Anatomía de una Caída. El peso de la letra.




A diferencia de otras entregas, donde apenas si sobresalía algún que otro título por sobre la chatura del resto, la inminente ceremonia de los Oscar verá competir unas cuantas candidatas de buen nivel: no tendremos tal vez una específica producción por la cual ponernos a hacer juramentos, pero habrá cuatro o cinco bastante interesantes. Y una peculiaridad inusual será la presencia de un par de piezas de tema "literario" (American Fiction, Anatomie d'un Chute), más una historia de profesor-estudiante con un sello "intelectual" (The Holdovers).


American Fiction es una aguda y entretenida tragicomedia -o comedia dramática, en moderna y peor nomenclatura- repleta de ingeniosas observaciones sobre la literatura "afrodescendiente" en Estados Unidos, sobre la estupidez y prejuicios que una mezcla de mercantilismo a ultranza y racismo encubierto puede provocar, sobre el modo en que un escritor africano-norteamericano llega a sacar un provecho más o menos involuntario de esas circunstancias. La distinguen, además de la infatigable ironía, los abruptos, anchos saltos dramáticos (y de género cinematográfico), los numerosos pasos instantáneos de lo penoso o inquietante a lo desopilante. 


Anatomie d'un Chute, por su parte, propone abordar la temática literaria en un plano, si se quiere, más radical, que intentaré desarrollar en lo que sigue.


El cine y las letras guardan entre sí, por lo común, una relación superficial y, podría decirse, tan solo funcional. Esto es, trivialmente, que muchísimos argumentos de películas se originan en novelas (menos frecuente, en cambio, aunque a veces sucede, es la novela inspirada en un filme). En tales casos, la película traspone el universo retórico del libro al universo de imágenes y sonido del cine, convierte prosa en habla, acción y movimiento. Pero el arte fílmico no acostumbra indagar la ligazón de sus herramientas narrativas con los efectos que de ellas intenta obtener; el lazo de su significante imaginario, según lo denominara hace milenios el semiólogo Chistian Metz, con su producción de significado. Consecuentemente, tampoco suele tomar su inspiración en novelas que entrañen planteos de índole tal, "metalingüística".




Por eso resulta tan raro encontrar una película que meta el dedo en la llaga de un problema tradicionalmente literario y que el cine ha heredado sin haberse hecho nunca auténtico cargo de él: lo llamaré la cuestión de las referencias. Quiero decir, de la "realidad" a la que apunta y remite todo texto y que daría una base presunta a su sentido. 


Tal es la materia nuclear al guion de Anatomía de una Caída (ganadora del último festival de Cannes y postulante de cierto peso al Oscar, no en calidad de película en "lengua extranjera" ya que la mitad de ella se habla en inglés). Obra cuyo principal logro artístico es el de suministrar un sobrio entorno visual y escénico al desarrollo especulativo-argumentativo que constituye su carozo, favoreciendo la interacción discursiva que es el fundamento de su impacto y atractivo. 




El artículo a que conduce este enlace, en el sitio theconversation.com, toca algunos temas que también trato aquí, si bien mi aspiración ha sido la de franquear la básica disyuntiva entre "ficción y realidad", apuntar a la intrínseca estructura de significación de todo relato. Pese a examinar con detenimiento los ejes de la autoficción -autobiografía novelada y semificticia- que cultiva la protagonista, los cruces semánticos entre discursos correspondientes al ámbito jurídico-forense y los de orden estético-literario (por no hablar de los psicológicos o periodísticos), los errores y falacias a que puede conducir una extrapolación ligera o mecánica de unos en otros, el artículo que menciono no llega a cuestionar hasta su fondo, creo, el vínculo caprichoso, distante o sencillamente roto entre el texto y su sustento significativo, asunto que justamente subyace a esta historia.




Sandra Voyter es una escritora de éxito que vive aislada en las montañas de Grenoble con su esposo Samuel, profesor de escuela y literato postergado, y su hijo Daniel, ya púber, quien a consecuencia de un accidente sufrido años atrás ha quedado casi invidente. El comienzo del film nos muestra a Sandra siendo entrevistada en su casa por una joven estudiante, eludiendo las preguntas sobre sus recursos a lo autobiográfico -sobre los montos relativos de realidad y de ficción en sus escritos- y flirteando, coqueteando con la chica, hasta que desde el ático baja una música a todo volumen -por cortesía de Samuel-, tan molesta que de hecho obliga a suspender la entrevista. La chica se va en su auto, Daniel sale a su vez a caminar por allí con su perro guía Snoop, el matrimonio permanece en la vivienda. Un rato después, el chico regresa para encontrarse con su padre muerto en la nieve, junto a la entrada, como si hubiese caído, o hubiese sido lanzado, desde la ventana del ático. Tiene un fuerte golpe en la cabeza, que pudo recibir durante la caída o con anterioridad. La escena abunda en elementos de sospecha. Y todos ellos recaen instantáneamente sobre Sandra.




De modo que su abogado defensor -que por lo visto es también un buen amigo ansioso de ascender a un siguiente nivel- se abocará a hacer valer la tesis del accidente, o del suicidio. Florecerán a continuación atisbos reconstructivos de una vida familiar compleja y no exenta de conflictos: la culpa de Samuel, porque un retraso suyo en buscar a Daniel a la salida de la escuela propició el accidente que lo dañó; sus celos o envidia por el triunfo de su esposa, a quien acusa de haberle robado la mejor idea para un libro... Nada que alcance, con todo, la categoría de información decisiva.


Entonces, cuando el fiscal del caso entrevé en pasajes de una novela escrita por la acusada planes tal vez difusos pero reconocibles del asesinato que ahora le imputan, los defensores juegan la carta de la básica distancia entre la realidad y la ficción. Esa carta resulta sin embargo infructuosa, por débil o insuficiente, e instaura el giro que prolonga, ramifica y complica el debate. Porque en efecto, no se trata, como dije, de ficción versus realidad, sino de las coordenadas de la realidad perdidas para el relato. En adelante asistiremos a numerosos ejemplos de palabras, argumentos, razones, que no logran hacer pie en lo real; antes que por su dudosa adecuación a los pormenores de la muerte de Samuel, por su incapacidad de sostenerse en cualquier forma de objetividad, por no manifestar otra cosa que la insalvable lontananza entre el texto y su referencia factual, la radical separación entre ambos. 




No son solo los escritos de Sandra. También habrá lugar, en lo atinente al peso de la letra, para la psicoterapia del occiso, cuyo psicoanalista trae material que supuestamente apunta a señalar un abismal extrañamiento afectivo entre los cónyuges; será la propia Sandra quien le achaque reduccionismo y simplificación, el recorte arbitrario de una relación mucho más rica y vasta en la que primaba el afecto, pero que el profesional reduce a los dichos de Samuel en sus sesiones; dichos que, evidentemente, debían versar sobre conflictos o dificultades de la pareja, pero que no agotaban ni con mucho la relación en todo su alcance y verdad. O mejor, que no reflejaban su esencia, no la definían.


El fiscal presenta asimismo una grabación subrepticia, realizada por Samuel, de una discusión entre los esposos que desemboca en gritos, objetos rotos por la mujer, golpes confusos; la clase de arrebato violento que cabe esperar de una inminente homicida. Pero es ahí cuando la defensa recuerda que Samuel intentaba retomar la escritura de una novela pospuesta y que, imitando el estilo "autoficcional" de Sandra, perfectamente podía estar alimentando o provocando estos incidentes -que se aseguraba de registrar- a efectos de procurarse material para su obra. El defensor ataca a la fiscalía, simétricamente, en su propio terreno.




(Para eso tiene que hacer una cantidad de reflexiones y recuentos que le valen un comentario burlón de la jueza, consistente en advertir al jurado que, contra toda apariencia, aún no han oído el alegato final de la defensa. Este fervor argumentativo de ambos letrados no es, empero, vicio profesional, sino efecto de la vacuidad y bruma de los hechos. Se nos exhibe un proceso en que apenas hay margen para discutir la escasa evidencia: la cosa pasa por aducir, razonar, interpretar; postular el escenario probable más admisible. Dicho de otro modo: por inventar la más creíble realidad, imaginar los hechos más convincentes. Naturalmente, surge en el acto la pregunta de si no será eso mismo lo que ocurre en todo proceso de esta clase, salvo que la prueba física y documental sea abrumadora, situación más bien inhabitual). 


En forma paralela, la televisión discute el caso, poniendo en debate los argumentos de ambas partes. Un comentarista observa: "La idea de una escritora que asesina a su marido es inmensamente más interesante que la de un profesor que se suicida", aportando un condimento adicional a la incertidumbre respecto de lo que aconteció realmente: el factor de la preferencia del público, la "ficcionalización" de lo real en cuanto construcción sociocultural mediatizada por la consabida venta de jabón. Algo así como una oferta de realidad on demand. A fin de cuentas, si es más interesante la opción de la escritora asesina, por qué no ir tras ella. Se dirá: porque podría no ser la verdadera, o sea, la que condice con la realidad. Sí, pero se ve la clase de problema que enfrentamos cuando, entre diversas alternativas hipotéticas -o ficcionales-, la más interesante no es forzosamente la más real. ¿Cuál de ellas elegiría, por ejemplo, la TV? ¿O esa otra sentina del pensamiento y de la moral que conocemos con el nombre de redes sociales?




El título de la película, Anatomía de una Caída, parece remitir en forma inmediata, y obvia, al clásico de Otto Preminger Anatomía de un Asesinato (Anatomy of a Murder), de 1959. Sin embargo, hay otra dimensión probable en que el nombre podría hallar su razón, si se entiende la tal caída por la declinación o pérdida de las referencias que tradicionalmente sostuvieron todo relato desde una sólida, soberana y externa objetividad. En la literatura, este declive de la remisión a lo real viene siendo objeto de atención privilegiada desde hace, fácil, dos siglos, con especial énfasis en el siglo XX. En cuanto al cine, como sugerí más arriba, su lengua propia, compuesta por imágenes y sonidos de tan alta verosimilitud, ha impedido hasta hace poco concebir seriamente una correlativa disipación de las referencias objetivas y el paso a otras entidades como base significativa para nuevos discursos (previsiblemente, el cine acabó por buscar tales entidades en su propio campo; o sea, por convenir en que la "realidad" a que alude una película resida a su turno en otra u otras películas).


La caída que se estudia en este filme parece ser la de toda posible objetividad como soporte de un relato. Una caída que dejaría al texto desvalido, flotando en su propio aliento, carente de ancla en el mundo real; desposeído de cualquier sentido que no pudiera darse a sí mismo, de no ser porque su habilidad peculiar es precisamente la de "autosignificarse", por muy arduo que después se le haga superponer su recorrido propio a la marcha exterior de lo real, que es como su muro infranqueable de imposibilidad. Esto significa que el desajuste, la desconexión de lo discursivo con lo real no es eventual, sino ineludible, necesaria. En otros años se habría dicho estructural


(Hoy, como nunca antes, advertimos que ningún relato consigue apuntalarse en una base real, por varias razones. Por la creciente depreciación de la palabra -a partir de su imperfecta correlación con lo fáctico-, que sume en descrédito aun a las voces más veraces y fiables, o, lo que es igual, las nivela con otras mendaces y chillonas; por la aumentada complejidad, fragmentación y atomización en los procesos concretos, materiales, de la realidad sociopolítica, que los vuelve impredecibles, inasimilables y en último extremo inefables; por la costumbre, o pasión, típica de la época, de ficcionar la vida en su conjunto, el artificio y fabulación que de continuo aplicamos a nuestras experiencias, a buen seguro en irónica obediencia a las existencias enajenadas que llevamos).


De ahí que en cierto punto el filme decida probar a invertir los términos y presentar al texto como objetividad prexistente al hecho criminal. No es que el texto se asiente en un hecho sino al revés: el asesinato se explica y justifica por el texto. El fiscal lee en la novela de Sandra el homicidio por el que la acusa. Ante el reclamo de la defensa de que se juzguen los hechos en vez de los libros, la fiscalía contragolpea alegando que, tal como se ha visto respecto de otros indicios no concluyentes pero sugestivos esgrimidos por la acusación, es la misma escritura de Sandra la que alimenta la sospecha. Los libros son los hechos.




