Paul, Jimi y Monterrey




Hoy, domingo 18 de junio, día del padre en la mayor parte del mundo, cumple años uno de los padres del rock: Paul McCartney.


Sería interminable, además de superflua, una enumeración de las maravillas que nos ha prodigado este sujeto. Pero es posible referir una anécdota que lo involucra y que, por coincidencia, cayó justo en la misma fecha de su natalicio, otro domingo de hace un largo medio siglo, mientras él soplaba 25 velitas a miles de kilómetros del suceso y preparaba con su banda una aparición televisiva de alcance mundial por conexión vía satélite (la primera de la historia), que se verificaría una semana después.


En la primavera boreal de 1967, John Phillips, líder de The Mamas & The Papas y gerente oficioso del folk-pop californiano, tuvo la feliz (?) iniciativa de organizar un festival internacional de rock, el primero jamás celebrado. Eligió montarlo entre el 16 y el 18 de junio en el condado de Monterrey (Monterey, en inglés), ocupando el predio que se usaba para un encuentro anual de jazz. Invitó a una cantidad de sus colegas y compatriotas: Simon & Garfunkel, The Byrds, Jefferson Airplane, Otis Redding, Booker T. & The MG's, Buffalo Springfield, Grateful Dead, Big Brother & The Holding Company -banda cuya fenomenal cantante, Janis Joplin, se iba a convertir en lo que llaman una revelación-. Seguidamente, el hombre procedió a convocar números "internacionales", empezando por el trompetista sudafricano Hugh Masekela y el maestro indio del sitar Ravi Shankar, gurú musical de George Harrison y de los Byrds. 


(Dejo debiendo por falta de espacio, y de interés, un comentario sobre los desiguales méritos de los intérpretes nombrados. Asimismo agrego que, mientras Phillips y sus socios preparaban su evento, la radio KFRC 610 les ganó de mano armando uno parecido, si bien tan solo "nacional" y más corto en duración y audiencia, siete días antes, en el no lejano condado de Marin). 


Primer afiche del Festival. Hendrix iba el viernes. Figuran varios actos que cancelaron



Solo faltaba adicionar al programa algunos actos británicos. Las dos bandas mayores del rock inglés, y mundial, Beatles y Rolling Stones, se sabían descartadas: los Beatles habían anunciado pocos meses atrás su retiro de las giras, y los Stones cursaban su etapa de seguidores acérrimos, digámoslo así, de los Fab Four, por lo que a su vez estaban rehuyendo los escenarios (los problemas de visas aludidos por varias fuentes solo atañen al hecho de que Jagger y Richards no pudiesen ir a jetear por la feria tal como sí lo hizo en cambio Brian Jones). De todas formas, Phillips se tiró el lance y telefoneó -o hizo que Derek Taylor telefoneara- a Paul McCartney, quien, no obstante confirmarle la previsible negativa, se interesó mucho en el festival y quiso aportar su granito de arena. Que se volvió contribución decisiva cuando encareció a su interlocutor que incluyese a The Jimi Hendrix Experience. De hecho, se anotó como colaborador del evento -cosa de alto interés publicitario para la organización- a condición de que Hendrix estuviera presente.


Paul sabía sobre Jimi desde hacía varios meses: había comentado con entusiasmo un "adelanto" de Purple Haze para Melody Maker  y venía completamente fascinado con él después de oírle tocar, en el Teatro Saville, un cover del tema Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, a solo tres días de salido a la venta el LP homónimo. El genial violero recién pisaba los ránkings británicos y en USA no lo conocían, pese a que era nativo de Seattle y se había mudado a Londres menos de un año antes. Pero en la tierra de Shakespeare su impacto empezaba a propagarse: ese mes de junio su álbum debut, Are You Experienced?, alcanzaba el segundo puesto de las listas; debajo, claro está, del arrasador Pepper.


The Jimi Hendrix Experience: Mitch Mitchell, Jimi y Noel Redding



Así pues, ya apalabrados los eternamente declinantes Animals de Eric Burdon, las últimas gestiones sumaron al Monterrey Pop, como se lo denominó, otros dos actos transatlánticos: The Who (posiblemente la tercera banda más importante del rock inglés pero apenas conocida en USA, adonde habían desembarcado un par de meses atrás para una módica gira neoyorquina) y el incierto guitarrista recomendado del beatle. 


Con ser un hipster del amor libre y la vida comunal y todo eso -y ya que estamos, también del abuso sexual incestuoso-, Phillips no lucía en su espesa barba un pelo de zonzo, de modo que reservó para sus Mamas & Papas el cierre del festival, pretendido clímax que haría preceder de uno de los incógnitos números británicos -The Who-, o bien de Johnny Rivers, los Impressions o Dionne Warwick. Era una apuesta bastante segura hasta que algunas cancelaciones obligaron a reprogramar a la Jimi Hendrix Experience, pasándola del viernes al domingo junto con Grateful Dead. 


La especulación de Papa John se tornó entonces errónea y desventurada, porque la ubicación penúltima, fatídica para él, recayó sobre Jimi. Ocurrió de un modo que Phillips no podía prever. En Londres, Hendrix rivalizaba con Pete Townshend y Keith Moon de los Who en punto a coronar sus shows "rompiendo todo". Townshend protestaba, no sin fundamento, que el otro le había robado la idea (propia del gusto mod por el arte autodestructivo que a la sazón conocía en Europa diversas expresiones). Por supuesto, la pica se prolongó en Monterrey. Obligados ahora a compartir escenario en la misma velada -al otro lado del Atlántico se evitaban cuidadosamente, pero los cambios de agenda les impidieron hacerlo aquí-, ambos violeros lanzaron una moneda para decidir quién tendría prioridad en el estropicio. El ganador fue Pete. De modo que ese último día, el domingo 18, los Who tocaron a la mitad de la noche e hicieron lo suyo. Al terminar con My Generation, que ya apuntaba para clásico, destrozaron instrumentos y amplificadores con furia inusitada. Como diciéndole al rival: "Superá eso, pibe".


Los Who terminando su set en Monterrey


Hendrix salió a tocar una hora y pico después, a continuación de Grateful Dead y significativamente presentado por Brian Jones, que se había costeado hasta California no solo para pavonearse con la Nico y concitar la devoción de los fans, sino también para bancar al amigo. Hoy, merced al diario de un lunes medio siglo posterior, sabemos que el concierto que siguió fue histórico. Alguien acuñó una frase que se hizo tópica (en esos años no se hacían virales); expresaba que había llegado al Festival un "rumor" y salido de él una leyenda. Jimi tocó la viola colgada sobre su espalda, pulsó las cuerdas con los dientes, mostró lascivamente la lengua unas mil veces, se revolvió y frotó contra los amplificadores. Para el bis, cambió la Stratocaster negra por otra que él mismo había pintado con esmalte de uñas y cuyo destino era ser "sacrificada", según dijo, en la ocasión. Tras asombrar a la audiencia con inauditos y cósmicos efectos de sonido salidos de su instrumento y pedales, metió un cover de Wild Thing, un rockito de unos chicos llamados The Troggs, en una versión metálica y pesada que, se podría decir, fundó por sí sola el hard-rock. Ahí rompió, naturalmente, su guitarra. Pero no sin antes sostener con ella una feroz simulación de coito, para luego prenderle fuego y arrodillarse a teledirigir el ascenso de las llamas, en actitud ritual de indio cherokee -su parcial ascendencia-, o andá a saber qué. Mediante algunos primeros planos de espectadores, la película del festival nos da una vislumbre del estupor entre perplejo y maravillado, como de pasmo y reverencia (voto al filósofo), con que el auditorio siguió la extraña ceremonia.


Obviamente, el genio musical de Hendrix no se agotaba en esa pirotecnia. Y su virtuosismo de ejecutante excedía con mucho sus malabarismos escénicos, la guitarra a la espalda, pulsar con los dientes o revolcarse en el suelo sin dejar de tocar. Tampoco es que su concierto de Monterrey constituyera un hito artístico singular en su carrera; tiene otros directos muy superiores, como el del 4 de julio de 1970 en Atlanta. Pero él fue, de entre todas las figuras que se presentaron allí, quien mejor supo combinar el impacto visual con el auditivo para sorprender y cautivar a la multitud en una forma que, la evidencia lo ha probado, resultó imperecedera. E inmediatamente remedada por todo exponente del mainstream que anduviera cerca.


Una de las fotos más famosas en la historia del rock.
La tomó Ed Caraeff, un chico de 17 años que concurrió al festival.


Otro día abundaré en todo lo que hacía diferente y único en su clase a este genial músico negro, cuya amplia superioridad los blancos no pudieron ningunear con la misma facilidad de otros casos: único competidor de respeto que conocieron los Beatles en sus épocas de psicodelia; creador del primer auténtico power trio y pionero del rock duro en todas sus variantes, pero asimismo de distintas formas de fusión del R&B con otros estilos; campeón en la política, típica de los sesenta, de "vivir rápida y peligrosamente, morir joven y dejar un bonito cadáver" (hablando de arte autodestructivo); arquetipo del guitarrista de rock, padre no solo espiritual, sino también formal, estilístico y actitudinal, si se me permite, de todo violero posterior; experimentador infatigable, alma inquieta no siempre remunerada con logros acordes a sus bravuras... 


A partir de su crucial aparición en Monterrey, el heterodoxo y multifacético Jimi conoció sus días de mayor gloria y también, al final de la década, algunos más sombríos. Después de tres legendarios álbumes de estudio y uno en vivo grabado la Nochevieja de 1969, el año 1970, último de su vida, lo encontró sumergido en una vorágine de actividad y de estrés. Disuelta la navideña Band Of Gypsys, grabó esporádicamente y emprendió una gira estadounidense con su nuevo trío, carente de nombre específico, para el cual recuperó al extraordinario Mitch Mitchell (el Elvin Jones del rock, acaso el batero más grande en la historia de esta música) y sumó al muy competente bajista Billy Cox; era la mejor banda que jamás había tenido. En julio pudo inaugurar su soñado estudio de grabación propio, Electric Lady, pero la apretada agenda de conciertos apenas si le dio tiempo a usufructuarlo. Luego voló a Europa donde el tour debía proseguir. Para sumar al fastidio y cansancio, su consumo de alcohol y de drogas no aflojaba y volvía azarosas sus presentaciones, las cuales fluctuaban entre soberbias -como la ya mencionada de Atlanta- y desastrosas -alguna en Nueva York, otras en Dinamarca o Alemania-. El 18 de septiembre lo mató una sobredosis de barbitúricos. Entonces nació el mito, hoy tal vez un poco disminuido, metódicamente sepultado bajo tantas devociones enlatadas, descafeinadas, que se han propuesto a las consecutivas generaciones con el correr de los años. El ninguneo supremacista nunca descansa.


