuando Maguire aparece en la historia, nos es presentado por medio de un extraño, moroso efecto de dolly zoom. En un plano general casi invariante debido al evidente truco óptico, vemos a este lejano y pequeño sujeto, destinado a infundirnos miedo, acercarse a nosotros laboriosamente, como si se hallase estancado, frenado en su avance por fuerzas invisibles y pugnando en vano por llegar a su destino. Difícil discernir qué interpretación dar a este DZ. Si se pretendía expresar una cualidad segura de sí, inconmovible o implacable en cualquier sentido que fuera, tal vez debió mostrarse a este personaje recurriendo a una puesta de cámara menos sugerente de impotencia, de escasa movilidad.







Severance 

Como todo lo demás que existe en el cine, el dolly zoom ha pasado a las series televisivas, si bien no se lo ha visto en ellas con particular asiduidad. (O al menos eso me dicta el limitado conocimiento que poseo de ese universo). Pese a ello, puedo citar un ejemplo reciente, tomado de la temporada inaugural de Severance (2022), la serie "distópica" creada por Dan Erickson y producida, entre otros, por Ben Stiller. El episodio 5, The Grim Barbarity Of Optics And Design (La Sombría Barbarie de la Óptica y el Diseño), dirigido por Aoife McArdle, nos ofrece cuatro breves dolly zooms casi consecutivos. El primero, en la escena inicial, un primer plano de Helly (Britt Lower), la empleada renitente al régimen, al momento de ahorcarse en el ascensor, es un DZ de trávelin atrás con cierre de zum; el segundo, a los dos minutos, con Helly ya rescatada y boca arriba sobre el piso, es un DZ del mismo tipo, pero no rectilíneo, sino combinado con una corta panorámica; el tercero, unos diez segundos después, integra nuevamente paneo con DZ. El efecto global de estas tres vistas distorsionadas impacta como un reflejo de la anomalía implícita en la condición humana, demasiado humana, de esta mujer que introduce desviación o rareza allí donde impera un orden tan pulcro y eficiente como aberrante, deseoso de constituirse en "normalidad"... Impresión que se completa con el ulterior primer plano de Mark (Adam Scott), quien se aparta de la escena hondamente angustiado pero pronto recobra la maquinal compostura que de él se espera, situación que se nos exhibe mediante un DZ que replica al de Helly en el interior del mismo elevador.







Enumero, antes de irme, algunas otras piezas fílmicas donde con diversa fortuna se ha aplicado el efecto de DZ y en las cuales no voy a profundizar: 


Hausu (Nobuhiko Ôbayashi1977); Dracula (John Badham, 1979); The Howling (Joe Dante, 1981); Scarface (Brian De Palma, 1983); Back To The Future 2 (Robert Zemeckis 1989); Indiana Jones And The Last Crusade (Steven Spielberg, 1989); The Mask (Chuck Russell, 1994); Apollo 13 (Ron Howard, 1995); Mortal Kombat (Paul W. S. Anderson, 1995); La Haine (Mathieu Kassovitz1995); Event Horizon (Paul W. S. Anderson, 1997); Lord Of The Rings: The Fellowship of the Ring (Peter Jackson, 2001), Confessions of a Dangerous Mind (George Clooney, 2002); The Matrix Reloaded (Lana & Lilly Wachowski, 2003); Crash (Paul Haggis, 2004); 1408 (Mikael Håfström, 2007); The Brothers Bloom (Rian Johnson, 2008); Hugo (Martin Scorsese, 2011); Mission Impossible: Ghost Protocol (Brad Bird, 2011); Split (M. Night Shyamalan, 2016); Glass (ídem, 2019); Evil Dead (Federico Álvarez, 2013); Arrival (Denis Villeneuve, 2015)... 



Confessions Of A Dangerous Mind


Por último, para los amantes del cine infantil -porque este blog hace las delicias de grandes y chicos-, traigo tres referencias prominentes: The Lion King (Rob Minkoff & Roger Allers, 1994), la genial Ratatouille (Brad Bird, 2007) y la reciente Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019). 


Ratatouille


Si te parece que cité muchas, deberías ver la lista de las que omití. Como dije, el DZ se ha vuelto muy socorrido...  




Ahora sí, esperando haber interesado a alguien con estas líneas, me despido hasta la próxima.









P.S.: Es altamente probable que en los próximos tres o cuatro meses disminuya el número y/o la extensión de mis publicaciones, por motivos personales y de salud que espero dejar atrás a la mayor brevedad. Muchas gracias y que sea hasta muy pronto.









Yasujirō Ozu. La tradición como problema





Yasujirō Ozu (12 de diciembre, 1903 - 12 de diciembre, 1963) es hoy el director japonés de mejor reputación en Occidente, incluso por encima de su más famoso paisano Akira Kurosawa. Tal podría ser una introducción adecuada a estos párrafos sobre las dos películas que un consenso crítico general considera sus obras mayores: Tōkyō monogatari (Cuentos de Tokio en España, Historias de Tokio en Argentina e Hispanoamérica), de 1953, y su antecesora Banshun (Primavera Tardía), de 1949. Pero no debe olvidarse que escribir sobre el cine del Japón, nacido de una tradición estética tan lejana a la nuestra, obliga a toda suerte de precauciones. 


En efecto, comprender en su entera consistencia artística el cine nipón -y, podría decirse, el de Oriente en general- suele plantear al espectador occidental dificultades que rebasan con mucho las trampas del exotismo. La complejidad de la empresa invita a proceder con cautela, a evitar las definiciones altisonantes y los dictámenes demasiado concluyentes.


