2001: Odisea Espiritual

 



I


El último 26 de julio Stanley Kubrick habría cumplido 95 años. 


Confieso que se me hace raro escribir sobre él, ya que nunca he sido su admirador número uno. Hay unos cuantos aspectos de su cine que no terminan de convencerme. Suelo encontrar errático y forzado su manejo del conflicto dramático, así como mal sustanciados los actos y voliciones de sus personajes y pobres las parábolas en que a veces quiere subsumirlos. Su imagen (encuadre, movimientos de cámara) goza siempre de impecable calidad y equilibrio visual, aunque en un sentido predominantemente decorativo y abstracto, con escasa hondura o impacto expresivo. En cuanto al tópico de que cuenta con "un clásico en casi cada género", aparte de que no es realmente así, no sé si represente un mérito creativo o el testimonio de una falta de rumbo estético concreto, pues cuando uno escarba en tan sistemático eclecticismo buscando lo que puedan tener en común sus variados ejemplos, descubre que buena parte de eso reside en los defectos: el drama tórpido, los actores no muy bien dirigidos, las peripecias débilmente sustentadas... 


Pero 2001: Odisea Del Espacio, es un caso aparte en su filmografía. Por ser sin duda la más trascendental de sus películas, la que una mayoría de críticos aclamó (pese a las numerosas voces objetoras), la que mayor controversia ha ocasionado entre el público cinéfilo -seña inequívoca de aspirante a clásico-; y, llamativamente, la que medio millar de prestigiosos cineastas del mundo ha consagrado como su preferida absoluta, por encima de Citizen KaneVertigo Tokio Monogatari, en las dos últimas encuestas de Sight & Sound (2012-2022). Lo cual debe significar algo, por mucho que invite a disentir. Algo que no se zanjará lanzándole el ligero mote de "sobrevalorada", como hacen algunos (algunes) que al referirnos en cambio sus filmes favoritos nos regalan ejemplos de sobrestimación rayanos en el disparate. 


Lo primero que corresponde decir acerca de 2001 es que, guste o no, instituyó unas premisas estéticas que se volvieron referencia insoslayable para toda película de asunto cosmológico, y de ciencia ficción en general, estrenada en las décadas subsiguientes, tal vez hasta el día de hoy. No hubo desde entonces una sola película de temática interestelar que no se viera precisada a dialogar, en buenos o malos términos, con la forma de 2001, ya fuera para confrontarla (Solaris, 1972), rebasarla (Alien, 1979) u homenajearla (montones de ellas, como Gravity, de 2013). Y son incontables las que se han valido de técnicas inspiradas en las que Kubrick y su gente utilizaron allí: por recurrir a un ejemplo bastante reciente, las escenas finales en el teseracto de Interstellar (2013) se lograron por un método de slit scan fotográfico prácticamente idéntico al que se empleó para la secuencia penúltima de 2001, conocida como la del Star Gate, en que el doctor-capitán Bowman, recién llegado con su cápsula a una luna de Júpiter, es traccionado hacia un viaje ultrarrápido y psicodélico con rumbo a un incierto más allá.


El viaje  final de Bowman y el efecto óptico de slit-scan.





II


Quizá intentaré en el futuro una historia exhaustiva de la ciencia ficción en cine y literatura. A cambio, ofrezco aquí su resumen. Hundiendo sus raíces en ciertas manifestaciones del relato fantástico romántico (FrankensteinThe Facts in the Case of M. Valdemar), la ciencia ficción se consolidó y especializó, por decirlo así, a fines del siglo XIX, con la llegada de autores como Julio Verne o H.G. Wells, y luego, en los primeros decenios del siglo XX, con H. P. Lovecraft, Robert Heinlein y otros. El espectro temático del genero es relativamente amplio y no se limita al campo de lo "espacial": Verne soñó viajes al centro de la tierra, Wells los imaginó a través del tiempo. Pero también se han inventado hombres invisibles; experimentos fisicoquímicos y biológicos monstruosos, por malogrados o malintencionados; máquinas inverosímiles; robots y androides que fallan dañosamente o se rebelan contra la humanidad... Kingsley Amis definió la ciencia ficción como "la clase de prosa narrativa cuyo tema es una situación que no podría presentarse en el mundo que conocemos, pero que es hipotetizada sobre la base de alguna innovación en ciencia o tecnología, o seudociencia, sea su origen humano o extraterrestre" [1]. En cuanto al cine, usualmente tributario de las letras, bastará aquí con señalar el camino divergente que fue tomando la ciencia ficción espacial respecto de las demás variantes temáticas que el género conocía. Un sumario repaso indica que, habiendo existido desde los inicios del séptimo arte (Méliès tuvo ya en 1902 su Viaje a la Luna), habiendo producido algún título destacable, en tiempos del cine mudo, por cortesía del expresionismo alemán (junto al clásico supremo Metrópolis, de Fritz Lang, y a otros menores como Orlac's Hände, de Robert Wiene, hubo una Frau im Mond -Mujer en la Luna-, también de Lang), el patente desinterés de Hollywood por el subgénero astronómico de la science fiction le hizo perder impulso frente a sus otras ramas, las cuales siguieron funcionando muy bien, sin duda por su facilidad para asimilarse al horror gótico-romántico (la inmediata correlación entre lo sobrenatural o ultraterreno del relato de horror y lo antinatural o extraterrestre de la ciencia ficción, explica la proclividad de este género a las historias apocalípticas y por ende "terroríficas").


Julio Verne y H. G. Wells


Por múltiples razones económico-sociales y políticas (desde las penurias de la Gran Depresión a las ulteriores angustias de la Segunda Guerra), la sociedad estadounidense de los años treinta y cuarenta no estuvo muy predispuesta a viajes interestelares y maravillas científicas futuristas, ni en las letras ni en las pantallas. Por largo tiempo fue tópico que la ciencia ficción no era un género "popular", que su público se componía tan solo de ingenieros y tecnólogos, que no atraía a la audiencia femenina, que un incorregible temperamento freaky hermanaba a sus seguidores, congregados litúrgicamente en reducidos clubes de culto... De modo que el Sci-Fi cinematográfico, o mejor dicho, su vertiente astronómica, hubo de esperar hasta la década de 1950 para resurgir, tal vez al amparo de la celebridad que a la sazón conquistaba su flamante prócer literario Ray Bradbury, de la reasegurada pujanza económica o de las nuevas formas de miedo y paranoia que trajo consigo el despertar de la Guerra Fría. Pero este renacer se dio en los nada halagüeños términos de una tendencia a producciones que eran o parecían de bajo presupuesto, abundantes en ideas simplistas y obsesivas, inficionadas de todos los recelos y desesperanzas de la posguerra. 


Más allá de las diferencias presupuestarias que trataré a continuación, de las pantallas panorámicas en refulgente color contra el modesto cuadro académico en blanco y negro, la división básica que admite el cine espacial de los cincuenta es de orden temático: relatos de "expedición" versus relatos de "invasión" (dicotomía que ciertamente se remonta a los pioneros literarios: De La Tierra A La Luna, La Guerra de los Mundos...). En 1950 se estrenaron las dos primeras películas influyentes del género: Destination Moon y Rocketship X-M, ambas del subtipo "expedición", o sea, de naves humanas enviadas al espacio. Destination Moon (Con Destino a  la Luna), procesada en Technicolor y con ínfulas de superproducción, contó con el mismísimo Robert Heinlein como coguionista y se esmeró por retratar de manera "realista" una travesía espacial; no se privó, por cierto, de soltar aquí o allá algún inciso paranoide relativo a la URSS. Tuvo copiosa y sagaz publicidad previa y el consecutivo éxito en las taquillas. Por su parte, Rocketship X-M (donde "X-M" iba por "Expedition Moon"), conocida en español como Cohete K-1, fue un producto en blanco y negro de inocultable clase B, realizado con suma celeridad para beneficiarse de la expectación creada en torno a Destination Moon, a la que incluso madrugó con el estreno. Tal vez por su  presupuesto cinco veces inferior, Rocketship X-M, cuya trama partía de un improbable accidente con el combustible que desviaba la nave hacia Marte, se permitió ser más libremente imaginativa que Destination Moon, al tiempo que pudo jactarse de un irrenunciable contenido pacifista. En su guion, repleto de deliciosas ingenuidades, colaboró el ilustre Dalton Trumbo, aunque un achaque terrícola llamado lista negra lo desposeyó del crédito respectivo. Sin llegar a las ventas de su competidora, Rocketship X-M recibió bastante calor en las taquillas.


Una escena de Rocketship X-M.


Pese al triunfo comercial de estas refundadoras, el opuesto subtipo de la invasión no tardó en prevalecer, quizá por calar con mayor profundidad en la fantasía del público de posguerra y propiciar nexos más consistentes con los géneros de horror, bélico y de catástrofe. Sus exponentes fueron por lo común películas de clase B, dirigidas por realizadores novatos de los estudios, con starlets menores, o debutantes, en los roles principales. Mientras que los primeros tanteos entre sus homólogos del tokusatsu japonés vinieron cargados de una dolorida concientización humanitaria contra las bombas nucleares, la ficción espacial invasora yanqui -con la sola excepción de El Día Que Paralizaron La Tierra (1951), obra maestra de inhabitual espíritu antibelicista [2]-, se consagró tempranamente a un barato subgénero de horror, que pretendía servir, ante todo, al minúsculo fin de la propaganda antisoviética. Su ejemplo típico era aquella cinta donde Steve McQueen luchaba contra un gigantesco moco rojo que, alimentado de humanos incautos, no cejaba en ensanchar su masa informe y, con ella, su estúpida alegoría del comunismo [3]. Las películas memorables o siquiera decentes de este estilo fueron contadísimas: solo se me ocurre mencionar La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (Don Siegel, 1956, con Kevin McCarthy) y, por supuesto, la "modélica" The Thing (1951) [4].  


