Vértigo, de Alfred Hitchcock. El encuentro con el vacío.

 



Los demoradísimos resultados de la última encuesta de Sight & Sound sobre las películas "más grandes de la historia", publicados poco antes de servir el pavo navideño de 2022, arrojaron la ingrata novedad de que Vértigo, obra maestra de Alfred Hitchcock, ha perdido el cetro que conquistara en 2012. Según toda evidencia, se la cargó el aluvión de progresismo testimonial que dominó la votación.


Aclaro, por si las moscas, que admiro mucho a Chantal Akerman y que tengo a su Jeanne Dielman por una pieza magistral (de hecho, en vista de su nuevo estatus, me propongo dedicarle algunos párrafos próximamente). Pero no dejo de preguntarme si la incuestionable excelencia de esta película habría bastado para catapultarla al primer puesto sin el concurrente envión de una agenda cuyos mandamientos exceden largamente cualquier juicio artístico. Peor aún: no puedo dejar de sospechar la respuesta.


En todo caso, volviendo a Vértigo, las líneas siguientes, que debieron ser de homenaje, serán más bien de reivindicación. A los ojos de una cinefilia auténtica y no inficionada de criterios tangenciales, Vértigo conserva la majestad y esplendor que la constituyeron en la única película capaz de destronar, después de medio siglo de reinado inexpugnable, a Citizen Kane, nada menos. Cómo no consagrarle, por tanto, una merecida apología, a despecho de lo peliagudo que pueda resultar escribir sobre obra tan compleja y vasta, de tan diversos y no excluyentes niveles de análisis, en la cual casi cada secuencia parece demandar su monografía particular.


Mencionaré brevemente, para pasarlo rápido, un punto sobrestimado por audiencias medianas y despistadas: el referido a los presuntos problemas de verosimilitud (plausibilidad, en tilingués), de que adolecerían distintos hechos y circunstancias de la trama. Esas objeciones solo pueden sostenerse ignorando el carácter onírico, casi alucinatorio, que envuelve la película desde el inicio, su escarbar en un hueso desconocido de lo real, incluso sus estridentes alusiones a la compulsión de repetición freudiana (que también es modelo de lo improbable y sin embargo). Supuesto que concediéramos alguna entidad a tales fallas -complementadas, para decirlo todo, por errores de continuidad a veces muy notorios-, no podríamos menos que asimilarlas a aquellas "inestabilidades de estructura" debidas a "la excitación provocada por el hallazgo" de las que habló alguna vez Umberto Eco (Apocalípticos e Integrados, 1984), a la firme precedencia de un "núcleo central" que concita "todas las energías del autor". En otras palabras, que al autor le importó tres reverendos bledos la verosimilitud banal que desvela al pochoclero promedio; tenía en sus manos una materia más imperiosa e insoslayable que la mera observancia del ejercicio narrativo correcto.


Muchos y variados son los factores que contribuyeron a la consideración de Vértigo como la película más grande de la historia (cuando dicha consideración se fundaba en valores puramente cinematográficos): el debut del sorprendente, si bien hoy manido, efecto óptico conocido como dolly zoom [1]; la soberbia dirección artística e increíble manejo del color, créditos a buen seguro compartidos entre el fotógrafo Robert Burks y el consultor de Technicolor, Richard Mueller; la legendaria música, a cargo, como de costumbre, del genial Bernard Herrmann; más los infaltables, sublimes toques de cámara, magia y humor del maestro: el gran beso en el cuarto de Judy, por ejemplo, rondado por un trávelin circular que de golpe "resucita" el ambiente del último beso entre Scottie y Madeleine...  




Pero lo esencial acerca de Vértigo es que ninguna otra película que yo recuerde ha indagado con igual insistencia y hondura los azares de la construcción del objeto, en su más elemental materialidad. Construcción del objeto amoroso por el protagonista, que refleja la del objeto estético por el realizador. Construcción frágil, amenazada o directamente malograda (por razones que a continuación expongo), cuyo proceso Hitch monta, sabiamente, sobre el precario, resbaladizo suelo del vértigo, concebido como especie de angustia en estado puro, como bastidor o prototipo de toda fobia. El básico, universal terror de caer al vacío. De sumirse en el vacío que desde su origen aqueja al propio impulso desiderativo, a cualquier cosa que le prometamos como su objeto, su meta, su destino. Desolado fondo de ausencia que en definitiva nos causa y nos crea, lo mismo que a nuestros amores, pese a la infinidad de máscaras con que intentamos camuflarlo.