Como sea, cuando la directora y coguionista Justine Triet tensa la cuerda y hace que en algún momento el defensor reproche al fiscal estar "engañándose con un detalle" o no estar "contextualizando", demuestra intuir que cualquier contexto que se quiera conferir a los signos, al relato, solo traerá más de lo mismo. Lo que en verdad surge de esta varia rumiación especulativa es que la referencia de toda especulación es otra especulación. Las remisiones se desdibujan y no se hallan los ejes factuales que sustenten lo que se narra, lo que se describe, lo que se discute. Continuamente se intenta ligar el texto a los hechos y continuamente se falla. La realidad que sostendría el andamiaje argumentativo se escurre, se oculta, se evapora. No es alcanzada por esas palabras, se cierra sobre sí misma y deja a los debatientes chapoteando en el vacío. La causa criminal se torna un caso de interpretación. La interpretación viene a ponerse en el lugar de lo que no se ha podido aseverar o establecer. Es una intervención significativa cuya eficacia residirá exclusivamente en su aptitud para crear sentido, dotar de sentido a lo que venía sin él, o vacilando entre varios sentidos posibles. O sea, conferir al texto ayuno de significación cierta falsa objetividad, una realidad previa artificial. Eso ocurrirá en el filme: Sandra será declarada inocente o culpable, pero habrá faltado una prueba tangible, fehaciente, contundente, que inclinase la balanza a un lado o al otro; la sentencia deberá componérselas con meros elementos de interpretación.


Antes de eso, asistiremos al crucial testimonio de Daniel, cuyo contenido da a entender que unas frases de su padre en ocasión de llevar al perro al veterinario presagiaban su suicidio más o menos deliberado, o quizá "inconsciente". La declaración es incómoda para la fiscalía. El chico parece saberlo: ha insistido en ofrecerla, se ha sometido sin chistar a todos los recaudos que funcionarios judiciales han estipulado para que su madre no pudiera influir en sus dichos; de hecho, él mismo ha extremado esas precauciones. Como sombra de una impugnación que sabe impracticable, el fiscal destaca en ese testimonio algo que hasta ahora no parecía preocuparle: es extremadamente subjetivo (destaca lo subjetivo como ajeno y contrario a la "objetividad" que él ha venido intentando edificar sobre las producciones no menos subjetivas de Sandra). Para nosotros queda, esta vez de un modo particularmente radical, la renovada incertidumbre de si Daniel ofreció una relación de algo "realmente ocurrido", o un ejercicio de autoficción, de autobiografía semiinventada como los que ha reivindicado Sandra. (Es magnífico aquí el recurso de la directora a un primer plano de Samuel hablando como si hiciera un lip sync de las palabras que simultáneamente oímos enunciar a su hijo). En cualquier caso, se debe subrayar que es a todas luces esta intervención de Daniel la que torcerá el proceso en su dirección definitiva y orientará la sentencia. 


Dando de paso una tardía e inútil diestra al fiscal, quien no ha cejado en defender la teoría del texto precursor de la realidad y ha esgrimido la autoficción de la acusada como indicio de culpabilidad. El testimonio de Daniel es capital porque su propia entidad, probablemente "autoficticia", expone la tesis fundamental de la película, desplegando a un tiempo esta ironía última: el fiscal estaba en lo cierto, la letra precede a la realidad y la determina. A menudo, ciertamente, la origina




Aunque no de cualquier manera. El filme expone sistemáticamente el fenómeno de una realidad material "en construcción", como inconclusa o no realizada por entero: los ejercicios pianísticos de Daniel, sus testimonios contradictorios sobre los ruidos y voces de sus padres en los minutos previos a la occisión, el afecto genuino pero de expresión trabajosa entre los miembros de la familia, los gestos indecisos del abogado y las medias palabras en sus diálogos con Sandra, las aprensiones de ella sobre si su propio asesor legal cree en su inocencia. Y el lance más notable, cuando, en la proximidad de su exposición ante la jueza, Daniel exige a su madre que abandone la casa, como expresión de un aparente rechazo (así lo vive ella, dolorosamente) que luego se revelará movido de una intención muy distinta... Todo ese entorno o marco real, "factual", de las sutilezas -o argucias- legales que ocupan el centro de la historia, apuesta continuamente a la ambigüedad de actos y dichos, como si se quisiera poner en ellos la misma marca de incertidumbre, de deficiencia, que aqueja a la (fallida) reconstrucción de los eventos que redundaron en la muerte de Samuel. O bien, como si se quisiera dejar en suspenso su sentido, remitirlo o supeditarlo a las precarias definiciones que el encadenamiento ulterior de las palabras y textos les pueda proporcionar.






Hace bastante más de un siglo, Charles Sanders Peirce produjo la noción de una semiosis ilimitada, por la cual todo signo -lingüístico, comunicativo- interpreta a otro signo y un signo da origen a otro. (Lo ilimitado estriba en que el proceso de interpretación y creación de significado a partir de los signos no conoce un límite: cada signo puede explicar uno o varios signos, esta posibilidad de interpretar y definir nunca termina. Su ejemplo clásico es el diccionario, donde el significado de cada palabra no viene dado sino por otra u otras palabras).


Esta semiosis ilimitada, en una visión estética -que es la que aquí aplicamos-, lo que hace es barrer con los hechos, llevárselos puestos, dado que el signo tomaría su valor fundamental no del "objeto" representado, sino de la idea expresada (significado) y, sobre todo, de la idea que invoca o promueve: interpretante, en la teoría de Peirce. Pero el dato cardinal es la insalvable distancia de tal interpretante con los hechos -el objeto-. Este es el movimiento esencial en Anatomía de una Caída, su acierto primario: se va y se viene en el interior del relato, buscando claves en los libros, en los dichos perdidos y referidos por terceros (los de Samuel a su analista o a su hijo), en las grabaciones que prima facie aparecen más veraces pero que también son pura manipulación de texto, puro interpretante. La película muestra como "los hechos" quedan continuamente desfasados, aun expulsados, diría yo, de la significación, de las interpretaciones y remisiones intertextuales. Los hechos no cuentan (no narran, no relatan); se han vuelto inasequibles, las múltiples capas de texto no pueden reproducirlos, revivirlos para que sepamos "lo que en verdad sucedió". Pero eso que Anatomía de una Caída ofrece como caso particular puede extenderse en buena medida a una formulación de carácter general: los hechos siempre quedan excluidos de la trama textual. El filme ilustra esa proliferación de interpretantes, esa remisión interminable del signo a otros signos, del texto a otros textos. O más bien la escenifica, en cuanto las películas de juicios y tribunales han servido históricamente como medio idóneo para poner en escena las cuestiones más básicas relativas al orden, la ley y lo correcto, para crear y recrear un espacio de consenso social, de reaseguro de la norma y de la convivencia.




De todo este discurrir, desde la velada narración en que consiste la grabación de Samuel hasta las insinuaciones o presagios de Sandra en su novela, resulta, como he señalado repetidamente, una lógica por la cual la letra antecede a los hechos y no a la inversa. (Para ello se requiere, desde luego, desmontar primero el estatus de lo real como referencia primaria). Se invierte la relación significativa: la realidad no es el objeto a que remite la ficción, sino que la ficción engendra o prefigura la realidad, que se vuelve por tanto una significación derivada, una posibilidad de interpretación del relato, un efecto narrativo. Tal vez una falacia. Solo en los textos escritos, grabados, enunciados, pueden pesquisarse las claves del hecho ¿criminal? ya enmudecido, expirado, caduco. Solo la letra, los signos, podrían insuflarle nueva vida, hacerlo renacer a un nuevo universo de significación. Y al mismo tiempo, cómo podrían no falsearlo. En el curso de la historia se dice, no sin razón, que los hechos faltan o son oscuros, que la ficción "destruye la realidad", que en vez de la prueba directa se apela a la interpretación subjetiva, que "se nos pide mezclar justicia con literatura" e "imaginar lo que no sabemos"... 


No es extraño, en consecuencia, que la película se luzca en el manejo superlativo de cierto impreciso malestar, recurrente a lo largo de su desarrollo y al cual no tengo más remedio que llamar suspenso. Hay una especie de opaco suspenso en la interacción y pugna de los relatos contrapuestos en el tribunal, así como en aquellos aspectos de la historia, mentados más arriba, que van quedando equívocos e indefinidos, y desde los cuales se construye la espera de un sentido, de una comprensión final acaso provista por la deseable instauración de un texto definitivo, brotado de alguna especie de "conciliación" protohegeliana entre los textos contendientes. 


Por supuesto, síntesis ilusorias de esa clase nunca se producen, ni en la realidad ni en la ficción. Y el desenlace, por así llamarlo, de Anatomie d'un Chute no lo ignora. Adivinamos pues que, por una vía o por otra, el peso de la letra dejará su huella indeleble en el porvenir de Sandra y de Daniel.




Justine Triet dirigió este largometraje cuyo guion coescribió con Arthur Harari. Marie-Ange Luciani y David Thion fueron sus productores. Lo fotografió Simon Beaufils y lo editó Laurent Sénéchal. La actriz alemana Sandra Hüller fue su protagonista. La acompañaron Swann Arlaud -como Vincent, su abogado-, Milo Machado-Graner interpretando a Daniel, Antoine Reinartz en el papel del fiscal y Samuel Theis como Samuel Maleski. La música, aparte de Bacao Rhythm & Steel Band, la proveyeron Isaac Albéniz y Frédéric Chopin.




De La Mano de Los Beatles. Ed Sullivan y la Beatlemanía en USA.





Dado que, por un número de razones, no me fue posible escribir sobre el maestro Burt Bacharach,  merecedor de todos los homenajes del universo y fallecido hace un año (8 de febrero de 2023), al menos me consentiré la evocación de un momento imborrable en la historia de la música popular, sumado a lo que varios observadores juzgan todavía un punto de inflexión en la cultura estadounidense "de posguerra". Hablo del bombazo en EEUU de I Want To Hold Your Hand y de la presentación de los Beatles en el show de Ed Sullivan.


Pese al éxito arrasador de She Loves You en el Reino Unido, todavía seguía resultando imposible para los Fab Four (como para los artistas británicos en general) triunfar en el mercado norteamericano. She Loves You, publicada por Swan Records, un sello menor con base en Filadelfia, pasó sin pena ni gloria por la lista Billboard, al igual que otras piezas del grupo. Pero Lennon y McCartney finalmente darían con un arma implacable: I Want To Hold Your Hand, el virus arrollador que contagió la Beatlemanía a esos Estados Unidos por lo común inmunes a cualquier cosa que no proceda de su propio ombligo.


Este clásico beatle fue escrito por ambos compositores -aunque un poco más por Paul-, sentados juntos al piano en el sótano de la casa de Jane Asher, la actriz, escritora y activista que fue pareja oficial y prometida de Macca entre 1963 y 1968. Cuando la fama del cuarteto rebasó los límites de Liverpool, la gran casa londinense de los Asher en Wimpole Street pareció el sitio ideal para los anhelos mundanos de Paul, a quien la familia cedió una espaciosa estancia en el sótano de la vivienda, donde a menudo él y John se juntaban a componer. La madre de Jane, Margaret, era concertista y profesora de oboe -el productor George Martin había estudiado música con ella- y enseñó a su yerno putativo a tocar flauta dulce, conocimientos que él aplicaría luego, por ejemplo, en The Fool On The Hill. Jane tenía asimismo un hermano, Peter, que junto a un amigo llamado Gordon Waller formó un dúo pop. En manos de Brian Epstein y su NEMS Enterprises, Peter And Gordon lograron un éxito considerable en Gran Bretaña y también en USA, donde una canción que McCartney compuso para ellos, A World Without Love, alcanzaría el Nº 1 de Billboard a mediados de 1964.