Por ser inescindible de los avances técnicos asociados a su época, el Sci-Fi cinematográfico de posguerra conoció, con todo, algunas piezas de presupuesto relativamente alto [5]. No por nada el género floreció cuando la TV empezaba a competir fuertemente con la gran pantalla y los estudios del viejo Hollywood precisaban con urgencia algo novedoso e inimitable que ofrecer. El amanecer de la década de 1950 vio surgir el sonido estéreo, el 3D, un reverdecido auge del color (al engorroso, oneroso y rutilante Technicolor se sumó el amigable, económico y pálido Eastmancolor, que primó entre varios contendientes de peso desigual)... Pero la principal innovación pasó por las pantallas panorámicas: Cinerama, Cinemascope -indiscutido triunfador de la década-, VistaVision, Panavision. Merced a estas herramientas el cine se aseguró de brindar un espectáculo cuya grandiosidad superase con creces a cualquier atracción que pudiera oponerle la incipiente y precaria televisión de entonces. Naturalmente, tamaño despliegue tecnológico reluciría menos en dramas intimistas de estilo ibseniano que en filmes de acción y fantasía con elencos multitudinarios, ambientados en vastos paisajes exóticos y repletos de efectos especiales. La ciencia ficción parecería, por tanto, ideal para albergar y capitalizar aquellos fastos. Sin embargo, westerns y películas bélicas o históricas se beneficiaron de ellos con frecuencia inmensamente mayor. En realidad, durante toda esa década y la siguiente, la ciencia ficción no supo cómo sacudirse su alma de clase B, por así llamarla. Los directores de prestigio, las máximas estrellas y los más solicitados guionistas y productores la rehuían en forma unánime...






III


Vamos, así, llegando a Kubrick.


He señalado ya que, de entre las otras cinematografías del mundo, la de Japón se destacó por explorar el género en sus diversas vertientes y abordarlo con su propia mirada. Ejemplos señalados de ello son las famosas Godzilla (Ishirō Honda, 1954) y, más importante aquí, Uchūjin Tōkyō-ni Arawaru (Alienígenas Aparecen en Tokio, en España llamada Asalto A La Tierra) de Kijo Shima, primera película nipona de ciencia ficción en colores, estrenada en 1956. Este largometraje, en particular, integra un puñado de trabajos cuya influencia sobre 2001: Odisea Del Espacio puede considerarse significativa. Otros fueron el estadounidense Forbidden Planet (Planeta Prohibido -El Planeta Desconocido, en los países hispanohablantes de América-), que Fred McLeod Wilcox dirigió en 1956, pródigo en vestuario y decorados de dudoso rigor pero excéntricos y vistosos; y Universe, de 1960, un documental de la televisión canadiense realizado por Roman Kroitor y Colin Low.


Arriba: Alienígenas en Tokio. Abajo: Planeta Prohibido.


Mención aparte merece otro fabuloso documental: To The Moon And Beyond (Hacia La Luna y Más Allá), que la empresa Graphic Films llevó a la Feria Mundial de Nueva York de 1964, realizado en el formato "Cinerama 360º" para ser proyectado en el interior de un gran domo como el de los planetarios. Al ver ese film -hasta la fecha jamás transcripto a ningún formato "plano" y, por consiguiente, inasequible para nosotros-, Kubrick, que ya bosquejaba su futura 2001, contrató a Graphic Films como asesora artística de su preproducción. Los años siguientes recibió de esta empresa, por correo o en persona, bocetos de instalaciones y decorados, storyboards de viajes espaciales o puntuales piezas de investigación en física y astronomía. Más todavía: en cierto momento el dibujante y escenógrafo Douglas Trumbull abandonó Graphic Films para ocuparse exclusivamente de los efectos especiales en la película de Kubrick. 


Pues si algo distinguió a 2001: Odisea Del Espacio de todas sus predecesoras fue que desde el principio su director quiso imprimirle un intachable realismo, sin monstruos de kaiju japonés o estrambóticos alienígenas, y enaltecerla mediante una meticulosa veracidad científica, evitando al mismo tiempo contaminarla de los géneros que le fueran afines los años previos: terror, catástrofe, guerra. Pero, ante todo, quiso situar o cifrar en su arquitectura intrínseca, en su propia forma y acaecer, la base para una serie de reflexiones cosmológicas, metafísicas y existenciales. Eso explica, tal vez, el trabajo monumental, la enormidad de tiempo, dinero y personal técnico que requirió su factura. 2001 puso en juego un arsenal de efectos asombrosos que jamás se había visto: proyecciones frontales, transparencias, slit scan fotográfico, infinidad de miniaturas y maquetas, rotoscopia, obras de ingeniería tremendas como el formidable decorado apodado "noria centrífuga" (una gran rueda de giro vertical construida ad hoc), y decenas de etcéteras.


La Noria: un decorado giratorio de 12 m de diámetro por 10 de profundidad.
Abajo a la izquierda: un ejemplo de su uso para un efecto "pseudogravitatorio".



(Junto al ya nombrado Doug Trumbull, los otros supervisores de efectos especiales fueron Wally Veevers -veterano del oficio que se había iniciado en el antiguo semiclásico del género Things To Come de 1936, y que venía de colaborar con Kubrick en Dr. Strangelove-, Tom Howard y Con Pederson. Auxiliados por jóvenes asistentes como Brian Johnson -años después supervisor en Alien y Star Wars: The Empire Strikes Back, entre otras-, o Richard Yuricich -futuro compañero de Trumbull para los FX de Close Encounters Of The Third Kind y Blade Runner-, ellos fueron los máximos responsables de que el continuo portento óptico se viese en todo momento natural y creíble. Sin omitir, desde luego, a los directores de fotografía Geoff Unsworth y John Alcott -segunda unidad-).


Arriba: Wally Veevers y Douglas Trumbull -trabajando en el Moonbus-.
Abajo: miniaturas de la nave Discovery One.


La hazaña fundamental de 2001: Odisea Del Espacio consistió, por tanto, en dejar atrás aquel Sci-Fi de los 50 y 60, de tramas elementales y antojadizas, de fantasía ingenua y a veces incongruente o pueril. En elevar su clase B a un nivel A. Lo hizo, ante todo, en virtud de su excelencia técnica, de la cuidada producción, de su escrupuloso diseño y dirección de arte. Acabo de escribir la palabra clave: diseño. Esto es, el arte visual de la película -la confección de escenarios, utilería y vestuario futuristas poderosamente verosímiles- como su primordial razón de ser y justificación de su inapagable ascendencia. 2001 estableció esta primacía del diseño como base formal para un género al que casi refundó por sí sola, casi por ese solo hecho. Pero no se detuvo ahí. Porque además explotó la perfecta conveniencia de dicho diseño, en cuanto dotación artística, a un argumento relativamente parco en acción, que trata sobre la relación entre el animal humano y su inteligencia, una inteligencia que más bien parece llegarle desde una ignota exterioridad. Es lo que viene a representar el famoso monolito (más allá de su connotación totémica -y de otras que trato más adelante-), como mediador del interés y curiosidad del espíritu por las cosas del mundo; como instrumento dador, o, mejor dicho, promotor de entendimiento. En cualquier caso, el desarrollo de la trama sugiere enfáticamente que la inteligencia propiciada por dicho artefacto puede volverse luego, al expandirse, autónoma y artificial, alojarse en entidades, seres y objetos (computadoras, por ejemplo) totalmente distantes a su corporización humana originaria. También, ser eventualmente lanzada al espacio, transportada en monolitos como aquel que primero la trajo al mundo. E independizarse a tal grado que pueda, por su propia cuenta, dialogar y entrar en toda índole de intercambios con otros entes pensantes del universo. La estética de 2001, por su acento en la dirección artística y el diseño, parece hecha a medida para un argumento que imagina el progreso de nuestro intelecto hacia una creciente deshumanización, en un recorrido llamado a eludir, o a exceder, todo sentimentalismo, tensión dramática o conflicto emocional.



 

Llegados aquí, se hacen imperiosas ciertas puntualizaciones relativas a las discrepancias entre la película y la novela homónima, que se publicó el mismo año. El guion de Kubrick y Arthur C. Clarke se basó ante todo en un cuento de Clarke de 1951, llamado El Centinela. Mientras vertían la historia en argumento cinematográfico, los autores decidieron escribir paralelamente una novela de idéntica trama, que incluso pensaron publicar antes de estrenar el film, si bien acabó siendo aplazada por imposición de Kubrick, en el curso de crecientes desavenencias entre los guionistas. (El director venía quitando un diálogo tras otro y exteriorizando una tenaz inclinación a producir una película visual y no verbal). Entonces Clarke continuó por su cuenta el relato escrito, en el que algunas circunstancias oscuras o equívocas que la película dejaba sin aclarar contaron con un desarrollo pormenorizado y recibieron completa elucidación. Gracias al libro averiguamos, pues, que la avanzada civilización de los Firstborn (en la traducción española, Exploradores) deposita en distintos planetas, entre ellos la Tierra, ejemplares de sus monolitos, máquinas pensantes capaces de inducir, registrar y orientar avances en las inteligencias con las que interactúan. Una vez evolucionados en seres totalmente incorpóreos, en inteligencias puras, los Firstborn atraen al capitán Bowman, que llega en su módulo espacial a una luna de Saturno tras haber desactivado a HAL-9000, computadora madre de su expedición, y haber quedado solo. Su cápsula es absorbida por -o a través de- un monolito intergaláctico, que de repente se transmuta, según alcanza a describir el capitán antes de desaparecer, en una cosa "hueca", que "no termina nunca", "llena de estrellas". Conduciéndolo a un sistema estelar desconocido, después de ofrecerle vistas de otras civilizaciones, formas de vida y cápsulas espaciales que siguen rutas distintas a la suya, los Firstborn dejan a Bowman en una especie de lujosa suite de hotel, donde el hombre se queda dormido para luego renacer convertido en un bebé inmortal superinteligente, el Star Child (Hijo de las Estrellas), prometeica regeneración del intelecto humano cuya hazaña inaugural consistirá en detonar una ojiva nuclear que orbita en torno a la Tierra. Confróntese este argumento preciso pero relativamente chato con las indefinidas y más interesantes sugerencias aludidas en el párrafo anterior y se comprenderá por qué, pese a su considerable éxito editorial, la novela no alcanzó la gloria imperecedera de la película. 


Siendo afición común a fans y críticos la de subrayar las diferencias entre libro y filme, sorprende lo poco que se resalta a tal respecto la agónica secuencia que deriva en el nacimiento del Star Child. Mientras que en la novela Clarke pone a dormir a Bowman para simplemente despertarlo más tarde como un nuevo ser, en la película, amén de someter a su protagonista a un declive de duración indeterminada, Kubrick elige desdoblarlo en sujeto y objeto: el propio Bowman se ve a sí mismo recorrer las sucesivas etapas de su decadencia, hasta que por fin, ya reseco y exangüe en su lecho de muerte, se descubre contemplado por el monolito y extiende el brazo hacia él. La sabia decisión de igualar a Bowman, en cuanto observador, con aquellos ignotos entes de inteligencia incorpórea -los Firstborn de la novela que en la pantalla jamás son aludidos-, pero también, especialmente, con el mismo monolito y con el espectador del filme, de escindir su cuerpo de su mirada, denota o augura el presumible destino de su ser y, por extensión, el de su especie; dimensión que nuestro realizador indaga con un vigor y consecuencia faltantes en la novela. 