Me explayo. La acrofobia de Scottie, su vértigo, no es cualquier fobia, no se trata de un miedo excesivo a los gérmenes, a los perros, a los espacios abiertos o cerrados. Se ha elegido una fobia primordial, que favorezca nuestra ligazón con el protagonista en el registro de lo que se denomina un tipo, un personaje "universalizable". En cuanto forma arquetípica de la angustia, su pánico, variante del ancestral horror vacui, resuena en un nivel anímico profundo, que cualquiera puede compartir, aun quienes nunca lo hayan padecido como trastorno específico. Es curioso que este factor estuviese presente ya en la novela que inspiró el film (De Entre Los Muertos, de Boileau y Narjenac, 1954), donde cumplía una función parejamente crucial con respecto a la muerte de Madeleine, bien que limitándose a sustentar la coartada criminal, sin convertirse en rasgo o vector unificador de la trama, en nodo de todas las ramificaciones. Por su parte, al poner el vértigo en el centro de la escena, Hitch se agencia nuestra empatía con Scottie, nuestra compasión por su cojera, nuestros votos por su recuperación. Cuando luego vemos la grave incidencia de este mal en los acontecimientos que lastiman hasta casi destruir al protagonista, sabemos que el desarrollo narrativo y dramático debía pasar por ahí.


Pero lo que sobre todo da relieve a la centralidad del vértigo es aquello que he apuntado: su natural correlación con el trasfondo hueco del deseo, con la originaria hechura de ausencia y vacío de sus objetos. En eso reside el auténtico núcleo del argumento.




La mujer que Scottie ama y desea, Madeleine, representa, sin duda, un ideal amatorio, con algo de inalcanzable in se, de cierto componente platónico por el cual el amor se resuelve en un "mirar hacia arriba" -equiparable pues a aquellas alturas desde donde sería posible, y temible, precipitarse, salvo que en este punto aún no nos hemos despegado del suelo-. Madeleine es el objeto amoroso en su fase de franca idealización, captado aquí en una primaria calidad de espectáculo. Que se concreta, en lo formal, mediante su asimilación a lo pictórico. [2]


Ahora bien, por fuera del enaltecimiento amoroso, Madeleine también encarna, o sobrelleva, la falla constitutiva de todo objeto de amor, su base de ausencia, de intrínseco no ser -no ser predestinado, no ser seguro, no ser este, no ser ninguno-, que sucesivas idealizaciones y fantasías están llamadas a recubrir, a disimular, para dar consistencia a una ilusión levantada alrededor de un foso. (Aquí deberíamos sumar los acentos que marcan en este objeto particular, Madeleine, una específica connotación de más allá, a la luz de su participación en lo espectral, ultramundano, sobrehumano, de la muerte, donde el susodicho foso se vuelve, en rigor, una tumba). Sobre esa inmanente carencia se asienta el vínculo más radical con el vértigo, entendido como angustia de hundirse, disolverse, desintegrarse, en el mismo vacío que habita nuestros objetos amorosos, su núcleo desierto que continuamente se confunde con el nuestro. 

 

Sombras, nada más: Madeleine, Scottie, Judy...


Cualquier lectura alternativa de la trama, sea que verse sobre algún "complejo de héroe", sobre ideales masculinos o estereotipos patriarcales de femineidad (la clásica damisela en apuros, que aquí opera en realidad como señuelo), sobre lastres sexistas en el ejercicio de control e imposición pigmaliónica por un Scottie obsesionado que "arrasa la subjetividad" de Judy (subjetividad de una mujer cómplice y encubridora de femicidio, detalle que varios análisis pasados de progres omiten celosamente), no será completa ni certera mientras no se atenga a esta premisa fundamental. Incluso ese Scottie antipático y controlador que sobreviene en la segunda mitad del filme no es sino un tipo desesperado por taponar, mediante los disfraces adecuados, el pozo abismal en que se le diluyó la anterior encarnación de su amor. Ese abismo es el gran tema de esta obra. El vacío al que el sujeto teme caer, que es a un tiempo el que subyace, o más bien constituye, a su amada. Y que instaura el indefectible desencuentro en que desmayan todos nuestros amores.


