Paul, Jimi y Monterrey




Hoy, domingo 18 de junio, día del padre en la mayor parte del mundo, cumple años uno de los padres del rock: Paul McCartney.


Sería interminable, además de superflua, una enumeración de las maravillas que nos ha prodigado este sujeto. Pero es posible referir una anécdota que lo involucra y que, por coincidencia, cayó justo en la misma fecha de su natalicio, otro domingo de hace un largo medio siglo, mientras él soplaba 25 velitas a miles de kilómetros del suceso y preparaba con su banda una aparición televisiva de alcance mundial por conexión vía satélite (la primera de la historia), que se verificaría una semana después.


En la primavera boreal de 1967, John Phillips, líder de The Mamas & The Papas y gerente oficioso del folk-pop californiano, tuvo la feliz (?) iniciativa de organizar un festival internacional de rock, el primero jamás celebrado. Eligió montarlo entre el 16 y el 18 de junio en el condado de Monterrey (Monterey, en inglés), ocupando el predio que se usaba para un encuentro anual de jazz. Invitó a una cantidad de sus colegas y compatriotas: Simon & Garfunkel, The Byrds, Jefferson Airplane, Otis Redding, Booker T. & The MG's, Buffalo Springfield, Grateful Dead, Big Brother & The Holding Company -banda cuya fenomenal cantante, Janis Joplin, se iba a convertir en lo que llaman una revelación-. Seguidamente, el hombre procedió a convocar números "internacionales", empezando por el trompetista sudafricano Hugh Masekela y el maestro indio del sitar Ravi Shankar, gurú musical de George Harrison y de los Byrds. 


(Dejo debiendo por falta de espacio, y de interés, un comentario sobre los desiguales méritos de los intérpretes nombrados. Asimismo agrego que, mientras Phillips y sus socios preparaban su evento, la radio KFRC 610 les ganó de mano armando uno parecido, si bien tan solo "nacional" y más corto en duración y audiencia, siete días antes, en el no lejano condado de Marin). 


Primer afiche del Festival. Hendrix iba el viernes. Figuran varios actos que cancelaron



Solo faltaba adicionar al programa algunos actos británicos. Las dos bandas mayores del rock inglés, y mundial, Beatles y Rolling Stones, se sabían descartadas: los Beatles habían anunciado pocos meses atrás su retiro de las giras, y los Stones cursaban su etapa de seguidores acérrimos, digámoslo así, de los Fab Four, por lo que a su vez estaban rehuyendo los escenarios (los problemas de visas aludidos por varias fuentes solo atañen al hecho de que Jagger y Richards no pudiesen ir a jetear por la feria tal como sí lo hizo en cambio Brian Jones). De todas formas, Phillips se tiró el lance y telefoneó -o hizo que Derek Taylor telefoneara- a Paul McCartney, quien, no obstante confirmarle la previsible negativa, se interesó mucho en el festival y quiso aportar su granito de arena. Que se volvió contribución decisiva cuando encareció a su interlocutor que incluyese a The Jimi Hendrix Experience. De hecho, se anotó como colaborador del evento -cosa de alto interés publicitario para la organización- a condición de que Hendrix estuviera presente.


Paul sabía sobre Jimi desde hacía varios meses: había comentado con entusiasmo un "adelanto" de Purple Haze para Melody Maker  y venía completamente fascinado con él después de oírle tocar, en el Teatro Saville, un cover del tema Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, a solo tres días de salido a la venta el LP homónimo. El genial violero recién pisaba los ránkings británicos y en USA no lo conocían, pese a que era nativo de Seattle y se había mudado a Londres menos de un año antes. Pero en la tierra de Shakespeare su impacto empezaba a propagarse: ese mes de junio su álbum debut, Are You Experienced?, alcanzaba el segundo puesto de las listas; debajo, claro está, del arrasador Pepper.


The Jimi Hendrix Experience: Mitch Mitchell, Jimi y Noel Redding



Así pues, ya apalabrados los eternamente declinantes Animals de Eric Burdon, las últimas gestiones sumaron al Monterrey Pop, como se lo denominó, otros dos actos transatlánticos: The Who (posiblemente la tercera banda más importante del rock inglés pero apenas conocida en USA, adonde habían desembarcado un par de meses atrás para una módica gira neoyorquina) y el incierto guitarrista recomendado del beatle. 


Con ser un hipster del amor libre y la vida comunal y todo eso -y ya que estamos, también del abuso sexual incestuoso-, Phillips no lucía en su espesa barba un pelo de zonzo, de modo que reservó para sus Mamas & Papas el cierre del festival, pretendido clímax que haría preceder de uno de los incógnitos números británicos -The Who-, o bien de Johnny Rivers, los Impressions o Dionne Warwick. Era una apuesta bastante segura hasta que algunas cancelaciones obligaron a reprogramar a la Jimi Hendrix Experience, pasándola del viernes al domingo junto con Grateful Dead. 