Una actitud conveniente es la de dejarse instruir por personas que dicen haber estudiado a fondo el cine japonés y conocerlo en todos sus pormenores. Sin embargo, al adentrarse en estos testimonios uno descubre, más allá de las generalidades de rigor, que aun los expertos más serios encuentran difícil sustraerse a esquematismos y simplificaciones.


Ozu en el set, dirigiendo a Setsuko Hara y a Chieko Higashiyama




I


Es válida, hasta cierto punto, la distinción entre una mayor tendencia a lo coral, coreográfico, multitudinario, de notas históricas o épicas (jidai-geki, en la narratología cinematográfica y teatral nipona), en el cine de Kurosawa y de Kenji Mizoguchi -directores que registran, con todo, algunos pasos por el drama urbano moderno, incluso policial-, y el pulso más intimista y sentimental, de relaciones interpersonales y de ambiente contemporáneo (gendai-geki), que recorre los films de Ozu o de Mikio Naruse, quienes raramente o nunca han transitado el jidai-geki. (Dentro del gendai-geki se enmarca el subgénero particular del shomin-geki, que trata sobre la "vida cotidiana ordinaria de la clase trabajadora y la clase media de los tiempos modernos" y que proporcionó el ámbito temático en que florecieron los logros artísticos supremos de estos dos maestros). 


Pero parece simplismo contraponer, por ejemplo, la obra de Ozu a la de Naruse en términos del mero conflicto entre tradición y modernidad -traducido, por lo común y también en los filmes de que trataremos, como choque generacional-, y la consiguiente toma de partido por los valores ancestrales en el primero, contra la opción por aceptar y abrazar lo nuevo que supuestamente propugnaría el segundo.


Porque más allá de lo moral o "costumbrista", que sin duda es esencial al cine de ambos autores, el cine de Ozu deja percibir una como mayor hondura existencial, o, mejor dicho, un mayor sentido de perplejidad, duda o cuestionamiento, un afán de comprensión en lo tocante a los modos en que el sujeto humano ordena y procura encauzar su devenir; no un mero "abogar" por los viejos y seguros valores, sino cierto ánimo  de problematizar toda pauta cultural, sea antigua o nueva, de poner a prueba la adecuación de todas ellas. Y, en muchos casos, un aire de extrañamiento, de incompatibilidad y ajenidad, el dedo escarbando en la llaga abierta por la insuficiencia de los valores en danza. 



Setsuko Hara y Chishū Ryū, nuera y suegro en Historias de Tokio


Lo que uno advierte inmediatamente con Ozu, tanto en Historias de Tokio como en Primavera Tardía -con los matices que las diferencian-, es que el contraste entre lo tradicional y lo moderno aparece, para comenzar, como un neto conflicto, que no se agota en simples claroscuros relativos a usos y costumbres, a contenidos y principios culturales genéricos; un conflicto que refleja aquel otro entre el albedrío humano, promotor de alteración y de agitación "del agua durmiente" -según cita de Deleuze-, y el orden regular, indiferente, sempiterno, de las cosas, que al final invariablemente prevalece.


Pero además, tal como Ozu lo presenta en Tōkyō monogatari, el susodicho conflicto engorda con la oposición de otros valores y connotaciones cruciales en el Japón de posguerra (dejamos para mejor ocasión un detalle de su filmografía anterior, aunque la tendremos presente como sustento de algunas puntualizaciones): la antigua vida estable en una tierra orgullosa y pujante contra el constante sobresalto ulterior en un país sojuzgado; la vieja pertenencia a un Imperio invencible contra la presente captura en una nación derrotada; un espíritu soberbio y conquistador trocado en uno humillado y colonizado.


Historias de Tokio


Examinemos el planteo básico de esta historia. Shūkichi Hirayama (interpretado por el célebre Chishū Ryū) y su esposa Tomi (Chieko Higashiyama), padres de familia visiblemente provincianos que llegan a Tokio desde la pequeña ciudad portuaria de Onomichi -cercana a Hiroshima-, y que son portadores de aquella tradición arropada en un presunto destino de gloria, topan con la indiferencia, el descuido y el escaso tiempo que les dedican sus hijos citadinos. Si bien nadie quiere plantearlo expresamente, esta pareja de ancianos representa una carga; quizá un recordatorio molesto, como si fueran testigos peligrosos, virtuales dedos acusadores poniendo al descubierto la decadencia, la lógica de rebaño, carente de auténtico rumbo propio o sujeta a la imposición de rumbos foráneos, a la que esta joven descendencia se ha visto rebajada. Encarnan la carga de la memoria histórica, a su vez recusada como fracaso y derrota por esa prole dispersa y casi robotizada, al modo en que los adolescentes abjuran de los paraísos perdidos infantiles que sus padres representan. Esos viejos son el pasado que una nueva generación de japoneses se ha resignado a sepultar en su forzada, artificiosa y sobreactuada opción por los negocios, el lucro y los emblemas e ideales de la vencedora burguesía occidental. 


No sorprende que, en tal contexto, la única "hija" que aún respete a estos ancianos y les prodigue los homenajes tradicionales sea en realidad su nuera, Noriko (encarnada por la magnífica Setsuko Hara, musa indefectible del director en su etapa tardía). Esta mujer es la viuda de un hijo del matrimonio, muerto, o más bien desaparecido, durante la guerra. En palabras del viejo Shūkichi: cuando sucedió aquello -en esa patética, tremenda forma alusiva, el padre hace la única referencia concreta del film a las bombas atómicas-. Ella, la que junto con los viejos sufrió más en carne propia, por así decir, el estrago que sumió al Japón en la miseria y el horror. La que cuenta con los más acuciantes motivos para preservar la memoria del pasado que súbitamente dejó de ser. 