En tal sentido, se podría decir que Vértigo es un film romántico hasta el tuétano, por tratar del amor como inasequible o imposible, en la línea tradicional que conduce, desde la poesía trovadoresca provenzal y de la Minnesang en la Edad Media germánica, hasta el romanticismo hecho y derecho de amores inviables, desahuciados o destruidos, que acaso principió con el Werther de Goethe y cuyos ecos, tanto estéticos como culturales, nos acompañan todavía, quién sabe por cuánto tiempo. Pero antes habría que señalar ese elemento moderno, posromántico, sobre el que descansa la orientación trágico-existencial de la trama. Porque el amor imposible del romanticismo es alentado y hasta creado, deliberada y tormentosamente, por un alma que lo enarbola como oscura figuración de lo sublime y trascendental. Mientras que el amor roto de Vértigo lo es por naturaleza o fatalidad, contra cualquier voluntad de sus actores, y resulta del súbito encuentro con una rajadura de la realidad que ha dejado expuesta su trastienda baldía. 


La conocida afirmación de François Truffaut, según la cual Hitchcock fue el director capaz de "filmar mejor que nadie el miedo" (El Cine Según Hitchcock, 1966), puede complementarse aquí con esta otra: ha sido también, en Vértigo, el único director capaz de filmar la médula de ausencia, de oquedad, que late en todo objeto de amor y deseo humanos. Tanto como en la propia esencia de quien los ama.





Cualidad que basta para explicar la poderosa (si bien no siempre consciente o reconocida) influencia de esta película en la historia "moderna" del séptimo arte. Por su vocación de traspasar el velo en la superficie de la imagen para asomarse a los despeñaderos de su trasfondo, Vértigo abrió el camino a todo un universo de cine metafísico y metalingüístico insospechado hasta entonces; un cine de franco aliento Jenseits, de empuje al más allá de la pantalla, que enseguida cultivaron, con variada suerte y consecuencia, artistas tan dispares como Godard, Bergman, Antonioni, Resnais o Tarkovsky. 






Notas:

[1] El dolly zoom, apodado a veces trombone shot, consiste en la ejecución simultánea de dos movimientos de cámara "opuestos": en este caso, trávelin adelante -dolly in- y zoom out o hacia atrás -apertura de teleobjetivo a gran angular-. (Su inversa, zum adelante con trávelin atrás, ha sido usada con pareja frecuencia para producir otro efecto óptico). La impresión visual que arroja esta forma originaria de dolly zoom es la de estirar el cuadro en profundidad, alejando más aún los objetos distantes, al tiempo que los elementos en primer término aparentan acercarse a la cámara. Este recurso hace su debut en la secuencia inaugural del film, cuando Scottie queda colgando de una canaleta y mira espantado hacia abajo. Reaparece luego durante las dos secuencias en la escalera de la torre que lleva al campanario. Significativamente, cada ocurrencia del dolly zoom antecede en pocos segundos o minutos a cada muerte que tiene lugar en la película. Esto es, que toda ocasión en que alguien se disuelve en el vacío (en especial las dos mujeres, como objetos de amor ilusoriamente encontrados y pronto caídos, pero también, desde el inicio, un colega policía, un igual de Scottie) se hace preceder de esta deformación cuasialucinatoria del espacio, que actúa a guisa de señal, o de mal augurio, como si esa repentina vista anamórfica viniese a anunciar la revelación de otra realidad, hasta entonces encubierta. 


El vano de la escalera en la torre

Hitchcock, primer realizador en valerse de esta herramienta, la reutilizó por única vez en Marnie (1964), aunque allí la probó en sentido inverso, aunando zum adelante con trávelin atrás, de suerte que el vano de la puerta del dormitorio al fondo de una sala parecía aproximarse a nosotros. Este segundo dolly zoom incluyó, por primera vez, figuras humanas. 

El truco fue pronto explorado por otros directores, como los franceses François Truffaut (Jules et Jim, 1963) y Jean-Pierre Melville (Le Samourai, 1967); pero hubo que esperar hasta 1975 para ver que se lo aplicase a un primer plano del protagonista, atrayéndolo a primer término mientras el fondo retrocedía despegándose de él. Esta novedad tuvo lugar en el filme Jaws (Tiburón), de Steven Spielberg, donde el doble movimiento de cámara, un carro que avanzaba conjugado con apertura de zum, acontecía hacia los 17 minutos del film, momento en que el jefe Brody (Roy Scheider), obligado a abrir la playa a los turistas por orden del alcalde pese a saber de la amenaza de un tiburón, se daba cuenta de que el animal estaba atacando a un chico en el mar. El efecto óptico nos lo mostraba a un tiempo atraído hacia adelante, hacia ese presagiado horror, y separándose de su entorno, de su fondo o backgroud, para enfatizar su aislamiento y desesperación. 