IV


He mencionado al comienzo algunas deficiencias que atribuyo al cine de Kubrick.  Es en virtud de ellas que valorizo tanto su idea madre para 2001. Su inspiración de proponer la básica insensibilidad, o inhumanidad, de una inteligencia aislada, aun inorgánica, como cosa latente en los entresijos del diseño arquitectónico y artístico, subyacente al recorrido y paso de aparatos e instalaciones. De fijar allí el corazón simbólico del filme, su sentido no explicitado. La preponderancia del diseño supone una voluntad de hacerlo hablar, entregar de sí un comentario visual de la historia cuyo ambiente provee. Hasta cierto punto, toda película habla de lo que muestra mediante el modo en que lo muestra; solo que aquí el carozo de la significación global asoma en el propio movimiento y maquinaria sensorial que atraviesa las distintas secuencias. El acierto que intento definir pasa por ilustrar, o mejor, recrear, mediante la instauración de un ambiente tecnológico impersonal y como foráneo, mediante las premisas mínimas y casi contemplativas de la acción dramática, el mismo desapego y anonimato que una tal entidad puramente pensante insuflaría en la especie destinada a asemejársele. 




Así y todo, 2001 no está libre por completo de momentos y detalles cuestionables. Se caracteriza, especialmente en la primera mitad, por un paso en extremo moroso, una carencia notable de acción y de conflicto, una exhibición ociosa y ornamental de decorados y prodigios técnicos (en efecto, las fortalezas formales de la película engendran la contracara de estas debilidades). La secuencia del Star Gate, aun brillante en concepción y ejecución, aun ennoblecida por la gloriosa Lux Aeterna de Ligeti, acaba por resultar demasiado extensa, máxime si le adicionamos esos tres o cuatro pesados minutos de sobrevuelo, en trávelin aéreo, de terrenos desérticos modificados por un efecto fotográfico de solarizado que ha envejecido realmente mal. Los diálogos de la exigua trama, necesariamente limitados, distan de ser antológicos o siquiera interesantes... 


Pero todo eso, bien mirado, no deja de acomodarse al andar global del film, a su pretendido carácter de "sinfonía visual", a la ambigüedad implícita en la perspectiva de un avance ultrahumano de la inteligencia. La parva acción da pretexto a alardes de virtuosismo como los efectos de "gravedad centrífuga" (alcanzados con ayuda de aquella descomunal y carísima noria). Los diálogos anodinos indican de suyo que las claves interpretativas se esconden en otro lado. El curso parsimonioso y mecánico del drama cuadra impecablemente con la natural ajenidad e indiferencia que acompañarían la postulada evolución del raciocinio, incluso con la disposición especulativa que la percepción de los fenómenos tratados demanda. Nunca como en este film se hallaron tanto en su elemento las habilidades de Kubrick, nunca tuvo un concepto, ambiente y elaboración tan adecuados para mostrar llanamente sus cartas y evitar adentrarse en vericuetos dramáticos y expresivos que le son indóciles. Nunca como en 2001 un director se topó con su tema, con la historia y materia idóneas para optimizar sus modos de hacer creativos disimulando al mismo tiempo sus falencias artísticas. No sé si exista otra película que haya trocado en virtudes los defectos de su realizador como lo hizo 2001.





Para ir concluyendo, dedico unas palabras al consabido monolito, que Kubrick parece haber visualizado como una especie de agujero negro cinematográfico (nueva desemejanza con la novela, que lo describe como de cristal transparente); una concreción de vacío cargada, sin embargo, de energía inmensurable, de potencia indeterminada. Quizá cause extrañeza que hasta hace poco tiempo nadie reparase seriamente en la ostensible semejanza que dicho artefacto guarda con una pantalla rotada a 90º; si bien, por otro lado, se entiende que la similitud no pudiera advertirse con anterioridad a la proliferación de pantallas LED, negras y apaisadas, en los modernos monitores de PC, TV y celulares. ¿Quiso Kubrick representarlo como un espejo vacío, un black mirror, análogo al de la conocida serie televisiva que, justamente, basa su título en la calidad de virtuales espejos atribuible a los monitores omnipresentes en nuestra vida actual? ¿Quiso proponer su monolito como un falso espejo que paradójicamente absorbiese toda imagen sin devolver ninguna, que en el extremo se tragase toda afección humana por el mundo sensible para fomentar aquel desarrollo de una inteligencia pura, aséptica, desligada de cualquier lazo corporal? Lo cierto es que la cara frontal de este emblemático objeto muestra una proporción de 2.2 : 1 (sus medidas son 335 cm x 152 cm), exactamente idéntica a la relación de aspecto que exhibe la pantalla en Cinerama de la película. Como para despejar cualquier duda. 




(Correlativos a esta pantalla negra materializada en el monolito son la profusión de monitores y visores, el semblante de lente fotográfica dado a HAL, sus percepciones subjetivas en ojo de pez, la similitud que portezuelas y corredores de las naves guardan con obturadores, diafragmas y fuelles de cámaras... Como si esos objetos reminiscentes de instrumentos ópticos -de dispositivos auxiliares para la vista-, fueran figuras de alguna transición, de un gradual distanciamiento entre el espíritu y su primitiva raíz sensorial, en la que anidan sus dependencias mundanas).





Kubrick dijo alguna vez que este filme constituía una experiencia "visual, no verbal" que tocaba al espectador en "un nivel más interno de conciencia, como lo hacen la música o la pintura". Palabras que explican la importancia de la música en esta obra: el Ligeti que acompaña la secuencia del monolito en la luna y la del viaje psicodélico de Bowman es contundente en su marca de perplejidad y amenaza; el Danubio Azul adorna las escenas en que aparece con tal gracia y oportunidad que desde el estreno de 2001 volvió a ponerse de moda en el mundo entero... La película toda discurre en un evidente modo (estructura o régimen) musical, que por lo demás realimenta y confirma su intención no propositiva. Conforme suprimía diálogos y conflictos, Kubrick debió de adentrarse en un territorio crecientemente abstracto y de pura forma. Proceso que habrá decantado en el solo y último desafío de retratar esa inteligencia inorgánica, no discreta ni compartimentada, no sujeta a orden "racional" alguno. El exclusivo afán de reflejar la conformación y edificación de ese intelecto invertebrado, que podemos conjeturar más intuitivo y plástico; menos lógico, narrativo o argumentativo. Sobre todo, menos estorbado por demandas viscerales. Pero la gracia peculiar del movimiento hacia una inteligencia así configurada era que la película lo reprodujera en su propio decurso, en su devenir como especie artística, convirtiéndose en un viaje esencialmente perceptivo, despojado de justificaciones argumentales, de lances dramáticos por resolver.

De ahí que la pantalla donde se recrea o escenifica el advenimiento de dicho intelecto replique con tal exactitud las proporciones del monolito que simboliza su origen. 

 



Dejo para el final una pregunta que la película no plantea pero sí admite. La de si deberíamos adjudicar un pleno carácter utópico al estado final de Bowman, a su renacimiento como bebé conformado a imagen y semejanza de los Firstborn, provisto de una inteligencia cuya índole tiene que ser, por fuerza, todo lo que anticipé en los párrafos previos: aislada, aséptica, incorpórea. Un raciocinio despegado del barro mundano, de cualquier apetito o impulso, una pura razón abocada a realimentarse de sus propios circuitos y a complacerse en sí misma, siguiendo unas motivaciones que, mirando desde aquí, desde el lodo y las tripas que todavía conllevamos, cuesta un poco adivinar. Puede aparecer palmario el color optimista, la visión feliz de un espíritu avanzado, sin límites en su saber y comprensión, purificado de toda baja naturaleza. (Corolario expreso en la novela -el Hijo de las Estrellas desmantelando la ojiva nuclear-, no así en el filme). Ahora bien, ¿cómo juzgaría Kubrick la posibilidad un progreso humano en tal dirección? Por lo pronto, a continuación de 2001 acometió una segunda -y última, en rigor- pieza de ciencia ficción, A Clockwork Orange, cuya historia, igualmente futurista, transcurre empero en una muy terrestre Inglaterra y despliega montos exorbitantes de violencia, impulsos crueles y criminalidad caprichosa. Hasta el método terapéutico aplicado a tratar aquellos ímpetus feroces consta de maniobras singularmente brutales. Como si el director se hubiese percatado de los dilemas y espejismos que planteaba aquel futuro idealizado, diáfano y pulcro, que pintara en su odisea espacial. Como si hubiese recordado que los reclamos de nuestro fondo natural no son algo que ninguna inteligencia, presente o venidera, pueda sacudirse con solo proponérselo. 





A modo de coda, una cita del maestro Ridley Scott: 

"En una película debe haber una integración total de todos los elementos, una síntesis completa en manos de un director que está implicado en todo. Incluso en las cuestiones de diseño. Hay momentos de una película en que los elementos del fondo pueden ser tan importantes como el actor que está en primer término, sean esos elementos figuras o paisajes. Porque cada incidente, cada sonido, cada movimiento, cada color, cada decorado, cada actor o elemento de atrezo, forma parte de la orquestación que hace el director con la película. Y, para mí, esa orquestación es la representación. Y la representación lo es todo". 

(Ridley Scott, en The Making of Blade Runner, artículo de Paul M. Sammon en Cinefantastique, Vol. 1, n.º 5 y Vol. 12, n.º 6).









Notas:


[1] "Science fiction is that class of prose narrative treating of a situation that could not arise in the world we know, but which is hypothesised on the basis of some innovation in science or technology, or pseudo-science, whether human or extraterrestrial in origin". (Kingsley Amis. New Maps Of Hell. A Survey Of Science Fiction. Harcourt, Brace & Co., NY, 1960. No hay traducción castellana).