Jane y Paul




La canción


I Want To Hold Your Hand se inicia con el grupo tocando el sincopado pie del puente que oiremos bastante después (haciendo gala de un sentido de construcción que la mayoría o totalidad de los competidores en el pop echaba de menos). Esa original introducción da paso a la estrofa, cuya melodía entra en anacrusa; aquí, dos tiempos antes del primer acorde, en lo sucesivo solo un tiempo. La tensión progresa, arrastrada por la caída del tono principal Sol Mayor al "inestable" Si menor sobre la mitad de la estrofa, hasta explotar en el último compás -de nuevo cayendo a Si menor pero con la voz de Paul subiendo una octava-, que se funde en las potentes armonías del estribillo. Para concluir el "bombardeo de efectos sorprendentes", en palabras de Ian MacDonald, el tema termina de manera "intensa", con "dos compases en un apurado 3/8" (así lo describe, erróneamente, este autor; en realidad son dos compases binarios regulares, en los que la banda toca primero dos tresillos de negras y deja luego resonando el último acorde). Todo lo cual desataría, por fin y como nunca antes, la tan manida histeria y exaltación en millones de fans transatlánticos...


"Tocábamos el piano los dos al mismo tiempo, y teníamos 'Oh you-u-u, got that something', y Paul toca este acorde y yo me vuelvo hacia él y digo: ¡Eso es! ¡Hazlo de nuevo!. En esos días solíamos escribir así, ambos tocando en las narices del otro" (John en All We Are Saying de David Sheff). MacDonald sospecha que el acorde aludido por John es aquel Si menor de la estrofa.





(Una palabra sobre esos dos tresillos que cierran el tema. El escrúpulo de John y de Paul en componer finales diversos y originales para las canciones es otro aspecto de su labor autoral que empezaba a hacerse notar por esta época. MacDonald lo discute, precisamente, a propósito de I Want To Hold Your Hand. Movidos por su doble condición de autores e intérpretes -algo que no afectaba a otros compositores y productores, en particular los norteamericanos, que por esa razón solían concluir sus grabaciones valiéndose del más expeditivo fade out-, Lennon y McCartney trataban siempre de escribir finales de canciones que resultaran "convincentes"; i. e., para los shows en directo. Así, por ejemplo, sólo cuatro de los trece temas de su siguiente álbum, A Hard Day's Night, único en la discografía beatle compuesto íntegramente por canciones del dúo, terminarían en fundidos, y tres de ellos lo harían con el fin de crear un efecto dramático: A Hard Day's Night, Things We Said Today y I'll Be Back. Puede ser un dato menor, pero la diferencia que marca con el modo habitual de trabajo de los demás artistas pop obliga a señalarlo).


I Want To Hold Your Hand inauguró en el Reino Unido una larga costumbre de hits "navideños" para los Beatles, con ventas por adelantado de un millón de copias. En Estados Unidos llegó un poco tarde para ser lanzado antes de las fiestas (bastante ensombrecidas, de todos modos, por el reciente asesinato del presidente Kennedy), pero aun así tuvo un efecto devastador, hasta el punto de que la aparición del grupo en el Ed Sullivan Show un mes y medio después fue descripta por muchos comentaristas como "el acontecimiento cultural fundamental de la posguerra norteamericana". I Want To Hold Your Hand, con su dicción americana "I wanna" y su ingeniosa factura, cambió también de manera definitiva la música pop en USA, erigiéndose en referencia para todos los músicos de la época. (Otro factor que acaso tuviera una incidencia accesoria es la distintiva pronunciación de las eses como "sh" -que ya he tratado a propósito de Misery en la entrada sobre el álbum Please Please Me-, ese "shay that shomthing" de un color muy yanqui, y sugerencia adicional de que el tema se concibió como un meticuloso artefacto para quebrar la resistencia de ese mercado).



En Granada TV, Manchester, el 25 de noviembre de 1963





La grabación


Esta canción fue la primera que se grabó en cuatro pistas, lo que dio mayor limpieza y claridad sonoras y abrió al grupo varias puertas en materia de arreglos y producción. El adelanto también adecuó el sonido de los Beatles a los estándares técnicos más elevados de la industria estadounidense. En lo sucesivo, el método habitual de trabajo en EMI sería grabar una "base" en una pista (p. e., bajo, batería y guitarras), emplear otra pista para las voces, y usar las dos restantes como "comodines" para distintos overdubs (doblajes vocales, palmas, armónicas, teclados, etc.). Aquí, George Martin pensó en unas palmas a doble tiempo sobre los pulsos débiles o backbeats -a contratiempo en el segundo de ellos-. Estas palmas proveen de energía adicional al poderoso ritmo y enfatizan las voces raramente urgentes. Con todo, el sonido del disco, si bien superior a registros previos de la banda, distaba mucho de resultar inmejorable; adolecía, en particular, de un defecto que fue típico de los primeros años: la escasa profundidad del bajo y floja respuesta general de graves.


(Más allá de las diversas ventajas que este "avance a un verdadero estéreo" propiciaba -técnicas como el dropping in, que permitía la inserción puntual de un fragmento de doblaje, por ejemplo, para corregir alguna falla- aquellas máquinas de cuatro pistas, unas voluminosas Telefunken de fines de los años cincuenta, imponían toda suerte de cuidados y dificultades de manejo, por el hecho de hallarse emplazadas en un cuarto separado de la sala de control, lo que determinaba que el contacto entre grabadoras y consola de mezclas fuese a través de intercomunicadores y que el operador de cinta no estuviese en la sala con el productor e ingeniero monitoreando en directo las tomas de audio. Así de precarios eran los métodos y dispositivos de grabación que Abbey Road manejaba en la época). 







La grabación de I Want To Hold Your Hand tuvo lugar el 17 de octubre de 1963 en el estudio 2. Se completó en diecisiete tomas después de algún tiempo de ensayos, y según Mark Lewisohn la toma 1 ya era casi igual a la versión final. En la toma 4 Paul introdujo la entonación "sh": shay that shomthing. Antes de grabar este tema y el lado B This Boy, el cuarteto grabó el primero de siete sets navideños destinados al Fan Club -discos sencillos con una duración promedio de unos seis minutos, que contenían saludos hablados de cada beatle para sus fans y canciones más o menos improvisadas, y que se distribuían gratuitamente entre los miembros del club de fans oficial en Londres-. De acuerdo con Lewisohn, la sesión se dividió en dos partes, de 2:30 a 5:30 pm y de 7 a 10 pm, con un descanso de una hora y media. I Want To Hold Your Hand se grabó en la segunda subsesión. 


Paul toca su clásico Hofner 500/1 "violín" de 1961 y John su no menos distintiva Rickenbacker 325 Capri modelo 1958, instrumentos de los que trato en la entrada de Please Please Me (aunque ahí no reporto el reciente hallazgo y restitución, en septiembre de 2023, del bajo de Paul, que se creyó perdido por más de medio siglo). George había adquirido en mayo una Gretsch 6122 Country Gentleman modelo '62, de cuerpo hueco en arce laminado, pintado en color nuez, con doble corte de caja y agujeros en F sobre la tapa, diapasón de ébano sobre un mástil de arce, dos micrófonos Filter'Tron y vibrato Bigsby. Oímos esta guitarra en casi todo el LP contemporáneo With The Beatles.


La Gretsch Country Gentleman de George


Por su parte, Ringo está usando su primera Ludwig Oyster Black Pearl "Downbeat", con rims de COB (cromo sobre bronce), con igual número de cuerpos que la antigua Premier de Please Please Me y un tom de pie algo más pequeño: 14" x 14", aunque dotada de una caja -redoblante- más profunda (Jazz Festival de 5.5" x 14"). No se ha determinado marca y modelo de los dos platillos (de 18" el de crash y 20" el de ride, que es un sizzle con cuatro tachuelas), pero el charles o hi-hat es un Zildjian A de 14". Un dato curioso respecto de esta batería es que, a pesar de ir optando luego por otros modelos de Ludwig, Ringo seguiría usando siempre, hasta las últimas grabaciones del grupo (doblajes orquestales de Let It Be inclusive, en abril de 1970), la caja Jazz Festival de esta primera OBP. Según su propia declaración, también tocó siempre "el mismo" hi-hat Zildjian, aunque esto no es igual de seguro y en cualquier caso sería válido para el que vino con su siguiente Ludwig, la Super Classic recibida el 31 de mayo de 1964.





Al igual que en el álbum With The Beatles, y en buena parte de la carrera del grupo, los amplificadores de bajo y guitarras son Vox. Brian Epstein había firmado un contrato de exclusividad en virtud del cual el grupo se obligaba a tocar en vivo con amplificadores de esa empresa y a cambio recibía de ella equipamiento gratuito. Aquí todavía impera, para las guitarras, el "histórico" modelo AC30/6 TB de 30 watts, ya oído en Please Please Me, con dos pares de válvulas de potencia EL84, tres canales (normal, brillante y vibrato) de dos entradas cada uno y una unidad Top Boost, proveedora de ganancia extra, más controles adicionales de tono. Paul, en tanto, usa un T.60 de estado sólido -dos transistores de germanio- capaz de unos 40W de potencia real, con un gabinete separado para dos altavoces de 15". 


(Muy prontamente, con el paso a presentaciones en auditorios más grandes, se haría necesario recurrir a modelos de potencia superior, que Vox iría fabricando casi "por encargo" para sus clientes VIP. De hecho, en el show de Ed Sullivan, que nos ocupará más abajo, Lennon y Harrison estrenaron el modelo AC50 MkI de 50 watts, un amplificador básico de dos entradas y desprovisto de efectos, combinado con un gabinete provisorio conocido como "Small Box", que contaba con dos altavoces Celestion de 12" y 25w, más una bocina Midax de Goodmans para frecuencias medias que buscaba dar una mejor respuesta en agudos y brillo. Este nuevo ampli se sumaría a los antiguos para la grabación de A Hard Day's Night).



George Martin y el ingeniero Norman Smith


Tanto en la sala de control del Estudio 2, donde se grabó I Want To Hold Your Hand, como en la del Estudio 1, donde se mezcló (el 21 de octubre), todavía imperaba la consola de mezclas REDD.37 (véase Please Please Me), de 8 entradas y dos salidas, con sus clásicos preamplificadores Telefunken/Siemens V72. El micrófono para las voces fue el condensador a válvula Neumann U48, de patrón bidireccional o en figura de 8. Los amplificadores serían tomados muy probablemente con el U47, cuya principal diferencia con el U48 era su patrón cardioide o unidireccional; o bien con otro modelo de Neumann, el KM54. Otros micrófonos, de cinta y oriundos de la BBC, los STC (Standard Telephones and Cables) 4038 y 4033, servían por estos tiempos para tomar la batería: el 4038, cuyo diagrama polar en figura de 8 es el estándar en los micrófonos de cinta, se ponía como aéreo u overhead; el 4033, que aun siendo de cinta ofrecía la opción de patrón cardioide, se colocaba frente al bombo (ambos STC pueden verse en la foto de Ringo más arriba). 


En cuanto a dispositivos accesorios, destaco el limitador RS114, un "controlador de picos" -diseñado en EMI por Mike Bachelor- que pretendía emular a su homólogo yanqui de Fairchild y anticipó los compresores Altec/RS124 que vendrían poco después. Este artefacto participó de casi cada pista vocal y de guitarras en los tres primeros álbumes y singles contemporáneos del grupo, a causa del apego que el ingeniero Norman Smith desarrolló por él (apego que, según Kehew & Ryan, pocos técnicos de EMI compartían: parece que el RS114 era inestable y frágil, se descalibraba con facilidad y hacía un ruido bastante molesto).