Jimi en Woodstock, 1969


 

Pero volvamos a aquella consagración en Monterrey. Concluido el terremoto desatado allí por nuestro muchacho, The Mamas & The Papas vinieron a proveer el gran fin de fiesta que astutamente se habían adjudicado. Rebosantes de tedio, ofrecieron su rutina -nunca más adecuado un nombre-, que el público aplaudió rutinariamente y olvidó al instante. Pasemos por alto los gallos y voces desafinadas, inadmisibles en un grupo vocal, los arreglos mediocres, el ritmo inestable e inconsistente (amateurish, usan decir los yanquis) de su banda de apoyo, en comparación con los MG's, por ejemplo, o con la propia Experience de Jimi, que sí sabían tocar y tenían un groove granítico. Y tendamos un piadoso manto de indulgencia sobre la ominosa versión de Dancin' In The Street con que clausuraron su show y el Festival, cultivando con pericia inigualada el improbable arte de aniquilar cuanta gracia y swing pueda haber en una canción.


(El largometraje oficial del evento, estrenado en 1968 y dirigido por Donn Alan Pennebaker, encubre el débil finale de los Mamas & Papas, mostrándolos cantar California Dreamin' a poco de comenzar la película y haciéndolos volver mucho más tarde, tras el fragmento de Hendrix, para una versión pobrísima de Got A Feelin', en la que Mama Cass ataca la primera estrofa a destiempo y el baterista sigue tocando después del acorde final; esta secuencia se editó con planos de gente del público que aparenta gozar de sonidos sin duda procedentes de otra parte, porque dichas imágenes son diurnas y el show de Papa John y sus cómplices fue el último de la noche. Pero aun matizado por inconexas vistas de la audiencia, este pasaje es tan patéticamente endeble, desmorona a tal punto el clímax alcanzado con la explosiva presentación de Jimi, que para concluir el filme hubieron de recurrir al muy anterior set introspectivo, cuasilitúrgico, con que Ravi Shankar había inaugurado la jornada a media tarde, como forma de distraernos, supongo, del brusco descenso en intensidad y calidad).


The Mamas & The Papas



Según convienen los historiadores serios del rock, tan indisimulable fue el contraste entre los dos conciertos que esa misma noche, al tiempo que amanecía la leyenda de Hendrix -todo el mundo se fue a casa hablando de él-, los Mamas & Papas empezaron a preparar su lógico, inexcusable retiro, la justificada cesación de su sobrestimada carrera musical. 


Circunstancia que nos devuelve al viejo y querido Paul McCartney, a quien debemos la doble gracia de propiciar la merecida gloria del artista realmente visionario y, en el mismo acto, mediante el solo concurso de ese hado facilitador tan suyo, aligerarnos de las sobras. 


Los superhéroes siempre nos dan más de lo que les pedimos.









P. S.; Aquí, un enlace al vídeo completo, en HD, de Jimi haciendo Wild Thing. Incluye el discurso previo y el preludio de efectos. YouTube no ofrece ninguno que tenga una calidad decente, muestre la secuencia íntegra y/o se halle libre de adulteraciones.


Double Indemnity. El nacimiento del cine negro



El 3 de junio de 1944, hace casi ochenta años, se estrenaba en Estados Unidos la película considerada piedra angular del llamado film noir. Me justifico en el aniversario, como acostumbro hacer, para escribir sobre este clásico mayor del cine y sobre la novela que lo inspiró.




I


Al hablar de novela policial, suele hacerse necesario depurar su concepto de abstracciones y simplificaciones. Oímos decir que es el género que más gusta a todo el mundo, sin aclarar que la etiqueta policial dista de referirse a un género específico, uniforme, de contornos claramente delineados; o bien, inversamente, que usamos el nombre común policial para englobar narraciones muy dispares en temática y estilo. Y que las diferencias básicas, estructurales, entre la novela policial clásica y la novela negra (tal como las examina y expone Ricardo Piglia, cuyo abordaje "literario" resulta más fructífero, a mi entender, que el "semiológico" de un Todorov) son también divisorias de aguas en cuanto a las preferencias del público. Sobre todo en lo atinente al manejo del misterio


Aun dentro del más puro e idiosincrásico policial estadounidense, conocido como hard boiled o detective thriller, y cuyo tardío nombre internacional le fue dado por una popular colección de libros de bolsillo franceses: Série Noire, nunca se ha logrado un pleno consenso a la hora de determinar sus rasgos distintivos. Sin duda, la definición fundamental de Raymond Chandler en su imprescindible ensayo El Simple Arte de Matar sigue siendo válida para empezar: es la novela del "mundo profesional del crimen". Esto equivale a decir que no es aquella novela artificiosa, de complejos enigmas, que escribe sobre asesinatos perpetrados entre aristócratas, de modo casi deportivo y en ambientes elegantes, puestos bajo la sagaz lupa de un detective que puede ser, por principio, cualquier personaje que se acredite como cultor idóneo de la lógica deductiva: un caballero ocioso, un sacerdote, hasta un presidiario... O sea, de preferencia, un investigador no profesional (como el Chevalier Auguste Dupin en los germinales cuentos de ratiocination escritos desde 1841 por el creador del género, Edgar Allan Poe), aun cuando, en su evolución, la necesidad de verosimilitud de esta policial "de misterio" le exigiera introducir detectives de carrera, fogueados en el oficio, como Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Philo Vance, etcétera. 


Ahora bien, una vez decidido lo que la novela negra no es, asistimos a serias discrepancias entre los entendidos en lo que concierne a su delimitación positiva. Historias sobre "el mundo profesional del crimen", son, por caso, las de gánsteres, las cuales, aun superponiéndose en diversos grados con el policial negro, difieren en varios aspectos de él. Por otro lado, algunos eruditos nos dicen que será noir  si y solo si viene narrada desde el punto de vista del criminal, requisito que una mayoría de lectores no suscribirá, y cuya aceptación reduciría el género a una expresión mínima, cuando no marginal, que directamente excluiría de su territorio a su personaje más representativo, el detective. 


Con todo, cuando la novela negra se traspuso al cine, la primaria expresión del correspondiente film noir -que entonces, por supuesto, no usaba todavía ese nombre- se constituyó en torno a una historia protagonizada por criminales, no por detectives. 


(A la posible objeción de que el cine negro existía por lo menos desde 1941, año en que John Huston estrenó su versión de El Halcón Maltés, responderé que, aun siendo indudable precursora del género en cuanto a pulso narrativo, realismo o semblanza de personajes -todo ello proveniente de la novela homónima, seguida con rigurosa literalidad-, y, pese a ciertos notables detalles de factura, sobre todo ángulos de toma y movimientos de cámara, la película de Huston está todavía demasiado impregnada de una imagen o estética "gansteril" como para considerarla propiamente negra. Juzgo a Double Indemnity la expresión inaugural del film noir por la sencilla razón de que los elementos visuales definitivos del género -de los que trataré más adelante- no aparecen en ninguna película policial anterior).






II


Amén de Dashiell Hammett y de Chandler, que tienden a igualar el temperamento y modus operandi de criminales y detectives haciendo del mundo del hampa una vasta y pareja comunidad en la que a menudo se hace impracticable discernir quién es quién (si bien Hammett deja abierta una hendija por la cual podría colarse una común redención en cierto plano de reforma social, al tiempo que el detective Philip Marlowe de Chandler levanta aquí o allá, desde el fondo de su infatigable cinismo, algún aislado impulso moral, no muy conducente en el ámbito donde ha de ejercerse), la lógica inherente al relato negro nos lleva a posar la lupa sobre James Mallahan Cain, en virtud de lo que uno podría llamar su fascinación por el crimen. Típica de sus novelas mayores es la escasa gravitación del detective, o más bien el foco centrado en la nota trágica del criminal que afronta las consecuencias de sus actos en soledad, a veces hasta rumiando cierto pathos especulativo à la Dostoievsky. Porque la clave de sus historias, lo que las distingue de las de otros maestros del género, es que suelen estar narradas desde la posición del malhechor. Sus protagonistas son por lo común los delincuentes, no los investigadores: así sucede en El Cartero [Siempre] Llama Dos Veces y en Double Indemnity. (La heroína de Mildred Pierce, en cambio, no es la autora del crimen sino una encubridora que, por naturales móviles afectivos, intenta además colgarle el asesinato a un tercero). Se podrá aducir que las novelas de William Burnett también adoptan la perspectiva del malhechor, convirtiéndolo parejamente en protagonista. Pero Burnett preserva cierta distancia afectiva al ofrecer una narración en tercera persona, mientras que Cain hace del propio criminal el narrador de la historia. Además, los delincuentes de Burnett siempre están, en mayor o menor grado, profesionalizados, y suelen integrar bandas armadas. De hecho, son frecuentes en sus novelas los conflictos entre diestros veteranos y novatos puestos a trabajar en equipo, tal como ocurre en El Último Refugio (High Sierra) y en La Jungla de Asfalto, o las disputas entre jefes y segundones que derivan en pugnas de poder, como en Pequeño César, que narra el ascenso al liderazgo por parte de un hampón que comienza perteneciendo a una jerarquía inferior. 


En contraste con este auténtico mundo profesional del crimen, lo peculiar a los antihéroes de Cain es su carácter de personas ordinarias y más o menos "decentes", repentinamente aguijoneadas por un impulso o tentación, por alguna urgencia pasional, incluso por el mero hastío de su vida pequeña, prudente, maquinal y sin horizontes, por esa mezcla de tedio, fracaso y decepción a que los ha arrojado el progreso natural del American Dream. En buena medida, a los criminales de Cain, como al ladrón del refrán, los hace la ocasión. De ellos tenemos, a diferencia de lo que ocurre con los personajes de Burnett, la certeza de que el crimen que han de perpetrar para nosotros será el primero de sus vidas o al menos el primero de verdadera importancia, y de que han llegado hasta aquí sin conocer problemas mayúsculos con la ley: aun el protagonista narrador de El Cartero Llama Dos Veces, un paria con antecedentes por vagancia y agresión, jamás se había aproximado a la condición de homicida. (La excepción a esta regla viene dada por la Phyllis de Double Indemnity, único personaje a quien se le malicia un asesinato anterior). 