Los viejos Shūkichi y Tomi con su nuera Noriko

Ahora bien, con solo escarbar un poco se nos descubrirán unas cuantas tinieblas ocultas bajo aquellos añorados esplendores: los crímenes de guerra del Japón en la primera mitad del siglo XX llegaron a sobrepujar en salvajismo, aberración y número de víctimas a los de la propia Alemania Nazi; la estructura social interna del poderoso Imperio era la de una nación feudal, dividida en castas y sumamente desigual, cuya rigidez e injusticia solo empezaron a equilibrarse, de hecho, merced a una reforma agraria democratizante aprobada durante la ocupación de posguerra. 


De modo que Shūkichi y Tomi, los viejos de nuestro film, pertenecen en esencia a la generación responsable de los males que sus jóvenes descendientes tienen que sobrellevar (ocupación, colonización, apretura económica). No obstante, debe tenerse en cuenta que todos estos personajes, y el mismo autor de la película, son meros civiles. Civiles que jamás participaron en acciones de guerra. Civiles como los millones de chinos, coreanos o filipinos masacrados por soldados japoneses. Civiles como los inocentes pulverizados de Hiroshima y de Nagasaki. Personas de a pie que habitan su vida lo mejor que pueden y deciden su suerte cuando los dejan, pero que viven o mueren conforme a los dictados de un juego que siempre monta su tablero en mesas a las que ellos no son invitados.


Juego en cuyo seno las atroces bombas resultaron no solo una culminación -un paroxismo-, sino también, para tantos de estos civiles, la ocasión de aprender sobre qué clase de imperdonables iniquidades se había edificado la presunta grandeza previa de su país.






II


Mientras que Primavera Tardía, estrenada durante la inmediata posguerra,  venía animada por la reivindicación de los valores tradicionales inherentes a la identidad nipona frente a los cánones extranjerizantes de la ocupación. Historias de Tokio expone, en cambio, el conflicto entre aquel viejo Japón y su tenue sombra contemporánea. Lo hace, como es lógico, en los análogos términos de un choque. Pues efectivamente eso ha sido desde el comienzo. No una simple brecha cultural. Es una colisión vital, física, histórica, biográfica. De golpe, todo un modo de vivir, de pensar, de estar en el mundo, ha sido borrado, arrasado. De golpe, miles y miles de personas que tenían trabajos, familias, hijos, proyectos, futuro, han desaparecido, esfumadas en una literal nube de negrura. En un momento había un Japón y al minuto siguiente nada quedaba de él. Se convirtió en algo completamente nuevo, y peor. Un auténtico choque, con todo lo que el vocablo connota de repentino, de brusco, de imprevisible. Y si bajo el yugo de los invasores un resto de dignidad obligaba a resistir, a reafirmar las virtudes antiguas, ahora, que el enemigo se ha ido y el pueblo japonés ha quedado por su cuenta para vérselas con su destino, el núcleo de la discusión cambia. Entonces, antes que tomar partido por el antiguo Imperio -lo que supondría convalidar también sus crímenes-, Ozu plantea más bien que el pasado no puede ser suprimido de un plumazo como si nunca hubiese existido. Más que alguna forma de deber moral o patriótico, la reivindicación de esa tradición violentamente aplastada se ha vuelto hoy para Ozu un empeño de supervivencia: cómo seguir viviendo si el mundo, la gente y los preceptos que uno ha conocido, y en los que se ha criado, se apagan de pronto como un espejismo. 


Y por aquí justamente pasa el conflicto "generacional": la prole todavía joven sí desea sepultar ese pasado, acaso por consideraciones de supervivencia análogas, pero de signo opuesto, a las de sus mayores. Ozu se instala de lleno en el alcance existencial de esta divergencia. O encrucijada, que era a la sazón la misma de su patria.


Los viejos, solos y perdidos en Tokio


Historias de Tokio describe, en suma, los coletazos de aquel impacto (la película se estrenó en 1953, apenas ocho años después de aquello, apenas a un año de finalizada la ocupación yanqui). Y les da la forma de un generalizado y no superado aturdimiento. Menos ostensible en los jóvenes, o embozado por un continuo afán negador, de distracción absorta en sus ocupaciones. Pero muy visible en la perplejidad que rezuman las miradas perdidas, el andar vacilante, las frases dubitativas en que se hunden los ancianos, mientras vagan como atontados por un universo que los excluye. Críticos y estudiosos han hablado profusamente sobre el sentido de decepción de los viejos por el desapego de sus hijos, y esa faceta sin duda está presente (es sabida la inspiración de esta historia en el clásico hollywoodense Make Way For Tomorrow, dirigido en 1937 por Leo McCarey, que aborda ese tema). Pero no leí que nadie destacara ese otro factor a mi juicio más ostensible y trascendental. Es fácil percibir en los tórpidos desplazamientos de estos viejos, en su ir y venir de un lado a otro como almas en pena -incluso en esa secuencia de su paseo con Noriko, cuando observan la ciudad desde la altura y empiezan a preguntar dónde quedan las casas de sus hijos-, que están siendo aquejados de algo más que un desencanto matizado por dosis variables de paciencia, resignación o cansancio. Lo que los vemos atravesar es un verdadero sentido de extrañeza, de haber sido expulsados de su mundo, de su propia vida. 