El disco


El sencillo I Want To Hold Your Hand, con This Boy en el lado B, se lanzó a la venta en el Reino Unido el 29 de noviembre. Para ese día tenía ya, reitero, un millón de copias vendidas por adelantado. El 14 de diciembre derribó a She Loves You del Nº 1, siendo la primera vez en la historia discográfica inglesa que un intérprete se sucedía a sí mismo en la cima de las listas -de singles: el LP With The Beatles venía de destronar a su predecesor Please Please Me apenas una semana antes, el 7 de diciembre-. Pasó quince semanas en el ránking oficial, cinco de ellas en el primer puesto. Pero en mayo de 1964, en pleno auge "mundial" de la Beatlemanía, regresó al Nº 1 el día 16 para pasar allí una semana extra.




En Estados Unidos la historia estuvo llena de pormenores casi míticos. Sabiendo que el grupo saldría por TV en el show de Ed Sullivan -evento agendado para la segunda semana de febrero del 64-, Capitol cedió a la insistencia y ruegos de Brian Epstein y decidió publicar el disco en enero. Entretanto, un reportaje televisivo sobre la Beatlemanía, realizado en Londres por la CBS para emitirse en EEUU, se presentó en una versión breve el 22 de noviembre de 1963 en el informativo matinal CBS Morning News. Otra versión más larga iba a darse por la noche, en el Evening News de la cadena, conducido por el célebre Walter Cronkite, pero el asesinato del presidente Kennedy ese mismo día la canceló. Finalmente, se emitió el 10 de diciembre. Marsha Albert, una quinceañera de Silver Spring, Maryland, vio ese reportaje (donde, entre otras cosas, los Fab Four interpretaban She Loves You) y escribió a Carroll James, DJ de una estación de radio en Washington, pidiéndole que pasara un disco de los Beatles. James consiguió una copia importada del último simple, e invitó a Marsha a presentarlo en su programa, el 17 de diciembre. Así fue como I Want To Hold Your Hand sonó en USA por primera vez. El éxito entre los oyentes fue tal que DJs de Chicago y St. Louis consiguieron las cintas de la transmisión radiofónica y empezaron a pasarlas. Capitol pensó en interponer una acción legal -según algunos reportes efectivamente lo hizo-, pero optó por la mejor solución de adelantar la salida del single al 26 de diciembre, con I Saw Her Standing There en la cara B. Los primeros tres días vendió un cuarto de millón de copias. Para mediados de enero había alcanzado el millón. Hacia fin de mes se vendían diez mil ejemplares por hora en Nueva York. Capitol se vio sobrepasada por la demanda, y tuvo que recurrir al auxilio de RCA y otras compañías para imprimir más copias. El 18 de enero el disco empezó su estadía de quince semanas en los ránkings de Billboard y Cashbox y el 1º de febrero llegó al Nº 1, donde permaneció siete semanas, antes de ser desplazado por She Loves You. No hará falta decir que I Want To Hold Your Hand se convertiría asimismo en la canción Nº 1 de la lista anual de Billboard correspondiente a 1964.




Poco después, el catálogo previo del grupo dominaba los charts estadounidenses, y en abril, con la salida de Can't Buy Me Love, los Fab Four establecieron varias marcas históricas de ventas: tres sencillos alcanzando en sucesión continua el Nº 1 -vigente al mes de diciembre de 2023-, catorce títulos listados simultáneamente en el Hot 100 -sostenida por más de medio siglo, quebrada al fin por Drake en 2016-; dominio de los dos primeros puestos simultáneamente en la lista de singles y en la de LPs... Pero el récord más asombroso consistió en el monopolio absoluto de los cinco primeros puestos de Billboard durante la semana del 4 de abril de 1964. (Este récord fue igualado en septiembre de 2021 por Drake, que además colocó un total de 9 -nueve- temas en el Top 10 de la misma semana; conquista que solo le valió por un año y monedas, pues la semana del 1º de noviembre de 2022 Taylor Swift aplastó el récord de sus predecesores ocupando los diez primeros puestos. De cualquier modo, el valor y alcance de su logro -y del previo de Drake- depende de reglas y principios de medición diversos a los vigentes en tiempos de los Beatles, que en esencia se basaban en ventas contantes y sonantes de placas físicas y en una mucho más estrecha estadística de emisiones radiofónicas -hoy suman para la lista las reproducciones de video oficial, inexistentes entonces, un número significativamente mayor de radioemisoras y datos de streaming-; esto es, que el mercado medido por estas listas es al presente mucho más vasto y diversificado y los números en él requeridos para alzarse con las primeras colocaciones resultan en comparación mucho más bajos que en 1964; de lo contrario no se explicaría que un récord igualado después de medio siglo no llegase a sostenerse siquiera por quince meses).


Montándose con premura al suceso de sus nuevas estrellas, el sello Capitol publicó el 20 de enero de 1964 un álbum "equivalente" al With The Beatles británico, con el título Meet The Beatles. Constaba de menos canciones: doce, que era el estándar para el mercado estadounidense, e incluía -otra costumbre de ese mercado- el superéxito I Want To Hold Your Hand, más la cara B inglesa de ese simple, This Boy, y la norteamericana, I Saw Her Standing There. Las nueve pistas restantes eran las ocho composiciones originales de With The Beatles y un único cover: Till There Was You. Los covers excluidos integrarían poco después el siguiente LP de Capitol, The Beatles' Second Album.




Meet The Beatles ocupó el Nº 1 por once semanas, entre el 15 de febrero y el 8 de mayo, y hacia diciembre de 1964 había superado los cuatro millones de copias vendidas. Pudo haber durado más tiempo al tope de las listas, pero la angurria de la discográfica se lo impidió al publicar, con apenas dos meses y medio de diferencia -en abril-, el mentado The Beatles' Second Album, su natural e inmediato sucesor en el primer puesto, el cual conservó a su turno por seis semanas.


Como se sabe, los Beatles dieron el puntapié inicial a la llamada "Invasión Británica", que, según MacDonald, fue más "simbólica" que real, además de heterogénea -contaminada de artistas alejados del sonido beat- y no especialmente duradera: un año a lo sumo tras la irrupción de los de Liverpool. Ocupados en encontrar una respuesta artística y comercial a los Beatles, los intérpretes norteamericanos siguieron con todo dominando la escena pop de su país, dice el autor. Sin embargo, él mismo ofrece luego números probatorios del peso y efecto innegable de la manida invasión: "Antes de I Want To Hold Your Hand solo había habido dos Nº 1 británicos en las listas norteamericanas: Stranger On The Shore, de Acker Bilk, y Telstar, de los Tornados, que habían resistido un total de cuatro semanas entre las dos. Durante 1964 y 1965, ¡los artistas británicos ocuparon el Nº 1 nada menos que por cincuenta y dos semanas!".







Ed Sullivan




El 31 de octubre de 1963, Ed Sullivan y su esposa se encontraban en el aeropuerto de Londres, prontos a volar de regreso a Nueva York, cuando vieron, en un sector cercano, a unas mil quinientas chicas con carteles, gritando a todo pulmón, amontonadas para recibir a los Beatles, que coincidentemente volvían de una breve gira por Suecia. Fue ahí cuando Sullivan, que ya había oído de ellos, se interesó por contratarlos. Poco después, el 5 de noviembre, Brian Epstein voló a Nueva York y un agente londinense que trabajaba con ambos, Peter Prichard, contactó a Ed. El célebre conductor dijo necesitar un ángulo para presentar a los Beatles. Prichard le comentó que el grupo venía de tocar en el Royal Variety Show, donde habían sido los primeros "chicos de pelo largo" (long-haired boys) que jamás habían actuado ante la Reina. Ed comprendió que ya tenía su ángulo y decidió llevarlos a su programa. El 11 de noviembre, Epstein y Sullivan sellaron el acuerdo por dos presentaciones en vivo y un "ensayo grabado".


El 7 de febrero, mientras el single I Want To Hold Your Hand ocupaba el Nº 1 de las listas y unos cuantos hits más antiguos del grupo sonaban permanentemente en la radio, los Beatles llegaron al aeropuerto Kennedy, donde los esperaban alrededor de tres mil fans e incontables periodistas. Dieron ahí mismo una de tantas conferencias de prensa en que prodigaron su proverbial ingenio e ironía. Por ejemplo, un reportero preguntó: "¿Cómo encontraron América?" y Ringo dijo: "Doblando a la izquierda en Groenlandia".




Conforme la fecha del show se acercaba, la expectación crecía y la excitación se hacía más evidente. La cadena CBS recibió 50 mil pedidos de localidades para presenciar en vivo el programa en el auditorio desde donde se transmitía regularmente, el Studio 50, que solo disponía de 700 butacas. La "guerra de los boletos" que se desató entonces fue tal que hasta se hizo una película, más de una década después, para reflejarla (cf. más abajo, la TRIVIA 3). Walter Cronkite y Richard Nixon consiguieron entradas para sus respectivas hijas; Leonard Bernstein no lo logró. El propio Ed Sullivan, al cerrar su show del 2 de febrero y anunciar, según acostumbraba, los actos que participarían del programa siguiente, preguntó a la audiencia: "Si alguien tiene por casualidad algún ticket para los Beatles en nuestro show del próximo domingo, ¿puedo tomarlo prestado? Lo necesitamos de veras".




El 9 de febrero, finalmente, se produjo el debut del cuarteto en el Ed Sullivan Show, transmisión que batió todos los récords de audiencia con 73 millones de espectadores (el número absoluto de televidentes fue superado largamente por varios eventos posteriores; pero el casi 40% de la población del país que ese número representaba, he ahí un muy diverso cantar *). El éxito inaudito de este show se vio corroborado una semana más tarde con una segunda presentación en una emisión especial desde Miami, tan memorable como la primera y con muy semejantes números de audiencia. Naturalmente, I Want To Hold Your Hand sirvió como grand finale en ambas ocasiones.


* Lo pongo en términos muy simples: en 2017, el récord absoluto en audiencias televisivas estadounidenses lo ostentaba la final del Super Bowl XLIX del 1º de febrero de 2015, emitida por la NBC, con 115,2 millones de espectadores. Ahora bien, siendo ese año el número total de habitantes en EEUU de 320 millones, resulta que el Super Bowl récord fue visto por un 36% de esa población, contra aquel estimado de 39% de los Beatles en el Ed Sullivan Show de 1964, cuando los Estados Unidos contaban con aproximadamente 189 millones de habitantes -los estudios calculan que el 45% de los hogares vio esa emisión en directo-. Por cierto, los 60 millones de televidentes que Elvis Presley había marcado el 9 de septiembre de 1956 en el mismo show, equivalen muy cercanamente al número del Super Bowl 2015, un 35,7% sobre una población de 168 millones.




Al abrir el programa, patrocinado por el analgésico Anacin y los bizcochos y polvos para tortas Pillsbury, Ed apareció en pantalla para leer una demagógica salutación a los Beatles, por telegrama, de Elvis y de su manager el coronel Tom Parker. Luego de otro par de anuncios -la espuma de afeitar Aero Shave y la cera líquida para zapatos Griffin-, el conductor regresó para decir las siguientes palabras: "Ayer y hoy nuestro teatro ha sido invadido por reporteros y cientos de fotógrafos de toda la nación, y estos veteranos coinciden conmigo en que esta ciudad jamás ha presenciado la excitación causada por estos jóvenes de Liverpool que se hacen llamar Los Beatles". Para no desencadenar una gritería entre las púberes y adolescentes que poblaban las gradas del auditorio con solo nombrarlos, se apresuró a anunciar que la banda saldría a escena dos veces esa velada, la primera de ellas ahí mismo. Dijo: "Damas y caballeros, aquí están..." y mencionó el nombre "The Beatles" rápidamente para que los gritos no le taparan el remate. Se lo notaba a un tiempo risueñamente sorprendido y acaso algo inquieto: hacia el final del programa hizo un agradecimiento a la policía neoyorquina por su calmo y eficaz manejo de la situación en la calle -a las puertas del Studio 50 de CBS se había congregado una multitud de chicas y chicos-. En su salida inicial, los Beatles interpretaron tres canciones (All My Loving, 'Till There Was You y She Loves You); luego volvieron, cerca del final -con Ed jocosamente resignado a que la chillería le sepultara la introducción-, para ofrecer los dos temas de su gran single yanqui: I Saw Her Standing There y el obligado I Want To Hold Your Hand. Entre esas dos apariciones, mientras discurrían los distintos números artísticos programados para esa noche, las púberes que eran mayoría en el auditorio exteriorizaron momentáneas impaciencias, pese a que Sullivan les había hecho prometer que "se portarían bien". Preocupado por no perjudicar o perturbar a los otros actos que participaban del programa, el conductor tuvo que amonestar un par de veces a la juvenil muchedumbre y en una ocasión llegó a amenazar: "Si no se calman, voy a hacer venir a un barbero" (!).