Raymond Chandler y James Cain


Un problema que plantean estos antihéroes es que no parecen encajar para nada en la "preceptiva del héroe", permítaseme llamarla así, que propone Chandler en los párrafos finales de El Simple Arte de Matar, ni alimentar la "cualidad de redención" que él postula "en todo lo que se pueda llamar arte". No obstante, por su nota de contracara al héroe chandleriano -encarnado forzosamente en el detective, en su concurrencia de atributos "normales" y extraordinarios-, la variante del antihéroe cainiano coincide con su aparente contraria en un suelo común: el del hombre o mujer "normal" que sin embargo no es "corriente". [1] Lo que hermana a ambos tipos es el componente romántico en sentido propio. Chandler idealiza por demás a su detective modélico: no me atrevería a decir que Philip Marlowe sea todo lo probo y encomiable que su autor pretende. Pero sé perfectamente que no lo son en absoluto Sam Spade ni el Continental Op, los detectives fundacionales ideados por Hammett, a quien Chandler tanto admira. Es que, acaso por legado del héroe romántico byroniano que le sirve de modelo o de reminiscencia, al detective negro, que tan frecuente y cercano trato tiene con policías, bartenders, confidentes y pupilas de burdeles, le conviene y tonifica un poco de maldad, unos antecedentes turbios, alguna antigua traición propia o ajena nunca superada, un amor naufragado, imborrables heridas de afrentas y atropellos a veces desquitados, con tan escaso orgullo como vergüenza, sobre terceros más débiles. El héroe romántico típico no es sencillamente reductible al caballero andante de impecable honradez, coraje y bondad, a un iluso o ingenuo perseguidor de ideales justicieros (cualidades que heredará el convencional romanticismo del cowboy), sin perjuicio de que su locura lo lleve, usualmente, a inmolarse por quimeras. Su atributo característico es la oscuridad. Es antisocial, soberbio, prepotente, arrebatado. Reúne en sí todos los rasgos que la psiquiatría adscribe al psicópata. No conserva más que algunas pinceladas del caballero gótico, y, en comparación con él, es la persona más "normal" del mundo. Sin embargo, lo distingue de la normalidad corriente su aptitud, su facilidad, para devenir criminal. El héroe romántico es en esencia un espíritu lo bastante grande como para perpetrar un pecado colosal; pertenece a esa casta de almas no atrofiadas por la civilización burguesa, capaces de crímenes grandiosos, que ponderaba el Julian Sorel de Stendhal. 


El detective negro ha de tener algo, o mucho, de eso. Así lo prueban y ejemplifican los detectives de Hammett: en Cosecha Roja, el Agente de la Continental se embarca en una limpieza -léase matanza de criminales- de Personville, por las suyas, aun desacatando expresas órdenes de sus superiores; el Sam Spade de El Halcón Maltés, en tanto, se acuesta con la esposa de su socio Miles Archer y, pese a saber que su posición lo obliga a resolver el asesinato de este socio y vengarlo cumplidamente, en el fondo siente que el tipo no valía gran cosa, asegura que "no le caía bien" y reconoce haber pensado siempre que "si Miles la palmaba un día, tendríamos más probabilidades de prosperar". Ese tono de oscuridad, de proximidad con el crimen, que impondrá a este dudoso héroe la necesidad de un rasgo diferencial (un signo de distancia moral respecto del submundo al que vive expuesto: la honestidad que destaca Ricardo Piglia [2], el imperativo ético circunscripto a una relación acotada y explícita con el dinero y la consecutiva lealtad al cliente); ese punto resbaladizo de potencial criminalidad a veces laboriosamente eludida, es lo que al fin y al cabo empareja al detective del noir con el descarriado que cae en el crimen, a buen seguro predispuesto por el hartazgo de sobrellevar una vida pequeño burguesa tan lícita y "digna" como frustrada y desencantada. Volvemos, pues, al antihéroe de James M. Cain. 


Cain y la aparición de Double Indemnity en Liberty, el 15 de febrero de 1936


A menudo, los relatos de este autor encuentran su inspiración en hechos reales: Double Indemnity (literalmente: Doble Indemnización)  surgió de una crónica policial que los diarios prodigaron a fines de los años veinte y cuyos protagonistas, una pareja de amantes que habían asesinado al esposo de ella esperando cobrar el seguro de vida, fueron condenados a muerte. El caso pasó a la historia por haber propiciado la primera fotografía periodística existente -obviamente tomada en forma subrepticia- de una ejecución en la silla eléctrica. Cain adaptó, o estilizó, los sucesos que los periódicos referían, cambiando algunas circunstancias factuales; en particular, unificando al amante con el vendedor de seguros y trazando su extravío después de lustros de trabajo honrado. Pero sobre todo les imaginó pormenores de índole emocional, prestados en esencia por el clásico principio aristotélico de la catarsis, la purificación de las pasiones humanas mediante la compasión y el temor. Ante todo, en punto a explorar la creciente angustia de los conjurados, sus disputas y diferencias, conforme advertían o presentían que la investigación se cerraba progresivamente sobre ellos. Inventó, no obstante, un desenlace distinto, de superior coeficiente trágico [*], al del hecho real: después de vastos recelos mutuos y de recíprocos planes de homicidio, llevados a tentativa casi consumada por una de las partes, los amantes se suicidaban conjuntamente, un poco al modo de Thérèse Raquin (aunque sin la rumiación naturalista y sin la brutal escenificación ante la madre incapacitada de su occiso; pero sí involucrando en las secuelas a la hija, una amable joven de la que el asesino se prenda con un sentimiento de "dulce placidez" que lo aleja de la "excitación malsana" por su impura amante). La novella resultante, que comparte varias líneas argumentales con su predecesora El Cartero Llama Dos veces, fue publicada inicialmente por la revista Liberty, en ocho entregas, desde febrero de 1936. 


[*] Este coeficiente trágico, en un sentido moderno, "shakespeariano" si se quiere, consistiría en que el protagonista resuelve su conflicto de conciencia y deja de rehuir su destino para aceptarlo y afirmarse en él.





III


Al igual que otras obras mayores de Cain, como El Cartero..., Mildred Pierce o Serenade, Double Indemnity originó una película homónima (en España titulada Perdición y en la América hispanohablante Pacto de Sangre), que es el tema de estos párrafos. Dirigida por Billy Wilder, tuvo a Fred MacMurray y Barbara Stanwyck en los roles respectivos de Walter Neff y Phyllis Dietrichson -la pareja de homicidas-, secundados por Edward G. Robinson como Barton Keyes, amigo de Walter y  detective de la compañía de seguros, que viene a complicarles la vida. La fotografía fue de John F Seitz y la música de Miklós Rózsa; ambos habían colaborado con Wilder en su trabajo anterior, Five Graves To Cairo.


Billy Wilder dirigiendo a Barbara Stanwyck


La historia de este film es interesante por ilustrar de un modo bastante elocuente ciertas peculiaridades del policial negro como tal y también de la sociedad en que surge y de la que se nutre. Hollywood había querido comprar desde hacía tiempo los derechos de la novela, pero se había topado con los reparos del Código de Producción -también conocido por el nombre de su gestor, Código Hays-, instructivo de censura previa autoinferido por los estudios, cuyo celoso guardián, un sujeto de apellido Breen, había asegurado, tras la lectura de una primera sinopsis argumental, que jamás dejaría pasar una película de esa trama y con esos personajes. El censor impugnaba, entre otras cosas, el "tono bajo" y "sabor sórdido" de la historia, que podían "endurecer al público, en especial al más joven e impresionable, con respecto a la idea y el hecho del crimen". 


Cuando Billy Wilder conoció la novela por una reedición de 1943 y quiso intentar su versión cinematográfica, la obtención de la venia para el consiguiente proyecto tropezó nuevamente con aquellas objeciones, concretadas en dos o tres nudos de intransigencia. Por contar la historia desde la óptica subjetiva de los adúlteros/asesinos y en consecuencia erigirlos, ambiguamente o no, casi en héroes trágicos, la trama quebrantaba el punto del código que establecía la tajante prohibición de fomentar o favorecer cualquier forma de simpatía del público por los criminales, sus móviles o procedimientos. Con el suicidio final de los malhechores se violaban dos reglas a la vez. Una era aquella por la cual los criminales nunca debían eludir su justo castigo (o sea que, si el justo castigo era la muerte, los criminales no tenían derecho a procurársela por su cuenta). La otra, una más genérica norma que vedaba el suicidio en sí mismo por considerarlo inmoral y aun delictivo. El hecho de que el relato escrito se hubiera permitido tales licencias carecía de importancia. No era lo mismo un libro que una película, la censura previa editorial no era incumbencia del Código de Producción cinematográfica y, por otro lado, desde 1915 la Suprema Corte había decretado que los filmes, a diferencia de los libros, no estaban protegidos por la Primera Enmienda.


Secuencia de la cámara de gas


Así que los guionistas, a saber, el propio Wilder y Raymond Chandler, prestigiosa pluma del hard-boiled, empezaron por retroceder desde el desenlace de Cain hasta la condena a muerte en que había culminado el caso real. Billy llegó a filmar la ejecución del protagonista en una cámara de gas, industriosamente reproducida sobre el modelo de la de San Quintín, una de las secuencias más costosas del rodaje y cuyo footage se ha perdido, aunque se conservan todavía algunas fotos tomadas en la ocasión. De lo antedicho el lector adivinará que este dénouement -que ni al censor Breen satisfacía, por "demasiado espantoso"- fue suprimido a favor de otro, mucho más eficaz, sustentado en el diálogo final entre Walter y su amigo Keyes.