[2] The Day The Earth Stood Still (en México, El Día Que La Tierra Se Detuvo; en España, Ultimátum A La Tierra), dirigida por Robert Wise. Clásico absoluto del género y una de sus cumbres históricas. Su elenco se compuso de estrellas de mediano porte pero sólidamente insertas en la industria del cine: Patricia Neal, Michael Rennie, Sam Jaffe. Klaatu (Rennie) es un extraterrestre humanoide llegado a nuestro mundo con el fin de advertir sobre la amenaza que el desarrollo de armas nucleares supondría para otros planetas y para la Tierra misma, que habría de ser en consecuencia preventivamente destruida por una liga interplanetaria. Asistiéndolo en su misión, un enorme robot de nombre Gort oficia a la vez de guardián y de colaborador técnico. Klaatu halla dificultades para hacer oír su mensaje, los líderes políticos internacionales no se ponen de acuerdo ni siquiera para reunirse a escucharlo, así que prueba suerte convocando a un grupo de más receptivos científicos; al mismo tiempo, procurando llamar la atención de la humanidad, un mediodía interrumpe por un rato el suministro de energía de todas las máquinas del mundo, causando que los vehículos se detengan, las fábricas se paralicen, etcétera. Pero la única reacción que atrae es la persecución policial-militar que no tarda en alcanzarlo y asesinarlo. Entonces su amiga terrestre Helen Benson (Neal), que en vano ha intentado protegerlo, cumple el encargo de ir con Gort a decirle las míticas palabras: Klaatu barada nikto (en seudoesperanto sería algo así como: El camino de Klaatu ha terminado). Gort tendrá que rescatar el cuerpo de Klaatu y resucitarlo dentro de su nave espacial para ponerlo a trabajar de nuevo por la paz universal. Esta fue la única película yanqui de su época en versar sobre invasores extraterrestres que en vez de anhelos destructivos traían al mundo llamamientos a la paz, e inició una minúscula y dispersa tradición de alienígenas no hostiles, que tuvo cultores destacados en Steven Spielberg (Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, 1977; E.T., 1982) y, más recientemente, en Denis Villeneuve (Arrival, 2016). (Con paso de comedia pueden apuntarse asimismo el Paul de Greg Mottola -2011- y los robots de la británica The World's End -Una Noche en el fin del Mundo-, que Edgar Wright dirigió en 2013. En tanto, Contact, de Robert Zemeckis en 1997, trata sobre extraterrestres amables, pero no venidos concretamente a la Tierra).


El Día Que Paralizaron La Tierra: Klaatu, Helen y Gort


[3] Me refiero a The Blob (La Masa Devoradora o La Mancha Voraz en países de habla hispana), dirigida por Irvin S. Yeaworth Jr. en 1958. Steve McQueen es el único astro conocido -aunque entonces no lo era tanto: se lo acredita como "Steven"- en esta clase B de autocine, rodada, sin embargo, en color (Deluxe, un derivado del Eastmancolor) y pantalla ancha. Una gelatinosa ameba colorada cae a la Tierra encerrada en un meteorito. Cuando unas personas remueven la piedra, la cosa emerge de ahí para entrar a deglutir gente. Este ser, que gana tamaño con cada cuerpo que engulle, es indestructible, inmune a todo. Excepto al frío extremo. De modo que las autoridades lo neutralizan congelándolo (como se neutralizaba a los malditos rojos de las artes y espectáculos congelándolos en listas negras) y lo envían, dentro de un bloque de hielo, a (un exilio en) cierta isla del Ártico de la que nunca pueda regresar. Créase o no, The Blob ha sido editada en formato digital por Criterion Collection. Es de suponer que su argumento bizarro, sus trucos berretas y sus matices humorísticos y paródicos, en su mayoría involuntarios, harán de ella una divertida extravagancia retro.


[4] The Thing From Another World (El Enigma de Otro Mundo o La Cosa), una clase B producida y semidirigida por Howard Hawks en 1951, inauguró de hecho el subtipo del extraterrestre invasor. Tal como lo haría más tarde La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, relataba los estragos que provocaba en la Tierra un organismo alienígena de origen vegetal, y encubría con pareja ineficacia su vocación anticomunista y macartista. Curiosamente, The Thing no aprovechaba el carácter peculiar que la novela en que se basó daba a su villano interestelar, a saber, la facultad de mimetizarse en cualquier forma de vida terrena con la que hiciera contacto -rasgo que sí se confirió, en cambio, a las grandes vainas de La Invasión de los Ladrones de Cuerpos-. Llama la atención que idea tan potencialmente grata al macartismo, la del enemigo en persona camuflado bajo un rostro familiar e inofensivo, fuese rebajada a la mera portación de un virus insidioso y letal. Como muestra del interés que esta clase de material suscitaba en la audiencia de entonces, The Thing fue la cinta más taquillera de su tipo durante el año 1951, pero apenas alcanzó el puesto 46 de la lista general. Décadas después, en 1982, este extraño film devenido de culto conocería una remake muy superior, en calidad y fidelidad a la novela original, a cargo de John Carpenter.


[5] Por ejemplo, Cuando Los Mundos Chocan (When Worlds Collide -Rudolph Maté, 1951-) o La Guerra De Los Mundos (Byron Haskin, 1953), dos superproducciones en Technicolor de George Pal, consecutivas a su primigenia Destination Moon. La primera, basada en la novela homónima de Edwin Balmer y Philip Wylie, mezcló Sci-Fi con disaster -lo que en español solemos llamar cine catástrofe-, al plantear el choque de una estrella intergaláctica con nuestro planeta; su guion derrochaba inconsistencias pero sus efectos le valieron un Oscar honorario, aunque no el favor de la taquilla. Adaptando la celebérrima novela de H. G. Wells, la segunda cultivó fervientemente el modo invasor, con francas alusiones a la Guerra Fría. Al igual que su antecesora, obtuvo un Oscar por sus efectos visuales. A diferencia de su antecesora, fue el mayor éxito de su género en el 53. 


Paul, Jimi y Monterrey




Hoy, domingo 18 de junio, día del padre en la mayor parte del mundo, cumple años uno de los padres del rock: Paul McCartney.


Sería interminable, además de superflua, una enumeración de las maravillas que nos ha prodigado este sujeto. Pero es posible referir una anécdota que lo involucra y que, por coincidencia, cayó justo en la misma fecha de su natalicio, otro domingo de hace un largo medio siglo, mientras él soplaba 25 velitas a miles de kilómetros del suceso y preparaba con su banda una aparición televisiva de alcance mundial por conexión vía satélite (la primera de la historia), que se verificaría una semana después.


En la primavera boreal de 1967, John Phillips, líder de The Mamas & The Papas y gerente oficioso del folk-pop californiano, tuvo la feliz (?) iniciativa de organizar un festival internacional de rock, el primero jamás celebrado. Eligió montarlo entre el 16 y el 18 de junio en el condado de Monterrey (Monterey, en inglés), ocupando el predio que se usaba para un encuentro anual de jazz. Invitó a una cantidad de sus colegas y compatriotas: Simon & Garfunkel, The Byrds, Jefferson Airplane, Otis Redding, Booker T. & The MG's, Buffalo Springfield, Grateful Dead, Big Brother & The Holding Company -banda cuya fenomenal cantante, Janis Joplin, se iba a convertir en lo que llaman una revelación-. Seguidamente, el hombre procedió a convocar números "internacionales", empezando por el trompetista sudafricano Hugh Masekela y el maestro indio del sitar Ravi Shankar, gurú musical de George Harrison y de los Byrds. 


(Dejo debiendo por falta de espacio, y de interés, un comentario sobre los desiguales méritos de los intérpretes nombrados. Asimismo agrego que, mientras Phillips y sus socios preparaban su evento, la radio KFRC 610 les ganó de mano armando uno parecido, si bien tan solo "nacional" y más corto en duración y audiencia, siete días antes, en el no lejano condado de Marin). 


Primer afiche del Festival. Hendrix iba el viernes. Figuran varios actos que cancelaron



Solo faltaba adicionar al programa algunos actos británicos. Las dos bandas mayores del rock inglés, y mundial, Beatles y Rolling Stones, se sabían descartadas: los Beatles habían anunciado pocos meses atrás su retiro de las giras, y los Stones cursaban su etapa de seguidores acérrimos, digámoslo así, de los Fab Four, por lo que a su vez estaban rehuyendo los escenarios (los problemas de visas aludidos por varias fuentes solo atañen al hecho de que Jagger y Richards no pudiesen ir a jetear por la feria tal como sí lo hizo en cambio Brian Jones). De todas formas, Phillips se tiró el lance y telefoneó -o hizo que Derek Taylor telefoneara- a Paul McCartney, quien, no obstante confirmarle la previsible negativa, se interesó mucho en el festival y quiso aportar su granito de arena. Que se volvió contribución decisiva cuando encareció a su interlocutor que incluyese a The Jimi Hendrix Experience. De hecho, se anotó como colaborador del evento -cosa de alto interés publicitario para la organización- a condición de que Hendrix estuviera presente.


Paul sabía sobre Jimi desde hacía varios meses: había comentado con entusiasmo un "adelanto" de Purple Haze para Melody Maker  y venía completamente fascinado con él después de oírle tocar, en el Teatro Saville, un cover del tema Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, a solo tres días de salido a la venta el LP homónimo. El genial violero recién pisaba los ránkings británicos y en USA no lo conocían, pese a que era nativo de Seattle y se había mudado a Londres menos de un año antes. Pero en la tierra de Shakespeare su impacto empezaba a propagarse: ese mes de junio su álbum debut, Are You Experienced?, alcanzaba el segundo puesto de las listas; debajo, claro está, del arrasador Pepper.


The Jimi Hendrix Experience: Mitch Mitchell, Jimi y Noel Redding



Así pues, ya apalabrados los eternamente declinantes Animals de Eric Burdon, las últimas gestiones sumaron al Monterrey Pop, como se lo denominó, otros dos actos transatlánticos: The Who (posiblemente la tercera banda más importante del rock inglés pero apenas conocida en USA, adonde habían desembarcado un par de meses atrás para una módica gira neoyorquina) y el incierto guitarrista recomendado del beatle. 


Con ser un hipster del amor libre y la vida comunal y todo eso -y ya que estamos, también del abuso sexual incestuoso-, Phillips no lucía en su espesa barba un pelo de zonzo, de modo que reservó para sus Mamas & Papas el cierre del festival, pretendido clímax que haría preceder de uno de los incógnitos números británicos -The Who-, o bien de Johnny Rivers, los Impressions o Dionne Warwick. Era una apuesta bastante segura hasta que algunas cancelaciones obligaron a reprogramar a la Jimi Hendrix Experience, pasándola del viernes al domingo junto con Grateful Dead. 


La especulación de Papa John se tornó entonces errónea y desventurada, porque la ubicación penúltima, fatídica para él, recayó sobre Jimi. Ocurrió de un modo que Phillips no podía prever. En Londres, Hendrix rivalizaba con Pete Townshend y Keith Moon de los Who en punto a coronar sus shows "rompiendo todo". Townshend protestaba, no sin fundamento, que el otro le había robado la idea (propia del gusto mod por el arte autodestructivo que a la sazón conocía en Europa diversas expresiones). Por supuesto, la pica se prolongó en Monterrey. Obligados ahora a compartir escenario en la misma velada -al otro lado del Atlántico se evitaban cuidadosamente, pero los cambios de agenda les impidieron hacerlo aquí-, ambos violeros lanzaron una moneda para decidir quién tendría prioridad en el estropicio. El ganador fue Pete. De modo que ese último día, el domingo 18, los Who tocaron a la mitad de la noche e hicieron lo suyo. Al terminar con My Generation, que ya apuntaba para clásico, destrozaron instrumentos y amplificadores con furia inusitada. Como diciéndole al rival: "Superá eso, pibe".