(Entre los actos opacados por la imperiosa beatlemanía extendida se contaban un dúo de comediantes, McCall & Brill; el elenco de Oliver! -musical del británico Lionel Bart que era éxito del momento en Broadway-, al que se plegó para este show la estrella inglesa Georgia Brown; un equipo de acróbatas llamado Wells & The Four Fays... Y también un popular imitador, que hizo impressions de Marlon Brando, Dean Martin, Burt Lancaster y otros astros del cine, muy festejadas por el público. Su nombre era Frank Gorshin y posteriormente alcanzaría celebridad mundial al interpretar al villano conocido como El Acertijo -The Riddler- en la serie de TV Batman, que se emitió entre 1966 y 1969).


Toda suerte de leyendas (más o menos veraces) acompañaron este histórico desembarco de los Beatles en la TV estadounidense. La más repetida de ellas cuenta que la tasa de delitos bajó drásticamente en la ciudad de Nueva York durante la hora que duró el show de Sullivan. Circunstancia que podía explicarse porque las calles estaban poco menos que desiertas...


Otro toque de color que dejó esa emisión lo aportaron los recordados letreros sobreimpresos durante la interpretación de 'Till There Was You. Según las cámaras iban tomando en sucesión primeros planos de cada beatle, se veían debajo de sus rostros sendos subtítulos con los respectivos nombres de pila -por si para entonces alguien en el país aún los ignoraba-. Así habían pasado Paul, Ringo y George; pero, al llegar a John, el cartel añadía al nombre un mensaje: Sorry, girls, he's married (Lo sentimos, chicas, está casado). Un verdadero signo de los tiempos...




George Harrison arribó a Nueva York enfermo de gripe. No se llegó a temer su ausencia en la actuación televisiva, pero se lo mantuvo lo más aislado y descansado que se pudo. De hecho, el roadie Neil Aspinall lo reemplazó para los ensayos escénicos previos al show -aunque no en una performance real que se grabó en la víspera del show en vivo y que, como se leerá enseguida, se emitió el 23 de febrero-. Su convalecencia le impidió participar del encuentro que tuvo la banda con el presidente de la compañía Rickenbacker, ocasión en que John Lennon escogió para su compañero la legendaria guitarra 360/12 "Deluxe", de doce cuerdas y cuerpo Fireglo, que impregnaría el sonido del grupo en el álbum A Hard Day's Night y los dos o tres subsiguientes. 


Aparte de su inmediata presencia en la emisión consecutiva del 16 de febrero, el cuarteto de Liverpool estuvo dos veces más en el show de Ed Sullivan: la primera el 23 de febrero, en modo virtual, cuando se reprodujeron las cintas de su "ensayo grabado" el día 8, antes de su histórica performance en directo. La siguiente fue mucho después, el 12 de septiembre de 1965 (aunque esa tampoco fue en vivo: se había grabado el 14 de agosto). Algo curioso es que, al finalizar este último programa, el viejo Ed anunció el inicio de las transmisiones en color a partir del domingo siguiente, 19 de septiembre.


Los Beatles y Ed Sullivan mantuvieron en adelante, para siempre, una excelente relación: él los presentó en su apoteósico concierto del Shea Stadium, por ejemplo. A cambio, desde 1966 y hasta el final de la década, periodo en el que dejaron de actuar y dar giras, los Beatles estrenaron en el show de Ed Sullivan varios clips oficiales de sus mayores éxitos.





Un hueso de sinsentido


Escribe Ian MacDonald sobre I Want To Hold Your Hand: "La alegre energía e inventiva del disco despertó a los EEUU de su melancolía e inmediatamente el país, agradecido, cayó a los pies de los Beatles".


También llama la atención sobre un detalle al que quizá pueda sacársele más jugo. Se trata de la inanidad, la escasa sustancia o contenido significativo que refleja la letra de esta canción. Sin duda, por esos tiempos no se pedía que un músico o cantante pop ofreciera en sus letras hondas materias de reflexión o altos vuelos poéticos. Apenas estaba asomando una nueva generación de cantores folk y de "protesta", liderados por Bob Dylan, conscientes de que la letra de sus composiciones podía tener alguna importancia. Concurrentemente, apenas empezaba a formarse un público para ese tipo de productos. La regla general para las letras de la música pop era, en consecuencia, la de las "tontas canciones de amor". Y se debe admitir que I Want To Hold Your Hand tenía una letra más tonta que la mayoría de sus contemporáneas. MacDonald explica: "McCartney y (sobre todo) Lennon valoraban más el espíritu que la forma. Para ellos, el sonido y el sentimiento de un disco importaban más que lo que dijera literalmente; por lo tanto, el primer requisito de una letra era no entorpecer el efecto general. Los Beatles cantaban sobre "anillos de diamantes" en sus primeras canciones no porque quisieran identificarse con las convenciones matrimoniales de la mayoría silenciosa, sino porque por aquel entonces pensaban que tales clichés distraerían menos la atención que algo más original". (La cursiva es mía).  Y agrega: "Si es que tiene alguno, el [mensaje] de I Want To Hold Your Hand era 'Venga, siente lo bueno que es'".  Lo cual, argumenta este autor, "implicaba una ruptura fundamental con el statu quo de la burguesía cristiana. Pese a no tener ninguna intención subversiva, los Beatles, con este potente disco, llevaron a cabo un acto revolucionario". 




A mí me interesaría resaltar otro aspecto. La letra de I Want To Hold Your Hand, tan corta de significación y enjundia, boba y carente de contenido -salvo el de invitarnos a sentir lo bueno que es-, vino a obrar pues, en virtud de tales deficiencias, a favor de la superación y el olvido de la tragedia en que estaba inmersa la sociedad estadounidense. Esta letra que no producía un sentido, que no desplegaba significados ni pedía u ofrecía explicaciones, hizo así un nexo oculto con aquel otro hecho enorme, incomprensible, inasimilable; el reciente magnicidio que había sacudido, en esa sociedad, todo sentido común (comunal) que pudiera sustentar cualquier convivencia o devenir, cualquier proyecto de conjunto. Los EEUU estaban tristes, como dice MacDonald, pero también perplejos, aturdidos. Y entonces, esa letra tan insustancial llegó para proponer un sinsentido de signo opuesto a ese otro que la comunidad intentaba tramitar. Esa letra tonta, que no decía nada (muchos detractores de la época la juzgaron así, y es imposible no darles la razón), cumplía la misión de "no entorpecer" la alegría, el vigor, la originalidad y atracción irresistible del sonido, del sonido que sí era en cambio ingenioso, sorprendente, heterodoxo, vital; del sonido en su pura apelación sensitiva, física, en su inmediata causación de entusiasmo y de placer. A nivel de significado, esas palabras fueron un perfecto y redondo hueso de sinsentido, ni más ni menos que el evento atroz con el que lidiaba su público, pero de un valor emotivo o anímico -"psicológico"- inverso.






Trivia

Agrego seguidamente algunas trivialidades conexas a la historia de esta célebre canción.



1


A instancias de la discográfica alemana Odeon (filial de la EMI cuya subsidiaria Parlophone grababa a los Beatles), I Want To Hold Your Hand y el previo hit She Loves You conocieron sendas, estrafalarias versiones en la lengua de Goethe, con traducción a cargo de Camillo Felgen -músico de Luxemburgo que acometió esta faena bajo el seudónimo de Jean Nicolas-. Los directivos alemanes lo juzgaban necesario para que el grupo entrara al público de su tierra. Así fue como nacieron Komm, gib mir deine Hand (Ven, dame tu mano) y Sie liebt dich (Ella te ama, esta fue literal). Los Beatles odiaron tanto tener que hacer esto que por primera vez dejaron colgado a George Martin y el 27 de enero no se presentaron a grabar en los estudios Pathè Marconi de París, ciudad en cuyo Teatro Olympia estaban ofreciendo una serie de conciertos durante ese mes. Dos días más tarde, tras el pertinente tirón de orejas de su productor, se resignaron, de muy mala gana, a grabar estas extravagancias. Con I Want To Hold Your Hand no hubo más que rehacer las voces, pero de She Loves You tuvieron que volver a tocar la base instrumental, dado que las pistas de origen se habían desechado después de las respectivas mezclas. Ese mismo día, 29 de enero de 1964, registraron las primeras tomas de Can't Buy Me Love.




Komm, gib mir deine Hand se publicó en Alemania en marzo de 1964. En julio, Capitol la incluyó, junto con Sie liebt dich, en Something New, su tercer LP de la banda en un semestre -eso porque la música de A Hard Day's Night había salido por United Artists, la productora del filme-. Para el resto del mundo, ambos temas aparecieron por primera vez a fines de los años '70 formando parte del compilado The Beatles Rarities (Rarezas), en cuyo concepto cuadraban a la perfección.


"La costumbre de grabar versiones especiales para los mercados extranjeros, habitual en la época, fue desestimada para siempre por los Beatles y en consecuencia cayó en desuso. La promoción resultante de la lengua inglesa por todo el mundo es uno de los logros más sustanciales y menos documentados del grupo" (Ian MacDonald).





2


I Want To Hold Your Hand repercutió tan hondamente en la cultura popular estadounidense que hasta originó un divertido incidente con Bob Dylan. Los Beatles llevaban tiempo queriendo conocerlo, desde que a comienzos de 1964, en París, Harrison había descubierto su clásico LP The Freewheelin'. Cuando al fin lo hicieron, el 28 de agosto de ese año, Bob los invitó a fumar marihuana. Brian Epstein y los cuatro Beatles, un poco incómodos, dieron algunos rodeos antes de admitir que nunca habían probado esa droga. El otro los miró incrédulo: "¿Y qué hay de esa canción de ustedes sobre getting high (colocarse)?" Los Beatles no sabían de qué hablaba. Entonces Dylan canturreó: "And when I touch you, I get high, I get high" (Y cuando te toco, me cuelgo, me cuelgo). Lennon, muy avergonzado, le explicó que la letra no iba así: era "I can't hide" (No puedo ocultar). 




(Según sabemos, esta fue la ocasión en que McCartney -famoso por su afición al cannabis aquí iniciada-, oyendo sabrá Dios qué dichos de Bob acerca de Dios sabrá qué asuntos, creyó entrever, o directamente descifrar, el sentido de la vida, del universo, o de algo. Lo bueno fue que tuvo la precaución de consignar su epifanía en un trozo de papel, que confió al roadie Mal Evans para asegurarse de preservar tan trascendental información. Así fue como al otro día, cuando Evans le devolvió el papel, Paul se reencontró con su revelación de la víspera, la cual rezaba lo siguiente: "Hay siete niveles").





3


En 1978, Steven Spielberg fue el productor ejecutivo de una película, dirigida por su pollo Robert Zemeckis, cuyo argumento trataba sobre un viaje a Nueva York emprendido más o menos subrepticiamente por un grupo de chicas y chicos de New Jersey que, por distintos motivos y con diversos grados de interés, aspiraban a ver a los Beatles en el mítico show de Ed Sullivan del 9 de febrero de 1964. El filme, que relataba en tono de comedia las peripecias que atravesaban estos personajes en su anhelo de acercarse a la banda y de procurarse boletos para presenciar en vivo el gran evento, se llamó I Wanna Hold Your Hand (obviamente) y fue protagonizado por Nancy Allen junto a un elenco juvenil de no extraordinaria celebridad, que incluía a Bobby DiCicco, Theresa Saldana, Wendie Jo Sperber y Susan Kendall Newman, hija del celebérrimo astro Paul Newman.