Raymond y Billy


La contribución de Chandler, a despecho de los problemas personales que la matizaron, fue crucial para que la transcripción de novela a guion remontara el vuelo que convirtió al film en un clásico. Por ejemplo, fue Chandler quien advirtió que los diálogos originales de Cain, que Wilder quería trasponer sin variaciones, no funcionarían en la pantalla. Billy hizo una prueba con actores para comprobarlo y descubrió que su borracho y poco amigable socio tenía razón. Fue Chandler quien tuvo la ocurrencia de la confesión que el protagonista graba en el dictáfono de su oficina en la agencia, dirigido a su compañero Keyes, y del sagaz flashback y narración en off que esta maniobra introduce. Fue Chandler, por último, quien hizo el "trabajo de campo" -en sitios como el supermercado donde la pareja asesina se reúne en secreto a maquinar-, que permitió diseñar escenarios y planear movimientos sumamente detallados y realistas. 




Del resto se encargarían, desde luego, la mano y ojo magistrales del realizador. Comenzando, tal como adelanté, por el hallazgo de un mejor desenlace: tras el diálogo postrero entre Walter y su amigo detective, Billy comprendió que la cámara de gas, resolución que nunca lo había convencido, estropearía además el sentido de clímax creado por aquella conversación, así que solo se atuvo a la variante del previo "ataque mutuo", por el que los atribulados amantes se disparan el uno a la otra bajo recíprocas sospechas de traición. En el relato de Cain, Phyllis se adelantaba al plan homicida de Walter y le disparaba, como en el filme, hiriéndolo pero sin matarlo; más tarde, según he referido, ambos decidían suicidarse juntos. En la película, Walter responde asesinándola, para luego ir debilitándose por el disparo de ella que lo desangra. El final elegido por Wilder suprime la secuencia de la cámara de gas, si bien mantiene la posibilidad de que, al igual que en la novela, Walter sane de la herida: nos lo muestra caído junto a la puerta de la aseguradora tras su intento de fuga, mientras Keyes, que ha llamado a una ambulancia, admite no haber podido descubrir la culpa de su amigo a causa de la "cercanía" entre ambos. Walter llega incluso a retrucar "Yo también te quiero". Es decir que, o bien nuestro doble homicida morirá antes de ser asistido, o se salvará para que nada impida ejecutarlo... 




(Nunca lo he confirmado, pero sospecho que fue Chandler, de nuevo, quien aportó un notable elemento de redención [1] que faltaba al relato de origen. Hablo de la vacilación de Phyllis cuando tiene a Walter herido y de golpe se descubre incapaz de rematarlo, debido a los impensados sentimientos que ha desarrollado por él. Esta súbita renuencia de Phyllis a ultimar al hombre que se ha vuelto su enemigo mortal parece concebida por el autor de El Largo Adiós, tal vez, para identificar en Walter, que a su turno no duda en apretar el concluyente gatillo, al más despiadado villano de esta historia. Como para desmentirle cualquier pose de rectitud descaminada por los serpentinos encantos de la femme fatale. Dato que la novela oscurece, en congruencia con el estilo de "falso ingenuo" que Chandler imputaba a Cain, por la inacción de Walter contra la mujer y por la salida del suicidio conjunto, carente además de toda cualidad redentora en términos chandlerianos). 


Otro mérito del director pasó por la elección del elenco. Es cierto que de entrada pensó, para el rol del réprobo Walter, en duros como James Cagney, Spencer Tracy y otros, quienes sin excepción rehusaron interpretar a un homicida tan antipático. Ni el decaído George Raft quiso arriesgarse, tomando así otra de sus proverbiales decisiones erróneas en materia de aceptación de roles. La generalizada negativa indujo en Wilder un giro audaz, o desesperado, hacia Fred MacMurray, que hasta entonces se había especializado en comedias románticas y nunca había hecho nada ni remotamente comparable con la crudeza y miseria que este guion le pedía. MacMurray no objetó la índole moral del personaje, aunque sí su propia aptitud para encarnarlo: no se consideraba a sí mismo un verdadero actor y creía que Billy estaba cometiendo la equivocación más grande de su carrera. Apenas menos aventurada fue la convocatoria a Barbara Stanwyck, habitual heroína de historias amorosas, ocasionalmente "traviesa" pero jamás asesina ni traidora. La sola diferencia es que Stanwyck estaba mucho más curtida que su compañero en roles dramáticos, serios, y por tal motivo había sido la opción principal desde el inicio. Estas decisiones de casting, con lo sorprendentes que pudieran resultar (o no tanto: la pareja protagónica estaba integrada por las dos estrellas mejor pagas del momento), proveyeron la fisonomía y actitud más adecuadas a los sufridos villanos de la trama, en perfecta consonancia con las personas ideadas por Cain: seres de apariencia corriente, adaptados al sistema, insospechables de cualquier vocación criminal. Billy completó el elenco convocando, para representar al incorruptible sabueso de la agencia de seguros, al gran Edward G. Robinson, actor sin embargo largamente avezado a los papeles de matón...


Hay, además, los incontables logros de ambientación, cámara y luces. El trabajo de John F. Seitz, fotógrafo top de la Paramount a quien Wilder estimaba por su osadía y constante ánimo de experimentar desde su previo trabajo conjunto en Five Graves To Cairo, sentó las bases estéticas para el desarrollo posterior del género. Seitz produjo una imagen deliberadamente "tenebrosa" y expresionista, inspirada en la iluminación de Gregg Toland para Citizen Kane [3], sobre todo en sus fuertes contrastes y volúmenes de sombras; en el frecuente pasaje, incluso dentro de una misma escena, de luces a tinieblas, con la correlativa sugerencia de un espacio recargado, difuso, como habitado de cosas y seres indisociables de su oscuro reverso, dominados por esa mal conocida contracara e incapaces de evitar el salto recurrente hacia ella. Este efecto global fue aderezado con diversos toques de genio, como las sombras de cortinas venecianas, evocadoras de rejas carcelarias, proyectadas sobre la figura de Walter; o el ambiente sucio, polvoriento y turbio, que Billy y Seitz obtuvieron rociando cenizas y partículas de aluminio en algunos decorados antes de las tomas, a fin de enrarecer ciertas escenas, por ejemplo encuentros íntimos de Phyllis y Walter, con una marca extra de impureza y de ruina. 




Vuelvo, para concluir, al problema de la mirada sobre los personajes, de aquella empatía expresamente excluida por el Código Hays. Exacerbando el realismo meticuloso y el factor pasional (que ya en la novela creaban natural dramatismo y la consecuente inclinación "catártica") mediante un superlativo, portentoso sentido del suspenso, el film consiguió despertar en sus espectadores un monto de compasión y temor por la pareja homicida que ni el propio Cain hubiera soñado -ni los censores habrían podido prever con base en la mera lectura del guion-. Una escena particular lo ilustra: cuando Phyllis y Walter se disponen a huir de la escena del crimen, fraguado para parecer un accidente, el automóvil de ella, estacionado peligrosamente cerca del sitio donde yace el cadáver (o sea, donde por nada del mundo debería estar), se empaca y no arranca. Stanwyck y MacMurray reflejan la angustia de esos instantes, en que el coche parece averiado, con tan certera expresión, la imagen y música [4] los acompañan con tan sobria puntualidad, que el breve sobresalto, cuya gracia estriba en la ansiedad que nos produce ver peligrar a los asesinos, se ha erigido en una de las más memorables y paradigmáticas escenas de suspenso en la historia del cine, imitada hasta la náusea desde entonces. Su inspiración surgió íntegramente de Wilder. De hecho, ni siquiera constaba en el guion y nació del puro azar: habiendo cerrado la jornada de trabajo con el rodaje de esa misma secuencia, el coche del propio Billy se puso remolón y tardó mucho en encender, circunstancia que le dio la idea de reformular la parte de la huida, haciendo esta vez que los personajes se llevaran ese susto accesorio.




Siguiendo así a la novela más en sus latentes desafíos que en este o aquel pormenor de su fábula; suprimiendo, en observancia expresa a los mandatos del código censor, las partes explícitamente cuestionables, pero preservando todo elemento dramático, emocional y de suspenso capaz de alimentar una involuntaria, y por eso mismo más intensa, empatía de la audiencia con los protagonistas, la película se salió con la suya en un rubro donde pocos lograban eludir la censura imperante; ignorando, o mejor dicho quebrando, uno de sus imperativos más inflexibles, de una manera sutil e indirecta pero rotunda. Ese núcleo de catarsis es el factor dramático fundamental -que Wilder debió de presentir cuando descubrió a su secretaria devorándose el libro a escondidas-, un núcleo de universalidad trágica que excede cualquier interés inmanente a la historia policial, cualquier obvia reprobación de los personajes y de sus actos. Y que, por incidir en esa zona ignota y siniestra de nuestra alma (su revés de tinieblas) que puede identificarse con los asesinos, allana el camino a cuestionamientos de otro tipo y seriedad sobre las condiciones anímicas, socioculturales, económicas, capaces de producir las frustraciones y anhelos que mueven al crimen. Quizá sea esa tácita potencia subversiva la que ha encaramado al film a una gloria imperecedera, aun mayor, si debe decirse, a la del relato que lo inspiró: el propio Cain declaró que la puesta en pantalla de su novela contenía "cosas que él habría deseado escribir", y que el final imaginado por Wilder y Chandler había superado al suyo. 


No es casual que se haya convenido en ver a Double Indemnity como un primigenio triunfo de la libertad artística en el cine frente a la censura que llevaba ya una década atenazándola. Ni que fuese el inmenso Billy Wilder, judío polaco emigrado de la persecución nazi, miembro del Comité Por La Primera Enmienda en los albores del macartismo, incansable y crítico expositor de deficiencias sociales y miserias humanas (en Ace In The Hole, Sunset Boulevard, The Apartment, Stalag 17, The Fortune Cookie y cuántas otras), quien estableciera ese hito. También.








IV


Por consentirme un toque de frivolidad, cierro las presentes líneas apuntando algunos ejemplos de lo que se suele llamar trivia. Menciono al pasar la aparatosa peluca rubia de Barbara Stanwyck, usada a insistencia de Wilder con el aparente objeto de acentuar la falsedad de su Phyllis Dietrichson, y destaco en cambio el muy relevante octavo puesto que este personaje sostiene hasta el día de hoy entre los villanos más grandes de la historia del cine según el American Film Institute. 


Pero quiero detenerme en otros dos casos.