Los Who terminando su set en Monterrey


Hendrix salió a tocar una hora y pico después, a continuación de Grateful Dead y significativamente presentado por Brian Jones, que se había costeado hasta California no solo para pavonearse con la Nico y concitar la devoción de los fans, sino también para bancar al amigo. Hoy, merced al diario de un lunes medio siglo posterior, sabemos que el concierto que siguió fue histórico. Alguien acuñó una frase que se hizo tópica (en esos años no se hacían virales); expresaba que había llegado al Festival un "rumor" y salido de él una leyenda. Jimi tocó la viola colgada sobre su espalda, pulsó las cuerdas con los dientes, mostró lascivamente la lengua unas mil veces, se revolvió y frotó contra los amplificadores. Para el bis, cambió la Stratocaster negra por otra que él mismo había pintado con esmalte de uñas y cuyo destino era ser "sacrificada", según dijo, en la ocasión. Tras asombrar a la audiencia con inauditos y cósmicos efectos de sonido salidos de su instrumento y pedales, metió un cover de Wild Thing, un rockito de unos chicos llamados The Troggs, en una versión metálica y pesada que, se podría decir, fundó por sí sola el hard-rock. Ahí rompió, naturalmente, su guitarra. Pero no sin antes sostener con ella una feroz simulación de coito, para luego prenderle fuego y arrodillarse a teledirigir el ascenso de las llamas, en actitud ritual de indio cherokee -su parcial ascendencia-, o andá a saber qué. Mediante algunos primeros planos de espectadores, la película del festival nos da una vislumbre del estupor entre perplejo y maravillado, como de pasmo y reverencia (voto al filósofo), con que el auditorio siguió la extraña ceremonia.


Obviamente, el genio musical de Hendrix no se agotaba en esa pirotecnia. Y su virtuosismo de ejecutante excedía con mucho sus malabarismos escénicos, la guitarra a la espalda, pulsar con los dientes o revolcarse en el suelo sin dejar de tocar. Tampoco es que su concierto de Monterrey constituyera un hito artístico singular en su carrera; tiene otros directos muy superiores, como el del 4 de julio de 1970 en Atlanta. Pero él fue, de entre todas las figuras que se presentaron allí, quien mejor supo combinar el impacto visual con el auditivo para sorprender y cautivar a la multitud en una forma que, la evidencia lo ha probado, resultó imperecedera. E inmediatamente remedada por todo exponente del mainstream que anduviera cerca.


Una de las fotos más famosas en la historia del rock.
La tomó Ed Caraeff, un chico de 17 años que concurrió al festival.


Otro día abundaré en todo lo que hacía diferente y único en su clase a este genial músico negro, cuya amplia superioridad los blancos no pudieron ningunear con la misma facilidad de otros casos: único competidor de respeto que conocieron los Beatles en sus épocas de psicodelia; creador del primer auténtico power trio y pionero del rock duro en todas sus variantes, pero asimismo de distintas formas de fusión del R&B con otros estilos; campeón en la política, típica de los sesenta, de "vivir rápida y peligrosamente, morir joven y dejar un bonito cadáver" (hablando de arte autodestructivo); arquetipo del guitarrista de rock, padre no solo espiritual, sino también formal, estilístico y actitudinal, si se me permite, de todo violero posterior; experimentador infatigable, alma inquieta no siempre remunerada con logros acordes a sus bravuras... 


A partir de su crucial aparición en Monterrey, el heterodoxo y multifacético Jimi conoció sus días de mayor gloria y también, al final de la década, algunos más sombríos. Después de tres legendarios álbumes de estudio y uno en vivo grabado la Nochevieja de 1969, el año 1970, último de su vida, lo encontró sumergido en una vorágine de actividad y de estrés. Disuelta la navideña Band Of Gypsys, grabó esporádicamente y emprendió una gira estadounidense con su nuevo trío, carente de nombre específico, para el cual recuperó al extraordinario Mitch Mitchell (el Elvin Jones del rock, acaso el batero más grande en la historia de esta música) y sumó al muy competente bajista Billy Cox; era la mejor banda que jamás había tenido. En julio pudo inaugurar su soñado estudio de grabación propio, Electric Lady, pero la apretada agenda de conciertos apenas si le dio tiempo a usufructuarlo. Luego voló a Europa donde el tour debía proseguir. Para sumar al fastidio y cansancio, su consumo de alcohol y de drogas no aflojaba y volvía azarosas sus presentaciones, las cuales fluctuaban entre soberbias -como la ya mencionada de Atlanta- y desastrosas -alguna en Nueva York, otras en Dinamarca o Alemania-. El 18 de septiembre lo mató una sobredosis de barbitúricos. Entonces nació el mito, hoy tal vez un poco disminuido, metódicamente sepultado bajo tantas devociones enlatadas, descafeinadas, que se han propuesto a las consecutivas generaciones con el correr de los años. El ninguneo supremacista nunca descansa.


Jimi en Woodstock, 1969


 

Pero volvamos a aquella consagración en Monterrey. Concluido el terremoto desatado allí por nuestro muchacho, The Mamas & The Papas vinieron a proveer el gran fin de fiesta que astutamente se habían adjudicado. Rebosantes de tedio, ofrecieron su rutina -nunca más adecuado un nombre-, que el público aplaudió rutinariamente y olvidó al instante. Pasemos por alto los gallos y voces desafinadas, inadmisibles en un grupo vocal, los arreglos mediocres, el ritmo inestable e inconsistente (amateurish, usan decir los yanquis) de su banda de apoyo, en comparación con los MG's, por ejemplo, o con la propia Experience de Jimi, que sí sabían tocar y tenían un groove granítico. Y tendamos un piadoso manto de indulgencia sobre la ominosa versión de Dancin' In The Street con que clausuraron su show y el Festival, cultivando con pericia inigualada el improbable arte de aniquilar cuanta gracia y swing pueda haber en una canción.


(El largometraje oficial del evento, estrenado en 1968 y dirigido por Donn Alan Pennebaker, encubre el débil finale de los Mamas & Papas, mostrándolos cantar California Dreamin' a poco de comenzar la película y haciéndolos volver mucho más tarde, tras el fragmento de Hendrix, para una versión pobrísima de Got A Feelin', en la que Mama Cass ataca la primera estrofa a destiempo y el baterista sigue tocando después del acorde final; esta secuencia se editó con planos de gente del público que aparenta gozar de sonidos sin duda procedentes de otra parte, porque dichas imágenes son diurnas y el show de Papa John y sus cómplices fue el último de la noche. Pero aun matizado por inconexas vistas de la audiencia, este pasaje es tan patéticamente endeble, desmorona a tal punto el clímax alcanzado con la explosiva presentación de Jimi, que para concluir el filme hubieron de recurrir al muy anterior set introspectivo, cuasilitúrgico, con que Ravi Shankar había inaugurado la jornada a media tarde, como forma de distraernos, supongo, del brusco descenso en intensidad y calidad).


The Mamas & The Papas



Según convienen los historiadores serios del rock, tan indisimulable fue el contraste entre los dos conciertos que esa misma noche, al tiempo que amanecía la leyenda de Hendrix -todo el mundo se fue a casa hablando de él-, los Mamas & Papas empezaron a preparar su lógico, inexcusable retiro, la justificada cesación de su sobrestimada carrera musical. 


Circunstancia que nos devuelve al viejo y querido Paul McCartney, a quien debemos la doble gracia de propiciar la merecida gloria del artista realmente visionario y, en el mismo acto, mediante el solo concurso de ese hado facilitador tan suyo, aligerarnos de las sobras. 


Los superhéroes siempre nos dan más de lo que les pedimos.









P. S.; Aquí, un enlace al vídeo completo, en HD, de Jimi haciendo Wild Thing. Incluye el discurso previo y el preludio de efectos. YouTube no ofrece ninguno que tenga una calidad decente, muestre la secuencia íntegra y/o se halle libre de adulteraciones.


Double Indemnity. El nacimiento del cine negro



El 3 de junio de 1944, hace casi ochenta años, se estrenaba en Estados Unidos la película considerada piedra angular del llamado film noir. Me justifico en el aniversario, como acostumbro hacer, para escribir sobre este clásico mayor del cine y sobre la novela que lo inspiró.




I


Al hablar de novela policial, suele hacerse necesario depurar su concepto de abstracciones y simplificaciones. Oímos decir que es el género que más gusta a todo el mundo, sin aclarar que la etiqueta policial dista de referirse a un género específico, uniforme, de contornos claramente delineados; o bien, inversamente, que usamos el nombre común policial para englobar narraciones muy dispares en temática y estilo. Y que las diferencias básicas, estructurales, entre la novela policial clásica y la novela negra (tal como las examina y expone Ricardo Piglia, cuyo abordaje "literario" resulta más fructífero, a mi entender, que el "semiológico" de un Todorov) son también divisorias de aguas en cuanto a las preferencias del público. Sobre todo en lo atinente al manejo del misterio


Aun dentro del más puro e idiosincrásico policial estadounidense, conocido como hard boiled o detective thriller, y cuyo tardío nombre internacional le fue dado por una popular colección de libros de bolsillo franceses: Série Noire, nunca se ha logrado un pleno consenso a la hora de determinar sus rasgos distintivos. Sin duda, la definición fundamental de Raymond Chandler en su imprescindible ensayo El Simple Arte de Matar sigue siendo válida para empezar: es la novela del "mundo profesional del crimen". Esto equivale a decir que no es aquella novela artificiosa, de complejos enigmas, que escribe sobre asesinatos perpetrados entre aristócratas, de modo casi deportivo y en ambientes elegantes, puestos bajo la sagaz lupa de un detective que puede ser, por principio, cualquier personaje que se acredite como cultor idóneo de la lógica deductiva: un caballero ocioso, un sacerdote, hasta un presidiario... O sea, de preferencia, un investigador no profesional (como el Chevalier Auguste Dupin en los germinales cuentos de ratiocination escritos desde 1841 por el creador del género, Edgar Allan Poe), aun cuando, en su evolución, la necesidad de verosimilitud de esta policial "de misterio" le exigiera introducir detectives de carrera, fogueados en el oficio, como Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Philo Vance, etcétera. 