En años subsiguientes, los ejemplos de uso del dolly zoom en películas de todo género se hicieron innumerables. A menudo se apartaron de su empleo original en dos aspectos fundamentales: casi siempre incluyeron la imagen de alguna persona -en Vértigo se mostraba un mero escenario- y, tal vez por lógica consecuencia, raramente constituyeron un plano subjetivo, el punto de vista de un personaje -el de Vértigo consistía en una cámara subjetiva que reflejaba la visión espantada del protagonista-. Esta doble "regla" ha conocido algunas excepciones notables, como el plano general de un barrio visto desde lo alto de una colina en E.T. (nuevamente Spielberg, 1982), o la visión subjetiva de Jake La Motta cuando Sugar Ray Robinson se apresta a molerlo a golpes en Raging Bull (1980), de Martin Scorsese.


 



[2] En el blog Capricho Cinéfilo, de Fernando Usón Forniés, se encontrará una aguda lectura sobre tal integración de Madeleine a un universo pictórico, un recorrido exhaustivo por las muchas instancias en que su figura aparece enmarcada de distintas maneras, ofreciéndose como ad-mirable, por lo general ocupando el centro de vastos panoramas, sensiblemente inspirados en los paisajes románticos de un Friedrich o de un Corot; landscapes que, al contener esa imagen fascinante de Madeleine, pintan obviamente el anhelo de consumación y plenitud amorosa de Scottie, la escena perfecta a la que querrá incorporarse. El análisis que del "hecho pictórico" hace Usón en su blog, y que aquí no podríamos siquiera resumir, es impecable, en especial al señalar el modo en que la pintura ofrece la expresión más idónea, más elocuente, de los atributos que definen todo ideal: la plasmación en una imagen de completud, belleza y armonía; la fijeza y eternización de sus promesas e imperativos; la sustracción a las coordenadas espacio-temporales... El presentarnos a Madeleine sistemáticamente estilizada a manera de cuadro sirve, pues, como cabal símbolo de la idealización, de la adoración fascinada con que Scottie la contempla.


Por supuesto, el espejismo de maravilla cristalizada así erigido es en última instancia intocable, por estar hecho de mero vacío. Solo se lo puede circundar o rodear; de ahí que en cuanto Scottie accede físicamente a esta mujer, ella no tarde en desvanecerse. 

(O también, en los términos de Usón, que en cuanto Scottie atraviesa el plano del lienzo y ve a Madeleine desde el fondo o interior del cuadro -la escena del establo en la misión de San Juan Bautista-, ella se vuelva una sombra; véase arriba la primera de las tres imágenes que llevan el epígrafe "Sombras, nada más").




Joni Mitchell. El Costo de las Rosas.

 



No he sabido que saliera en el año recientemente concluido una edición remasterizada de For The Roses, hermoso disco que cumplió medio siglo de vida el pasado 21 de noviembre (hace solo 71 días, llegué apenas tarde al cumpleaños). No vi noticias al respecto escrutando la web, y, pensándolo bien, es probable que lo reserven para la caja Aniversario de Court And Spark que debería venir en 2024.


Entre tanto, mi indómito altruismo e irrenunciable vocación de servicio vuelven a la carga y me impelen a publicitar, en todo el alcance posible de mis cortísimos alcances, esta pieza magistral que integra el periodo más brillante en la discografía de una artista a la que no le queda nada holgado el calificativo de genial.