Uno tiene que ver con el coguionista y maestro de la novela negra, Raymond Chandler. No habrá sido constante su famosa discordia con Wilder, pues allá por los dieciséis minutos del film lo vemos hacer un brevísimo cameo: sentado en un corredor, levanta la vista de algo que lee cuando el personaje de MacMurray pasa por delante de él tras abandonar la oficina de su compañero en la agencia de seguros. No existiendo ningún otro registro fílmico de Chandler, a excepción de un único y corto fragmento casero, esos tres o cuatro segundos de aparición suya en un clásico cinematográfico cobran un valor documental de primer orden.


El cameo de Chandler


(A propósito de discordias entre escritores, Double Indemnity ocasionó una momentánea ruptura entre Billy Wilder y su coguionista y productor habitual, Charles Brackett, quien, no compartiendo en absoluto el entusiasmo de su socio por la escabrosa historia, se negó a participar del proyecto. Y pese a que después de este trabajo el brillante dúo volvió a reunirse -para ganar, incluso, una pila de Oscars al año siguiente-, no puede descartarse que esta originaria desavenencia haya influido de algún modo en la separación definitiva de 1951, al parecer decidida por Wilder a poco de terminar Sunset Boulevard, última cumbre de la colaboración entre ambos).




La otra trivialidad viene contenida en una magnífica escena de suspenso que espero saber describir: cometido ya el crimen y habiendo ido muy bien una entrevista de Phyllis en la compañía de seguros, Walter, más tranquilo, accede a recibir a la mujer, que lo ha llamado a su piso desde un teléfono cercano, no sin encarecerle que sea cuidadosa y evite que la vean, pues ambos deben seguir aparentando no tener ninguna relación. Pero en cuanto Walter cuelga el teléfono suena el timbre en su puerta: es su compañero Keyes, que viene a participarle su repentina sospecha de que el caso no es un accidente sino un homicidio. Mientras el hombre, en la sala, expone sus argumentos ante la atareada cara de póker de su anfitrión, Phyllis sale del ascensor y se acerca al departamento. Por fortuna, oye la voz de Keyes justo antes de tocar el timbre. Por desgracia, oye que Keyes se está retirando y apenas atina a ocultarse tras la puerta que en ese preciso momento se abre hacia el pasillo. El visitante sale primero y se dirige al ascensor. Walter se para junto a la puerta abierta, que Phyllis mueve levemente para hacerle saber que está escondida detrás. Pasan unos instantes en los que Keyes hace su número habitual de no encontrar fósforos para su cigarro y Walter, tal vez al borde de un colapso nervioso, debe encendérselo. Phyllis aguarda inmóvil en su escondite. Finalmente, Keyes se marcha sin descubrirla. El suspenso y tensión de la escena son tan perfectos que difícilmente reparemos en que la puerta del departamento se ha abierto... hacia el pasillo. Huelga aclarar que toda puerta de toda vivienda se abre hacia el interior. No se trata de mera usanza o de gusto arquitectónico: así lo exigen, y lo exigían entonces,  los códigos de construcción. Sin duda, Wilder sabría perfectamente que las puertas de las casas no abren hacia afuera. Se ve, no obstante, que el desliz le importó un comino. 


Lo mismo que a nosotros.








Notas:
 
[1] "En todo lo que se puede llamar arte hay un elemento de redención [a quality of redemption]. Puede ser pura tragedia si se trata de una tragedia clásica, puede ser compasión e ironía, y puede ser la risa ronca del hombre fuerte. Pero por estas malas calles tiene que andar un hombre que no sea malo, que no esté corrompido ni tenga miedo. El detective en este tipo de historias debe ser un hombre así (...) Tiene que ser un hombre de una pieza y un hombre normal, aunque no un hombre corriente [a common man and yet an unusual man]."  (RAYMOND CHANDLER, The Simple Art Of Murder. Ensayo publicado primeramente -1944- en Atlantic Monthly, integraría luego el homónimo libro de relatos editado en 1950 por Houghton Mifflin Co., y desde 1988 por Penguin Random House. La filial española de esta casa publicó en 2014 la traducción castellana, El Simple Arte de Matar). 

[2] "Por otro lado, ese hombre que representa a la ley sólo está motivado por el dinero: el detective es un profesional, alguien que hace su trabajo y recibe un sueldo (mientras que en la novela clásica el detective es generalmente un aficionado, a menudo, como en Poe, un aristócrata, que se ofrece desinteresadamente a descifrar el enigma). Curiosamente es en esta relación explícita con el dinero (los 25 dólares diarios de Marlowe) donde se afirma la moral". "Si la novela policial clásica se organiza a partir del fetiche de la inteligencia pura, y valora, sobre todo, la omnipotencia del pensamiento y la lógica abstracta pero imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa, en los relatos de la serie negra esa función se transforma y el valor ideal pasa a ser la honestidad, la “decencia”, la incorruptibilidad. Por lo demás se trata de una honestidad ligada exclusivamente a cuestiones de dinero. El detective no vacila en ser despiadado y brutal, pero su código moral es invariable en un solo punto: nadie podrá corromperlo."  (RICARDO PIGLIA, prólogo a Cuentos de la Serie Negra, Centro Editor de América Latina, Bs. As., 1979).

[3] Intentaré aclarar esto, contra los muchos eruditos que charlotean sobre las "raíces" de Wilder en el Berlín de los años 20, y la consiguiente impronta del "expresionismo alemán de Fritz Lang y de Murnau". He indicado ya por cuáles vías llegó a este filme dicha influencia. De otro lado, sería realmente extraño que Billy reavivase aquí alguna antigua huella expresionista cuando, en sus tempranos días berlineses, él integró el movimiento de la Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad, o "nuevo atenerse a los hechos"), que precisamente recusaba del expresionismo su individualismo cerril, su romántico idealismo, su falta de racionalidad y sentido práctico. Adherido a esta corriente, caída en desgracia junto con la República de Weimar en 1933, Wilder trabajó con otros colegas luego exiliados a Hollywood, como Robert Siodmak, Edgar G. Ulmer y Fred Zinnemann, y colaboró con ellos en una de las películas mejor conocidas del movimiento: Menschen am Sonntag (Gente en Domingo), de 1930, un film "sin actores", realizado en un estilo que oscilaba entre relato coral y documentalismo.

[4] El compositor Miklós Rózsa siguió las directrices generales de Wilder acerca de un "insistente trémolo de cuerdas" como el que abre la Sinfonía Inconclusa de Schubert -obra que asimismo se oye incidentalmente en el film-, para reflejar la zozobra y agonía de los personajes en relación al asesinato y a sus secuelas. El músico, conocido hasta entonces por sus partituras coloridas y melodiosas, como El Ladrón de Bagdad, ensayó aquí un sonido más sombrío, denso, disonante, que también hizo escuela en el film noir -género al cual él mismo aportaría otras composiciones: The Killers, Naked CityThe Asphalt Jungle-. Rózsa alternó una fecunda carrera en el cine con obras de concierto "puro", ganó algunos Oscars y trabajó con grandes directores, como Hitchcock, Cukor y Huston. Su partitura más célebre es probablemente la que escribió para Ben-Hur (1959), de William Wyler.



Stevie Wonder. Visiones Interiores.

 




13 de mayo de 2023, cumpleaños número 73 de Stevie Wonder. 


Cómo no homenajear a quien seguramente figura entre los cuatro o cinco músicos más grandes en la historia del R&B, anche del rock. Alguien ha dicho de él que "está allá arriba con los Beatles y con Hendrix". Y si esas palabras te suenan exageradas, puede que te haga falta escucharlo de nuevo. O sencillamente escucharlo.

Ni siquiera alguien como yo, que soy de aliento largo a la hora de escribir, podría aspirar a ofrecer una semblanza más o menos cabal de artista tan innovador y complejo. Por añadidura, una carrera de seis largas décadas, pletórica de momentos sublimes, tiene que dificultar toda posible síntesis.

Por eso, para pisar sobre suelo seguro, me atengo a algunos de los hitos innegables en el glorioso trayecto de nuestro superhéroe.






Ciego desde su paso por la incubadora tras el alumbramiento prematuro, Stevland Hardaway Morris encontró, como Ray Charles, un pronto refugio sensitivo y emocional en la música, para la cual, al igual que uncle Ray, poseía un don congénito: ya en su niñez aprendió a tocar piano, percusión y armónica, instrumentos que llegó a ejecutar con entera maestría. Paralelamente, entrenaba su increíble voz cantando en el coro de la Whitestone Baptist Church de Detroit.


Los padres de Stevland se separaron cuando él tenía cuatro años; su mamá, Lula Hardaway, mudada con tres hijos desde Saginaw a la enorme Detroit, reanudó su antigua relación con el padre de uno de ellos y suministró a Stevland un par extra de medios hermanos. En cuanto al muchacho, una vez llegado a la pubertad, se puso a cantar y tocar la armónica, acompañado de un amigo con quien había formado un dúo llamado Stevie & John, por las esquinas de su barrio y, a veces, también en fiestas. Cierto día de 1961, un azar con voluntad de predestinación hizo coincidir a Stevland con Ronnie White, integrante de los Miracles de Smokey Robinson, el acto estelar de Motown. 


Cuando Stevland interpretó para él una canción de su propia autoría, Ronnie se lo llevó derecho a Hitsville -sede de la discográfica-, donde el chico de solo once años maravilló a todo el mundo, en especial al capo Berry Gordy, que enseguida lo contrató y lo puso a grabar para el subsello Tamla. Le adjudicó al productor Clarence Paul, cuya primera intervención consistió en rebautizarlo Little Stevie Wonder. Sus dos primeros álbumes y los singles conexos pulsaron notas falsas: dado que Stevland manejaba con solvencia algún repertorio jazzero, le hicieron intentar un primer álbum, puramente instrumental, consistente en una suerte de pseudojazz compuesto ad hoc por Paul y Henry Cosby; a ese LP le siguió otro, íntegramente consagrado a canciones de Ray Charles, que, aun permitiendo al pibe cantar, no daba la talla del pretendido tributo a su inspirador. 


La decepción por el magro fruto de esos empeños iniciales no desanimó a Stevie ni a sus nuevos protectores, que finalmente la pegaron con su siguiente apuesta: un tema en más franca vena R&B, incluso con algún eco latino, en que el pequeño prodigio desplegaba un breve pero efectivo scat vocal y buenos pasajes de armónica y bongos. La canción, publicada en mayo de 1963 aunque tomada en directo casi un año antes, durante la presentación de Stevie en una Venue de Motown efectuada en el Regal Theater de Chicago, se llamaba Fingertips y, curiosamente, ya había sido publicada en su versión de estudio como parte del primer LP, por supuesto sin repercusión alguna. 