La música de esta película constó exclusivamente de canciones correspondientes a los primeros álbumes y singles de los Beatles. Hubo, no obstante, en diferentes diálogos, numerosas alusiones jocosas a temas posteriores del cuarteto (Helter Skelter, Get Back, Norwegian Wood, Polythene Pam, etcétera...). 





Fue el primer largometraje dirigido por Zemeckis y producido por Spielberg, quien, por si las moscas, se mantuvo en la tierra firme de un presupuesto francamente bajo, inferior a los tres millones de dólares. Lo bien que hizo. Porque, pese a las buenas críticas, la película fracasó feo en las taquillas, no llegando a recaudar ni dos millones. Un tropezón injusto, a mi entender: sin constituir una maravilla, resulta una comedia bastante entretenida, en la que Zemeckis luce su mano siempre idónea para este tipo de productos. Cuántos récords de recaudación no habremos visto batir a porquerías inmensamente más torpes que este modesto y grato pasatiempo...




Historias de Cine Argento. Pierre Chenal

 



El industrioso, sufrido cine argentino sabe de sobra lo que es hallarse en peligro. Se ha aclimatado largamente al escaso aprecio de gobiernos de todos los colores políticos, que por lo común solo se ocuparon de él, por lo común solo un poco, en circunstancias de excepción, cuando necesitó de ayuda especial para sobrevivir. Raramente se lo integró, pese a su evidente potencial como factor cultural y económico, a una estrategia global de desarrollo. Los primeros lustros de este siglo se entrevió en tal sentido un renacer, por desgracia interrumpido y abiertamente revertido a partir de 2016. Hay hechos que hablan por sí solos: entre los países del mundo con una filmografía de cierta importancia, Argentina es el único que todavía carece de una Cinemateca Nacional; el escaso empeño en restaurar y preservar nuestro acervo cinematográfico pone en creciente riesgo buena parte de ese patrimonio (entre 2003 y 2014 se había producido una interesante puesta al día en esa labor, pero luego prácticamente se la abandonó por completo); en 2019 el INCAA y la Ciudad de Buenos Aires proyectaron en conjunto el Primer Laboratorio de Preservación Fílmica del país, pero en diciembre de 2023 -o sea, el mes pasado- la Ciudad todavía no había destinado un solo centavo a su construcción... El presente y futuro inmediato anuncian una nueva etapa de dificultades y desamparo. Salvo que en esta ocasión la indisposición gubernamental es expresa y deliberada, proclamada con el vigor de la necesidad y de la conveniencia, pretextada en la falta de recursos y en urgencias sociales que desde luego siempre existen. Este novedoso carácter indisimulado del desprecio oficial constituye probablemente su rasgo más inquietante y desalentador. 


(En otra oportunidad discutiré las muchas falacias con que se ataca a la industria cinematográfica local, la falsedad de las "películas que nadie mira", la mentira de que "el Estado intervencionista" paga producciones que a decir verdad se hacen en su mayor parte con capitales privados y con la eventual ayuda de créditos -que sirven únicamente para completarlas, ni de lejos para realizarlas ad integrum- otorgados por el INCAA, en su calidad de ente autárquico que se financia por la tasa de usufructo del espectro radioeléctrico, de propiedad y dominio público, que el ENACOM cobra a su favor; etc.).


A despecho de sus muchos lastres y enemigos, el cine argentino se sigue sosteniendo y reivindicando. Cuenta para ello, entre otras cosas, con su vasta y rica historia, repleta de logros memorables por artistas ilustres, en su mayoría autóctonos; aunque igualmente los hubo adoptivos, como el maestro Mario Soffici; y aun, de cuando en cuando, visitantes o residentes temporarios del más alto relieve internacional. Tal fue el caso del gran realizador belga Pierre Chenal.




Nacido en 1904, Chenal inició su carrera cinematográfica en París. Hizo cortos mudos en los años veinte del siglo ídem y empezó a dirigir largos en los años treinta. La segunda mitad de esa década presenció sus primeros éxitos comerciales y artísticos: L'Alibi (La Coartada), de 1937, y Le Dernier Tournant (La Última Vuelta, 1939, primera adaptación cinematográfica conocida de la novela El Cartero Siempre Llama Dos Veces, de James Cain) fueron películas policiales de gran originalidad y prefiguraron en buena medida la estética ulterior del género, sobre todo su vertiente negra estadounidense. Hoy se tiene a ambos filmes -especialmente al primero de ellos- por clásicos y efectivos precursores del film noir. Con estas películas Chenal entró al radar del cine internacional como uno de los mayores talentos de su generación en el mundo.


Eric von Stroheim en L'Alibi (1937)




Le Dernier Tournant (1939)


Pero entonces sobrevino la Segunda Guerra Mundial. Chenal se enroló en el ejército francés para combatir al Tercer Reich. Francia cayó en junio de 1940. Con los nazis ocupando París y todo el norte francés por el armisticio de Vichy, Chenal, que tras la derrota había sido desmovilizado y devuelto a la vida civil, recordó que su apellido de nacimiento era Cohen y, observando que los nazis no dejaban de avanzar sobre la zona libre, decidió, juntamente con su esposa Florence Marly -actriz que había integrado el reparto de aquellos dos grandes filmes-, huir cuanto antes y lo más lejos posible. Diversos asuntos estorbaron la consumación inmediata de ese plan. La pareja pasó primero a Barcelona y recaló por fin en Marsella. En algún momento de 1942, Florence (que usaba, como su esposo, un seudónimo: en su Checoslovaquia natal había sido bautizada como Hana Smékalová) consiguió dos visas para emigrar a la República Argentina.


Florence Marly en Le Dernier Tournant


Justificándose en la voluntad de preservar la convivencia pacífica de las distintas colectividades que la habitaban, la Argentina porfiaba en mantenerse neutral frente a la guerra, pese a la constante y acuciante presión estadounidense, que a decir verdad solo se inició en diciembre de 1941, con el ataque japonés  a Pearl Harbor. (Aparte de una larga tradición neutralista, la posición del Estado argentino observaba, concretamente, el interés del Reino Unido, que no quería comprometer su provisión regular de alimentos y suministros. Así, tras la velada disputa entre yanquis y británicos por la neutralidad de este remoto país, se ocultaba otra, relacionada con el dominio de la industria frigorífica local, que desde el leonino pacto entre Roca y Runciman estaba en un 80 por ciento bajo jurisdicción de Su Majestad). Ahora bien, tras la caída de Francia, la opinión pública argentina, que al principio había tomado la neutralidad oficial con agrado o con indiferencia, entró a dividirse y muchos sectores vieron en la obstinación del gobierno una simpatía mal disimulada por las potencias del Eje. No debe olvidarse, además, que el presidente Castillo, reemplazante de Ortiz, era un exponente puro y duro de la década infame, defensor de sus peores vicios (revirtió enteramente la democratización que el radical Ortiz había ensayado, desatendiendo, por ejemplo, la voluntad de su predecesor de acabar con el "fraude patriótico"). Me gustaría poder decir que el presidente Ortiz, licenciado por enfermedad -diabetes- desde 1940 y muerto a mediados de 1942, habría tenido una posición más humanitaria para con refugiados de la guerra y de la Shoá, a quienes por entonces la Argentina mucho remoloneaba en acoger, pero el hecho es que ya durante su mandato circulaba en la Cancillería un memo secreto con la orden de no otorgar visas a emigrantes europeos de origen judío...


Tales máculas de nuestro gaucho corazón ultraderecho y humano gozaban de plena vigencia cuando Pierre y Florence proyectaron su fuga hacia estos pagos. Florence fue la primera en viajar, mientras su esposo terminaba de arreglar negocios pendientes. Se reunirían en Buenos Aires una semana o diez días después. Pero cuando Florence llegó le negaron la entrada. Ella rumbeó entonces hacia Bolivia (!), donde enfermó bastante seriamente de algún mal impreciso que la sumió en una consunción física considerable. Entre tanto, Pierre arribó a Buenos Aires. Extrañamente, a él sí le permitieron el ingreso al país -puede que su fama lo precediera, quién sabe qué valor le darían-. Llevaba tres días en su cuarto de hotel, desconocedor del idioma y sin noticias de su esposa, cuando se presentó a visitarlo el reputado cineasta argentino Luis Saslavsky, que era su admirador y se había enterado de su arribo. Esta aparición fue providencial para Chenal, porque Saslavsky, director prestigioso con excelentes contactos en la industria del cine y judío comprometido que execraba la política estatal adversa a la recepción de refugiados de la guerra -incluso había rozado el tema en su más reciente filme, Ceniza Al Viento-, se ofreció para patrocinarlo en el medio local -lo presentó en la productora Artistas Argentinos Asociados- y movió influencias para localizar a Florence, que pudo así reunirse con su esposo al poco tiempo. (Ella consiguió, parejamente, contratos para actuar en dos películas argentinas: La Piel de Zapa de Luis Bayón Herrera, con Hugo Del Carril y Aída Luz, y El Fin de la Noche, de Alberto de Zavalía con Libertad Lamarque; ambas filmadas en 1943, aunque la segunda se estrenó al año siguiente).


Luis Saslavsky (al centro)

Chenal contó así esta experiencia:

"Llegué a Buenos Aires sin saber qué iba a hacer, y sin hablar castellano. No sabía si había estudios, ni siquiera si existía un cine argentino. Estaba desesperado, sin dinero y sin saber dónde estaba mi mujer. Dispuesto a morir, me instalé en el Alvear Palace Hotel. Si me iba a suicidar, al menos que no fuera en un hotel miserable. A los tres días, alguien llama a la puerta: era Luis Saslavsky. Él conocía mis films y se ofreció a presentarme en Asociados… Allí estaba yo, en esa ciudad fabulosa, tan rica, en la que todo abundaba y en la que en tres días me ofrecían dirigir, mientras que en Francia todo el mundo se moría de hambre. ¡Y yo que había pensado en suicidarme!"

(Guillermo Vilela, A los 80, Chenal sigue filmando en París, nota publicada en el diario La Razón de Buenos Aires, el 20 de octubre de 1986).



Resignado a reanudar su carrera en un medio extraño, pero pudiendo trabajar sin presiones ni temores, Chenal filmó, durante su primera estancia de tres años largos en nuestra tierra, un total de cuatro largometrajes. Arrancó en 1943, con un (melo)drama adulto de vigorosos tintes románticos, llamado Todo un Hombre y basado en una novela de Miguel de Unamuno, con Francisco Petrone y Amelia Bence -que ese mismo año estrenaba su emblemática Los Ojos Más Lindos Del Mundo-. Homero Manzi y Ulises Petit de Murat escribieron "cinedrama y diálogos". Tuvieron ciertas discrepancias con el director sobre la orientación del argumento. La historia, que no ha envejecido muy bien, trataba sobre un hombre maduro, rico y avasallador pero de origen humilde, que se casaba con una mujer joven (a la cual naturalmente cautivaba merced a su exudación de feromonas machoálficas), una chica altiva y de espíritu rebelde pese a su endeble salud, hija única de una buena familia empobrecida. El advenedizo, absorto en sus negocios y en los favores que de continuo dispensaba a pobres y necesitados, no podía evitar descuidar un poco -involuntariamente, claro está- a esta joven esposa, quien a su turno terminaría siendo presionada, o acosada eróticamente, por un antiguo amigo devenido en festejante. Como en toda buena historia romántica, los desencuentros servirían a la vez para incrementar el amor y para complicarlo. El protagonista debía luego probar su hombría "perdonando" los aparentes devaneos de su joven amada, los consecuentes corrillos del vulgo, comprendiendo que su propia desatención los había ocasionado. El punto de discordia entre director y guionistas pasaba por la magnitud o alcance del desliz: los escritores defendían una cauta "vacilación" de la mujer, cierta inclinación al adulterio que por diversas razones quedara trunca o topara con algún freno antes de pasar a mayores, algo que se mantuviera en el plano de la mera sospecha. Chenal, en cambio, iba decididamente por cuernos efectivos y fehacientes: qué gracia tendría perdonar una falta que no se había cometido. La prueba de esa hombría sensible y amorosa sería más cabal si hubiera de lidiar con una infidelidad consumada. La salida fue menos que un compromiso: ella jamás cede a los avances del amigo galán -que cada tarde la visita para jugar al ajedrez (!)-, pero intenta provocar los celos de su esposo, a quien ama incondicionalmente, mediante la mendaz confesión de que el otro es su amante. El  hombre, lejos de creerle, la hace internar en una clínica para que le traten la neurastenia.... Ignoro qué opinaría Chenal del producto resultante; el público y la crítica lo acogieron con entusiasmo. Petrone y Bence fueron premiados a nivel nacional y todo el mundo ponderó el notable trabajo de cámara, la fuerza expresiva de esos planos primerísimos y de detalle, la ambientación (escenografía, vestuario) precisa y elocuente, las oportunas variaciones de ritmo dramático; en suma, esa "excelencia europea" que distaba de ser moneda corriente en nuestra industria.