(El viejo Shūkichi, en una ocasión, se autoinfiere ese aturdimiento emborrachándose en un encuentro con antiguos coterráneos de Onomichi emigrados a Tokio, un poco al modo en que a veces intentamos tramitar algo que no comprendemos, que nos perturba y nos pone en jaque, forzando su ocurrencia, como si por ese medio nos fuese dado ejercer algún arbitrio sobre eso, controlarlo y dominarlo. La ofuscación por borrachera del viejo sería, de esta manera, correlativa de la enajenación espontánea de los jóvenes en las normas y mandatos del enemigo, a su turno un intento artificioso de asimilárselas, de abrazarlas como propias).


Shūkichi bebe con dos antiguos paisanos; lo llevan borracho a casa de su hija.


Ozu refleja este conjunto de sentimientos y desconciertos del modo más sutil e indirecto, con la misma nota de cosa silenciada -o de cosa demasiado terrible para nombrarla-, que subyace al nudo y origen de estos malestares. Se habrá notado que nada de lo que escribí se refiere a alguna acción específica de la trama. Mientras la película despliega, en forma de anecdotario familiar, ciertos desencuentros relativamente triviales entre parientes de edades e intereses disímiles, los oscuros hilos que urden el drama permanecen implícitos, latentes, como si solo se los pudiera invocar por alusión.


Así, la película se constituye en auténtico circunloquio, en un modo de cercar, de señalar algo innombrable sin decirlo. Muy afín al estilo del maestro, siempre elíptico, indirecto, "esencialista". O, como también se ha sugerido, paramétrico. Esto es, no exclusivamente representativo ni informativo.


Si uno confronta esta forma alusiva de rozar el efecto y las secuelas de la ocupación extranjera con la de otros filmes que abordan esa temática (pienso, por ejemplo, en Cerdos y Buques de Guerra -1961-, de Shohei Imamura, un trabajo brillante pero mucho más explícito), encontrará quizá una buena razón para la universalidad de esta pieza incomparable y genial. 


Ahora bien, de ningún modo debe entenderse que Historias de Tokio es un filme de primario contenido político-social; como tampoco lo era Primavera Tardía -sobre la cual escribiré a continuación-, pese a su abundancia de indirectos cuestionamientos a la coyuntura sociopolítica de su hora. En ambos casos se manifiesta el habitual cine reflexivo, "existencial" y filosófico de Ozu, su infatigable meditación sobre los nexos entre el ser y su entorno natural y cultural, entrelazado aquí a una circunstancia nueva: la ocupación yanqui, entendida como intrusión de un orden diverso en la serie ordenada de eventos que la tradición proveía anteriormente para organizar y encauzar la existencia.


Chishū Ryū y Setsuko Hara, padre e hija en Primavera Tardía





III


Tōkyō monogatari constituyó la primera película de Ozu realizada con total libertad, o sea, libre de los condicionamientos impuestos por las autoridades de la ocupación; Primavera Tardía, por el contrario, había tenido que lidiar de continuo con montones de requerimientos, la mayoría bastante estúpidos, de la censura estadounidense, llamada naturalmente a garantizar la "plena vigencia de la libertad y de la democracia"; esto es, a bloquear o impedir todo asomo de sentimiento histórico o de herencia cultural del pueblo invadido. Ozu estrenó solo dos películas entre las guerras sino-japonesa y del Pacífico. Luego otras dos durante la ocupación, hasta que en 1949 llegó esta Banshun, repleta de alegatos apenas disimulados contra la moral y cultura dictadas por la autoridad extranjera. Las demandas de los censores, en tanto, se focalizaban en detalles accesorios del guion: prohibieron describir a la ciudad de Tokio como ruinosa para aceptar a cambio el calificativo polvorienta, estuvieron a punto de vetar una referencia al actor Cary Grant antes de comprender que se trataba de un elogio, y así. Pero jamás captaron los muchos elementos radicalmente subversivos que el filme contenía.


El té milenario versus la advenediza carbonatada

Porque más allá de su tema básico, que escrutaba a su vez la importancia y vigencia de la tradición, aunque desde una óptica completamente distinta a la ulterior de Historias de Tokio, Primavera Tardía sirvió asimismo como auténtica pieza de resistencia por la forma sistemática en que Ozu reflejó ceremonias y usos típicos de su gente -la minuciosa ceremonia del té al inicio de la película, los templos en Kamakura, la representación teatral de Noh que ven padre e hija, los jardines zen de Kioto-, retratándolos con hedónico detenimiento, con orgullo parsimonioso y satisfecho, proponiéndolos a sus espectadores, sus conciudadanos, como tesoros de una historia gloriosa que no debía olvidarse.


No obstante, tal como señalé más arriba sobre Historias de Tokio, el contenido nuclear de su gran predecesora pasa menos por la manifestación política que por el interés constante de Ozu en los nudos vitales, existenciales, que la persona entabla con las rutas consuetudinarias, forjadas a lo largo de milenios, que definen su herencia sociocultural y le dan contexto; el grado en que lo individual y lo colectivo se potencian o estorban recíprocamente y la mayor o menor adaptación y felicidad que de ello resultan para el animal humano.