Volando sin escalas hacia un N° 1 simultáneo en las listas pop y R&B de Billboard (primera ocasión histórica de tal coincidencia), el disco sencillo se alimentó asimismo del concurrente álbum, que recogía completo aquel concierto del año anterior y llevaba por título el altisonante Recorded Live: The 12 Year Old Genius. Si bien los álbumes Live no eran raros por entonces, nadie soñaba que pudiesen equiparar en ventas a los originales de estudio. Sin embargo, ese mismo año, el célebre álbum de James Brown en el teatro Apollo (igualmente publicado en mayo) alcanzaría el segundo puesto en los charts nacionales, mientras que el LP en vivo de Little Stevie, impulsado por el arrollador Fingertips, proporcionó a Motown su primerísimo N° 1 en discos de larga duración. De paso, Stevland devino el intérprete más joven de la historia en alcanzar la cima de todas aquellas listas.


Las promesas despertadas por estas tempranas hazañas se diluyeron en poco tiempo: apenas dos años después, en 1965, la voz de Stevie ya no era la de un niño, su desarrollo físico parecía interminable -era muy alto y corpulento-, sus recientes grabaciones no vendían mucho... A esta altura, obviamente, el "Little" había desaparecido de su seudónimo. Gordy consideraba deshacerse de él. Pero una inesperada hada madrina, Sylvia Moy, vino a interceder a favor del joven talento y a evitar su definitiva caída en desgracia. Moy era compositora y productora de la compañía. Creyendo, acertadamente, que el potencial del muchacho seguía siendo enorme, hizo prometer al jefe que lo mantendría bajo contrato si ella lograba producirle un éxito. Así, coescribió con su protegido y produjo para él la canción Uptight (Everything's Alright), que a comienzos de 1966 pegó un N° 3 pop y un N° 1 R&B de cinco semanas, aparte de procurar a Stevie las dos primeras nominaciones al Grammy de su carrera.


Sylvia Moy grabando con Stevie


Coescribiendo a menudo con Sylvia, el crecido niño genio pudo, los años subsiguientes y hasta el final de la década, establecerse como estrella de aceptable éxito. Al mismo tiempo, iba robusteciendo su dotación musical: sus composiciones progresaban en calidad y osadía, tanto como para ganarle el respeto universal de sus colegas adultos; y, habiéndosele endulzado el timbre arenoso y chillón de la primera adolescencia, su ingenio y expresividad como cantante ya lo erigían en uno de los mejores del planeta. También incrementaba a paso firme sus habilidades como pianista y multinstrumentista. Se convirtió en un excepcional ejecutante de armónica. En resumen: antes de cumplir veinte años había llegado a ser un músico más integral y brillante que la generalidad -por no decir la totalidad- de sus competidores en el rock, soul y R&B. En Motown volvieron a estar encantados con él y les importaba poco si no vendía trillones como las Supremes o Marvin. Stevie prestigiaba a la compañía.


Las regalías y otras participaciones dinerarias de sus discos y conciertos habían sido colocadas por Gordy en un fideicomiso que Stevie cobraría al cumplir la mayoría de edad. Cosa que aconteció en 1971, cuando él llevaba ocho meses casado con su nueva letrista, la cantante Syreeta Wright, y renegociaba su contrato discográfico. Repentinamente rico merced al cuantioso reembolso, y hastiado de la proverbial injerencia del jefe Gordy en las producciones de sus artistas, Stevie dejó Motown jurando no volver a menos que se aceptaran sus demandas, las cuales, sin contar la imperativa mejora económica, básicamente se reducían a su pretensión de un control creativo absoluto. Gordy no tardó en ceder, evidenciando su no menos proverbial visión estética y empresaria. Fue así como principió la era dorada de nuestro homenajeado.


Stevie y Syreeta


Cinco álbumes geniales al hilo, entre 1972 y 1976, no estorbados siquiera por el accidente automovilístico que en 1973 estuvo cerca de matarlo; un aluvión de Grammys (tres consecutivos a Productor y Álbum del Año; logro inédito que movió a Paul Simon, en su discurso como ganador de 1976, a agradecerle por no haber publicado discos el año anterior); el regreso a lo más alto de las listas, con cinco canciones en el número 1, incluyendo los clásicos Superstition, You Are The Sunshine Of My Life y I Wish, y el copioso álbum Songs In The Key Of Life, en particular, encabezando el ranking de LPs por 14 (catorce) semanas. Esta seguidilla espectacular de discos extraordinarios es solo comparable con la que en igual período lograra Joni Mitchell; excepto que Stevie añadió a la excelencia artística el triunfo comercial. 


Ya en los ochenta, las ventas de Stevland se mantuvieron elevadas (obtuvo en 1983 su éxito más arrasador a nivel mundial, el pegadizo, o pegajoso, I Just Call To Say I Love You, que muy escuálido favor hizo a su reputación, por mucho que engrosara su cuenta bancaria como ninguna otra cosa lo había hecho en su vida). La calidad de sus discos, entre tanto, perdió algo de vuelo. La magia y genial locura de sus majestuosos años setenta se volvieron más esporádicas y demasiado a menudo se mezclaron con esfuerzos menores, refritos de antiguas conquistas y ejercicios de fórmula. Con todo, bastaba que en cualquier momento el viejo Stevie pusiera un poquito de sí para que hasta un disco por encargo como el Jungle Fever -de la película homónima de Spike Lee en 1991-, se aproximara al rango de obra maestra. 


Con posterioridad a Syreeta -de quien se divorció a un año y medio de la boda pero cuya amistad conservó para siempre, hasta el punto de producirle un par de álbumes en los 70 e invitarla a cantar en sus propios discos con regularidad-, Stevland sumó un par de esposas y unos nueve hijos (de cinco diferentes madres), si llevo correctamente la cuenta...

 

Las últimas décadas lo han visto escasamente activo; tan solo un tardío Live en 1995 y un par de álbumes de estudio, en 1995 y 2005 respectivamente, más la obligatoria pila de breves y casuales colaboraciones con la obligatoria pila de estrellitas. Hubo, no obstante, un trabajo de cierta envergadura, por desgracia poco divulgado: se trató de una composición "híbrida pop-clásica", el concierto para piano, armónica y orquesta llamado Sketches Of A Life, presentado por Stevie en la Biblioteca del Congreso estadounidense cuando se le entregó allí el Premio Gershwin a la Canción Popular en 2011. Esta obra, que data de 1994, jamás fue publicada en ningún soporte discográfico, pero el vídeo de su estreno se halla disponible en el canal de You Tube de la Library desde hace 12 años.





¿Qué agregar, entonces, a esta muy incompleta biografía de Mr. Maravilla? 


Tal vez faltaría aludir a su clavinet Hohner, el más funky del mundo, estrenado en 1968 y explotado incansablemente en sus legendarias joyas de los 70 (Happier Than The Morning Sun, Superstition, You Haven't Done Nothin', etc., etc.). 


O destacar su uso, único y supremo en expresión, gracia y oportunidad, de los sintetizadores, bajo la asesoría de los nada zonzos técnicos de T.O.N.T.O. [*], Malcolm Cecil & Robert Margouleff, por la misma época en que una ecuménica sordera proclamaba como non plus ultra en el manejo de aquellas máquinas a los ominosos graznidos de patos engripados que dolorosamente les arrancaba el supuesto hechicero Keith Emerson.


O enfatizar la inagotable invención y magia melódica, las recurrentes sorpresas armónicas, la originalidad rítmica de tantas de sus composiciones. Aparte de algo que nadie mínimamente informado ignora: que hablamos del cantante más influyente e imitado -raramente con fortuna- de que se tenga noticia, no solo en el universo del soul/R&B. 


O quizá, entrando al rubro trivia, mencionar que se constituyó en uno de los primeros "hombres orquesta" del rock, es decir, de los primeros en grabar todas las voces e instrumentos de sus discos. O que fue telonero de los Rolling Stones en su loca, salvaje y un poco (?) criminal gira norteamericana de 1972, y se unió a ellos con frecuencia en los bises de los conciertos para tocar un medley que yuxtaponía su propio viejo hit Uptight al clásico Satisfaction. O que en 1974 participó en Los Angeles de una extraña jam session con John Lennon y Paul McCartney, la cual supuso el reencuentro de los dos Beatles hasta entonces distanciados (la grabación pertinente circula todavía en calidad de sobrevaluado bootleg). O también, para quisquillosos y buscadores de pelo en huevo, que, tras separarse de su letrista Syreeta, Stevie trabajó en esos primeros años 70 con una nueva letrista, Yvonne, quien llevaba el mismo apellido de la otra, Wright, pese a no guardar ningún parentesco con ella (no es que pretenda subrayar la curiosa, doble homofonía de Wright con "right" -derecho- y con write -escribir-, pero sí).  


O bien evocar, por último, que pocas celebridades musicales de cierto rango se privaron de retratarse junto al genio. Miles y Sly son solamente dos de los ejemplos más notables.


Sly Stone (izq.) y Miles Davis (der.) con Stevie Maravilla



Discografía selecta, en orden de preferencia personal

(no se suministran enlaces de descarga):


Innervisions (1973)

Songs In The Key Of Life (1976)

Talking Book (1972)

Fulfillingness First Finale (1974)

Music Of My Mind (1972)

The Secret Life Of Plants (1979)

Hotter Than July (1980)

Signed, Sealed, Delivered (1970)

Jungle Fever (1991)

For Once In My Life (1968)

Where I'm Coming From (1971)

In Square Circle (1985)

I Was Made To Love Her (1967)




[*]  TONTO es acrónimo por "The Original New Timbral Orchestra", que consistió en un vasto ensamble de sintetizadores, creado y coordinado principalmente por los nombrados Cecil y Margouleff. Cuando Stevie escuchó el álbum debut de la TONTO's Expanding Head Band, que salió en 1971 y se llamó Zero Time (Hora Cero), quiso contar con ellos para sus propios discos. Los acreditó como productores asociados, ingenieros y programadores en los cuatro LPs que publicó entre 1972 y 1974. Incluso ganaron un Grammy como ingenieros por Innervisions.