La especulación de Papa John se tornó entonces errónea y desventurada, porque la ubicación penúltima, fatídica para él, recayó sobre Jimi. Ocurrió de un modo que Phillips no podía prever. En Londres, Hendrix rivalizaba con Pete Townshend y Keith Moon de los Who en punto a coronar sus shows "rompiendo todo". Townshend protestaba, no sin fundamento, que el otro le había robado la idea (propia del gusto mod por el arte autodestructivo que a la sazón conocía en Europa diversas expresiones). Por supuesto, la pica se prolongó en Monterrey. Obligados ahora a compartir escenario en la misma velada -al otro lado del Atlántico se evitaban cuidadosamente, pero los cambios de agenda les impidieron hacerlo aquí-, ambos violeros lanzaron una moneda para decidir quién tendría prioridad en el estropicio. El ganador fue Pete. De modo que ese último día, el domingo 18, los Who tocaron a la mitad de la noche e hicieron lo suyo. Al terminar con My Generation, que ya apuntaba para clásico, destrozaron instrumentos y amplificadores con furia inusitada. Como diciéndole al rival: "Superá eso, pibe".


Los Who terminando su set en Monterrey


Hendrix salió a tocar una hora y pico después, a continuación de Grateful Dead y significativamente presentado por Brian Jones, que se había costeado hasta California no solo para pavonearse con la Nico y concitar la devoción de los fans, sino también para bancar al amigo. Hoy, merced al diario de un lunes medio siglo posterior, sabemos que el concierto que siguió fue histórico. Alguien acuñó una frase que se hizo tópica (en esos años no se hacían virales); expresaba que había llegado al Festival un "rumor" y salido de él una leyenda. Jimi tocó la viola colgada sobre su espalda, pulsó las cuerdas con los dientes, mostró lascivamente la lengua unas mil veces, se revolvió y frotó contra los amplificadores. Para el bis, cambió la Stratocaster negra por otra que él mismo había pintado con esmalte de uñas y cuyo destino era ser "sacrificada", según dijo, en la ocasión. Tras asombrar a la audiencia con inauditos y cósmicos efectos de sonido salidos de su instrumento y pedales, metió un cover de Wild Thing, un rockito de unos chicos llamados The Troggs, en una versión metálica y pesada que, se podría decir, fundó por sí sola el hard-rock. Ahí rompió, naturalmente, su guitarra. Pero no sin antes sostener con ella una feroz simulación de coito, para luego prenderle fuego y arrodillarse a teledirigir el ascenso de las llamas, en actitud ritual de indio cherokee -su parcial ascendencia-, o andá a saber qué. Mediante algunos primeros planos de espectadores, la película del festival nos da una vislumbre del estupor entre perplejo y maravillado, como de pasmo y reverencia (voto al filósofo), con que el auditorio siguió la extraña ceremonia.


Obviamente, el genio musical de Hendrix no se agotaba en esa pirotecnia. Y su virtuosismo de ejecutante excedía con mucho sus malabarismos escénicos, la guitarra a la espalda, pulsar con los dientes o revolcarse en el suelo sin dejar de tocar. Tampoco es que su concierto de Monterrey constituyera un hito artístico singular en su carrera; tiene otros directos muy superiores, como el del 4 de julio de 1970 en Atlanta. Pero él fue, de entre todas las figuras que se presentaron allí, quien mejor supo combinar el impacto visual con el auditivo para sorprender y cautivar a la multitud en una forma que, la evidencia lo ha probado, resultó imperecedera. E inmediatamente remedada por todo exponente del mainstream que anduviera cerca.


Una de las fotos más famosas en la historia del rock.
La tomó Ed Caraeff, un chico de 17 años que concurrió al festival.


Otro día abundaré en todo lo que hacía diferente y único en su clase a este genial músico negro, cuya amplia superioridad los blancos no pudieron ningunear con la misma facilidad de otros casos: único competidor de respeto que conocieron los Beatles en sus épocas de psicodelia; creador del primer auténtico power trio y pionero del rock duro en todas sus variantes, pero asimismo de distintas formas de fusión del R&B con otros estilos; campeón en la política, típica de los sesenta, de "vivir rápida y peligrosamente, morir joven y dejar un bonito cadáver" (hablando de arte autodestructivo); arquetipo del guitarrista de rock, padre no solo espiritual, sino también formal, estilístico y actitudinal, si se me permite, de todo violero posterior; experimentador infatigable, alma inquieta no siempre remunerada con logros acordes a sus bravuras... 