Ahora bien, una vez decidido lo que la novela negra no es, asistimos a serias discrepancias entre los entendidos en lo que concierne a su delimitación positiva. Historias sobre "el mundo profesional del crimen", son, por caso, las de gánsteres, las cuales, aun superponiéndose en diversos grados con el policial negro, difieren en varios aspectos de él. Por otro lado, algunos eruditos nos dicen que será noir  si y solo si viene narrada desde el punto de vista del criminal, requisito que una mayoría de lectores no suscribirá, y cuya aceptación reduciría el género a una expresión mínima, cuando no marginal, que directamente excluiría de su territorio a su personaje más representativo, el detective. 


Con todo, cuando la novela negra se traspuso al cine, la primaria expresión del correspondiente film noir -que entonces, por supuesto, no usaba todavía ese nombre- se constituyó en torno a una historia protagonizada por criminales, no por detectives. 


(A la posible objeción de que el cine negro existía por lo menos desde 1941, año en que John Huston estrenó su versión de El Halcón Maltés, responderé que, aun siendo indudable precursora del género en cuanto a pulso narrativo, realismo o semblanza de personajes -todo ello proveniente de la novela homónima, seguida con rigurosa literalidad-, y, pese a ciertos notables detalles de factura, sobre todo ángulos de toma y movimientos de cámara, la película de Huston está todavía demasiado impregnada de una imagen o estética "gansteril" como para considerarla propiamente negra. Juzgo a Double Indemnity la expresión inaugural del film noir por la sencilla razón de que los elementos visuales definitivos del género -de los que trataré más adelante- no aparecen en ninguna película policial anterior).






II


Amén de Dashiell Hammett y de Chandler, que tienden a igualar el temperamento y modus operandi de criminales y detectives haciendo del mundo del hampa una vasta y pareja comunidad en la que a menudo se hace impracticable discernir quién es quién (si bien Hammett deja abierta una hendija por la cual podría colarse una común redención en cierto plano de reforma social, al tiempo que el detective Philip Marlowe de Chandler levanta aquí o allá, desde el fondo de su infatigable cinismo, algún aislado impulso moral, no muy conducente en el ámbito donde ha de ejercerse), la lógica inherente al relato negro nos lleva a posar la lupa sobre James Mallahan Cain, en virtud de lo que uno podría llamar su fascinación por el crimen. Típica de sus novelas mayores es la escasa gravitación del detective, o más bien el foco centrado en la nota trágica del criminal que afronta las consecuencias de sus actos en soledad, a veces hasta rumiando cierto pathos especulativo à la Dostoievsky. Porque la clave de sus historias, lo que las distingue de las de otros maestros del género, es que suelen estar narradas desde la posición del malhechor. Sus protagonistas son por lo común los delincuentes, no los investigadores: así sucede en El Cartero [Siempre] Llama Dos Veces y en Double Indemnity. (La heroína de Mildred Pierce, en cambio, no es la autora del crimen sino una encubridora que, por naturales móviles afectivos, intenta además colgarle el asesinato a un tercero). Se podrá aducir que las novelas de William Burnett también adoptan la perspectiva del malhechor, convirtiéndolo parejamente en protagonista. Pero Burnett preserva cierta distancia afectiva al ofrecer una narración en tercera persona, mientras que Cain hace del propio criminal el narrador de la historia. Además, los delincuentes de Burnett siempre están, en mayor o menor grado, profesionalizados, y suelen integrar bandas armadas. De hecho, son frecuentes en sus novelas los conflictos entre diestros veteranos y novatos puestos a trabajar en equipo, tal como ocurre en El Último Refugio (High Sierra) y en La Jungla de Asfalto, o las disputas entre jefes y segundones que derivan en pugnas de poder, como en Pequeño César, que narra el ascenso al liderazgo por parte de un hampón que comienza perteneciendo a una jerarquía inferior. 


En contraste con este auténtico mundo profesional del crimen, lo peculiar a los antihéroes de Cain es su carácter de personas ordinarias y más o menos "decentes", repentinamente aguijoneadas por un impulso o tentación, por alguna urgencia pasional, incluso por el mero hastío de su vida pequeña, prudente, maquinal y sin horizontes, por esa mezcla de tedio, fracaso y decepción a que los ha arrojado el progreso natural del American Dream. En buena medida, a los criminales de Cain, como al ladrón del refrán, los hace la ocasión. De ellos tenemos, a diferencia de lo que ocurre con los personajes de Burnett, la certeza de que el crimen que han de perpetrar para nosotros será el primero de sus vidas o al menos el primero de verdadera importancia, y de que han llegado hasta aquí sin conocer problemas mayúsculos con la ley: aun el protagonista narrador de El Cartero Llama Dos Veces, un paria con antecedentes por vagancia y agresión, jamás se había aproximado a la condición de homicida. (La excepción a esta regla viene dada por la Phyllis de Double Indemnity, único personaje a quien se le malicia un asesinato anterior). 


Raymond Chandler y James Cain


Un problema que plantean estos antihéroes es que no parecen encajar para nada en la "preceptiva del héroe", permítaseme llamarla así, que propone Chandler en los párrafos finales de El Simple Arte de Matar, ni alimentar la "cualidad de redención" que él postula "en todo lo que se pueda llamar arte". No obstante, por su nota de contracara al héroe chandleriano -encarnado forzosamente en el detective, en su concurrencia de atributos "normales" y extraordinarios-, la variante del antihéroe cainiano coincide con su aparente contraria en un suelo común: el del hombre o mujer "normal" que sin embargo no es "corriente". [1] Lo que hermana a ambos tipos es el componente romántico en sentido propio. Chandler idealiza por demás a su detective modélico: no me atrevería a decir que Philip Marlowe sea todo lo probo y encomiable que su autor pretende. Pero sé perfectamente que no lo son en absoluto Sam Spade ni el Continental Op, los detectives fundacionales ideados por Hammett, a quien Chandler tanto admira. Es que, acaso por legado del héroe romántico byroniano que le sirve de modelo o de reminiscencia, al detective negro, que tan frecuente y cercano trato tiene con policías, bartenders, confidentes y pupilas de burdeles, le conviene y tonifica un poco de maldad, unos antecedentes turbios, alguna antigua traición propia o ajena nunca superada, un amor naufragado, imborrables heridas de afrentas y atropellos a veces desquitados, con tan escaso orgullo como vergüenza, sobre terceros más débiles. El héroe romántico típico no es sencillamente reductible al caballero andante de impecable honradez, coraje y bondad, a un iluso o ingenuo perseguidor de ideales justicieros (cualidades que heredará el convencional romanticismo del cowboy), sin perjuicio de que su locura lo lleve, usualmente, a inmolarse por quimeras. Su atributo característico es la oscuridad. Es antisocial, soberbio, prepotente, arrebatado. Reúne en sí todos los rasgos que la psiquiatría adscribe al psicópata. No conserva más que algunas pinceladas del caballero gótico, y, en comparación con él, es la persona más "normal" del mundo. Sin embargo, lo distingue de la normalidad corriente su aptitud, su facilidad, para devenir criminal. El héroe romántico es en esencia un espíritu lo bastante grande como para perpetrar un pecado colosal; pertenece a esa casta de almas no atrofiadas por la civilización burguesa, capaces de crímenes grandiosos, que ponderaba el Julian Sorel de Stendhal. 


El detective negro ha de tener algo, o mucho, de eso. Así lo prueban y ejemplifican los detectives de Hammett: en Cosecha Roja, el Agente de la Continental se embarca en una limpieza -léase matanza de criminales- de Personville, por las suyas, aun desacatando expresas órdenes de sus superiores; el Sam Spade de El Halcón Maltés, en tanto, se acuesta con la esposa de su socio Miles Archer y, pese a saber que su posición lo obliga a resolver el asesinato de este socio y vengarlo cumplidamente, en el fondo siente que el tipo no valía gran cosa, asegura que "no le caía bien" y reconoce haber pensado siempre que "si Miles la palmaba un día, tendríamos más probabilidades de prosperar". Ese tono de oscuridad, de proximidad con el crimen, que impondrá a este dudoso héroe la necesidad de un rasgo diferencial (un signo de distancia moral respecto del submundo al que vive expuesto: la honestidad que destaca Ricardo Piglia [2], el imperativo ético circunscripto a una relación acotada y explícita con el dinero y la consecutiva lealtad al cliente); ese punto resbaladizo de potencial criminalidad a veces laboriosamente eludida, es lo que al fin y al cabo empareja al detective del noir con el descarriado que cae en el crimen, a buen seguro predispuesto por el hartazgo de sobrellevar una vida pequeño burguesa tan lícita y "digna" como frustrada y desencantada. Volvemos, pues, al antihéroe de James M. Cain. 


Cain y la aparición de Double Indemnity en Liberty, el 15 de febrero de 1936


A menudo, los relatos de este autor encuentran su inspiración en hechos reales: Double Indemnity (literalmente: Doble Indemnización)  surgió de una crónica policial que los diarios prodigaron a fines de los años veinte y cuyos protagonistas, una pareja de amantes que habían asesinado al esposo de ella esperando cobrar el seguro de vida, fueron condenados a muerte. El caso pasó a la historia por haber propiciado la primera fotografía periodística existente -obviamente tomada en forma subrepticia- de una ejecución en la silla eléctrica. Cain adaptó, o estilizó, los sucesos que los periódicos referían, cambiando algunas circunstancias factuales; en particular, unificando al amante con el vendedor de seguros y trazando su extravío después de lustros de trabajo honrado. Pero sobre todo les imaginó pormenores de índole emocional, prestados en esencia por el clásico principio aristotélico de la catarsis, la purificación de las pasiones humanas mediante la compasión y el temor. Ante todo, en punto a explorar la creciente angustia de los conjurados, sus disputas y diferencias, conforme advertían o presentían que la investigación se cerraba progresivamente sobre ellos. Inventó, no obstante, un desenlace distinto, de superior coeficiente trágico [*], al del hecho real: después de vastos recelos mutuos y de recíprocos planes de homicidio, llevados a tentativa casi consumada por una de las partes, los amantes se suicidaban conjuntamente, un poco al modo de Thérèse Raquin (aunque sin la rumiación naturalista y sin la brutal escenificación ante la madre incapacitada de su occiso; pero sí involucrando en las secuelas a la hija, una amable joven de la que el asesino se prenda con un sentimiento de "dulce placidez" que lo aleja de la "excitación malsana" por su impura amante). La novella resultante, que comparte varias líneas argumentales con su predecesora El Cartero Llama Dos veces, fue publicada inicialmente por la revista Liberty, en ocho entregas, desde febrero de 1936. 


[*] Este coeficiente trágico, en un sentido moderno, "shakespeariano" si se quiere, consistiría en que el protagonista resuelve su conflicto de conciencia y deja de rehuir su destino para aceptarlo y afirmarse en él.