P. S.: Como hice en otros casos, deseo referir alguna fuente dadora de información adicional, lo que viene difícil: "lagrimapsicodelica" mantiene sus vínculos a un sitio de descargas recientemente fenecido. Pero encontré una página, de nombre "megadiscografiascompletas", que marcha. Tiene todos los discos en audio de buena calidad. Salvo que te saca de quicio con las esperas, captchas y demás, así que hay que armarse de paciencia y poner atención...

Sí, no hay de qué.


Borges, Welles, Rosebud. Los dos argumentos de Citizen Kane.

 




Jorge Luis Borges no siempre fue ciego. Y por el largo medio siglo en que gozó de la vista, fue un fervoroso cinéfilo. Adoraba, por ejemplo, las películas de Joseph von Sternberg de fines de los años veinte; esas magistrales piezas mudas, interpretadas por George Bancroft, que de hecho fundaron el género gansteril y lo dotaron de una dimensión épica y heroica que luego se desleiría con la instauración del Production Code en 1934.


Durante algunos años, Borges escribió comentarios críticos de películas en distintas publicaciones. Un buen día se sentó frente al film acaso más grande de la historia: Citizen Kane, de Orson Welles. Su impresión de esta obra fue publicada en el número 83 de la revista Sur, en agosto de 1941.


Reproduzco a continuación ese extraño pero agudo texto, en el cual el gran autor argentino acierta mucho y yerra un poco; particularmente, en su lectura por demás literal del célebre Rosebud.


Por supuesto, con las presentes líneas me propongo exponer mi visión personal, nacida de haber creído entrever la curiosa síntesis que se ordena en torno del elemento Rosebud, justamente, y da su peculiar cierre argumental a una trama consistente en la fallida reconstrucción de una biografía. Lo desarrollaré más adelante, pero Rosebud sirve aquí no solo para concentrar y unificar una historia vital fragmentaria, sino también para respaldar el corolario de que la vida tratada es en esencia incognoscible.


Empiezo entonces por transcribir, íntegra, la crítica de Borges.





Citizen Kane (cuyo nombre en la República Argentina es El Ciudadano) tiene por lo menos dos argumentos. El primero, de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el aplauso de los muy distraídos. Es formulable así: un vano millonario acumula estatuas, huertos, palacios, piletas de natación, diamantes, vehículos, bibliotecas, hombres y mujeres; a semejanza de un coleccionista anterior (cuyas observaciones es tradicional atribuir al Espíritu Santo) descubre que esas misceláneas y plétoras son vanidad de vanidades y todo vanidad, en el instante de la muerte, anhela un solo objeto del universo ¡un trineo debidamente pobre con el que en su niñez ha jugado!


El segundo es muy superior. Une al recuerdo de Koheleth el de otro nihilista: Franz Kafka. El tema (a la vez metafísico y policial, a la vez psicológico y alegórico) es la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto. El procedimiento es el de Joseph Conrad en Chance (1914) y el del hermoso filme The Power and the Glory: la rapsodia de escenas heterogéneas, sin orden cronológico. Abrumadora e infinitamente, Orson Welles exhibe fragmentos de la vida del hombre Charles Foster Kane y nos invita a combinarlos y a reconstruirlo.


Las formas de la multiplicidad, de la inconexión, abundan en el film: las primeras escenas registran los tesoros acumulados por Foster Kane; en una de las últimas, una pobre mujer lujosa y doliente juega en el suelo de un palacio que es también un museo, con un rompecabezas enorme. Al final comprendemos que los fragmentos no están regidos por una secreta unidad: el aborrecido Charles Foster Kane es un simulacro, un caos de apariencias (corolario posible, ya previsto por David Hume, por Ernst Mach y por nuestro Macedonio Fernández: ningún hombre sabe quién es, ningún hombre es alguien). En uno de los cuentos de Chesterton -The Head of Caesar, creo-, el héroe observa que nada es tan aterrador como un laberinto sin centro. Este film es exactamente ese laberinto.


Todos sabemos que una fiesta, un palacio, una gran empresa, un almuerzo de escritores o periodistas, un ambiente cordial de franca y espontánea camaradería, son esencialmente horrorosos; Citizen Kane es el primer film que los muestra con alguna conciencia de esa verdad.


La ejecución es digna, en general, del vasto argumento. Hay fotografías de admirable profundidad, fotografías cuyos últimos planos (como las telas de los prerrafaelistas) no son menos precisos y puntuales que los primeros.


Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como "perduran" ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra.




Hasta aquí el texto original firmado por Borges en la revista Sur.




Puntualizo un par de cosas antes de seguir. Si bien el comentario de Borges en 1941 es ambiguo, como de una admiración "a regañadientes", deja claro que la película no le gustó. Por eso procede consignar que en años posteriores revisó expresamente su opinión sobre Citizen Kane, para pasar a juzgarlo "un film excelente", al tiempo que describió a Orson Welles como "el creador del cine moderno". (Conversations With Jorge Luis Borges, de Richard Burgin. Ed. Holt Rinehart Winston, Nueva York, 1969).


El otro asunto concierne a su muy errado pronóstico sobre una "perduración" puramente formularia o nominal de esta película, que la emparejaría a ciertas piezas de Griffith o de Pudovkin "cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever". Nada semejante ha sucedido: desde hace décadas, Citizen Kane viene siendo aclamada como un logro supremo de la cinematografía mundial y frecuentada con devoción por infinidad de cinéfilos y estudiosos.


Pasemos ahora al asunto de los dos argumentos.






Borges parece desatender algo fundamental acerca de Rosebud. Precisamente, que este juguete añorado por el protagonista bien pudo ser otra cosa. O sea, que su calidad de símbolo de una niñez despreocupada y feliz no le estaba en absoluto predestinada: cualquier otro objeto pudo ocupar su sitio, cumplir esa función.


Por cierto, que fuese a parar al fuego con los demás desperdicios prueba que, en principio, no valía más que ninguna otra posesión del protagonista. Así, a despecho de su intrínseca minucia, o a causa de ella, este objeto confiere su valor, siquiera negativo, a la pesquisa o reconstrucción que la película emprende. 


Pues aun cuando la revelación aparezca banal, solo por su intermedio contemplamos en mejor perspectiva los alcances de aquella biografía pretensamente ilustre. Una alternativa, quizá, habría sido que el guion nunca revelase qué era Rosebud, que saliéramos del cine con el acertijo sin resolver. Pero dejar incógnito el misterio de Rosebud nos habría impedido ver como se lo arrojaba al fuego con el resto de las porquerías inservibles, desechables; convertido en nada a poco de muerto su dueño, siguiéndole los pasos. Esta correlación es la que a Borges parece sustraérsele. No son dos argumentos, o bien, en todo caso, uno de ellos explica y sostiene al otro: el "imbécil y banal" da pretexto y base al que importa, que es la (re)construcción fallida del personaje en que toda la cosa consiste. 




Las discontinuas vicisitudes que atraviesa el protagonista se nos proponen como asomos de highlights, como si pretendieran compendiar la ingente y esquiva biografía. En realidad, solo son eventos relevantes para los testigos entrevistados, quienes sin embargo se confiesan invariablemente en ayunas cuando se les pregunta sobre el enigmático Rosebud. Pero la efectiva impresión de disociación que nos dejan tantas escenas aisladas, deshilvanadas, sugiere que el secreto último -cualquiera que sea- de la vida de Kane no se alcanzará por ese extenso y heteróclito anecdotario. Lo cual nos prepara para la conclusión que la historia irá haciendo cada vez más evidente: que dicho secreto no reside en ninguna parte. (Circunstancia que el develamiento final de Rosebud, de su poquedad, viene a confirmar, de nuevo, negativamente). Hay, por lo demás, una obvia correlación entre los casuales lujos y tesoros acumulados por Kane y aquel azaroso acopio de remembranzas. Hasta podría afirmarse que la acumulación, por sí misma, es uno de los temas centrales del film. Borges intuye los lazos no tan ocultos entre las riquezas que junta el protagonista (el lujo en su doble faz de capricho y de falsa brújula, de necesidad artificiosa montada sobre el desamparo de la incertidumbre) y las escenas sueltas, desconectadas, que amontona la trama.


Desde luego, una segunda mirada nos hará notar la paradoja de la multiplicidad como regla unitaria, de la dispersión como orden, del antojo como leitmotiv. Borges también percibe y enfatiza la mutua implicación, estética y narrativa, entre los varios tesoros exhibidos al principio y el enorme rompecabezas de la mujer "lujosa y doliente", en el palacio "que es también un museo", hacia el final de la película.

 




La fábula de Citizen Kane aparenta, en efecto, rehuir deliberadamente todo principio unificador, aun el de una elemental crónica, procediendo, en palabras de Borges, por una "rapsodia de escenas heterogéneas, sin orden cronológico". Intención que cobra mayor sentido al descubrírsenos el secreto de Rosebud, pues el objeto en que su enigma se disuelve nada explica en realidad, salvo algún momento de vacilación y flaqueza, de desfallecimiento, en el ensamblado que el personaje ha querido hacer de sí mismo, en la biografía ideal o amable -digna de amor- que ha pretendido crearse. Rosebud reaparece cuando Susan deja a Kane, harta de él, y el hombre ve resquebrajarse su vida monumental entre reminiscencias del abandono y extrañamiento sufridos en la niñez. Es un signo puesto allí, ante todo, para denunciar la precariedad del edificio (la persona y hazañas de Kane), la inconsistencia de sus cimientos. Se nos presenta como el eslabón perdido, esporádicamente redivivo, en la cadena rota de una existencia lábil, arrancada de sus raíces, que se fija rumbos y propósitos continuamente amenazados de invalidez. Como si el enorme poder y patrimonio que Kane reúne no le alcanzaran para volver a comprar su vida expropiada desde el inicio. Rosebud simboliza para él esa simple posesión de sí y de lo suyo que le fue enajenada en el destierro primordial, cuando se lo arrojó a esta biografía de la que no consigue adueñarse.




Por otro lado, desde una óptica puramente formal, frente a aquella renuncia a toda homogeneidad del conjunto, y con el fin de que la disgregación y atomización de las escenas, de los puntos de vista divergentes, no perjudiquen la coherencia del relato -cuyo nudo es la construcción de la interminable, impracticable biografía-, el elemento Rosebud, en su aparente trivialidad, en su minúsculo, irrelevante misterio, también sirve como aglutinador y conector, como el hilo en que se ensartarán las cuentas del collar. Hilo que es vertebral al collar aunque represente su parte menos valiosa. 