A partir de su crucial aparición en Monterrey, el heterodoxo y multifacético Jimi conoció sus días de mayor gloria y también, al final de la década, algunos más sombríos. Después de tres legendarios álbumes de estudio y uno en vivo grabado la Nochevieja de 1969, el año 1970, último de su vida, lo encontró sumergido en una vorágine de actividad y de estrés. Disuelta la navideña Band Of Gypsys, grabó esporádicamente y emprendió una gira estadounidense con su nuevo trío, carente de nombre específico, para el cual recuperó al extraordinario Mitch Mitchell (el Elvin Jones del rock, acaso el batero más grande en la historia de esta música) y sumó al muy competente bajista Billy Cox; era la mejor banda que jamás había tenido. En julio pudo inaugurar su soñado estudio de grabación propio, Electric Lady, pero la apretada agenda de conciertos apenas si le dio tiempo a usufructuarlo. Luego voló a Europa donde el tour debía proseguir. Para sumar al fastidio y cansancio, su consumo de alcohol y de drogas no aflojaba y volvía azarosas sus presentaciones, las cuales fluctuaban entre soberbias -como la ya mencionada de Atlanta- y desastrosas -alguna en Nueva York, otras en Dinamarca o Alemania-. El 18 de septiembre lo mató una sobredosis de barbitúricos. Entonces nació el mito, hoy tal vez un poco disminuido, metódicamente sepultado bajo tantas devociones enlatadas, descafeinadas, que se han propuesto a las consecutivas generaciones con el correr de los años. El ninguneo supremacista nunca descansa.


Jimi en Woodstock, 1969


 

Pero volvamos a aquella consagración en Monterrey. Concluido el terremoto desatado allí por nuestro muchacho, The Mamas & The Papas vinieron a proveer el gran fin de fiesta que astutamente se habían adjudicado. Rebosantes de tedio, ofrecieron su rutina -nunca más adecuado un nombre-, que el público aplaudió rutinariamente y olvidó al instante. Pasemos por alto los gallos y voces desafinadas, inadmisibles en un grupo vocal, los arreglos mediocres, el ritmo inestable e inconsistente (amateurish, usan decir los yanquis) de su banda de apoyo, en comparación con los MG's, por ejemplo, o con la propia Experience de Jimi, que sí sabían tocar y tenían un groove granítico. Y tendamos un piadoso manto de indulgencia sobre la ominosa versión de Dancin' In The Street con que clausuraron su show y el Festival, cultivando con pericia inigualada el improbable arte de aniquilar cuanta gracia y swing pueda haber en una canción.


(El largometraje oficial del evento, estrenado en 1968 y dirigido por Donn Alan Pennebaker, encubre el débil finale de los Mamas & Papas, mostrándolos cantar California Dreamin' a poco de comenzar la película y haciéndolos volver mucho más tarde, tras el fragmento de Hendrix, para una versión pobrísima de Got A Feelin', en la que Mama Cass ataca la primera estrofa a destiempo y el baterista sigue tocando después del acorde final; esta secuencia se editó con planos de gente del público que aparenta gozar de sonidos sin duda procedentes de otra parte, porque dichas imágenes son diurnas y el show de Papa John y sus cómplices fue el último de la noche. Pero aun matizado por inconexas vistas de la audiencia, este pasaje es tan patéticamente endeble, desmorona a tal punto el clímax alcanzado con la explosiva presentación de Jimi, que para concluir el filme hubieron de recurrir al muy anterior set introspectivo, cuasilitúrgico, con que Ravi Shankar había inaugurado la jornada a media tarde, como forma de distraernos, supongo, del brusco descenso en intensidad y calidad).


The Mamas & The Papas



Según convienen los historiadores serios del rock, tan indisimulable fue el contraste entre los dos conciertos que esa misma noche, al tiempo que amanecía la leyenda de Hendrix -todo el mundo se fue a casa hablando de él-, los Mamas & Papas empezaron a preparar su lógico, inexcusable retiro, la justificada cesación de su sobrestimada carrera musical. 


Circunstancia que nos devuelve al viejo y querido Paul McCartney, a quien debemos la doble gracia de propiciar la merecida gloria del artista realmente visionario y, en el mismo acto, mediante el solo concurso de ese hado facilitador tan suyo, aligerarnos de las sobras. 


Los superhéroes siempre nos dan más de lo que les pedimos.









P. S.; Aquí, un enlace al vídeo completo, en HD, de Jimi haciendo Wild Thing. Incluye el discurso previo y el preludio de efectos. YouTube no ofrece ninguno que tenga una calidad decente, muestre la secuencia íntegra y/o se halle libre de adulteraciones.


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