Roberta Joan Anderson, tal su nombre verdadero, nació en Canadá el 7 de noviembre de 1943, con mezcla de ascendencias irlandesa y noruega. Su madre era maestra y su padre, aviador militar. Enfermó de polio siendo niña. La mano izquierda debilitada por este mal la haría luego adoptar afinaciones alternativas para la guitarra que le descubrirían nuevas posibilidades armónicas (no sabiendo cómo llamar a las disonancias resultantes, se acostumbró a hablar de "acordes de interrogación", cuyas armonías tensas e irresueltas le sonaban como preguntas...). Ya desde su pubertad la atrajeron la pintura, arte que cultivaría toda su vida, y la música folk tradicional de su país. Un profesor de la secundaria, advertido de su talento poético, la alentó a escribir. Ella le dedicaría más tarde su primer disco. En su adolescencia, partió de su pueblo natal rumbo a Ontario y Toronto, persiguiendo horizontes menos perfilados de aventura que de acatamiento a un destino inexcusable. Embarazada a los 21 años (1965) por un excompañero de la escuela de arte, tuvo una hija que debió entregar en adopción y a la que consideró perdida por más de tres décadas antes de reencontrarla a fines de los noventa. Cantando por allí, en plan semiprofesional, conoció a un buscavidas del folk llamado Chuck Mitchell, que la llevó a Estados Unidos y se casó con ella en Detroit. (Joni imaginó en esa boda la oportunidad de conservar o de recobrar a su hija. Para su infinita decepción, su esposo le aclaró que no criaría a "la hija de otro"). El matrimonio formó un dúo que conoció algún éxito local, pero Chuck no estaba a la altura del talento inquieto de su esposa y cosa de año y medio después ella decidió seguir como solista. El lógico corolario fue el divorcio. Con su apellido de casada firmó sus primeras composiciones notorias, que empezaron a ser grabadas por gente como Buffy Sainte-Maire, Tom Rush y Judy Collins.


A medias establecida como autora, seguía no obstante bregando como intérprete, menudeando escenarios de cafés. Una noche, cantaba en algún club de Florida cuando cayó por ahí David Crosby, jerarca del flower power y legatario sin título del aminorado prócer folk-pop Papa John Phillips y de su antorcha ya extinta. El sujeto se maravilló, embelesó y prendó de la sensacional rubia, quien además de formidable artista era, no sé si lo destaqué antes, sumamente bella. David comprendió en el acto que la chica merecía un contrato discográfico, así que le consiguió sello y mánager y la llevó a un estudio para hacerle grabar un disco de folk limpio, sin doblajes ni orquestaciones, del cual él se acreditó como "productor", aunque en realidad no hizo más que sentar a la artista ante un micrófono, con las manos en la guitarra o el piano (ella tocaba con gran solvencia y musicalidad ambos instrumentos, además del dulcimer que aparecería posteriormente), y permitir que la magia fluyera.


Así fue como Joni se incorporó a la flor y nata de la escena folk yanqui, rodeada de variopintos talentos, algunos estimables -Neil Young, Stephen Stills- y otros no tanto -prescindamos de los nombres-, pero ninguno dotado ni por aproximación de méritos suficientes como para permitirse afinarle una viola. Ella salió, se acostó o tonteó con unos cuantos de ellos. Su relación más duradera de esos tiempos -los años 68 a 70-  fue con Graham Nash, quien de este modo se halló tan próximo al genio creativo como nunca antes ni después en su vida. El don no le duró mucho. Previsiblemente, Joan se aburrió de él y lo dejó al cabo de unos meses para emprender un extenso viaje de introspección y experiencia por Europa. Él le había pedido matrimonio. Recibió la respuesta en una carta que ella le mandó desde alguna playa griega: "Cuanto más quieres apretar en tu mano el puñado de arena, más se te escurre entre los dedos"...


Joni y Graham con algo de frío


A su vuelta, nuestra heroína anduvo, y se enrolló fuerte, con James Taylor. Cantó segunda voz en el superéxito de él, You've Got A Friend, de 1971. Mientras la carrera de Taylor despegaba y generaba ventas descomunales, Joni se abocaba a componer y publicar obras maestras. Su extraordinario álbum Blue, de aquel año, inauguró una fabulosa racha que se prolongó por la mayor parte de la década y abarcó seis o siete álbumes brillantes seguidos. (Blue ocupa, a la fecha, el número 3 en el inefable listado de los "500 Mejores Álbumes de Todos los Tiempos" que periódicamente nos infiere la revisteja Rolling Stone). De pronto, la relación entre los amantes se tornó conflictiva. Se me hace improbable que Joni envidiara el éxito comercial de James, ya que ella a su vez vendía bastante bien por esos días; una hipótesis más sólida diría que a él, en cambio, se le hacía cuesta arriba su propio estrellato y que la evidente superioridad artística de su pareja tampoco lo ayudaba. Sin hablar de sus problemas con las drogas duras y de otras puerilidades que no vale la pena detallar. A fines del 71, Taylor dejaría a Joan por Carly Simon, persona y cantante que por lo visto se acomodaba mejor a sus luces y ambiciones. Si me detengo tanto en esta relación es porque las canciones que integraron el LP For The Roses surgieron en buena medida de estos lances, trances y percances amorosos, y de las reflexiones, consecuentemente desencantadas, que inspiraron en su autora.