El rodaje de Todo Un Hombre. De izq. a der.: Petit de Murat, Bence, Chenal, Petrone, Manzi.




Es probable que la melodramática Todo Un Hombre no fuese por completo conducente al lucimiento de un cineasta que, recordemos, se había hecho fuerte en el género policial. Quizá por esa razón su siguiente intento, basado en una historia de su propia autoría, enfiló hacia esa reconocida área de excelencia. En 1944, con guion de Sixto Pontal Ríos y Carlos Olivari y "dirección de diálogos" por Miguel Mileo (idéntico crédito había recibido en el filme anterior), Chenal urdió una suerte de tragicomedia policial y de suspense sumamente ingeniosa y entretenida, una de sus mejores películas argentinas. Se tituló El Muerto Falta A La Cita y la protagonizaron Ángel Magaña y Sebastián Chiola, secundados por Nélida Bilbao y Guillermo Battaglia -que también había actuado en Todo un Hombre-. Narra la historia de un joven y prometedor arquitecto pronto a casarse con una rica heredera, de la que está genuinamente enamorado, tanto como ella de él, pero que se mete en problemas cuando, pasado de copas en su despedida de soltero, se escabulle a su automóvil, en la alta noche, para conducir de vuelta a casa por una ruta solitaria y, fatalmente, alcoholizado como está, atropella a un ciclista. Apeándose a observar el daño, advierte que el atropellado yace inmóvil en el suelo, por lo que, contra lo macanudo que hasta entonces se ha mostrado, opta por arrastrar el cuerpo al interior de los matorrales que bordean la ruta y arrojar lejos el sombrero ensangrentado y la bicicleta abollada, antes de escapar a toda prisa de ahí; aunque no rumbo a su casa, sino, muy sagazmente a pesar de la borrachera, de regreso a la fiesta de la que se había escurrido. Tiempo después, ya en plena luna de miel, le cae a su residencia veraniega, en plan pretendidamente amistoso, un hombre a quien conoció durante sus cuitas relativas al accidente (accidente del cual ulteriores exámenes no han detectado rastro alguno y que ha empezado a parecer el producto de una imaginación ebria). Con la anuencia de la esposa, que lo supone un amigo de su amado, el advenedizo se instala junto a los jóvenes cónyuges y no se despega de ellos por nada del mundo, para exasperación del protagonista, quien sufre las alusiones, cada vez más evidentes, a aquel ciclista arrollado que este intruso deja caer antes de revelarse, al fin, como doliente hermano del presumible occiso. El planteo prolifera en ribetes y enredos que, como es obvio, convendrá omitir; baste con asentar la construcción argumental brillante de esta película consistentemente atrapante y movida. Por supuesto, también tallan en su efecto global los contundentes claroscuros, los grandes trávelin (la grúa que en la iglesia baja desde un plano general picado hasta un primer plano de Magaña en contrapicado), la escenificación siempre escrupulosa y certera. 


De paso, aclaro que cualquier coincidencia con la española Muerte de un Ciclista, que en 1955 dirigió Juan Antonio Bardem e interpretaron Lucía Bosè y Alberto Closas, es pura semejanza...


Ángel Magaña, Nélida Bilbao, Sebastián Chiola, en El Muerto Falta A La Cita



Antes de regresar a París para reanudar su carrera europea, Chenal filmó dos películas más entre nosotros. El 16 de marzo de 1945 estrenó la primera de ellas, Se Abre El Abismo, que persevera en los nexos con el pulso policial: aquí la trama gira en torno a una conjura de hijos e hijas para matar a un padre abusador y despótico y/o para encubrir su occisión. De nuevo aparecen Chiola y Battaglia -tres al hilo para él-, acompañados esta vez de Silvana Roth, Elsa O'Connor, Ricardo Passano y Homero Cárpena. Con guion de León Klimovsky y Augusto A. Guibourg sobre la novela Vía Mala de John Knittel, esta puede considerarse la otra gran película del belga en nuestras tierras. Tenebrosa y cruda, aquí no hay rastros de comedia; se la podría tener por una tragedia sin mezcla, casi al clásico modo ateniense (pocos decorados, abundante diálogo, acción parca y concreta), de no ser por su deriva en melodrama. Una vez consumado el parricidio, un juez de instrucción recién llegado al pueblo (Chiola) empieza a hurgar y a hacer o atisbar descubrimientos que podrían perder a los conjurados -a su vez intranquilos por el silencio dubitativo de la madre, que no ha participado del tremendo crimen pero lo sabe todo a su respecto y a veces exhibe un ansioso ánimo de confesarse-. Sin embargo, al caer prendado de una de las hijas confabuladas (Roth), el hombre empezará a cuestionarse hasta dónde desea saber o, como él mismo dice, "aprender a callar"... La referencia trágica toma pues un carácter esencialmente euripídeo, cuestionador de toda salida moral convencional. Chenal parece cómodo escarbando en la doble transgresión ética de dejar sin castigo a los criminales por obra de una autoridad que se abstiene de procesarlos.


Guillermo Battaglia, Chiola, Silvana Roth, en Se Abre El Abismo



La siguiente y última película argentina de Chenal previa al final de la guerra se estrenó en febrero de 1946 y se llamó Viaje Sin Regreso. La protagonizaron Florence Marly y Sebastián Chiola -tres consecutivas-, respaldados entre otros por Francisco de Paula y, quién lo diría, Guillermo Battaglia. No la he visto (me la estaré procurando a la brevedad), de modo que nada puedo decir de ella. Hasta donde sé, los críticos no la apreciaron mucho: le cuestionaron el exceso de charla -o sea de diálogos, algunos de los cuales parece que sonaban bastante afectados-. Tampoco sé cómo sobrellevaría Florence su español chapucero y su indisimulable inflexión eslava (más abajo hablo de otra aparición suya en un posterior largometraje sudamericano de su marido). Se dice que un par de secuencias, una que involucra un duelo al comienzo de la película y otra un suicidio al final, son los pasajes más decentes...


Terminada la guerra, Chenal vuelve a Francia, donde filma dos películas, una de ellas con el regreso del gran Erich von Stroheim -había coprotagonizado L'Alibi-, llamada La Foire aux Chimères (La Feria de las Quimeras), que personalmente me gustó mucho pero que no procede comentar aquí. 


Sin embargo, su aventura sudamericana, y específicamente argentina, no había concluido aún. En 1950 acometió uno de los proyectos más extraños y osados de toda su filmografía: un nervioso, agitado policial en franca vena noir, cuyo título fue Native Son -en español conocido como Sangre Negra-. Se basó en la novela homónima escrita en 1940 por Richard Wright, autor africano-norteamericano que ya en 1941 la había adaptado para una versión teatral de Orson Welles, nada menos. Grandes estudios de Hollywood habían intentado comprar los derechos para llevarla al cine, pero querían que su protagonista fuera blanco. Wright rechazó tales ofertas. Parece que Chenal vio en la novela el potencial de un rotundo film noir y contactó a Wright con una propuesta que entusiasmó al autor. Escribieron juntos el guion y decidieron filmarla en Buenos Aires, puesto que otras ciudades -europeas- no quisieron arriesgar los beneficios del Plan Marshall albergando un rodaje posiblemente ingrato al gobierno yanqui. Fue producida entonces por la empresa A.S.F. International (la sigla iba, puede adivinarse, por Argentina Sono Film; de hecho, acompañando la aparición en pantalla de esas letras, sonaba la inconfundible cortina musical que identificaba a la productora de los Mentasti). Se rodó íntegramente en Buenos Aires, si bien se reprodujo al dedillo el ambiente urbano y suburbano de Chicago, donde la novela transcurría. Su elenco principal era estadounidense, salvo el argentino Jorge Rigaud, que compuso un convincente reportero amarillista con cierta influencia en el acaecer de la historia. Lo más loco fue que, ante la imposibilidad de contar para el rol protagónico con Canada Lee, el actor que lo había interpretado en la puesta teatral de Welles y a quien un visado demoró en África, el propio Wright decidió tomar a su cargo al antihéroe de esta trama siniestra, Bigger Thomas, un chico negro de unos veinte años de edad en la novela, incongruentes con los largos cuarenta que Wright acumulaba por entonces. Bigger entra a trabajar como chofer en la casa de un hombre rico e influyente, obviamente blanco, cuya joven hija es, digamos, demasiado librepensadora (léase comunista). Una noche, esta chica, que es al fin su patrona, se hace llevar de parranda en el coche que él conduce. Ella y un amigovio, compañero de ruta, instan al buen chofer a reconocerse como un igual de ambos, a sentarse a la misma mesa, en el club al que asisten, para comer y beber como un amigo, y así. Horas después, cuando la dupla se ha embriagado totalmente, el pobre Bigger deja al otro sujeto en su domicilio antes de volver a casa con la joven. Suda y sufre para mantenerla en pie y ayudarla a llegar a su dormitorio sin despertar a la familia. En este proceso, la chica, que además de joven es rubia y atractiva y está borracha, emprende francas tentativas de acción erótica con su chofer, que entre tanto intenta dejarla acostada en la cama y esfumarse cuanto antes. Entonces ocurrirá algo terrible, que acabará por convertir al protagonista en un perseguido de la ley, tan desesperado como para recelar de sus lealtades más probadas, devenir un auténtico criminal, tirotearse con la policía...


Richard Wright, Jean Wallace, Jorge Rigaud, en Native Son


Native Son se estrenó en Estados Unidos con casi 30 minutos de cortes (y aun así no todas las ciudades de esa ejemplar democracia la admitieron), ya que, según puede intuirse, rebosaba de infracciones: en 1951 no podía haber jóvenes blancos, lindos y simpáticos, que propugnaran la equidad racial con los negros, mucho menos como parte de un general ideario comunista; tampoco era tolerable que una bonita chica rubia de buena familia se hiciera cargar a su cama por un negro y, encima, intentara seducirlo y tener sexo con él. No debe olvidarse que esos días estaban en su auge tanto las persecuciones del macartismo -el propio Richard Wright era objeto de ellas, naturalmente por antiamericano- como el sempiterno racismo irracional y violento. A propósito, muchas actrices sondeadas para el papel de la rubia lo rehusaron por el alto riesgo que en términos de continuidad laboral supondría el representar a una mujer blanca atraída por un negro (la actriz que por fin lo aceptó, Jean Wallace, atravesaba un bajón en su carrera por problemas personales, poco después superados a partir de su matrimonio y sociedad artística con el actor y director Cornel Wilde). Volviendo a los cortes y mutilaciones que sufrió Native Son, fueron de tal magnitud que Eddie Muller -presentador y alma del gran programa de TCM Noir Alley, dedicado al cine policial- se preguntaba, en ocasión del reciente reestreno televisivo del filme, hasta qué punto habría sido, no digamos aceptable, sino sencillamente inteligible, la versión que se ofreció a los espectadores norteamericanos de su época. Comoquiera, hoy contamos con una copia restaurada y en alta definición de esta trascendental película tardíamente revalorizada.