Teatro Noh; templo zen de Kioto



Banshun comparte con Tōkyō monogatari numerosos recursos de cámara y de puesta en escena, todos ellos inconfundiblemente peculiares al estilo de Ozu. En ambos filmes Ozu quiebra con total libertad la clásica, occidental, hollywoodense regla de los 180 grados, con los consecuentes saltos en los emplazamientos relativos de los personajes y en la línea de dirección de miradas. Más aún: a menudo, las personas que dialogan están prácticamente en el centro del cuadro y sus miradas casi apuntan a cámara. Todo eso, bastante antes de Godard y de la nouvelle vague -que lo hacían aposta y con intención irónica-. Hay aquí tal vez el eco en lo formal o artístico de una análoga resistencia a observar pautas y reglas yanquis en otros respectos. (Por lo demás, la ley de los 180 grados tiene por objeto orientar al espectador -o no desorientarlo- en punto a la dirección y sentido de acciones y gestos, pero qué clase de perplejidad espacial podrían motivar un hombre y una mujer que conversan inmóviles, sentados en sus tatamis. Lo que nos induce a pensar en otra intención: observándolos con Deleuze, esos saltos espaciales parecen apuntar a la "desconexión" que él destaca, a "elevar" el ambiente "al estado de un espacio cualquiera", como testimonio gráfico de que en el cine de Ozu "no hay línea del universo que enlace momentos decisivos"). 

 

Diálogo típico de Ozu: saltos en los two-shots y en la dirección de miradas, figuras casi centradas


Otro marcador de estilo en el cine del maestro, junto con la sostenida preferencia por el contrapicado -o sea, por la vista desde una persona apaciblemente sentada en el suelo, quizá para favorecer, según ha dicho alguien, que la audiencia asumiera una posición "de reverencia hacia la gente común de sus películas"- es la no menos significativa, sistemática quietud de su cámara. Ozu raramente hace un trávelin y jamás hace una panorámica; ni siquiera, o muy especialmente, una de corrección del encuadre ante movimientos laterales de sus figuras. En cuanto a sus escasísimos trávelin, con toda frecuencia tienden a cierto contradictorio estatismo: son desplazamientos de la cámara en los cuales el fondo varía poco y nada y los personajes se mantienen aproximadamente en el mismo lugar del cuadro. Primavera Tardía registra algunos (muchos para el estándar del maestro), en la primera parte del filme, que al decir de Robin Wood pretenden sugerir la amplia "libertad" de su protagonista Noriko -mismo nombre y misma actriz que en la ulterior Monogatari-, en contraste con la férrea inmovilidad o "estasis" posterior, expresiva de una suerte de angostura, o captura, relativa a las parvas opciones y margen de maniobra que su situación vital le va presentando: la exigencia social y cultural de casarse, conjugada con la indeseada posibilidad de que su padre viudo -también llamado igual e interpretado por el mismo actor en las dos películas-, contraiga nuevas nupcias. En cuanto a Historias de Tokio, creo haber contabilizado solo un par de trávelin, con los que la cámara sigue a los padres en su peregrinar dubitativo por la gran ciudad, cuando han comprendido que estorban en las casas de sus hijos. El desplazamiento final de la respectiva secuencia los toma de espaldas -el director suele ejecutar así estos movimientos-, de manera que se los ve caminar y a un tiempo permanecer en el mismo punto del cuadro, por delante de un muro o parapeto que conforma un fondo liso y constante... Esta general renuencia a mover la cámara se asienta, dicen los que saben, en una apuesta de Ozu por retratar y poner de relieve lo estable y permanente, lo esencial que sobrevive y se sostiene contra los cambios superficiales y circunstanciales; también podría tener que ver con la misma idea de "no hacer trampa" por la que el maestro impugnaba el uso de fundidos encadenados; como planteando un punto filosófico, casi de espíritu zen o aun, por qué no, eleático: el movimiento es ilusorio y recrearlo con la cámara no puede menos que redoblar su falsedad.


Dos trávelin de Historias de Tokio, siguiendo a los padres por la ciudad


A propósito, otra herramienta constante, metódica, es la apelación al corte simple, o directo, en el montaje: nada de fundidos, barridos, encadenados, cierres en iris, etcétera: únicamente cortes directos de una escena a la siguiente. Eso podría explicar un arbitrio especialmente distintivo de Ozu, que cierta crítica académica [*] ha llamado, nunca comprendí muy bien por qué, planos de almohada -pillow shots-. Se trata de planos de transición entre escenas, que muestran por lo común objetos inanimados o paisajes sin ligazón aparente con el drama en curso, vagamente evocativos del clásico tertium quid ruso, aunque de sesgo diverso: en Kuleshov, Pudovkin y sobre todo Eisenstein, el significado era generado por la yuxtaposición, en el montaje, de esas imágenes o planos no vinculados entre sí (por ejemplo, una escena de La Huelga en que soldados atacan a obreros corta a otra que exhibe el sacrificio de animales en un matadero); las tomas de transición de Ozu proponen, en cambio, unos nexos intelectuales al relato que no descansan en el inmediato pareo de dos únicas escenas, sino que se originan en motivaciones de más largo aliento. Antes de entrar a la famosa "toma del jarrón" en Primavera Tardía, deseo ilustrar este punto con la secuencia final de la película: sucediendo a un plano del padre, Shūkichi Somiya, que pela una manzana y de golpe cae en un profundo abatimiento (por la tristeza de quedarse solo tras haber propiciado que su hija Noriko aceptara casarse y abandonara el hogar), Ozu nos entrega un corte directo a una vista del mar desde la playa, el mar siempre en movimiento y siempre inmóvil, siempre variable y siempre inmutable, como los ciclos de la vida sobre los que la película discurre. Se advierte fácilmente que esta escena crea un sentido distinto al tertium quid soviético; pues promueve una idea cuyo alcance impregna la completa significación de la obra y epitoma la película toda.



El viejo Shūkichi pela una manzana, crecientemente desconsolado...