III


Al igual que otras obras mayores de Cain, como El Cartero..., Mildred Pierce o Serenade, Double Indemnity originó una película homónima (en España titulada Perdición y en la América hispanohablante Pacto de Sangre), que es el tema de estos párrafos. Dirigida por Billy Wilder, tuvo a Fred MacMurray y Barbara Stanwyck en los roles respectivos de Walter Neff y Phyllis Dietrichson -la pareja de homicidas-, secundados por Edward G. Robinson como Barton Keyes, amigo de Walter y  detective de la compañía de seguros, que viene a complicarles la vida. La fotografía fue de John F Seitz y la música de Miklós Rózsa; ambos habían colaborado con Wilder en su trabajo anterior, Five Graves To Cairo.


Billy Wilder dirigiendo a Barbara Stanwyck


La historia de este film es interesante por ilustrar de un modo bastante elocuente ciertas peculiaridades del policial negro como tal y también de la sociedad en que surge y de la que se nutre. Hollywood había querido comprar desde hacía tiempo los derechos de la novela, pero se había topado con los reparos del Código de Producción -también conocido por el nombre de su gestor, Código Hays-, instructivo de censura previa autoinferido por los estudios, cuyo celoso guardián, un sujeto de apellido Breen, había asegurado, tras la lectura de una primera sinopsis argumental, que jamás dejaría pasar una película de esa trama y con esos personajes. El censor impugnaba, entre otras cosas, el "tono bajo" y "sabor sórdido" de la historia, que podían "endurecer al público, en especial al más joven e impresionable, con respecto a la idea y el hecho del crimen". 


Cuando Billy Wilder conoció la novela por una reedición de 1943 y quiso intentar su versión cinematográfica, la obtención de la venia para el consiguiente proyecto tropezó nuevamente con aquellas objeciones, concretadas en dos o tres nudos de intransigencia. Por contar la historia desde la óptica subjetiva de los adúlteros/asesinos y en consecuencia erigirlos, ambiguamente o no, casi en héroes trágicos, la trama quebrantaba el punto del código que establecía la tajante prohibición de fomentar o favorecer cualquier forma de simpatía del público por los criminales, sus móviles o procedimientos. Con el suicidio final de los malhechores se violaban dos reglas a la vez. Una era aquella por la cual los criminales nunca debían eludir su justo castigo (o sea que, si el justo castigo era la muerte, los criminales no tenían derecho a procurársela por su cuenta). La otra, una más genérica norma que vedaba el suicidio en sí mismo por considerarlo inmoral y aun delictivo. El hecho de que el relato escrito se hubiera permitido tales licencias carecía de importancia. No era lo mismo un libro que una película, la censura previa editorial no era incumbencia del Código de Producción cinematográfica y, por otro lado, desde 1915 la Suprema Corte había decretado que los filmes, a diferencia de los libros, no estaban protegidos por la Primera Enmienda.


Secuencia de la cámara de gas


Así que los guionistas, a saber, el propio Wilder y Raymond Chandler, prestigiosa pluma del hard-boiled, empezaron por retroceder desde el desenlace de Cain hasta la condena a muerte en que había culminado el caso real. Billy llegó a filmar la ejecución del protagonista en una cámara de gas, industriosamente reproducida sobre el modelo de la de San Quintín, una de las secuencias más costosas del rodaje y cuyo footage se ha perdido, aunque se conservan todavía algunas fotos tomadas en la ocasión. De lo antedicho el lector adivinará que este dénouement -que ni al censor Breen satisfacía, por "demasiado espantoso"- fue suprimido a favor de otro, mucho más eficaz, sustentado en el diálogo final entre Walter y su amigo Keyes.


Raymond y Billy


La contribución de Chandler, a despecho de los problemas personales que la matizaron, fue crucial para que la transcripción de novela a guion remontara el vuelo que convirtió al film en un clásico. Por ejemplo, fue Chandler quien advirtió que los diálogos originales de Cain, que Wilder quería trasponer sin variaciones, no funcionarían en la pantalla. Billy hizo una prueba con actores para comprobarlo y descubrió que su borracho y poco amigable socio tenía razón. Fue Chandler quien tuvo la ocurrencia de la confesión que el protagonista graba en el dictáfono de su oficina en la agencia, dirigido a su compañero Keyes, y del sagaz flashback y narración en off que esta maniobra introduce. Fue Chandler, por último, quien hizo el "trabajo de campo" -en sitios como el supermercado donde la pareja asesina se reúne en secreto a maquinar-, que permitió diseñar escenarios y planear movimientos sumamente detallados y realistas. 




Del resto se encargarían, desde luego, la mano y ojo magistrales del realizador. Comenzando, tal como adelanté, por el hallazgo de un mejor desenlace: tras el diálogo postrero entre Walter y su amigo detective, Billy comprendió que la cámara de gas, resolución que nunca lo había convencido, estropearía además el sentido de clímax creado por aquella conversación, así que solo se atuvo a la variante del previo "ataque mutuo", por el que los atribulados amantes se disparan el uno a la otra bajo recíprocas sospechas de traición. En el relato de Cain, Phyllis se adelantaba al plan homicida de Walter y le disparaba, como en el filme, hiriéndolo pero sin matarlo; más tarde, según he referido, ambos decidían suicidarse juntos. En la película, Walter responde asesinándola, para luego ir debilitándose por el disparo de ella que lo desangra. El final elegido por Wilder suprime la secuencia de la cámara de gas, si bien mantiene la posibilidad de que, al igual que en la novela, Walter sane de la herida: nos lo muestra caído junto a la puerta de la aseguradora tras su intento de fuga, mientras Keyes, que ha llamado a una ambulancia, admite no haber podido descubrir la culpa de su amigo a causa de la "cercanía" entre ambos. Walter llega incluso a retrucar "Yo también te quiero". Es decir que, o bien nuestro doble homicida morirá antes de ser asistido, o se salvará para que nada impida ejecutarlo... 




(Nunca lo he confirmado, pero sospecho que fue Chandler, de nuevo, quien aportó un notable elemento de redención [1] que faltaba al relato de origen. Hablo de la vacilación de Phyllis cuando tiene a Walter herido y de golpe se descubre incapaz de rematarlo, debido a los impensados sentimientos que ha desarrollado por él. Esta súbita renuencia de Phyllis a ultimar al hombre que se ha vuelto su enemigo mortal parece concebida por el autor de El Largo Adiós, tal vez, para identificar en Walter, que a su turno no duda en apretar el concluyente gatillo, al más despiadado villano de esta historia. Como para desmentirle cualquier pose de rectitud descaminada por los serpentinos encantos de la femme fatale. Dato que la novela oscurece, en congruencia con el estilo de "falso ingenuo" que Chandler imputaba a Cain, por la inacción de Walter contra la mujer y por la salida del suicidio conjunto, carente además de toda cualidad redentora en términos chandlerianos). 


Otro mérito del director pasó por la elección del elenco. Es cierto que de entrada pensó, para el rol del réprobo Walter, en duros como James Cagney, Spencer Tracy y otros, quienes sin excepción rehusaron interpretar a un homicida tan antipático. Ni el decaído George Raft quiso arriesgarse, tomando así otra de sus proverbiales decisiones erróneas en materia de aceptación de roles. La generalizada negativa indujo en Wilder un giro audaz, o desesperado, hacia Fred MacMurray, que hasta entonces se había especializado en comedias románticas y nunca había hecho nada ni remotamente comparable con la crudeza y miseria que este guion le pedía. MacMurray no objetó la índole moral del personaje, aunque sí su propia aptitud para encarnarlo: no se consideraba a sí mismo un verdadero actor y creía que Billy estaba cometiendo la equivocación más grande de su carrera. Apenas menos aventurada fue la convocatoria a Barbara Stanwyck, habitual heroína de historias amorosas, ocasionalmente "traviesa" pero jamás asesina ni traidora. La sola diferencia es que Stanwyck estaba mucho más curtida que su compañero en roles dramáticos, serios, y por tal motivo había sido la opción principal desde el inicio. Estas decisiones de casting, con lo sorprendentes que pudieran resultar (o no tanto: la pareja protagónica estaba integrada por las dos estrellas mejor pagas del momento), proveyeron la fisonomía y actitud más adecuadas a los sufridos villanos de la trama, en perfecta consonancia con las personas ideadas por Cain: seres de apariencia corriente, adaptados al sistema, insospechables de cualquier vocación criminal. Billy completó el elenco convocando, para representar al incorruptible sabueso de la agencia de seguros, al gran Edward G. Robinson, actor sin embargo largamente avezado a los papeles de matón...


Hay, además, los incontables logros de ambientación, cámara y luces. El trabajo de John F. Seitz, fotógrafo top de la Paramount a quien Wilder estimaba por su osadía y constante ánimo de experimentar desde su previo trabajo conjunto en Five Graves To Cairo, sentó las bases estéticas para el desarrollo posterior del género. Seitz produjo una imagen deliberadamente "tenebrosa" y expresionista, inspirada en la iluminación de Gregg Toland para Citizen Kane [3], sobre todo en sus fuertes contrastes y volúmenes de sombras; en el frecuente pasaje, incluso dentro de una misma escena, de luces a tinieblas, con la correlativa sugerencia de un espacio recargado, difuso, como habitado de cosas y seres indisociables de su oscuro reverso, dominados por esa mal conocida contracara e incapaces de evitar el salto recurrente hacia ella. Este efecto global fue aderezado con diversos toques de genio, como las sombras de cortinas venecianas, evocadoras de rejas carcelarias, proyectadas sobre la figura de Walter; o el ambiente sucio, polvoriento y turbio, que Billy y Seitz obtuvieron rociando cenizas y partículas de aluminio en algunos decorados antes de las tomas, a fin de enrarecer ciertas escenas, por ejemplo encuentros íntimos de Phyllis y Walter, con una marca extra de impureza y de ruina. 