(Como ha ocurrido otras veces, Native Son fue recuperada gracias a un hallazgo hecho en Buenos Aires y que involucró a Fernando Martín Peña, fervoroso y conocedor cinéfilo de esos que no abundan. La copia redescubierta fue luego entregada a la Biblioteca del Congreso estadounidense, a donde en rigor debía legítimamente pertenecer. Seguidamente, si no ando errado, el Congreso de Estados Unidos resolvió financiar total o parcialmente su restauración -¿el Estado intervencionista pagando por una película que nadie verá?-).


Antes de afincarse para siempre en Francia, Pierre Chenal dirigió tres largometrajes más en Sudamérica. Empezó por dos realizados en Chile, aunque el primero de ellos, de 1951, fue en coproducción con Argentina: se llamó El Ídolo y lo protagonizaron Alberto Closas y Elisa Christian Galvé. Florence Marly, Eduardo Cuitiño y los chilenos Eduardo Naveda y Gloria Lynch completaron el elenco de esta estrafalaria entrega de la Cinematográfica Taulis con guion de Andrés Rigaud, Reinaldo Lomboy y el propio Pierre, una pieza que en el hermano país consideran la "primera película policial chilena". Alberto Closas encarna a Jorge Arnaud, un actor muy exitoso que trabaja intensamente, casi a destajo, para complacer, según dice, a su bella y exótica esposa Cristina, representada por Florence Marly (acerca de cuyo acento extranjero se hace alguna broma que no basta para disipar nuestra extrañeza por el hecho de que su hermana Elena, aparecida después, hable el fluido español argentino de Elisa Galvé...). Al tiempo que el hombre desarrolla cierto estrés debido a la falta de descanso, su esposa, sintiéndose desdeñada, visita a un médico amigo de la pareja (Naveda) con quien flota en el aire una especie de tensión erótica. El médico la lleva en su coche a un hotel de Valparaíso -donde ella quiere pasar unas horas o días para llamar la atención de su esposo mediante su ausencia- y emprende unos vacilantes galanteos que luego le permitirán alegar que no intentaba nada serio. En tanto, un ladrón se mete a la suite de Cristina, lucha con ella y huye; la mujer, por efecto de un golpe que la desvanece, sufre un accidente fatal. Al poco rato, el médico golpea a la puerta de Cristina, buscándola para cenar. Como ella no responde, ingresa a la habitación y descubre su cadáver; de modo que huye a su turno y se presenta, de madrugada, en la casa de su socio (Cuitiño), para contarle lo ocurrido y pedirle consejo. Este socio, por móviles nada desinteresados, según sabremos más tarde, le recomienda mentir y se ofrece a darle una coartada. En tanto, Jorge y Elena buscan a Cristina hasta que la policía llama para transmitir las malas nuevas. Hay muchos elementos raros, oscuros o mal justificados en un guion al que le sobran vericuetos y temas secundarios no muy bien desplegados, pero, como suele ocurrir con los filmes de Chenal, El Ídolo es una producción entretenida y no carece de momentos intensos.


Elisa Christian Galvé y Alberto Closas en El Ídolo (1952)


(Hay de este filme una versión chilena con excelente imagen y sonido, "recuperada por la Cineteca Nacional a partir de una copia existente en el Archivo Sodre, Uruguay". Salvo que la aludida copia uruguaya de base venía bastante dañada y entrecortada; mientras que, por otro lado, una copia en muy superior estado de origen, que se ha emitido ocasionalmente por el canal televisivo Volver de Buenos Aires, nunca fue aprovechada para una restauración integral que nos habría deparado un mejor producto final).


A continuación, en 1953, Chenal filma en Chile otra película; esta vez sin actores argentinos, pero con Florence Marly y un joven Lautaro Murúa entre otras figuras. El filme, estrenado en 1954, tuvo una estructura episódica: constó de tres historias distintas, todas ellas basadas en leyendas populares chilenas, y se llamó Confesión (o Confesiones) Al Amanecer, si bien su título original iba a ser El Vendedor de Recuerdos; un nombre mucho mejor si me lo preguntan, aunque nadie me lo ha preguntado. Sus guionistas fueron María Elena Gertner, Reinaldo Lomboy y un singular personaje, llamado David (Atlee) Phillips, quien también coprotagonizó uno de los segmentos. Este sujeto, Phillips, fue presentado en alguna revista de cine de la época como el "nuevo galán del cine chileno", y contaba con antecedentes, no especialmente relevantes, como actor y libretista; en Chile era a la sazón gerente del South Pacific Mail, diario de habla inglesa que se publicaba en Valparaíso y en Santiago. Creeríamos de él que era un simple buscavidas, pero el caso es que se perdió el estreno del filme en 1954 por hallarse ocupado atendiendo otros compromisos: participaba, como agente de la CIA, del golpe de Estado al presidente Jacobo Árbenz, en Guatemala, ocurrido el 18 de junio, primera ocasión en que los yanquis se valieron de un ejército mercenario local, en vez de fuerzas propias, para esta clase de menesteres... De la película en sí poco puedo decir, pues lamentablemente al día de hoy se la considera perdida (ignoro si la clandestina condición de Phillips tuviera algo que ver con eso). Las tres historias, o al menos las leyendas en que se basaron, parecen de cierto interés. Solo resta desear que la suerte haya bendecido la conservación de alguna copia que aún aguarde ser descubierta. 


Existe, por último, una coproducción francoargentina de 1956, Sección Desaparecidos (Section des Disparus). Otro policial, basado en la novela Of Missing Persons de David Goodis (los créditos citan el inexistente título "Cornered"), con guion del propio Chenal en colaboración con Domingo Di Núbila y Agustín Cuzzani. Lo protagonizaron las estrellas francesas Maurice Ronet (Ascensor Para El Cadalso, El Fuego Fatuo, A Pleno Sol, La Mujer Infiel y otros clásicos) y Nicole Maurey (Diario de Un Cura Rural, El Secreto de los Incas), acompañados de los argentinos Inda Ledesma, Ubaldo Martínez y, desde luego, Guillermo Battaglia. Se filmó en Buenos Aires y contiene una rareza: Pierre Chenal hace una representación actoral, la primera de su carrera, aunque no acreditada, encarnando al coreógrafo de un night club. Esta es otra que, pese a no estar oficialmente perdida como la anterior, venía muy difícil de conseguir, hasta que se produjo la venturosa novedad referida en la nota [*] al pie del párrafo. Cuenta las malandanzas de un hombre adúltero (Ronet) que, para librarse de su sometimiento a la esposa rica y algo trastornada (Ledesma) que lo mantiene, y poder así unirse a su amante (Maurey), decide fingir su suicidio. La Sección Desaparecidos de la Policía, a través de su comisario (Martínez), interviene tardíamente, al descubrirse un cadáver destrozado por un tren, junto con unas pertenencias y una carta suicida del protagonista... El típico gusto de Chenal por el melodrama, la adición de motivos y las ramificaciones, se presenta aquí muy centrado, controlado por los ejes de una armazón férrea y precisa, a la que no falta, sin embargo, esa proclividad a cierta truculencia grandguiñolesca -como sugirió el querido "Roland" Fustiñana- que en medida semejante caracteriza otros policiales del belga. La fotografía de Américo Hoss, contrastada, umbrosa, de marcados claroscuros y atmósfera fuertemente nocturna, hace su aporte al clima negro de esta historia que rebosa adulterio, traición, crimen y locura. Aníbal Di Salvo hizo cámara.


[*] (Nota de mayo de 2024). Con inmenso alborozo comunico que el sitio Cine.ar Play acaba de poner esta película a nuestra disposición y que desde ahora podremos verla en forma gratuita -abriendo previamente una cuenta de usuario que no supone ninguna clase de riesgo- en la siguiente dirección web: https://play.cine.ar/INCAA/produccion/356. A quien corresponda, le expreso mi más profundo agradecimiento.


Ronet; Ledesma y Martínez; Maurey con Ronet; Ledesma y Maurey; en Sección Desaparecidos (1956)



Sección Desaparecidos fue la última de las ocho películas que Chenal filmó en Argentina y sus alrededores. A partir de 1958 su base de operaciones será de nuevo Francia, donde hará unos cuantos filmes, algunos de ellos con el concurso de grandes estrellas (Charles Vanel, Michel Piccoli, Paul Meurisse) y sumamente exitosos. Los más logrados serán como de costumbre los policiales: Rafles Sur la Ville (Redadas en la Ciudad, 1958), Les Jeux Dangereux (Los Juegos Peligrosos, 1958) L'assassin Connaît la Musique (El Asesino Conoce la Música, 1963)... El consenso crítico señala, empero, que la influencia y trascendencia de Chenal como realizador nunca volvieron a rozar las alturas de sus trabajos previos a la guerra.


Separada de Pierre desde 1955, Florence Marly intentó una carrera estadounidense con un éxito menos que moderado; no la ayudó el hecho de que el macartismo la incluyera durante algún tiempo en sus listas negras por haberla confundido con una cantante rusa llamada Ann Marly -así de certeros y de meticulosos supieron ser aquellos justos perseguidores-. Incluso después de aclarado el malentendido, el capo cinematográfico Jack Warner, que era un imbécil altamente metódico, le negó el saludo en una fiesta. No obstante haber comenzado junto a Ray Milland en el 48 y al mismísimo Humphey Bogart en el 49 (Tokyo Joe, de Stuart Heisler), el itinerario yanqui de Florence nunca remontó vuelo. Tal vez la única producción genuinamente relevante de la que participó fue Queen Of Blood, de 1966, un bizarro filme de ciencia ficción, hoy devenido de culto, en que compartió pantalla con John Saxon, Dennis Hopper y Basil Rathbone. Antes de eso, en su primer regreso a Francia tras la guerra, había trabajado en Les Maudits (Los Malditos), de 1947, aplaudido largometraje de René Clèment sobre traidores y colaboracionistas franceses en fuga.



Florence con Bogart y en Queen Of Blood


Que un director de prestigio mundial llegara a nuestras tierras en su cenit artístico debía dejar, por fuerza, alguna huella. Puede que sea exagerado atribuirle el cuidado por la ambientación, por la puesta y movimientos de cámara, que varios directores argentinos empezaron a exhibir desde la década de los cuarenta. Pero es dable suponer que la presencia de Chenal debió influir, al menos parcialmente, en el generalizado gusto por el género policial que pronto invadió a nuestro cine, perceptible tanto por la aparición de "especialistas", como Carlos Hugo Christensen, como por el acercamiento al género de realizadores que normalmente cultivaban otros estilos (Soffici, Viñoly Barreto, Tinayre).


Una última curiosidad. Cuando, al estallar la guerra, Chenal debió interrumpir su carrera como cineasta, planeaba filmar en Francia una adaptación de la novela Brujas, La Muerta, que su compatriota Georges Radenbach había escrito en 1892. Por algún motivo, tras cancelar el proyecto en atención a esas obvias razones de coyuntura, el hombre nunca lo retomó. Pero en su lugar lo hizo nuestro brillante Hugo Del Carril. En agosto de 1955, el gran director argentino inició el rodaje de dicha versión fílmica, si bien a las pocas semanas debió suspenderlo temporariamente por cuanto la autodenominada Revolución Libertadora -nombre pomposo para una simple y mísera dictadura asesina, que la gente común apodó Revolución Fusiladora- lo encarceló durante algún tiempo a raíz de ciertas denuncias infundadas, o mejor dicho inventadas, que en rigor se explicaban por su consabida adhesión al gobierno depuesto. La accidentada y notable película que floreció en medio de esa y de otras adversidades, estrenada en 1956, fue Más Allá Del Olvido, que el propio Del Carril protagonizó junto a Laura Hidalgo y Eduardo Rudy. Auténtico clásico y un justo tributo a la gravitación del maestro belga sobre sus pares de la industria cinematográfica argentina. 


Bootsy

  (Puro eclecticismo. Un día te celebramos a una estrella tanguera y otro le festejamos el cumple al glorioso Space Bass . Solo para iniciad...