Se detiene y su cabeza cae sobre el pecho. Corte al mar y fin de la película.




[*] Noël Burch, en el artículo Pour un observateur lointain, en Cahiers du cinéma, Gallimard, págs.175-176. Citado por Gilles Deleuze en L'image-temps, Cinéma 2, Les Éditions de Minuit, París, 1985. (Traducción al español: La imagen-tiempo, Estudios sobre cine 2, Ed. Paidós, 1987). 







IV


El tema de los ciclos vitales, como expresión de la inquietud existencial en Ozu, cobra suma importancia en las dos películas de las que escribo, aunque bajo formas diferentes en cada caso. Una estudiosa llamada Geist juzga que Ozu procura transmitir la noción de sabi, definida por ella como “conciencia de lo efímero”. Y puesto que lo efímero se funde con lo cíclico en múltiples niveles, sabi supone asimismo, por consiguiente, una conciencia de lo cíclico, que el arte de Ozu manifiesta tanto en lo formal como en lo temático. De ahí la "imagen del tiempo" en el jarrón -véase más abajo-; o el sentimiento de lo que siempre permanece (la ratio o lógica de los ciclos) y al mismo tiempo cambia (aquello que muda de un ciclo a otro): la imagen que cierra Banshun, el mar que perpetuamente varía y sigue idéntico. Aunque, desde luego, el mar inspira asimismo la noción del movimiento ilusorio en la permanencia real, junto con la idea de lo que indefectiblemente es y será, nunca supeditado a las vicisitudes y coyunturas de las pasiones humanas; aquello que, como señalo más abajo, vuelve irrelevante e inútil cualquier albedrío o volición de las personas. 


Los ciclos de la vida, en cuanto reversos de su fugacidad y finitud, aparecen en Primavera Tardía bajo la figura principal del matrimonio, que, como institución reguladora de la procreación, se asocia en alto grado con la muerte. En opinión de Geist, la comparación entre bodas y funerales está de hecho muy arraigada en la cultura japonesa: las respectivas ceremonias, así como las de los nacimientos vinculados, abundan en similitudes. Así pues, el regusto melancólico que deja el cierre de Primavera Tardía solo en parte obedece a que el padre se ha quedado solo: se debe, ante todo, a que el matrimonio de los jóvenes implica por fuerza la mortalidad de la generación precedente. Tal repercusión mortífera recae también, empero, sobre quienes se casan; no por nada una coetánea de Noriko dice por allí que el matrimonio es "el cementerio de la vida". Esta dimensión se manifiesta con todo vigor cuando Noriko ha terminado de prepararse para la boda y deja la habitación con su padre y tía. Después que la tía hace una última vuelta por la sala ya desocupada, Ozu no sigue a los personajes, sino que cierra la secuencia con una toma del coche que aguarda en la calle y el grupo de curiosos apiñándose en la entrada, desde donde pasa a dos planos, uno cerrado y otro más amplio, del espejo ante el cual la novia se ha ataviado, ahora vacío. Como para connotar que de la joven no queda ya ni el antiguo reflejo: se ha convertido en pura ausencia. De Noriko a "esposa" (como en Occidente, en el Japón la mujer casada perdía su apellido originario y tomaba el de su esposo). Ausencia cuyos efectos prácticos poco difieren de la muerte. El director nos da esas vistas con el mismo aire de contingencia, de cosa casual, con que en otras ocasiones demora su atención en un paisaje o naturaleza muerta, en esos planos que Schrader llama de estasis, pero que Deleuze, atinadamente, lee como expresiones de algo indistinto, o como recordatorios de un orden superior que excede nuestra idea de importancia, de interés, de trascendencia, y simplemente está allí, desde siempre y para siempre. Noriko desaparece del espejo como desaparecerá del mundo. En tanto, otras fortuitas Noriko, parejamente llamadas a desaparecer, vendrán a posar frente a espejos en nada disímiles al que ahora contemplamos.


Noriko se alista para su boda, frente al espejo. Su padre y tía vienen a llevarla.
El coche aguarda en la puerta.

Entonces vemos el espejo vacío, en dos planos sucesivos


Paso ahora a la mítica toma del jarrón. La secuencia es muy simple, como de costumbre con Ozu. Noriko y su padre hacen un último viaje juntos, a Kioto, donde visitan templos y jardines de piedra. Cuando están a punto de dormirse en sus respectivos futones, conversan. Noriko confiesa de pronto que le pareció "desagradable" la idea de que él volviera a casarse, pero ahí descubre que el padre ya se ha dormido. Mira al techo y esboza una sonrisa. A continuación vemos durante unos seis segundos el plano de un jarrón, un florero vacío en el suelo de la habitación, frente a una de esas típicas pantallas shōji que trasluce las sombras de plantas en el exterior. De aquí volvemos a Noriko, cuyo semblante se ha ensombrecido; parece a punto de llorar. Sigue un nuevo plano del jarrón, con idéntico encuadre al anterior, ahora por unos diez segundos. Luego comienza una nueva secuencia, de día, en exteriores. En su libro L'image-temps, Cinéma 2, Gilles Deleuze citó esta escena en particular para ejemplificar su concepto de imagen del tiempo. Deleuze ve el jarrón como una imagen del tiempo inmutable, contrapuesta a los objetos o sujetos dentro del tiempo (Noriko, aquí) que sí cambian (por ejemplo, de la alegría a la pena). "El jarrón de Banshun se intercala entre la media sonrisa de la hija y sus lágrimas nacientes. Hay devenir, cambio, pasaje.  Pero, a su vez, la forma de lo que cambia no cambia, no pasa.  Es el tiempo, el tiempo en persona, 'un poco de tiempo en estado puro': una imagen-tiempo directa que da a lo que cambia la forma inmutable en la que el cambio se produce". (Op. cit. Capítulo 1. Más Allá de la Imagen Movimiento, págs. 31-32)


Noriko habla con su padre Shūkichi; sonríe; jarrón; ya no sonríe; jarrón; la mañana siguiente.