Vuelvo, para concluir, al problema de la mirada sobre los personajes, de aquella empatía expresamente excluida por el Código Hays. Exacerbando el realismo meticuloso y el factor pasional (que ya en la novela creaban natural dramatismo y la consecuente inclinación "catártica") mediante un superlativo, portentoso sentido del suspenso, el film consiguió despertar en sus espectadores un monto de compasión y temor por la pareja homicida que ni el propio Cain hubiera soñado -ni los censores habrían podido prever con base en la mera lectura del guion-. Una escena particular lo ilustra: cuando Phyllis y Walter se disponen a huir de la escena del crimen, fraguado para parecer un accidente, el automóvil de ella, estacionado peligrosamente cerca del sitio donde yace el cadáver (o sea, donde por nada del mundo debería estar), se empaca y no arranca. Stanwyck y MacMurray reflejan la angustia de esos instantes, en que el coche parece averiado, con tan certera expresión, la imagen y música [4] los acompañan con tan sobria puntualidad, que el breve sobresalto, cuya gracia estriba en la ansiedad que nos produce ver peligrar a los asesinos, se ha erigido en una de las más memorables y paradigmáticas escenas de suspenso en la historia del cine, imitada hasta la náusea desde entonces. Su inspiración surgió íntegramente de Wilder. De hecho, ni siquiera constaba en el guion y nació del puro azar: habiendo cerrado la jornada de trabajo con el rodaje de esa misma secuencia, el coche del propio Billy se puso remolón y tardó mucho en encender, circunstancia que le dio la idea de reformular la parte de la huida, haciendo esta vez que los personajes se llevaran ese susto accesorio.




Siguiendo así a la novela más en sus latentes desafíos que en este o aquel pormenor de su fábula; suprimiendo, en observancia expresa a los mandatos del código censor, las partes explícitamente cuestionables, pero preservando todo elemento dramático, emocional y de suspenso capaz de alimentar una involuntaria, y por eso mismo más intensa, empatía de la audiencia con los protagonistas, la película se salió con la suya en un rubro donde pocos lograban eludir la censura imperante; ignorando, o mejor dicho quebrando, uno de sus imperativos más inflexibles, de una manera sutil e indirecta pero rotunda. Ese núcleo de catarsis es el factor dramático fundamental -que Wilder debió de presentir cuando descubrió a su secretaria devorándose el libro a escondidas-, un núcleo de universalidad trágica que excede cualquier interés inmanente a la historia policial, cualquier obvia reprobación de los personajes y de sus actos. Y que, por incidir en esa zona ignota y siniestra de nuestra alma (su revés de tinieblas) que puede identificarse con los asesinos, allana el camino a cuestionamientos de otro tipo y seriedad sobre las condiciones anímicas, socioculturales, económicas, capaces de producir las frustraciones y anhelos que mueven al crimen. Quizá sea esa tácita potencia subversiva la que ha encaramado al film a una gloria imperecedera, aun mayor, si debe decirse, a la del relato que lo inspiró: el propio Cain declaró que la puesta en pantalla de su novela contenía "cosas que él habría deseado escribir", y que el final imaginado por Wilder y Chandler había superado al suyo. 


No es casual que se haya convenido en ver a Double Indemnity como un primigenio triunfo de la libertad artística en el cine frente a la censura que llevaba ya una década atenazándola. Ni que fuese el inmenso Billy Wilder, judío polaco emigrado de la persecución nazi, miembro del Comité Por La Primera Enmienda en los albores del macartismo, incansable y crítico expositor de deficiencias sociales y miserias humanas (en Ace In The Hole, Sunset Boulevard, The Apartment, Stalag 17, The Fortune Cookie y cuántas otras), quien estableciera ese hito. También.








IV


Por consentirme un toque de frivolidad, cierro las presentes líneas apuntando algunos ejemplos de lo que se suele llamar trivia. Menciono al pasar la aparatosa peluca rubia de Barbara Stanwyck, usada a insistencia de Wilder con el aparente objeto de acentuar la falsedad de su Phyllis Dietrichson, y destaco en cambio el muy relevante octavo puesto que este personaje sostiene hasta el día de hoy entre los villanos más grandes de la historia del cine según el American Film Institute. 


Pero quiero detenerme en otros dos casos.


Uno tiene que ver con el coguionista y maestro de la novela negra, Raymond Chandler. No habrá sido constante su famosa discordia con Wilder, pues allá por los dieciséis minutos del film lo vemos hacer un brevísimo cameo: sentado en un corredor, levanta la vista de algo que lee cuando el personaje de MacMurray pasa por delante de él tras abandonar la oficina de su compañero en la agencia de seguros. No existiendo ningún otro registro fílmico de Chandler, a excepción de un único y corto fragmento casero, esos tres o cuatro segundos de aparición suya en un clásico cinematográfico cobran un valor documental de primer orden.


El cameo de Chandler


(A propósito de discordias entre escritores, Double Indemnity ocasionó una momentánea ruptura entre Billy Wilder y su coguionista y productor habitual, Charles Brackett, quien, no compartiendo en absoluto el entusiasmo de su socio por la escabrosa historia, se negó a participar del proyecto. Y pese a que después de este trabajo el brillante dúo volvió a reunirse -para ganar, incluso, una pila de Oscars al año siguiente-, no puede descartarse que esta originaria desavenencia haya influido de algún modo en la separación definitiva de 1951, al parecer decidida por Wilder a poco de terminar Sunset Boulevard, última cumbre de la colaboración entre ambos).




La otra trivialidad viene contenida en una magnífica escena de suspenso que espero saber describir: cometido ya el crimen y habiendo ido muy bien una entrevista de Phyllis en la compañía de seguros, Walter, más tranquilo, accede a recibir a la mujer, que lo ha llamado a su piso desde un teléfono cercano, no sin encarecerle que sea cuidadosa y evite que la vean, pues ambos deben seguir aparentando no tener ninguna relación. Pero en cuanto Walter cuelga el teléfono suena el timbre en su puerta: es su compañero Keyes, que viene a participarle su repentina sospecha de que el caso no es un accidente sino un homicidio. Mientras el hombre, en la sala, expone sus argumentos ante la atareada cara de póker de su anfitrión, Phyllis sale del ascensor y se acerca al departamento. Por fortuna, oye la voz de Keyes justo antes de tocar el timbre. Por desgracia, oye que Keyes se está retirando y apenas atina a ocultarse tras la puerta que en ese preciso momento se abre hacia el pasillo. El visitante sale primero y se dirige al ascensor. Walter se para junto a la puerta abierta, que Phyllis mueve levemente para hacerle saber que está escondida detrás. Pasan unos instantes en los que Keyes hace su número habitual de no encontrar fósforos para su cigarro y Walter, tal vez al borde de un colapso nervioso, debe encendérselo. Phyllis aguarda inmóvil en su escondite. Finalmente, Keyes se marcha sin descubrirla. El suspenso y tensión de la escena son tan perfectos que difícilmente reparemos en que la puerta del departamento se ha abierto... hacia el pasillo. Huelga aclarar que toda puerta de toda vivienda se abre hacia el interior. No se trata de mera usanza o de gusto arquitectónico: así lo exigen, y lo exigían entonces,  los códigos de construcción. Sin duda, Wilder sabría perfectamente que las puertas de las casas no abren hacia afuera. Se ve, no obstante, que el desliz le importó un comino. 


Lo mismo que a nosotros.








Notas:
 
[1] "En todo lo que se puede llamar arte hay un elemento de redención [a quality of redemption]. Puede ser pura tragedia si se trata de una tragedia clásica, puede ser compasión e ironía, y puede ser la risa ronca del hombre fuerte. Pero por estas malas calles tiene que andar un hombre que no sea malo, que no esté corrompido ni tenga miedo. El detective en este tipo de historias debe ser un hombre así (...) Tiene que ser un hombre de una pieza y un hombre normal, aunque no un hombre corriente [a common man and yet an unusual man]."  (RAYMOND CHANDLER, The Simple Art Of Murder. Ensayo publicado primeramente -1944- en Atlantic Monthly, integraría luego el homónimo libro de relatos editado en 1950 por Houghton Mifflin Co., y desde 1988 por Penguin Random House. La filial española de esta casa publicó en 2014 la traducción castellana, El Simple Arte de Matar). 

[2] "Por otro lado, ese hombre que representa a la ley sólo está motivado por el dinero: el detective es un profesional, alguien que hace su trabajo y recibe un sueldo (mientras que en la novela clásica el detective es generalmente un aficionado, a menudo, como en Poe, un aristócrata, que se ofrece desinteresadamente a descifrar el enigma). Curiosamente es en esta relación explícita con el dinero (los 25 dólares diarios de Marlowe) donde se afirma la moral". "Si la novela policial clásica se organiza a partir del fetiche de la inteligencia pura, y valora, sobre todo, la omnipotencia del pensamiento y la lógica abstracta pero imbatible de los personajes encargados de proteger la vida burguesa, en los relatos de la serie negra esa función se transforma y el valor ideal pasa a ser la honestidad, la “decencia”, la incorruptibilidad. Por lo demás se trata de una honestidad ligada exclusivamente a cuestiones de dinero. El detective no vacila en ser despiadado y brutal, pero su código moral es invariable en un solo punto: nadie podrá corromperlo."  (RICARDO PIGLIA, prólogo a Cuentos de la Serie Negra, Centro Editor de América Latina, Bs. As., 1979).

[3] Intentaré aclarar esto, contra los muchos eruditos que charlotean sobre las "raíces" de Wilder en el Berlín de los años 20, y la consiguiente impronta del "expresionismo alemán de Fritz Lang y de Murnau". He indicado ya por cuáles vías llegó a este filme dicha influencia. De otro lado, sería realmente extraño que Billy reavivase aquí alguna antigua huella expresionista cuando, en sus tempranos días berlineses, él integró el movimiento de la Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad, o "nuevo atenerse a los hechos"), que precisamente recusaba del expresionismo su individualismo cerril, su romántico idealismo, su falta de racionalidad y sentido práctico. Adherido a esta corriente, caída en desgracia junto con la República de Weimar en 1933, Wilder trabajó con otros colegas luego exiliados a Hollywood, como Robert Siodmak, Edgar G. Ulmer y Fred Zinnemann, y colaboró con ellos en una de las películas mejor conocidas del movimiento: Menschen am Sonntag (Gente en Domingo), de 1930, un film "sin actores", realizado en un estilo que oscilaba entre relato coral y documentalismo.

[4] El compositor Miklós Rózsa siguió las directrices generales de Wilder acerca de un "insistente trémolo de cuerdas" como el que abre la Sinfonía Inconclusa de Schubert -obra que asimismo se oye incidentalmente en el film-, para reflejar la zozobra y agonía de los personajes en relación al asesinato y a sus secuelas. El músico, conocido hasta entonces por sus partituras coloridas y melodiosas, como El Ladrón de Bagdad, ensayó aquí un sonido más sombrío, denso, disonante, que también hizo escuela en el film noir -género al cual él mismo aportaría otras composiciones: The Killers, Naked CityThe Asphalt Jungle-. Rózsa alternó una fecunda carrera en el cine con obras de concierto "puro", ganó algunos Oscars y trabajó con grandes directores, como Hitchcock, Cukor y Huston. Su partitura más célebre es probablemente la que escribió para Ben-Hur (1959), de William Wyler.



Bootsy

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