Joni y James


El año 1972 fue duro para Joni: algo en el contraste entre la aclamación universal por su monumental Blue y la caída de su intenso romance con Taylor (y de otro amorío, más extemporáneo y menos importante, con Jackson Browne), desencadenó, a lo que parece, un cúmulo de dudas y temores emocionales y artísticos que la indujeron a recluirse, durante buena parte del año, en una vivienda casi rural, sin gas ni electricidad,  de la Columbia Británica canadiense. Si hubiera de diagnosticarse su estado anímico de esa etapa, se hablaría quizá de depresión. Ella misma lo describió como "exilio melancólico". Solo que, mientras atravesaba este espeso Aqueronte, produjo el manojo de deslumbrantes composiciones que nos ocupa.


La "Carrera por las Rosas" (Run For The Roses) es el Derby de Kentucky, una de las tres principales carreras de caballos que se corren cada año en Estados Unidos. Se proclama al ganador colocándole una voluminosa guirnalda de rosas rojas. El nombre derivó en un uso figurado, con el sentido de perseguir un gran éxito o de afrontar retos muy exigentes. Joni lo vinculó a una necesidad personal de suspender las demandas de su creciente celebridad, que juzgaba tan incierta como la del corcel al que coronan con las flores pero luego, un día, cuando ya no sirve o se lesiona, "le pegan un tiro". También, de otro lado, a su constante lucha interior por su "dualidad entre lo espiritual y lo sensual" y a su intento de hacer que lo espiritual prevaleciera, "al menos por un rato".

Caballo rubio cubierto de rosas


Ubicado entre sus dos obras magnas -a saber, Blue y Court And Spark (1974)-, este magnífico álbum, el quinto de su discografía, sufrió durante años un indefinido desdén de críticos y fans, justamente por ese lugar de presunta meseta entre una cumbre y otra. Sin embargo, su tan exacto emplazamiento en el centro del periodo que constituyó la cúspide en la carrera de Joni no es casualidad. For The Roses refleja, justamente, la transición musical desde el folk semidesnudo y unipersonal de Blue (cuya tónica confesional conserva y prolonga en diversos pasajes) a la plena riqueza y variedad en arreglos, voces y timbres que exhibirá Court And Spark, donde ya es continua la presencia de una banda de jazz-rock, la L. A. Express, y el consiguiente empuje a la "fusión" que desembocará en colaboraciones posteriores con Charles Mingus, Jaco Pastorius y Herbie Hancock. No siendo mi intención la de jugar al crítico o cultivar esa absurda actividad que llaman "apreciación musical", me limito a observar que el único lunar de For The Roses, supuesto que le atribuyamos alguno, estriba en la singular complejidad de sus canciones, tanto en lo lírico como en lo armónico-melódico, muy notoria al compararlo con los álbumes más sintéticos, accesibles y "perfectos" que lo rodean. Pero abordado sin prisa, dejándolo crecer y entrar en confianza, For The Roses llega a pagar tan cabalmente como sus vecinas glorias que gozan de mayor notoriedad.

Por tanto, en demorado homenaje a su 50º Aniversario, que desde luego no hemos visto a nadie celebrar en ningún otro lado, quiero recomendar esta excelsa muestra de genio artístico original y genuino. Sin perjuicio de exhortar a la no menos indispensable escucha de los otros dos discos que nombré. A los cuales habría que añadir, como mínimo, The Hissing Of The Summer Lawns de 1975 y Hejira de 1976.




En este punto podría largarme a enumerar otros mil atributos admirables de esta fabulosa artista. Pero no hay prisa: presiento que volveré a escribir sobre ella en más de una ocasión.





P. S.: Como hice antes con Dozier, aquí dejo el nombre de otro blog que proveerá de útil información adicional...  (vigente al 31 de enero de 2023)

ankharadescargas.blogspot.com/2018/10/joni-mitchell-for-roses-320.html





P. S. 2: Acabo de saber que David Crosby murió hace pocos días (19 de enero). Sufría unos cuantos problemas de salud, empeorados por décadas de alcoholismo y adicciones diversas. Llegó a cumplir 81 años; decía haber durado más de lo que las circunstancias autorizaban a pronosticar. Que estas líneas acerca de su amiga Joni, con quien también estuvo brevemente en pareja allá por 1968, sirvan al mismo tiempo para honrar su memoria. 


Bootsy

  (Puro eclecticismo. Un día te celebramos a una estrella tanguera y otro le festejamos el cumple al glorioso Space Bass . Solo para iniciad...