V


Ahora bien, en Tōkyō monogatari estas ideas e imágenes, que representan la conjunción o pugna de lo permanente y lo mudable, alcanzan una proporción trágica distinta, porque no hay un posible refugio en lo cíclico como en Banshun, sino la evidencia de un desajuste, una impropiedad. No olvidemos que Banshun se acogía al designio "insurrecto" de oponer la fuerza y majestad de las tradiciones, soportes de un modo prescrito de vivir que primaba sobre todo capricho personal, al desaprensivo reduccionismo individualista burgués del invasor. Banshun era en cierto modo, repito, una película de resistencia: lidió con la censura, cuestionó su preceptiva, le opuso todos los símbolos posibles de herencia inmemorial. Tōkyō monogatari es por su parte la película que surge, lo he adelantado también, cuando los japoneses vuelven a regirse a sí mismos y deben, justamente, saldar cuentas con su pasado reciente; ya no tiene caso confrontar al enemigo, que se ha ido. Entonces, cuando el ser vuelve a topar con la conciencia desolada de lo efímero, vehiculizada por cualesquiera "ciclos de la vida", su rescate por lo estable y permanente de hábitos arcaicos, enraizados, afianzados, cobra una dimensión distinta: se convierte en un problema. Tōkyō monogatari plantea la crucial pregunta sobre el valor de la tradición. Pues aquí no hay un legado cultural que se amolda o adapta, como en Banshun, donde el padre finge "abandonarse" a nuevas costumbres para inducir en su hija el correlativo impulso a observar las antiguas -pese al cuestionamiento que asoma al final, cuando el pretendido éxito de esa operación se revela insatisfactorio para ambas partes-. En Banshun todavía se plantea como posible acomodar, conciliar o congeniar lo tradicional con lo nuevo; más allá de las ansiedades existenciales (la conciencia de finitud; la ya mentada relación del matrimonio con la muerte, por la cual la boda de Noriko implicará resignarse a la mortalidad de su padre, quien hasta entonces había concentrado su entera razón de ser), el movimiento global será un pasaje paulatino y concertado de lo inveterado a lo actual -y en eso también se opone a la imposición brutal e inmediata de unos usos foráneos-. Pero en Monogatari esa relación es imposible: lo viejo se vuelve un lastre, no hay sitio para eso, solo se lo puede aislar, confinar a un estado marginal. Aquí el conflicto se reduce en esencia a la impotencia de lo viejo para imponer, siquiera por un ardid -como en Banshun- sus valores o su vigencia. Lo viejo muere -la madre- o se queda solo -el padre-. El Japón seguirá su vida por otras, nuevas vías, desconocidas y dudosamente fiables.


Escenas postreras de Tōkyō monogatariHijos lloran a Tomi. Noriko busca a Shūkichi.
Funeral. Noriko vuelve a Tokio con un preciado recuerdo de su suegra.



Es iluminador, a tal respecto, el contraste entre el Ozu que insiste en apelar al acervo de usos milenarios en Banshun, oponiéndolos a las livianas y mezquinas costumbres del opresor, y el de Tōkyō monogatari , que parece desplazar esas prácticas y valores hereditarios a un sitio tangencial, subalterno, ínfimo, arrinconado por nuevas formas culturales todavía mal asimiladas. Algunos críticos han señalado una suerte de mensaje esperanzador en el segundo de estos filmes, como Wood, que habla de una "nota auténtica y plenamente ganada de sombría y tentativa esperanza" al final. Yo no veo eso tan claro. Pero sí puedo, en cambio, relacionar el costado trágico que Wood y tantos otros observan en Banshun -expresado solo a través de la congoja y desamparo del padre [*], que él asume sin embargo voluntariamente, por corresponder al natural ciclo de la vida- con la primacía de la tradición y su probada, proverbial conformidad a los ciclos de la naturaleza, con la sujeción ineludible de la persona a lo efímero del existir. O sea, en último término, con la improcedencia, si no la imposibilidad, de todo albedrío individual: así lo expresa el oleaje del mar que aparece al final como símbolo doble, combinado, de lo fugaz y de lo permanente, porque así fue hecho. En Banshun no hay escape: la voluntad del individuo ha de coincidir con la herencia colectiva, o no ser, porque la alternativa implicaría, además, en la nueva coyuntura, supeditarse, someterse o plegarse a la voluntad de un invasor. La "sombría y tentativa esperanza" de Monogatari, si acaso existe -o sea, si no se reduce a pretensión o aspiración del exégeta occidental-, puede que sea, a fin de cuentas, el efecto de lo que se abre con el expreso, inatajable derrumbe de la tradición... 


[*En la novela de Kazuo Hirotsu Padre e Hija (Chichi to musume), inspiradora del filme, el anuncio del padre de querer casarse con una viuda no es una simple artimaña dirigida a su hija; de hecho, al final efectivamente se vuelve a casar. Ozu y su coguionista, Kogo Noda, rechazaron deliberadamente esta resolución: prefirieron cerrar la película dejando al padre solitario y sin consuelo.