El laberinto sin centro de una historia compuesta de fragmentos inconexos, no regidos por ninguna "secreta unidad"; la multiplicidad de aspectos parciales y aislados, la adición y agregación inagotables; la abundancia -aun la repetición- de escenas e imágenes sustanciosas y hondas en sí mismas, pero que se disocian y dispersan en cuanto intentamos formarnos cualquier visión de conjunto; todo ello pone a la narración de Citizen Kane, como bien observa Borges, en paralelo con su estética, con su fotografía de "admirable profundidad" ("cuyos últimos planos" -el fondo- "no son menos precisos y puntuales" que los del primer término), tendente a desdibujar las jerarquías entre objetos cercanos y lejanos, a establecerlos en cierto grado como equivalentes, parejamente dispuestos por una exógena red de determinaciones que excede todo arbitrio de los personajes. La fotografía conjuga lentes de distancia focal corta y diafragmas mínimamente abiertos para obtener una vasta profundidad de campo; vale decir, una mayor extensión hacia el fondo de lo que se percibe nítido, enfocado. Pero este continuo deep focus, obra del mítico iluminador Gregg Toland, no parece remitir tanto al arte prerrafaelista que Borges evoca, a su puntilloso naturalismo y preciosista perfección, como a las más turbulentas volutas del barroco, con las que maridan mejor no solo el exorbitante verismo de esa nitidez ubicua y furiosa, sino también la tensión espacial y distorsión de tamaños y velocidades producidas por las focales cortas, los densos claroscuros y pertinaz tenebrismo, los ángulos de toma insólitos, los raros y complicados movimientos de cámara.




Accesoriamente, tenemos el reprochado "gigantismo" -otra huella barroca- del filme, su frecuente deslizamiento a lo desmadrado, excesivo, sobreactuado. Rasgo ostensible en los escenarios colosales y distantes, guarda asimismo plena congruencia con los acusados, surreales contrastes luminosos, con la indefinida deformidad y nerviosa profundidad espacial de las focales cortas. Ya que ese carácter de anomalía, de cosa ficticia y como afectada en la presencia y actitudes de distintos personajes -Kane el primero, con su vaga teatralidad ferial, resonante y ampulosa, su ocasional recaída en tipos rígidos, reminiscentes de mimos o de marionetas-; eso que viene dado por los movimientos y gestos de las figuras, se conjuga con el entorno visual, no menos recargado, saturado, ultraenfocado, en que son emplazadas, para acabar por revestirlas de cierto artificio, de cierto tono de simulacro, convergente con el "caos de apariencias" que Borges subraya. La película levanta sus figuras, particularmente a la de Kane, como desmedidas, y en esa objetividad desaforada a que las arroja les resta naturalidad y verosimilitud. Con lo que expresa mejor su patética sujeción, su falta de libertad y aun de realidad. Los estiramientos y tensiones "expresionistas" (véase más abajo), los rostros en sombras, acaban por comunicar a los personajes una cualidad desfigurada, inconsistente, como de realidad dudosa o en suspenso, que cuadra muy bien con el sentido global de la historia. Incluso, por qué no, con el pulso detectivesco o "policial", según lo califica Borges, elegido por la trama para su desarrollo; se trata, efectivamente, de una investigación, aunque no policial sino periodística. 


(No por nada el género del llamado policial negro se instituyó en cine, a decir de los entendidos, conjugando la acción y narración del Maltese Falcon de John Huston con el arte espeso y sombrío que Welles y Toland dieron a Citizen Kane).





Hemos visto que el relato de Citizen Kane hurga muy intensamente en cada cuadro o escena y se detiene con primor en cada detalle, mientras que su curso narrativo desdeña cualquier concentración u orden en sus yuxtaposiciones, cualquier subordinación de sus partes y motivos a una ley común. Sin embargo, sentando sus bases formales en la herencia de una tradición barroca o expresionista -es tópica y a grandes rasgos certera su asimilación al expresionismo alemán cinematográfico-, la película adquiere coherencia y uniformidad mediante su estética irrenunciable: su casi obsesivo afán de mostrarlo todo bajo la lente deformante de un objetivismo extremo, hiperbólico. En otros términos: la unidad perdida en la fábula de Citizen Kane resurge en la tenacidad de las formas tirantes, oscuras, retorcidas, que componen su universo visual. 


Ahora bien, este juego de multiplicidad y unidad planteado entre la trama del film y su imagen, ¿no se resume y sintetiza, a nivel diegético y también de significación, en el propio elemento Rosebud?




Por lo menos es seguro que la función de Rosebud excede con mucho la sola sugerencia de la vanidad en las riquezas y no sé qué súbito, postrero encarecimiento del juguete "debidamente pobre". (El carácter postrero es falso: la correspondiente añoranza del protagonista no se limita al "instante de la muerte", según hemos comprobado a propósito de la partida de Susan). Rosebud importa sobre todo como efigie del capricho, de la arbitrariedad connatural a los símbolos del deseo y del afecto. Es a un tiempo molde y espejo para la miríada de azares que componen la dispersa, artificiosa historia de su dueño. Pero si representa el paraíso perdido de la niñez, donde ni aun la pobreza era obstáculo suficiente a una sencilla felicidad, sigue siendo indudable, insisto, que cualquier otra cosa pudo hacer sus veces, actuar igualmente como signo de aquella postulada dicha. Tanto como cualesquiera otras escenas pudieron integrar la biografía que se nos ofrece. (Una biografía que, así lo admite el propio Kane, casi no consistió más que en "comprar cosas". Cosas que a su turno pudieron ser esas u otras, porque tal vez no se dirigían a superar o a compensar la carencia de aquel objeto, sino a tratar de establecer su valor. Cotizada en Rosebuds, la entera fortuna de Kane no vale nada. Solo que si aquel bien invaluable pudo servir como punto cero, sin precio, de todo precio, fue porque unos azares lo erigieron en cifra de la pérdida primordial). En otras palabras, no existe en Rosebud potencia intrínseca alguna que lo convierta en símbolo obligado, necesario, de aquello que se le llamó a representar. Hecho que resulta bien indicado por su quemazón posterior con los otros residuos. Haber dejado irresuelta la incógnita a su respecto no habría señalado el más allá de su enigma con la misma eficacia, no habría patentizado que identificarlo tampoco proporcionaba la respuesta.


Lo que vuelve nuestra atención hacia la específica cualidad de Rosebud que lo entronca con el segundo y "muy superior" argumento del film. Comprobamos que nadie, ni una sola entre las personas que llegaron a tratar más o menos cercanamente a Kane, tiene la menor idea sobre este objeto. Prueba de que ninguna de tales personas llegó a penetrar realmente la intimidad de nuestro incierto héroe ni a sospechar, siquiera, sus recónditas motivaciones. Que Rosebud encerrara un secreto tan íntima y celosamente atesorado vendrá acentuado por el hecho de que nadie accediera a él. No olvidemos que la revelación de su significado se verifica únicamente para el espectador. Los personajes del film, descontando al protagonista, morirán sin averiguarlo jamás. Mediante tal perpetuación de su misterio (no disipado en absoluto con su presunto esclarecimiento, que más bien solo le abre un infinito más allá), Rosebud acaba por representar, también, ante todo, el fondo inescrutable, impenetrable, del alma humana. O sea, la eterna ignorancia en que permaneceremos acerca de cualquier "auténtico sí mismo" detrás del figurón Charles Foster Kane.




Esta virtud de Rosebud, la de encarnar el meollo más recóndito y preciado de la persona cuando al mismo tiempo no es sino elección arbitraria, producto del acaso y del antojo, la doble trama de necesidad y contingencia -de unidad y multiplicidad- que lo constituye, lo vuelve instrumental para crear ese laberinto sin centro cuyo corolario bien podría ser el que Borges apunta: "ningún hombre sabe quién es, ningún hombre es alguien". Pues en rigor la unicidad de Rosebud no pasa de meramente formal y epidérmica: su realidad es el puro accidente de una parada fortuita en el incansable derrotero del deseo. Solo así puede devenir emblema y reflejo para la inmensa, inacabable construcción de una persona que al fin no es más que "simulacro", un "caos de apariencias". Un personaje, en última instancia, que no se ha montado sobre la impostura o el fraude, sino tan solo sobre la inasequible, imposible verdad de una identidad fugitiva, desvanecida entre señas equívocas, anhelos engañosos, añoranzas fraguadas...








P.S.: Sin saber cuán pertinente resulte, voy a referir que, años después de estrenada Citizen Kane, Orson Welles insistía en que la narración por múltiples analepsis había sido idea suya, mientras que el tema de Rosebud se le había ocurrido al coguionista Herman J. Mankiewicz -aunque en la reciente película de David Fincher feliciten a Mank también por el "revolucionario punto de vista cambiante"-. Welles sostenía que Rosebud nunca lo había entusiasmado, pese a que entendía su utilidad para combinar y unificar la relativa dispersión de la historia (también sabemos, por otro lado, que estaba al tanto de la dura crítica de Borges a ese particular elemento de su filme). En todo caso, el gran mérito del director fue haber trocado al célebre objeto de saudade en indicador de las incógnitas que lo trascendían.


Que Rosebud debió de ser aportación de Mankiewicz surge asimismo del libro Hollywood Babilonia II, de Kenneth Anger. Según se lee allí, Mank sabía que el personaje inspirador de su Charles Foster Kane, el magnate periodístico William Randolph Hearst, solía llamar con ese nombre (Capullo de Rosa, Pimpollo) al clítoris de su amante, la actriz Marion Davies, treinta y cuatro años más joven que él -el film de Fincher incluye igualmente esta referencia-. Ignorante de tal denominación, Orson jamás habría podido pensar en emplearla, burlonamente o no. Pero Mank, por largo tiempo contertulio en las fiestas de Hearst -a quien despreciaba-, y hasta casual consejero de Davies, sin duda pudo oír de aquel uso y significado de Rosebud. Dando su acostumbrada rienda suelta a la imaginación, Anger apunta como presumible autora de la infidencia a Louise Brooks, antigua estrella del cine mudo y amiga de Marion. 



Bootsy

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