Si deseo mantenerme congruente con el natural escepticismo de Ozu, debo por fuerza poner en duda esa idea de la "sombría y tentativa esperanza". Sombría esperanza es poco menos que un oxímoron. Seguro, el buen Shūkichi afronta su incipiente viudez con magnanimidad, propone a su nuera Noriko que olvide a su esposo muerto, busque un nuevo amor y siga adelante. Comoquiera que ella confiesa haber pensado -deseado- eso mismo y, por consiguiente, sentirse mala y egoísta, él la sosiega y le agradece su afecto, sus cuidados. Fuera de esto no se ve realmente nada esperanzador en ningún sentido: el viejo se queda solo al final, triste y pensativo como en Banshun, si bien con un más nítido toque de resignación. El cierre de la película, así como en Banshun era el mar siempre mutante y siempre idéntico, a la vez agitado e inerte, aquí es una alternación de imágenes del padre con otras del Mar Interior de Seto frente a Onomichi, surcado recurrentemente (Ozu nos lo ha dado a ver así varias veces) por botes y barcazas, como expresiones de entes pequeños que atraviesan un ambiente enorme e inmutable: cuando cada modesta embarcación haya completado su curso, las serenas aguas que habrá recorrido seguirán allí. Se lo percibe como una ironía sobre la ilusión de apartarse de las verdades ancestrales encarnadas en las viejas costumbres. La historia de Tokio es que Tokio pretende dejar atrás las ciudades menores; Tokio encarna la juventud que quiere apartarse de la tradición, la barca que surca la superficie de las aguas, que no se sabe o no se reconoce sustentada en ellas. Los viejos visitan Tokio, pero se vuelven a su pueblo, porque no pertenecen allí. Análogamente, los hijos de Tokio -y de Osaka, otra ciudad relativamente grande e importante- quieren irse cuanto antes al concluir el funeral de la madre. Ellos tampoco pertenecen, ya, a ese pueblo que los vio nacer. Salvo Kyoko, la hija más joven, que aún vive en la casa paterna, y que protesta el egoísmo de sus hermanos. Y Noriko, la hermana política, que profesa una veneración por sus suegros superior a la de los propios hijos.


Vistas finales de Shūkichi, solitario, alternando con barcas en las aguas tranquilas


Un interesante punto para cotejar entre ambas obras maestras tiene que ver con la muerte simbólica del padre en la primera de ellas y la muerte real de la madre en la segunda. La muerte de la madre en Monogatari confiere un mayor peso a la indiferencia, a ese extrañamiento afectivo, tal vez involuntario pero inocultable, en que incurren los hijos; en Banshun, por su parte, la muerte simbolizada es eficaz por sí misma, predispone a la melancolía y al temor. Es interesante observar que, en un filme que ensalza el legado cultural de milenios de antepasados, baste con "matar al padre" mediante un evento de mera inscripción anímica, un acontecer espiritual; mientras que en la pulseada objetiva, actual, que los usos extranjeros implantados libran contra las raíces culturales autóctonas, tal como la expresa Historias de Tokio, la muerte tenga que presentarse como un suceso material. Ozu sabe que está lidiando con hechos de un carácter y causación más físicos que simbólicos, hechos que cuentan con un soporte muy contundente en el mundo de las cosas concretas.





VI


Para concluir, esos planos finales de las barcas minúsculas que atraviesan aguas imponentes y quietas, en cuanto representativos de la marcha fugaz e insignificante que hacemos por la existencia, parecen corresponderse con las lecturas eruditas que asimilan los encuadres de pasillos, tan abundantes en las puestas del maestro, a una idéntica noción de trayecto humano por entre los muros y cimientos inconmovibles de un universo indiferente. Yo he creído identificar en los pasillos de Ozu diversas sugerencias; por caso, refuerzos a la estabilidad, sostén para los personajes que los recorren o habitan (caso más frecuente); o bien, encierro y captura, angostura o estrechez, por la vigencia e imperio de "muros" limitadores. 

En este sentido, Ozu suele también valerse de los corredores para escenificar cambios, ciclos y simetrías en las situaciones de sus personajes, tal como lo expone el siguiente ejemplo de Banshun: en los primeros minutos, Noriko llega a casa, despreocupada y sonriente, por la calleja que Ozu convierte en pasillo; luego, tras saber que su padre pretende casarse otra vez, regresa triste y como despechada; por último, quien vuelve cabizbajo por el corredor es el propio Shūkichi, una vez que su hija se ha casado y lo ha dejado solo. 


Tres distintas caminatas por un mismo pasillo (clic para ampliar)



Se puede afirmar, con todo, que los pasillos de Ozu evocan siempre las vías de una travesía mundana que no puede apartarse de coordenadas prescritas, fijadas con insondable anticipación. Lo cual pareciera entrañar la idea de un viaje condenado a nulidad e intrascendencia. Ozu no es, ciertamente, iluso ni complaciente; descree de héroes, espíritus visionarios o redenciones. Pero tampoco se deja tentar por vacuos nihilismos: él vuelve una y otra vez a la desolación existencial para desde ahí elevar la mirada hacia ese orden que a los mortales nos sobrepasa y que de ningún modo podemos modificar. Mal podría, pues, sencillamente propugnar valores tradicionales, como suelen plantear sus comentaristas, cuando con tan humilde realismo acepta que esa superior disposición de las cosas debe por fuerza cuestionar, problematizar, cualquier posible apego moral o anímico a toda tradición, incipiente o arcaica.


Bootsy

  (Puro eclecticismo. Un día te celebramos a una estrella tanguera y otro le festejamos el cumple al glorioso Space Bass . Solo para iniciad...